Rhian y Mia se quedaron mirándose mutuamente mientras el resto de la clase continuaba con sus dibujos en silencio… El profesor observó los ojos celestes de la muchacha y ella sus ojos verdes claros. Le dedicó una media sonrisa y se acercó a ella.
—¿Nueva en clase? —le preguntó mientras Mia quedaba hipnotizada por la mirada del profesor—. No recuerdo haberla tenido entre mis estudiantes el año pasado.
—No… No, profesor. Soy nueva —susurró mientras bajaba la mirada—. Es mi primera vez en su clase.
—Entiendo. Las primeras veces suelen ser algo… traumáticas, si se está con alguien poco habilidoso —susurró Rhian—. Pero también pueden ser muy placenteras.
Mia no sabía si estaba hablando de su clase o de otra cosa. Abrumada por la penetrante mirada del profesor, decidió dirigir sus ojos hacia el lienzo en blanco y empezar a retratar la impactante figura de Trini, lo más fielmente posible.
Rhian dejó en paz a Mia mientas seguía caminando y dando consejos a sus estudiantes. Mia observó cómo el profesor se acercaba tanto a hombres como a mujeres y les daba sugerencias sobre cómo tenían que proceder. Muy pronto le tocó a ella ser aconsejada.
Rhian se puso a sus espaldas y observó los trazos de la estudiante.
—Hmmm… —musitó mientras su ojo crítico y entrenado para el arte observaba con detalle los trazos temblorosos e irregulares de la muchacha—. ¿Acaso está nerviosa?
Mia no supo qué responder, así que se guardó al silencio.
—Después de clase me gustaría hablar con usted, si es posible —le pidió el profesor.
Se alejó de ella y Mia suspiró, bastante afligida por la situación.
Los treinta minutos restantes fueron una tortura para ella. Pero, al final de la clase, guardó sus cosas y se acercó al profesor.
Rhian estaba ocupado con otros estudiantes que, claramente, estaban de acuerdo, o en desacuerdo, con los métodos de enseñanza del profesor. Mia esperó a que se desocupe, y cuando sus compañeros se retiraron, se acercó con timidez.
—¿Quería verme, profesor Insfrod? —le preguntó. Rhian la miró con una media sonrisa.
—Sí, claro que sí. Tome asiento, por favor —le pidió, acercando una silla para que la joven se siente.
Mia se sentó y puso sus manos entre sus rodillas, cerrando fuertemente sus piernas.
—Señorita… —empezó el profesor.
—Lacourte —completó Mia con las mejillas totalmente sonrojadas—. Mia Lacourte, profesor.
—Señorita Lacourte. Perdón si le hago una pregunta indiscreta, pero... ¿es usted virgen? —preguntó el profesor sin miramientos.
Mia quedó petrificada ante la inesperada pregunta del profesor. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y sus mejillas ardieron aún más intensamente. El ambiente se volvió tenso, y el silencio se hizo opresivo en la habitación. Las palabras del profesor resonaron en su mente, y su corazón empezó a latir desbocado.
No podía creer lo que acababa de escuchar. La pregunta del profesor Insfrod era inapropiada, invasiva y completamente fuera de lugar. Mia se sintió vulnerable y avergonzada, como si hubiera sido expuesta frente a una multitud, pese a estar solos.
Tratando de recomponerse, Mia levantó la mirada y se encontró con los ojos verdes claros del profesor. Su mirada continuaba siendo hipnótica para ella, contrastando con el tono canela de su piel.
—Profesor Insfrod, lamento mucho si hay alguna confusión, pero considero que esa pregunta es completamente inapropiada…
—No es por un asunto personal por el cuál le hago esta pregunta —le aclaró Rhian—. Sino porque me percaté, por la consistencia de sus trazos, que estaba nerviosa luego de que estimulé a Trini. Señorita Lacourte, espero que entienda que en mi clase pretendo que traspasen los límites de lo “moralmente apropiado”. El arte es subjetivo, una demostración de anarquía y de subversión. Si usted es virgen, o no, no me interesa en lo personal, pero sí me interesa que usted pueda liberarse de sus propios tabúes y deje fluir su arte. Un cuerpo desnudo y estimulado no es lo peor que va a ver en mi clase, se lo aseguro. Esto sólo ha sido una muestra gratis de lo que les espera durante todo el año.
