Capítulo 2

Narra Irina

Estaba sentada junto a mi esposo, recostada contra su hombro, mientras él hablaba por teléfono. Yo solo escuchaba retazos de la conversación, hasta que su rostro se iluminó con una emoción que no veía desde hacía semanas.

-¿De verdad? ¿Ya lo encontraste? -dijo, con esa voz grave que tanto me gustaba cuando estaba entusiasmado-. Sí, claro, tráelos. A los dos. Que se vengan directo a La Niña.

Así llamaba a nuestra hacienda. La Niña. No por mí, claro, o eso decía él con una sonrisa en los labios cada vez que lo preguntaban... pero yo sabía que sí. Era su forma de decirme que me pertenecía, como yo le pertenecía a él.

Llevo más de dos años casada con Miguel Martínez. Mi único y primer amor, el dueño de todos mis suspiros y de cada uno de mis desvelos. A su lado conocí lo que era sentirse mujer, sentirse amada, deseada, cuidada como una joya. Me lo da todo, absolutamente todo, y me consiente como si aún fuéramos novios. Pero últimamente... algo ha cambiado.

En los últimos dos meses, Miguel ha estado más tenso, más ausente. Ya no me abraza por las noches como antes ni me acaricia el pelo mientras dormimos. Lo entiendo, claro. Sostener una hacienda tan grande, con sus caballos, su ganado, sus peones, sus deudas, sus números... debe ser extenuante. El último capataz renunció sin previo aviso y eso lo desestabilizó por completo. Pero ahora, con el nuevo capataz que su amigo le había recomendado, las cosas volverían a ser como antes. Al menos, eso esperaba.

Dos días después, finalmente llegaron.

Yo estaba sentada en el corredor, con un vestido claro que el viento acariciaba suavemente, cuando Miguel me llamó con su voz enérgica:

-Irina, ven, quiero presentarte a alguien.

Me puse de pie con gracia, ajustándome el lazo del cabello y caminé hacia donde estaban. Allí estaba él.

El nuevo capataz.

Orlando.

Lo primero que pensé fue que se habían equivocado. Ese hombre no parecía haber pasado un solo día bajo el sol. Piel blanca, limpia, casi delicada. Uñas cuidadas. Alto, imponente. Ancho de espalda, brazos marcados. Pero lo que más me perturbó fue su mirada. Intensa. Oscura. Penetrante. Como si quisiera leerme el alma. O devorarla.

-Mucho gusto, señora -dijo, con una voz grave y educada, casi impersonal, mientras me tendía la mano.

Lo miré, y cometí el error de recorrerlo con la vista. De arriba abajo. Me detuve un segundo de más en sus manos grandes y fuertes, las mismas que supuse pronto estarían sosteniendo las riendas de nuestros caballos. Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda y, por un instante, tuve que bajar la mirada. Me sentí vulnerable. Peor aún: me sentí tentada.

-Ella es mi esposa, Irina -dijo Miguel, con una sonrisa de orgullo, sin notar nada extraño en el ambiente.

-Un placer, señora Irina -repitió Orlando, y algo en su tono me hizo sentir desnuda, expuesta. Tal vez fue imaginación mía. Tal vez no.

A su lado estaba su esposa, Cristina. Una mujer de mirada tímida, vestida con sencillez. Apenas la registré. Toda mi atención estaba atrapada en ese hombre que, sin haber dicho nada fuera de lugar, me alteraba el pulso.

Una incomodidad nueva y vergonzosa se instaló en mi cuerpo. Respiré hondo, queriendo deshacerme de esa sensación.

-Creo... que el cambio de clima me ha afectado -murmuré, arrugando el rostro como si tuviera migraña. Me llevé los dedos a la sien y fingí malestar.

Miguel, como siempre atento, se acercó de inmediato y me tocó la frente con sus labios.

-Gracias a Dios no tienes fiebre... pero es mejor que descanses, amor -susurró con ternura, acariciándome la mejilla.

-Sean bienvenidos -dije en voz baja, mirando a Orlando fugazmente antes de girarme. Sentí que debía huir de allí, alejarme de esa presencia que amenazaba con despertar algo dentro de mí que yo misma había enterrado desde que me convertí en la esposa de Miguel.

Me encerré en mi recámara con las cortinas cerradas, con los zapatos aún puestos, con el corazón golpeando como un caballo desbocado. Me recosté en la cama, pero no pude cerrar los ojos. Y la imagen de Orlando se repetía en mi mente una y otra vez. Su silueta, su voz, su forma de mirarme.

¿Qué demonios me pasa?

No era deseo... o tal vez sí. No podía decirlo con claridad. Solo sabía que algo en él me removía, como una tormenta dormida despertando bajo la tierra. Y esa inquietud me revolvía el estómago, me erizaba la piel.

¿Será peligroso tenerlo aquí?, pensé. Porque algo en lo profundo de mí susurraba que su presencia no traería calma, sino un incendio.

Y yo, en el fondo, no estaba segura de querer apagarlo.

