Antes de que pudiera procesar el mensaje de Miguel Ángel, un grito ahogado nos interrumpió, venía de la calle. Era Ximena, parada bajo la lluvia que comenzaba a caer, con el vestido empapado y el maquillaje corrido, una perfecta imagen de desolación.
"¡No puedo vivir con esta vergüenza!", gritó hacia nuestra casa, asegurándose de que los vecinos también fueran testigos de su drama.
Sin pensarlo dos veces, Ricardo corrió hacia la puerta.
"¡Ximena, espera!", le gritó, saliendo tras ella sin siquiera voltear a verme.
Los vi alejarse bajo la lluvia, él tratando de cubrirla con su saco de mariachi mientras ella sollozaba dramáticamente en su hombro. Y yo me quedé allí, en medio de la cocina que olía a traición, con la cena de aniversario intacta y el corazón hecho pedazos. La casa, que siempre había sido mi refugio, de repente se sentía enorme y vacía, cada rincón me recordaba los diez años de mentiras que había vivido.
Me senté en el suelo, abrazando mis rodillas, y dejé que las lágrimas corrieran libremente por mi rostro. Lloré por mi ingenuidad, por el amor que había dado sin reservas, por la mujer en la que me había convertido: una sombra de mi esposo, una cuidadora de sus sueños que había olvidado los míos.
Pasó más de una hora antes de que Ricardo regresara, estaba empapado y su expresión era dura, sus ojos me lanzaban dagas.
"¿Estás contenta?", me espetó, cerrando la puerta con un golpe seco.
Me levanté, secándome las lágrimas con rabia, "¿Contenta de qué? ¿De que mi esposo me engañe en nuestro aniversario y luego corra a consolar a su amante?"
"¡Casi se avienta a los coches!", gritó él, su voz resonando en la casa silenciosa, "Tuvo una crisis nerviosa por tu culpa, por cómo la trataste."
"¿Por mi culpa?", no podía creer lo que estaba escuchando, "¿Yo soy la culpable de que ustedes dos no pudieran mantener sus manos quietas?"
"Ella es una mujer inocente, Sofía, no entiende de maldad, tú la atacaste, la hiciste sentir como una basura."
Mi risa fue amarga y resonó en la habitación, una carcajada llena de dolor y incredulidad.
"¿Y yo? ¿Cómo se supone que me siento yo, Ricardo? Soy tu esposa, la mujer que ha estado a tu lado en las buenas y en las malas, la que vendió sus joyas para que pudieras comprarte ese traje de charro que tanto querías, ¿o ya se te olvidó?"
Él desvió la mirada, visiblemente incómodo, "Eso no tiene nada que ver, fue un error, ya te lo dije, pero ahora tengo una responsabilidad con ella, no puedo abandonarla en este estado."
Su insistencia en la palabra "responsabilidad" era como un veneno que se filtraba en mis venas.
"Entonces quédate con tu responsabilidad", dije, mi voz plana, vacía de toda emoción, "Pero yo me voy, quiero el divorcio."
"Ya te dije que no", respondió él, su terquedad era un muro contra el que mis palabras chocaban inútilmente.
Se dio la vuelta y caminó hacia la habitación, como si la conversación hubiera terminado, como si mi dolor no importara. Lo vi desaparecer por el pasillo, escapando una vez más de la confrontación, de sus actos.
Me quedé sola de nuevo, la desesperación amenazaba con ahogarme. Miré mi teléfono, la pantalla todavía iluminada con el mensaje de Miguel Ángel. Mis dedos temblaron mientras escribía una respuesta, las palabras saliendo desde lo más profundo de mi alma rota.
"No, no estoy bien."
Envié el mensaje y casi de inmediato, tecleé otro.
"Miguel Ángel, necesito ayuda."