Mia se pudo aún más roja.
—Si puedo darle un consejo… —continuó Rhian, poniéndose de pie y juntando sus artículos personales—. Cuando vaya a su habitación, desnúdese completamente y trate de explorar su femineidad.
Mia lo miró sin entender a qué se refería.
—¿Está diciendo que…?
—Mastúrbese —dijo tajante—. El sexo es totalmente sano y natural. ¿Cómo se piensa que fue concebida? ¿Por un milagro de Dios? Ya sea que, haya sido de manera natural o gracias a la ciencia, hubo un hombre en el medio, que tuvo que masturbarse, o unirse carnalmente a otra mujer, para permitir que usted esté aquí. Tocarse es parte del autoconocimiento.
—Aprecio sus palabras, profesor Insfrod. Sin embargo, considero que es importante mantener un ambiente respetuoso y profesional en el aula...
—Si esas son sus intenciones, entonces la carrera no es para usted —dijo tajante el profesor—. Y no voy a obligar a un estudiante a hacer algo que no desea, pero tampoco voy a permitir que se me diga cómo dictar mi clase. Piénselo con detenimiento.
Se retiró del aula mientras Mia seguía allí sentada, masticando las palabras del profesor.
¿Qué iba a hacer? Tomó sus cosas y se retiró a la siguiente clase.
Cuando la jornada terminó, y cada estudiante regresó a sus hogares o habitaciones, Mia caminó lentamente hacia la habitación que compartía con su compañera de cuarto desde hacía tres años. Cuando entró no encontró a Cherry, pero sí encontró la mitad de la habitación totalmente desordenada, como de costumbre. Las pertenencias góticas, en color negro y violeta, convivían armoniosamente con los colores pasteles, las flores y la ornamentación “cute” y femenina de la parte que le correspondía a Mia.
Dejó su carpeta de dibujo en su escritorio y se sentó en el borde de la cama, recordando las palabras que el profesor le había dicho.
Claramente tenía la opción de abandonar la carrera, o de pedir un cambio de comisión… Buscar otro profesor que se adapte a lo que ella consideraba que tenía que ser un artista serio y profesional… Pero había algo en él que la animaba a tomar el desafío y a continuar en la clase.
Decidió hacer lo que el profesor le había sugerido. Puso seguro a la puerta para evitar que, cuando Cherry ingrese, la vea en una situación embarazosa.
Se quitó la ropa, quedando sólo vestida con sus bragas y su sostén, apartó las sábanas y las mantas de su cama y se metió en ella. Al menos así evitaba que Dios viera que estaba cometiendo un pecado. Se quedó un par de segundos quieta, sin saber por donde comenzar, pues jamás, en sus vientres años, había hecho algo así.
Con delicadeza y suavidad empezó a explorar su cuerpo, empezando por sus muñecas y sus antebrazos. La suave caricia de sus dedos en contacto con la piel tersa y blanca le gustaba… Era como descarga eléctrica, pero tan dulce y plácida que la relajaba y la llevaba a continuar con esas atenciones.
Continuó con su cuello… Sus dedos subían y bajaban, erotizando todos y cada uno de sus poros, haciendo que en ellos se desate una reacción química que pocas veces lo había sentido. Sólo en dos ocasiones: en su primer beso y cuando su exnovio le besó el cuello. Pero ella, temerosa de continuar, le puso el freno inmediatamente. Allí, como no había otra persona más que ella misma, se permitió dejarse llevar por la sensación que estaba viviendo.
Sus manos bajaron hacia sus senos, todavía sujetos y presos del sostén. Presionó su busto con suavidad, permitiéndose experimentar la fuerza de sus propios dedos contra ellos. Un gemido se escapó de sus labios en compás con la respiración agitada, que hacía que su pecho suba y baje. ¿Qué era esta sensación? No lo sabía, pero le gustaba… Le gustaba mucho.
Ahora sus dedos continuaron camino hasta su ombligo, y de allí a su entrepierna.
Sus dedos, torpemente por la nula experiencia que poseían en el auto placer, intentaron buscar el botón que Rhian les había enseñado. Pero no podía encontrarlo… Era como encontrar una aguja en un pajar… Pero en su búsqueda, encontró otra cosa: un par de gruesos labios, que al tacto reaccionaron de manera inmediata por las atenciones que estaba brindándose.