Sentí un calor que invadía mi cuerpo y mis capullos comenzaron a endurecerse. Deslicé una de mis manos por mi vientre, pasándola con suavidad por mi pelvis hasta dejarla entre mis piernas. Sin poder apaciguar el cúmulo de calor en esa zona de mi cuerpo, empecé a apretar mis muslos. 

Estaba excitada, nada más de pensar en él. Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así, y guiada por un impulso, comencé a tocarme todo el cuerpo, abandonándome a mí misma, dejando que mis pensamientos se adueñaran de mi ser mientras apretaba mis senos imaginando que eran sus manos, esas manos grandes y fuertes que estrujaban mis pechos endurecidos. No pasaron más de cinco minutos cuando me estremecí en un rico orgasmo; mi feminidad estaba empapada, tenía el pubis erecto y el rostro totalmente ruborizado.

-Oh, Dios mío... ¿qué acabo de hacer? -exclamé, llevándome ambas manos al rostro mientras la culpa me atravesaba el pecho como una daga filosa y certera.

Fue un impulso. Un instinto tan primitivo como irracional. Me dejé arrastrar por algo vergonzoso, algo que ni yo misma logro comprender.

<<¡No soy así! ¡Y sobre todo, adoro a mi esposo!>>, me recriminé, sintiendo que una parte de mí se había quebrado.

¿Cómo fui capaz de fijarme en ese hombre? ¿Qué me pasa?

Capítulo 3

Narra Irina.

Nadie me incitó... ¡ni siquiera él! Orlando no ha hecho ni el más mínimo gesto hacia mí. No ha cruzado más que una mirada educada y distante. ¿Y yo? Aquí, como una tonta, fantaseando con un extraño. ¡Qué vergüenza!

Me levanté de la cama, sintiéndome sucia, culpable, fuera de mí. Como si hubiera cometido una traición imperdonable. Caminé hacia el baño como si huyera de algo que me perseguía desde dentro. 

Llené la tina con agua caliente, vertí aceites esenciales, lavanda y jazmín, y sales aromáticas, como si eso pudiera purificar algo más profundo que mi piel.

Cuando por fin me sumergí en la tibieza del agua, sentí que los músculos se relajaban... pero mi alma seguía en guerra. Cerré los ojos, hundí la cabeza hasta cubrir mis oídos, deseando que el silencio apagara el ruido en mi conciencia. Pero no, no funcionó.

Lo que realmente debía lavar no era mi cuerpo... era mi conciencia.

-¡Irina, por Dios! -me susurré entre dientes, con rabia-. No puedes permitirte esto. No puedes.

Miguel no se merece una mujer que le falle... ni siquiera en pensamiento. Ha sido mi roca, mi amor, el hombre que me hizo su esposa y me construyó un palacio donde yo solo tenía ruinas.

Él me ha dado todo... y yo, ¿yo qué estoy haciendo? Pensando en otro. Obsesionándome como una colegiala. ¡Qué horror!

No era justo para él. Tampoco para mí. Mi familia me educó con valores, y si alguna vez esto saliera a la luz, el escándalo, el bochorno, la humillación... ¡me destruirían por completo!

-Mi niña... -dijo la voz de Miguel, interrumpiendo de golpe mi remolino mental.

Esa forma de llamarme. Su tono tierno, protector. Siempre logra arrancarme del abismo, aunque no lo sepa.

-Amor, estoy en la tina -respondí con rapidez, acomodándome el cabello mojado como si eso pudiera borrar de mi rostro la culpa. Como si mis ojos no hablaran ya de mi infidelidad silenciosa.

Él se acercó sin dudarlo, se sentó en el borde de la bañera y me acarició con sus dedos cálidos. Sus caricias no eran pasionales, no esta vez. Eran tiernas, dulces... llenas de una devoción que me hizo sentir aún más ruin.

-¿Te sientes mejor? -me preguntó, acariciando mi mejilla con la yema de sus dedos.

Asentí con la cabeza, evitando su mirada.

-Dormiré un ratito más y ya verás como se me pasa este malestar -le mentí, por segunda vez en el día. A él, que nunca me ha mentido. A él, que no sospecha nada.

-Bueno, princesa, te dejo descansar. Voy a darles las instrucciones a los trabajadores para que el nuevo capataz se instale en la hacienda -me informó con su tono siempre sereno.

No pude evitar fruncir el ceño.

-Creo que ese hombre no tiene ni idea de lo que es ser un capataz. No sé... tengo el presentimiento de que no aportará nada bueno a la hacienda -dije, pero por dentro sabía que no hablaba de la hacienda. Hablaba de nosotros. De mí.

Él me tomó el mentón con delicadeza y me obligó a mirarlo a los ojos.

-Amor... aprende a creer en los demás. Deja de ser tan desconfiada, tenle un chin de fe. Hazlo por mí -me susurró antes de sellar sus palabras con un beso suave que dolió como una herida.

-Bien... lo haré únicamente por ti. Pero sigo pensando que no aportará nada bueno. Ya verás -dije mientras él salía de la habitación sonriendo, sin saber lo que yo luchaba por esconderle.

