Capítulo 2

El teléfono sonó solo una vez antes de que él contestara.

—Alejandra.

Su voz era profunda, tranquila, y exactamente como la recordaba. Tenía una nota de sorpresa pero no de confusión.

Ella tragó saliva, tratando de evitar que su propia voz temblara. —Bruno. Necesito tu ayuda.

Hubo una pausa al otro lado. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido su calidez. Era fría, cortante.

—¿Me estás llamando a mí? ¿Después de que me dijiste que no te contactara nunca más? ¿Después de que lo elegiste a él?

La acusación era justa. Se la merecía.

—Sí —dijo simplemente. No había nada más que decir. No podía explicar los años de esperanza y las semanas de infierno que la llevaron a esa llamada.

El silencio que siguió se extendió por una eternidad. Podía oír el leve sonido del tráfico en su lado, a un mundo de distancia. Pensó que podría colgar.

—¿Dónde estás? —preguntó finalmente.

La pregunta no era una oferta de ayuda. Era una exigencia.

—En el Hospital Ángeles.

—Estaré allí en veinte minutos —dijo, sin un ápice de duda en su tono.

El alivio la invadió, tan potente que casi la mareó. Pero entonces, un destello de su antiguo yo roto afloró. No se merecía esto. No de él.

—No, espera —dijo rápidamente—. Yo… tengo algunas cosas que hacer primero. ¿Podemos vernos mañana?

—Alejandra —dijo él, y su voz era baja, peligrosa y absolutamente inflexible—. Estoy en camino. No te atrevas a moverte.

La línea se cortó.

En su penthouse con vistas al Parque La Mexicana, Bruno Sandoval miró su teléfono. Había interrumpido una negociación multimillonaria a media frase para atender su llamada. Arrojó el teléfono sobre su escritorio de caoba. Una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en sus labios.

Por fin.

Alejandra obligó a su cuerpo dolorido a moverse. Se dio de alta del hospital en contra del consejo médico, los papeles del alta un testimonio de su silenciosa rebelión. El dolor en su abdomen era un latido sordo y constante, un eco físico del agujero abierto en su corazón.

Tomó un taxi a una pequeña oficina privada en el centro. Necesitaba saber.

—Quisiera informarme sobre cómo solicitar el divorcio —le dijo a la empleada, su voz sin traicionar la agitación interna.

La empleada, una mujer de aspecto aburrido con ojos cansados, tecleó su nombre en el sistema. Frunció el ceño. Lo tecleó de nuevo.

—¿Alejandra Durán?

—Sí. Y Carlos Sandoval.

La mujer negó con la cabeza. —Señorita, no hay ningún matrimonio registrado a su nombre.

Alejandra la miró fijamente. —Eso no es posible. Nos casamos en el Templo de San Agustín hace seis meses.

—Estoy segura de que sí, querida —dijo la empleada, su tono teñido de una lástima que hizo que la piel de Alejandra se erizara—. Pero el acta nunca se registró. Según el estado, usted no está casada.

Los ojos de la empleada se suavizaron. —Pero puedo decirle quién sí lo está. —Giró ligeramente su monitor—. Carlos Sandoval está legalmente casado. El acta se registró hace cinco meses y medio.

Señaló un nombre en la pantalla.

—Con una tal Camila Vargas.

El mundo se inclinó. Las luces fluorescentes de la oficina del Registro Civil parecieron atenuarse. El aire se espesó, presionándola hasta que no pudo respirar. No era un matrimonio falso. Era uno inexistente. Toda su vida durante los últimos seis meses, la humillación, el dolor, el hijo perdido… todo estaba construido sobre una mentira tan fundamental que nunca se le había ocurrido cuestionarla.

Salió tambaleándose del edificio, su mente un vacío que gritaba. Los sonidos de la ciudad —el tráfico, las sirenas, el parloteo de la gente— se desvanecieron en un rugido sordo. El cielo gris lloraba una lluvia fría y fina que coincidía con la desolación de su alma.

Su teléfono vibró en su bolsillo. Un mensaje de Carlos.

*Hola. Camila está descansando. Siento mucho nuestra pelea. Ya voy para la casa. Hablemos. Te amo.*

Las palabras eran una broma cruel. Él venía a "casa". A su casa falsa, desde el lado de su verdadera esposa.

Otro mensaje vibró.

*¿Recuerdas ese restaurancito italiano de nuestra primera cita? Pasaré a comprar algo. Podemos tener una noche tranquila en casa.*

El recuerdo de esa noche —de su mano sobre la de ella, sus ojos llenos de promesas— fue una nueva puñalada de dolor. Sintió una sensación desgarradora en el pecho, tan aguda y real que jadeó, presionando una mano contra su corazón.

Tenía que verlo una última vez. Tenía que volver.

