El ascensor se detuvo en el piso 11, pero Valentina no salió de inmediato. Tuvo que obligarse a mover las piernas, como si el cuerpo se le hubiera dormido por el impacto. Sus dedos todavía temblaban alrededor del vaso de café, ahora completamente frío.
Caminó por el pasillo en silencio, con la mirada fija al frente, aunque no veía nada. Apenas pasó la puerta de su oficina, cerró detrás de sí, se apoyó contra la madera y soltó el aire de golpe, como si hubiera estado conteniéndolo todo ese tiempo.
-No puede ser -murmuró.
La ciudad se extendía más allá de la ventana, vibrante, indiferente. El sol de la mañana proyectaba sombras largas sobre su escritorio impecablemente ordenado. Pero su mundo interior era un caos.
Dejó el café a un costado y se sentó frente a su computadora. No abrió ningún archivo. No tocó el teclado. Solo se quedó allí, con la vista perdida, mientras una tormenta de pensamientos la empapaba por dentro.
¿Cómo era posible?
¿Cómo podía ser ÉL?
¿Por qué ahora, justo ahora?
-Hola, ¿estás bien?
La voz de Lucía la sacó de su espiral. Valentina levantó la cabeza y vio a su compañera asomada por la puerta. Lucía, con sus trajes coloridos y su honestidad brutal, era la única persona en la oficina con la que Valentina se sentía realmente cercana.
-Parecés un fantasma -agregó, entrando con una taza de té en mano.
-¿Tengo cara de haber visto un muerto? -intentó bromear Valentina, aunque la sonrisa le salió torcida.
-Peor. Tenés cara de que el muerto volvió. ¿Qué pasó?
Valentina dudó por un momento. Luego suspiró y se pasó una mano por el cabello.
-El nuevo CEO... lo conozco.
Lucía levantó las cejas, interesada.
-¿Conocés tipo "lo vi en una conferencia", o tipo "fue mi ex y rompimos de forma dramática"?
Valentina cerró los ojos un segundo.
-Lo segundo.
Lucía silbó, divertida y escandalizada al mismo tiempo.
-Contame. Todo. Desde el principio. Ya.
Valentina sonrió con algo de resignación. Sabía que Lucía no iba a parar hasta saberlo. Y, en el fondo, necesitaba decirlo en voz alta para poder digerirlo.
-Nos conocimos en la universidad. Estudiábamos comunicación, los dos. Fue... una historia intensa. De esas que te marcan. Éramos inseparables. Pero yo siempre tuve claro que quería irme a estudiar afuera, y cuando salió la beca para París, la tomé. Él no quiso venirse conmigo. Terminamos.
-¿Y no lo volviste a ver?
-No. Hasta hoy. -Su voz se volvió más baja-. Se subió al ascensor, me miró, dijo "Hola, Valentina" como si no hubieran pasado ocho años... y me dejó paralizada.
Lucía la miró, entre divertida y preocupada.
-¿Y qué onda? ¿Te habló con tono sexy-vengativo de novela turca?
Valentina soltó una risa seca.
-Algo así. Está distinto. Más seguro, más... frío. Pero sus ojos siguen igual.
-¿Y vos? ¿Sentiste algo?
-Sí. -Se sinceró-. Algo parecido a una patada en el estómago.
Lucía le puso una mano en el hombro.
-Bueno, sea lo que sea, lo vas a manejar. Vos no sos la misma de hace ocho años, ¿no?
-No. Pero no pensé que iba a tener que demostrarlo hoy.
-Entonces hacelo. Vas a esa reunión, lo mirás directo a los ojos y le recordás que puede ser CEO, pero vos sos la reina de este piso. Y nadie te mueve la silla sin pelearla.
Valentina la miró. Sonrió. Y asintió.
-Gracias, Lu. Te juro que no sé cómo haría sin vos.
-Obvio que no sabés. Yo soy insustituible. -Le guiñó un ojo-. Ahora, levantate, retocate el labial y hacé historia.
Valentina se paró despacio, se acercó al espejo lateral del armario y corrigió los labios con un rojo discreto pero elegante. Se alisó la blusa, alzó la barbilla y se miró a sí misma con atención.
No sos la misma.
Sos más fuerte. Más segura.
Y esta vez, no vas a salir perdiendo.
-Vamos -dijo, saliendo de la oficina con paso firme-. El show acaba de empezar.
La sala de juntas en el piso 15 era distinta a todas las demás. Más amplia, con paredes de vidrio que daban a la ciudad, una mesa de roble pulido en forma ovalada y sillas negras que parecían más tronos que muebles de oficina. Ahí no se tomaban decisiones simples: ahí se movían las piezas grandes del juego.