Poco a poco empezó a soltarse, y a soltar un néctar que pocas veces lo había visto… Ese mismo néctar que Trini les había enseñado, y que ahora ella estaba produciendo…
Uno de sus dedos acarició el interior de ser, untando hacia arriba un poco de esa dulce miel, y allí encontró su propio botón.
La sensación al hallarlo fue sencillamente única. Lentamente, empezó a acariciar ese punto sensible, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba con cada roce. Las sensaciones eran nuevas y abrumadoras, pero Mia se dejó llevar por el placer que estaba experimentando. Sus movimientos se hicieron más intensos y precisos, mientras su excitación iba en aumento. Mia cerró los ojos y se concentró en las sensaciones que recorrían su cuerpo.
Cada caricia en su clítoris provocaba oleadas de placer que se extendían por todo su ser. Su respiración se volvió agitada y sus gemidos escapaban de sus labios sin control. Mia se sentía liberada, entregada al autodescubrimiento y al disfrute de su propia sexualidad.
Conforme se acercaba al clímax, Mia intensificó la estimulación, aumentando la velocidad y la presión de sus movimientos. Sus caderas se movían en armonía con sus caricias, buscando maximizar el placer que recorría su cuerpo.
Y finalmente, en un instante de éxtasis, Mia alcanzó el orgasmo. Su cuerpo se estremeció con intensidad, mientras oleadas de placer la envolvían por completo. Un gemido de satisfacción escapó de sus labios, y su cuerpo se relajó en un estado de plenitud y satisfacción. Ahora entendía por qué le decían al orgasmo “alcanzar las estrellas con las manos”.
Después de unos momentos, Mia recuperó la calma y respiró profundamente, disfrutando de la sensación de bienestar que la invadía. Se sentía viva, por primera vez en su vida. No podía creer que había dejado pasar tantos años para descubrirse por primera vez. Se sentía más conectada con su propia sexualidad y más segura de explorar su cuerpo y sus deseos.
Con una sonrisa en su rostro, y una sensación extraña en el cuerpo, Mia se vistió nuevamente.
—Ahora voy a tener que agradecerle al profesor Insfrod —rio suavemente.
Mia se levantó de la cama y se dio cuenta de que la habitación se sentía diferente. Había una nueva energía en el aire, una sensación de liberación y autenticidad que nunca había experimentado antes. Se sentía poderosa, pero al mismo tiempo algo cohibida. El día anterior se había auto explorado por primera vez en su vida, y las sensaciones que la invadían eran nuevas y contradictorias.
Cherry estaba durmiendo en su cama. Observó a la muchacha: su piel tan blanca como la nieve y su rostro ovalado se volvían incluso más pálidos cuando ella se maquillaba con sus sombras y su labial negro. Decidió no molestarla y entró en el baño para arreglarse para la clase de ese día.
Mientras se preparaba para la siguiente clase, Mia reflexionó sobre lo que había descubierto ayer. Se dio cuenta de que había dejado que las opiniones y expectativas de los demás la limitaran durante mucho tiempo. Pero ahora, gracias a la provocación del profesor Insfrod y su propio acto de autodescubrimiento, se sentía lista para desafiar esos límites y seguir su propio camino.
Aunque todavía había muchas preguntas en su mente y desafíos que enfrentar, Mia estaba emocionada por el viaje que tenía por delante. Sabía que no sería fácil romper con las normas y expectativas sociales, pero estaba dispuesta a luchar por su propia libertad y expresión. De hecho, eso era el arte, ¿no? Libertad y expresión.
Con cuidado de no despertar a Cherry, Mia salió del cuarto de baño, pero descubrió que su compañera de habitación ya estaba despierta.
—Hola, Cherry. Buen día —la saludó. Cherry la miró con los ojos entornados y todavía absorta por el sueño.
—Hola, Mia. Buenos días —saludó la muchacha, reacia a levantarse.
Mia decidió no mencionar nada sobre su experiencia de la noche anterior. Aunque había sentido una conexión más profunda con su propia sexualidad y deseaba compartirlo con su amiga, también sabía que no todos estaban preparados para ese tipo de conversaciones abiertas.
Se acercó al armario y comenzó a buscar su ropa para el día. Mientras lo hacía, Cherry la observaba con curiosidad.