Llegó a la casa y la encontró cálidamente iluminada contra el sombrío anochecer. Adentro, Carlos había intentado crear una escena de felicidad doméstica. Había velas encendidas. Su música de jazz favorita sonaba suavemente. Sobre la mesa del comedor había una bolsa para llevar del restaurante italiano.

—Alex, ya estás aquí —dijo él, su voz suave con alivio. Se acercó para abrazarla, pero ella retrocedió.

Sostuvo una pequeña muñeca, una figurita de porcelana de una bailarina. —Te traje algo. Para decir que lo siento. Sé que querías esta para tu colección.

Ella miró la muñeca, luego el espacio vacío en la repisa de la chimenea donde solía estar su compañera. El espacio estaba vacío porque Camila la había tirado "accidentalmente" hacía una semana.

—¿Y la otra? —preguntó, su voz hueca.

—Oh —dijo Carlos, su sonrisa vacilante—. Camila se sintió muy mal por eso. Es que está torpe con el embarazo. Ya sabes cómo es.

Dejó la muñeca y tomó sus manos. Las de él estaban cálidas. Las de ella eran de hielo.

—Alex, sé que ha sido difícil. Pero tenemos que ser pacientes con ella. Ha pasado por mucho. Es la esposa de mi hermano.

*Su verdadera esposa*, gritó su mente.

—Lo sé —dijo ella, su voz sin delatar nada. El dolor dentro de ella era tan inmenso que se había convertido en una extraña y silenciosa calma. Estaba viendo una película de su propia vida.

—Estoy cansada —dijo, apartando sus manos—. Creo que me voy a ir a la cama.

Caminó hacia la recámara, sus movimientos rígidos. Carlos la observó, un destello de inquietud en sus ojos. Sentía que se le escapaba, pero no podía entender por qué.

—Alex, espera.

La alcanzó, pero su mano rozó la caja de regalo que ella todavía llevaba en su bolso. Cayó al suelo, la tapa se abrió de golpe.

La foto del ultrasonido se deslizó, aterrizando boca arriba sobre la madera pulida.

Ella se agachó para agarrarla, pero él fue más rápido.

—¿Qué es esto? —preguntó, recogiéndola. Sostuvo la pequeña imagen en blanco y negro, con el ceño fruncido por la confusión—. ¿Es esto… un ultrasonido?

Capítulo 3

Alejandra se levantó lentamente, una sonrisa amarga dibujándose en sus labios. Le quitó la foto de la mano y la sostuvo para que la viera con claridad.

—Eres arquitecto, Carlos. Eres bueno con los planos y los diseños. ¿Qué te parece esto?

Sus ojos se abrieron de par en par cuando finalmente procesó la imagen. Vio la pequeña forma enroscada. El parpadeo de una vida. Miró de la foto a ella, su boca abriéndose y cerrándose, pero no salían palabras. Parecía completamente perdido.

Ella no esperó su respuesta. Pasó a su lado hacia la sala y se sentó en el sofá, de espaldas a él. El cuero frío se sentía como un ancla.

Él la siguió, sus pasos vacilantes. Podía sentir un muro entre ellos, grueso y frío. Lo aterrorizaba.

—Alex —dijo, su voz apenas un susurro. Se arrodilló junto al sofá, tratando de encontrar su mirada—. Lo siento. Lo siento muchísimo. Por favor, no te pongas así. Háblame.

Alcanzó su mano, su toque una súplica desesperada.

Justo en ese momento, la puerta principal se abrió.

Camila entró, envuelta en uno de los caros abrigos de cachemira de Carlos. Sonreía, con las mejillas sonrojadas.

—Carlos, cariño, olvidé mi bolso —canturreó. Se detuvo al verlos, sus ojos captando la escena. Su sonrisa se desvaneció en una mirada de preocupación—. Oh. ¿Interrumpo algo?

Su pregunta fue una actuación perfecta de inocencia.

Carlos parecía atrapado, dividido entre la mujer que amaba y la mujer a la que estaba atado por la culpa.

Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas. —Lo siento mucho. Sé que soy una carga. Es solo que… si mi esposo todavía estuviera aquí… —Dejó la frase en el aire, una magistral pieza de chantaje emocional.

El rostro de Carlos se arrugó de dolor. Miró a Alejandra, su expresión una mezcla de disculpa e impotencia.

—Alex —comenzó, su voz tensa—. ¿Puedes… esperarme aquí? La llevaré a casa y volveré enseguida.

Alejandra lo miró, su rostro una máscara en blanco. —Está bien —dijo. Su voz era tranquila, tan tranquila que era escalofriante.

Su calma lo desconcertó más que cualquier griterío. Dudó, sintiendo una profunda sensación de pavor.

—Volveré en una hora. Lo prometo —dijo, como si eso pudiera arreglar algo.

