Portada de la novela Mellizos secretos para el Magnate

Mellizos secretos para el Magnate

9.4 / 10.0
Elena trabajó con lealtad para el implacable Christopher Vance hasta que una noche de pasión bajo máscaras la llevó a desaparecer. Tres años más tarde, un Vance desesperado por salvar su imperio busca el apoyo del influyente Grupo Volkov. El choque es brutal al hallar que la nueva presidenta es Elena, la rica heredera que huyó de su lado. Acompañada por dos mellizos que comparten los ojos de Christopher, el gran secreto familiar sale por fin a la luz.
Resumen de Mellizos secretos para el Magnate
Elena trabajó con lealtad para el implacable Christopher Vance hasta que una noche de pasión bajo máscaras la llevó a desaparecer. Tres años más tarde, un Vance desesperado por salvar su imperio busca el apoyo del influyente Grupo Volkov. El choque es brutal al hallar que la nueva presidenta es Elena, la rica heredera que huyó de su lado. Acompañada por dos mellizos que comparten los ojos de Christopher, el gran secreto familiar sale por fin a la luz.
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Mellizos secretos para el Magnate Capítulo 1

El roce del satén contra su piel desnuda, el calor abrasador de unas manos posesivas y el aroma embriagador a madera de cedro y bergamota. Esos eran los únicos recuerdos nítidos que Elena conservaba de hace exactamente catorce días.

Había sido una locura. Un impulso irracional en medio del anonimato que proporcionaba el baile de máscaras del exclusivo club Élite. Ella solo había entrado para entregar unos documentos confidenciales a un cliente, pero la oscuridad del área VIP y un apagón momentáneo la arrojaron a los brazos de un desconocido. Un hombre con una máscara de lobo plateado que la besó con una urgencia salvaje, como si llevara una vida entera buscándola. Y ella, asfixiada por la monotonía y la presión de su vida, se dejó llevar. No hubo nombres. No hubo rostros. Solo la colisión de dos cuerpos en la penumbra.

Cuando la luz volvió, Elena huyó despavorida, dejando atrás al extraño que aún respiraba agitado, llamándola con una voz ronca que todavía la hacía temblar en las noches.

-Señorita Fuentes, el señor Vance acaba de llegar al edificio -la voz de la recepcionista a través del intercomunicador la devolvió de golpe a la fría y aséptica realidad.

Elena parpadeó, sacudiendo la cabeza para borrar la imagen de aquel misterioso amante, y se ajustó las gafas de montura gruesa sobre el puente de la nariz. Alisó la falda de tubo de su severo traje gris y tomó la tableta digital.

Atrás quedaba la mujer apasionada de la máscara de encaje negro; aquí, en el piso ochenta de la Torre Vance, ella era solo la eficiente, invisible y silenciosa secretaria ejecutiva del hombre más temido de toda la ciudad: Christopher Vance.

Las puertas del ascensor privado se abrieron con un suave murmullo y la temperatura de la oficina pareció descender diez grados de golpe.

Christopher avanzó con pasos largos y decididos. Era un hombre imponente, de un metro noventa, hombros anchos delineados por un traje Armani hecho a medida, y un rostro tallado con una perfección casi cruel. Pero lo que más intimidaba en él eran sus ojos. Un gris tormenta, fríos y calculadores, capaces de doblegar a cualquier magnate con una sola mirada.

-Buenos días, señor Vance -saludó Elena con tono profesional, entregándole su café negro, sin azúcar, exactamente a ochenta grados centígrados, como él lo exigía.

-Mi agenda, Elena -ordenó él sin molestarse en devolverle el saludo, tomando el vaso. Al hacerlo, sus dedos rozaron levemente los de ella.

Una corriente eléctrica, dolorosamente familiar, le recorrió la espina dorsal. Elena contuvo el aliento, apartando la mano con disimulo. Últimamente, la presencia de Christopher la alteraba más de lo normal, pero lo achacaba al agotamiento extremo.

Mientras le recitaba la interminable lista de reuniones, juntas directivas y fusiones corporativas, el teléfono personal de Elena vibró en su bolsillo. Era una línea que solo conocía una persona en el mundo. Su pulso se aceleró.