—Oye, Mia, ¿te pasó algo anoche? Pareces diferente, como si hubieras descubierto algo nuevo —comentó Cherry, intrigada.
Mia se detuvo por un momento y miró a su amiga. Aunque no estaba lista para revelar todos los detalles, decidió ser honesta con ella, pues ya habían sido tres años de compartir múltiples experiencias y vivencias. Se conocían bastante bien, y consideraba que podía compartir con ella lo que había pasado anoche.
—Pues sí… —empezó tímidamente—. De hecho, tuve una experiencia que me hizo reflexionar mucho. Me di cuenta de que he estado dejando que las opiniones de los demás me limiten y he decidido tomar las riendas de mi propia vida, incluyendo mi sexualidad y mi expresión artística. Es un proceso de autodescubrimiento en el que estoy embarcada y estoy emocionada por ver a dónde me lleva.
Cherry la miró con sorpresa, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
—¿Autodescubrimiento y sexualidad? ¿Acaso…? —la mente ágil de Cherry unió los cabos sueltos en un segundo—. ¿Acaso nunca te habías tocado?
Mia se sintió un poco incómoda por la franqueza de la pregunta de Cherry, pero decidió responder con honestidad.
—Bueno, en realidad no. Nunca había explorado mi propia sexualidad de esa manera. Siempre me sentí cohibida y limitada por las expectativas sociales y los tabúes que rodean el tema. Pero ayer, algo cambió en mí y decidí enfrentar mis propios miedos y prejuicios. Fue una experiencia muy personal y liberadora.
Cherry asimiló la información y pareció comprender lo que Mia estaba pasando.
—Wow, Mia, eso es increíblemente valiente de tu parte. Pero, no puedo evitar preguntarte qué pasó, o quién te dijo que hicieras eso.
Mia tomó una respiración profunda, considerando si debía revelar el papel del profesor Insfrod en su descubrimiento. Finalmente, decidió ser honesta con su amiga y compartir parte de su experiencia.
—Bueno, en realidad, fue el profesor Insfrod quien provocó esta reflexión en mí. Durante la clase de ayer… No puedo contarte con palabras lo que pasó, pero digamos que fue algo… muy excitante —intentó explicarle—. Nos desafió a romper los límites y explorar nuestra propia expresión artística de manera más profunda. Sus palabras y provocaciones despertaron algo en mí, algo que había estado reprimido durante mucho tiempo. Me hizo darme cuenta de que tenía que enfrentar mis miedos y abrazar mi propia sexualidad y autenticidad.
Cherry frunció el ceño y miró a Mia con preocupación.
—Mia, ¿estás segura de que eso es apropiado? Yo sé que el profesor Insfrod es… bastante particular con su método de enseñanza, por algo su clase tiene tantos desertores como gente que quiere ingresar. No sé si confiaría en un profesor que te empuja a hacer cosas de esta manera. Suena un poco inapropiado y potencialmente manipulador.
Mia apreció la preocupación de Cherry y comprendió su punto de vista.
—Entiendo tus preocupaciones, Cherry, y valoro tu opinión. Sé que puede parecer inapropiado, y admito que también tengo mis dudas. Pero siento que hay algo en este proceso de autodescubrimiento que es genuino y liberador para mí. Estoy dispuesta a seguir adelante y explorar esto por mí misma, pero también estoy atenta a cualquier señal de que algo no esté bien. No quiero ponerme en una situación incómoda o peligrosa, pero también quiero ser fiel a mí misma y a lo que siento que necesito hacer.
Cherry suspiró y se acercó a Mia, poniendo una mano reconfortante en su hombro.
—Mia, solo quiero que estés segura y protegida. Si crees que esto es lo correcto para ti, te apoyaré. Pero también quiero que estés atenta a tus propios límites y a cualquier señal de que algo no esté bien. Si necesitas hablar o si algo te preocupa, prométeme que me lo dirás, ¿de acuerdo?
Mia asintió, agradecida por el apoyo y la preocupación genuina de su amiga.
—Gracias, Cherry. Aprecio tu apoyo y tus palabras de precaución. Prometo ser consciente de mí misma y mantenerme segura en este proceso. Y, por supuesto, siempre puedo contar contigo si necesito hablar o compartir mis preocupaciones.
—Bien. Por ahora vistámonos y vamos a desayunar. Muero de hambre.