—Está bien —repitió ella. Giró la cabeza y se cubrió con una manta, ocultando su rostro de él.

Él se fue. Oyó sus pasos, luego los de Camila, alejándose. La puerta principal se cerró con un clic. La casa quedó en silencio.

En el momento en que el silencio se instaló, la calma se hizo añicos. Una ola de agonía, aguda y feroz, le desgarró el abdomen. El dolor de su caída, del aborto, regresó con toda su fuerza.

Jadeó, acurrucándose en el sofá. Intentó pedir ayuda, pero tenía la garganta apretada. El único nombre que llegó a sus labios fue un susurro roto.

—Carlos.

Afuera, oyó la risa ligera y feliz de Camila mientras subían al auto. El sonido fue un giro final y cruel.

Recordó una vez que Carlos la había cuidado así. Cuando tuvo un simple resfriado, él se quedó despierto toda la noche, abrazándola, preparándole té. Ese hombre se había ido. Su amor, su cuidado, todo pertenecía a otra persona ahora. Pertenecía a su esposa. Su verdadera esposa.

La revelación fue el golpe final. El dolor, tanto físico como emocional, era demasiado. Su cuerpo cedió y se hundió en la inconsciencia.

Soñó que flotaba en un espacio oscuro y frío.

Cuando despertó, Carlos estaba sentado junto a su cama, su rostro grabado con preocupación. Él la había llevado hasta allí.

—Alex, estás despierta —dijo, el alivio inundando su voz—. Me asustaste. Debes haber cogido un resfriado. Te siento un poco caliente.

Casi se rió. Un resfriado. Él pensaba que tenía un resfriado.

—Tendrás un gran futuro con ella —dijo Alejandra, su voz plana—. Es muy buena cuidando a la gente.

Él no captó el sarcasmo. Sonrió, aliviado de que le hablara. —Lo es. Es una buena persona. —Le apretó la mano—. Pero es contigo con quien quiero construir un futuro. Deberíamos empezar a intentar tener un bebé pronto. Un niño o una niña para llenar esta casa tan grande.

Su cuerpo se puso rígido. El aire en sus pulmones se convirtió en ácido. Un bebé. Quería un bebé con ella, después de que acababa de matar al suyo.

—Estoy cansada —dijo, apartando la mano—. Quiero descansar.

Él pareció herido, pero asintió. —Está bien. Te dejaré dormir. —Se inclinó y le besó la frente. El contacto de sus labios en su piel se sintió como una marca de hierro candente. Luego se fue, cerrando la puerta suavemente detrás de él.

Ella no durmió. Se quedó allí, mirando al techo, repasando cada mentira, cada traición. Pensó en su hijo perdido, un fantasma que llevaría para siempre.

Más tarde, incapaz de soportar el encierro de la habitación, se levantó y salió al aire frío de la noche en el patio trasero. Necesitaba respirar.

Encontró a Camila junto a la alberca, una silueta a la luz de la luna.

Alejandra se dio la vuelta para volver a entrar, pero la voz de Camila la detuvo.

—Espera.

Camila caminó hacia ella, sus pasos sorprendentemente rápidos para una mujer muy embarazada. —Alejandra. Tenemos que hablar.

—No tenemos nada de qué hablar —dijo Alejandra, su voz fría.

—Oh, pero sí lo tenemos —dijo Camila, su voz bajando a un susurro conspirador—. Carlos te ama. Lo sé. Pero tiene un deber conmigo y con este bebé. El bebé de su hermano.

Sus ojos brillaron en la oscuridad. —No te estoy pidiendo que te vayas. Solo te pido que aceptes tu lugar. Sé su amante. Yo seré su esposa. Todas podemos conseguir lo que queremos.

La mente de Alejandra dio un vuelco. La audacia. La pura crueldad sociopática. Pensó en su propio bebé, el que nunca nacería. Pensó en este bebé, el que Camila usaba como escudo y como espada.

Una extraña sensación de paz se apoderó de ella. Era la paz de una decisión final.

—Tienes razón —dijo Alejandra, su voz uniforme—. El bebé es lo más importante.

Camila la miró, un destello de sospecha en sus ojos. No confiaba en este acuerdo tan fácil.

—Me alegro de que lo veas así —dijo Camila lentamente.

Para sellar su victoria, para demostrar su poder, Camila dio un paso más cerca. Agarró el brazo de Alejandra, su agarre sorprendentemente fuerte.

—Entonces entenderás por qué no puedo permitir que sigas molestando a Carlos.

Y entonces, en un movimiento tan rápido y calculado que fue aterrador, Camila dejó su cuerpo flácido, desequilibrando a Alejandra. Tropezó hacia adelante, su otra mano agitándose, y soltó un grito agudo mientras caía de espaldas a la alberca.

—¡Ayuda! ¡Carlos, ayúdame! ¡Me empujó!

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