-Continúe -exigió Christopher al notar su pausa, clavando sus ojos grises en ella. Parecía irritado-. No tengo todo el día, señorita Fuentes.

-Disculpe, señor. La junta con el comité asiático es a las diez -terminó de decir, sintiendo un nudo en la garganta-. ¿Me permite un momento? Necesito ir al baño.

Christopher arqueó una ceja, sorprendido por la petición inusual en su impecable secretaria, pero asintió con un gesto seco de la mano, despidiéndola.

Elena caminó a paso rápido hasta el pasillo, con las manos temblorosas. Entró al cubículo del baño y contestó la llamada.

-¿Hola? -susurró, con el corazón latiéndole en los oídos.

-Elena... te encontraron -la voz al otro lado de la línea sonaba ahogada, llena de pánico. Era la señora Martínez, su madre adoptiva-. Hombres de traje oscuro entraron a mi casa preguntando por ti. Tienen fotos. Saben que estás en la ciudad. Hija, tienes que desaparecer. ¡Ahora!

El mundo giró a su alrededor. El pasado del que tanto había huido, los acreedores de su difunto y problemático padre adoptivo, la habían localizado. Si se quedaba, no solo su vida corría peligro, sino la de cualquiera a su alrededor. Tenía que irse. No mañana, no en una hora. En ese mismo instante.

Con la respiración entrecortada y un sudor frío perlando su frente, redactó rápidamente una carta de renuncia en su tableta. La imprimió en la estación de secretarias y, sin pensarlo dos veces, caminó de regreso a la oficina de su jefe.

No tocó la puerta. Entró directamente.

Christopher estaba de pie frente al inmenso ventanal, mirando la ciudad que dominaba. Se giró lentamente, frunciendo el ceño ante la interrupción sin previo aviso.

-Señor Vance -dijo Elena. Su voz tembló por una fracción de segundo antes de endurecerse-. Renuncio.

Dejó la hoja sobre el escritorio de caoba.

El silencio que siguió fue denso, casi asfixiante. Christopher miró el papel y luego a ella. Por primera vez en dos años, no vio a la secretaria robótica y perfecta. Vio a una mujer pálida, con los ojos muy abiertos, casi salvajes. Por un brevísimo instante, algo en la postura de Elena le recordó de manera dolorosa a la mujer que se le había escapado de los brazos hacía dos semanas en aquel club.

-¿Qué significa esto, Elena? -su voz era baja, pero cargada de una furia contenida-. Sabe perfectamente que por contrato requiere darme un aviso de treinta días. No acepto su renuncia.

-Es por motivos personales irrevocables, señor. Y de fuerza mayor. Necesito que firme mi liquidación y me deje ir hoy mismo.

Él dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. El aroma a madera de cedro y bergamota la envolvió por completo. El estómago de Elena dio un vuelco repentino, una extraña náusea la asaltó de la nada, pero se obligó a mantener la barbilla en alto.

-Nadie me deja de un momento a otro, señorita Fuentes. Nadie -siseó él, mirándola desde arriba.

-Yo sí -respondió ella, sosteniéndole la mirada con una fiereza que lo descolocó.

Christopher apretó la mandíbula. Acostumbrado a tener siempre el control absoluto, la insubordinación le hervía en la sangre. Arrancó un bolígrafo de oro de su chaqueta, firmó el documento con un trazo agresivo y se lo arrojó sobre el escritorio.

-Lárguese. Si sale por esa puerta, asegúrese de no volver a cruzarse en mi camino jamás.

Elena tomó el papel. No se despidió. Dio media vuelta y salió de la oficina, sintiendo que el pecho se le desgarraba por alguna razón incomprensible.

Caminó hacia el ascensor. Al presionar el botón de bajada, un repentino mareo la obligó a apoyarse contra la pared de mármol frío, llevándose una mano al vientre de forma instintiva. No sabía que dentro de ella ya latían dos pequeñas vidas que cambiarían el destino del magnate para siempre.

El viaje acababa de empezar.

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