Descansé. O al menos eso intenté. La tarde pasó como una niebla espesa entre pensamientos confusos y sentimientos encontrados. Pero al caer la noche, decidí que debía concentrarme en lo que era real: mi esposo, mi matrimonio, nuestra vida juntos.

Hoy tendría una noche romántica con él. Hoy lo elegiría, con todo y sus defectos, con su estrés, con su carga. Él es mío, y yo soy suya.

Busqué entre mis vestidos el que nunca me había atrevido a usar. Uno de tirantes finos, semitransparente, de un gris satinado que acariciaba mis curvas con descaro. Me miré al espejo. Me sentía atrevida. No necesitaba más que eso: la seguridad de que aún podía encender el fuego entre nosotros.

No usé ropa interior.

-Esta noche, Miguel, necesito que me recuerdes que soy tuya... y solo tuya -me dije frente al espejo, con los labios entreabiertos y con el corazón latiéndome en un compás nuevo.

Me puse las sandalias de tacón plateado, solté mi cabello, perfumé mis clavículas. Y bajé las escaleras como una mujer decidida a reconquistar su propia historia.

Al llegar al comedor, Miguel se quedó paralizado. Su mirada se clavó en mí con una mezcla de asombro, desconcierto y deseo. Boquiabierto, no logró emitir palabra alguna durante unos segundos eternos, y no lo culpo. Ni yo misma me reconocía. Nunca antes me había atrevido a tanto. Jamás.

-Amor, estás... estás hermosa, pero... -balbuceó con un tono de voz ronco, casi contenido, como si sus pensamientos estuvieran batallando entre el placer y el pudor.

No alcanzó a terminar la frase porque, de la nada, surgieron dos figuras por el pasillo que conectaba con las habitaciones de invitados. El capataz y su esposa irrumpieron en el comedor como si les perteneciera, sin un mínimo de cortesía, sin tocar la puerta, sin anunciarse. 

Mis ojos se agrandaron al verlos entrar tan campantes.

«¿Cómo demonios entraron?», me pregunté, ya que, la puerta de la cocina siempre estaba cerrada con llave, y la principal también. Para ingresar aquí desde su alojamiento debían haber dado una vuelta enorme. O... ¿acaso ya tenían acceso libre? ¿Miguel les había dado una llave?

-Buenas noches, mi señora -entonó la mujer con una voz cantarina, suave pero firme. Su presencia tenía ese algo de las mujeres del campo, sencillas, fuertes, acostumbradas al trabajo duro, y, sin embargo, no me transmitía amenaza alguna.

Todo lo contrario a su marido.

Él, en cambio, caminaba con un aire de suficiencia que me hizo apretar los dientes. Sus ojos no tardaron en recorrerme de arriba abajo, y cuando se detuvieron en mis senos, que se insinuaban sin pudor tras la tela semitransparente del vestido, sentí una mezcla de vergüenza, furia y desamparo. 

Quise cruzarme de brazos, cubrirme, desaparecer. ¡Qué ridícula fui al pensar que esta noche sería íntima y especial! ¡Qué estúpida al creer que aún podía controlar algo en esta casa!

-Buenas noches, señora -dijo él, sin disimular su mirada-. Disculpe que le estemos importunando.

«Importunando, mis ovarios», pensé. Lo que estaba haciendo era invadir, observar, deleitarse con lo que no le pertenece. Sentí la turbación subirme como una fiebre por la espalda.

Entonces Miguel, como si leyera mis pensamientos, pero no supiera interpretarlos, habló con esa voz amable que tanto amaba y que, en ese instante, me pareció la más traidora del mundo.

-Mi amor, esta tarde fui a informarte que invité al capataz y a su esposa a quedarse aquí en la hacienda -explicó con tono tranquilo, como si me contara que había traído pan fresco del pueblo-. Ya que es muy grande y solo estamos nosotros dos viviendo, pensé que era buena idea. De paso los invité a cenar para darles la bienvenida.

Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no estallar en carcajadas. ¿La bienvenida? ¿Aquí? ¿Así? ¿Ahora?

Quise gritarle: ¿Y también vas a invitarlo a dormir entre nosotros? ¿O a compartir mi ropa interior, ya que tan libre es el acceso a nuestra casa? Pero no dije nada. 

En cambio, esbocé una sonrisa irónica, venenosa, mientras mi garganta ardía con la necesidad de escupir la incomodidad.

-Creo que mejor me voy a cambiar para no molestar enseñando mis bubis, ¿no crees, amor? -dije con dulzura ácida, lanzándole una mirada fulminante que él no tardó en captar. 

Miguel tragó saliva. Su expresión cambió. No me respondió, pero sabía que lo había herido. Y eso, en vez de aliviarme, me dolió más a mí.

«Esta noche iba a ser nuestra», pensé mientras me alejaba hacia la habitación, sintiendo las miradas clavadas en mi espalda. 

La del capataz, sucia y descarada. La de su esposa, curiosa. La de Miguel... confundida. Como si no entendiera por qué estaba molesta. Como si no notara que había abierto la puerta a un abismo que no sabía cómo cerrar.

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