Valentina llegó puntual, aunque su corazón llegaba con segundos de retraso.
Respiró hondo antes de entrar. Tenía la espalda recta, la mirada afilada, los labios impecables. Nada en su postura revelaba el huracán que le giraba por dentro.
Al abrir la puerta, ya había varias personas sentadas. Gerentes, subdirectores, rostros familiares. Todos murmuraban entre ellos, inquietos. Nadie sabía demasiado sobre el nuevo CEO, solo que hoy haría su primera aparición pública.
Valentina ocupó su asiento de siempre, al lado de Esteban, el director financiero, que le sonrió con simpatía. Ella asintió, pero no tenía cabeza para cortesías.
Diez segundos después, las puertas se abrieron.
Entró.
Nicolás.
Y la energía de la sala cambió por completo.
Vestía un traje azul medianoche que no era ostentoso, pero estaba hecho a medida. El reloj caro en la muñeca brillaba con sutileza. Se movía con seguridad, como si ya supiera dónde estaba cada rincón, como si no necesitara presentación. Como si siempre hubiera sido suyo.
Detrás de él venía la asistente de dirección, apurada, cargando una tablet y una carpeta. Nicolás ni siquiera la miraba. No necesitaba nada más que su presencia para dominar la escena.
Valentina sostuvo la mirada. No se iba a esconder. No esta vez.
Él caminó hasta la cabecera de la mesa y se detuvo antes de sentarse. Se apoyó levemente con las dos manos sobre la madera. Silencio total.
-Buenos días a todos -dijo, con voz firme y pausada-. Mi nombre es Nicolás Ferrer. Y desde hoy, soy el nuevo CEO de Torres & Alba.
Nadie habló. Nadie se movió. El magnetismo que emanaba era innegable, y él lo sabía. Jugaba con eso. Con los silencios. Con las pausas. Con las miradas.
-Algunos de ustedes me conocen, otros no. Vengo con la intención de reestructurar, repensar y hacer crecer esta empresa. Sé que no será fácil. Pero tampoco me interesa que lo sea.
Una de las asistentes tomó nota frenéticamente. Esteban tragó saliva. Valentina mantuvo su rostro sereno, aunque cada palabra era una nota más en una sinfonía de antiguos temores.
-Valentina Ortega -dijo Nicolás de pronto, girando la cabeza hacia ella con una precisión quirúrgica-. Vi tu informe de campaña sobre el último trimestre. Interesante enfoque. Un poco conservador, pero sólido.
Las miradas se giraron hacia ella como si acabara de ser llamada al centro del escenario.
Valentina sonrió. Lenta. Letal.
-Gracias. Fue una estrategia pensada para sostener el mercado mientras el área de innovación se reestructura. Prefiero ser sólida antes que precipitada. Pero me encantaría saber qué te parece arriesgado. -Pausó- Perdón... qué le parece, señor Ferrer.
Él ladeó la cabeza, apenas. Disfrutaba. No solo de la tensión. De ella.
-El riesgo es parte del crecimiento. Pero me gusta tu estilo. Impecable, como siempre.
La sala no entendió el subtexto. Pero ella sí.
Cada palabra estaba cargada. Era un juego entre líneas. Un duelo. Y recién empezaba.
Nicolás continuó hablando, ahora de cifras, de metas, de lo que se esperaba del nuevo trimestre. Pero cada tanto, su mirada volvía a posarse en ella, como un recordatorio silencioso: Te veo. No te olvidé. Y no vine en son de paz.
-Vamos a reorganizar algunos equipos -anunció, acercándose a la pantalla con el organigrama-. A partir de esta semana, el área de marketing reportará directamente a dirección general. Es decir... a mí.
Un murmullo cruzó la mesa. Valentina sintió un frío que le bajó por la espalda.
-Me gustaría empezar con sesiones uno a uno con cada líder de área -agregó, y entonces la miró directo, sin rodeos-. Vos primero, Valentina. ¿Hoy a las cinco te queda bien?
Ella sostuvo la mirada. No dudó.
-Perfecto. Nos vemos a las cinco.
La reunión continuó, pero para Valentina ya había terminado. Lo que quedaba era apenas un telón de fondo para lo único real: el reencuentro.
Cuando Nicolás finalizó, se despidió con una frase que hizo que varios se removieran incómodos en sus asientos.
-No se preocupen. No vine a destruir nada. Solo a transformar. Pero para transformar, primero hay que mover las piezas.
Y miró a Valentina una vez más antes de salir.
Como si le dijera: Y vos sos mi primera jugada.