Mia esperó a su amiga y juntas caminaron hacia el comedor estudiantil, donde disfrutaron de un delicioso desayuno. Pese a encontrarse en la misma carrera, tenían horarios y comisiones diferentes, por ende, mientras Cherry tenía clases de Historia del Arte, Mia disponía de una hora libre. La empleó para ir a hablar con el profesor Insfrod y contarle del resultado de su “propuesta indecente”.
Caminó hacia el aula donde, por lo general, se dictaban las clases de Dibujo III, pero no encontró al profesor Insfrod en ese lugar. Quizás estaba en su despacho.
Mia se dirigió allí sin pensarlo dos veces. Tocó la puerta suavemente, y sin esperar respuesta, entró. No había nadie. El despacho estaba totalmente vacío. El escritorio lucía una organización pulcra y masculina, con algunas obras de arte colgadas en las paredes y algunos papeles amontonados y clasificados siguiendo un sistema propio y de invención del mismo profesor.
Escuchó un ruido y una voz ahogada detrás de una puerta entreabierta. Mia se acercó hacia allí, mientras el ruido se intensificaba. Empujó un poco la puerta y espió por la abertura que ésta brindaba, y lo que vio la dejó sin habla.
Toda la habitación estaba a oscuras, excepto por una lámpara que colgaba sobre una muchacha con unos hermosos y grandes aros de perla como única prenda de vestir, se encontraba sobre la estructura que usaban los modelos al momento de posar. La muchacha tenía las piernas abiertas, con el rostro de Rhian en medio de su ser.
Mia quedó completamente sorprendida por la escena que presenció. Se sintió invadida por una mezcla de emociones: sorpresa, confusión, e incluso una pizca de excitación. No sabía cómo reaccionar o qué hacer en ese momento. No sabía si quedarse o irse… La muchacha continuaba gimiendo y suspirando mientras el profesor seguía con sus atenciones, acariciando y lubricando con su lengua las puertas de su cuerpo, mientras con los dedos aumentaba la excitación en la estudiante.
Quizás por su sexto sentido, o por otra cosa, la estudiante que estaba recibiendo las atenciones del profesor, se percató de la mirada de Mia. Dirigió sus ojos hacia los de ella, mirándola fijamente mientras no dejaba de gemir.
El rostro de la muchacha se tiñó de un rojo escarlata tan intenso que emulaba el color de una fresa lista para ser cosechada. Y mientras esa estudiante seguía gimiendo y acariciando sus senos mientas Rhian no dejaba de complacerla, ella se mordía el labio inferior, sonriendo y disfrutando de la presencia de la pequeña voyeur.
Mia no podía moverse, pero tampoco podía dejar de observar lo que estaba viendo. La escena frente a sus ojos era impactante y desafiaba todas las expectativas y normas sociales. Mia se sentía atrapada entre la curiosidad, el asombro y una extraña excitación. Sin embargo, también experimentaba una sensación de culpa y conflicto interno. Sabía que lo que estaba presenciando era una situación íntima y privada, y se preguntaba si era ético o correcto estar observando sin el consentimiento de las personas involucradas.
Por un momento, consideró cerrar la puerta y salir discretamente, respetando la privacidad de los demás, pero... Sus piernas y sus manos no reaccionaban... Se quedó allí, mirando ese espectáculo, con la mirada de la muchacha clavada en sus ojos, hasta que ella alcanzó el clímax, y dejó salir todo su deseo en feroz torrente de placer.
Rhian se separó del cuerpo de la muchacha y se acercó a su boca para besarla apasionadamente.
—Tenemos compañía —le anunció seductoramente la muchacha. Indicó con los ojos la rendija de la puerta, y el profesor dirigió su mirada hacia allí.
Mia se acobardó ante la mirada del profesor, e intentó irse, pero la potente voz del docente la detuvo.
—Si te quedaste para la función, quédate para los créditos —le ordenó.
Mia se pegó contra la pared, y guardó silencio. El profesor salió de la habitación y enfrentó al invitado. Cuando se dio cuenta que era ella, su semblante cambió de serio a divertido.
—Ah, señorita Lacourte. Qué sorpresa —le dijo con una sonrisa mientras la pobre Mia seguía sin poder moverse ni respirar, pero con el rostro bien rojo.