¡¡¡Seis mil créditos!!! Para un simple trabajador de clase B como Vidar disponer de tal cantidad de saldo era como pasar a pertenecer a la élite. En general, el sueldo medio de los sujetos clase A era de cinco mil créditos, por lo que al menos durante una jornada, el recién parado podría disfrutar de servicios y lujos que de otra manera apenas había podido llegar a imaginar. Como aquel día no tenía que trabajar (y hacia muchísimo tiempo que tal hito no ocurría), disponía de veinticuatro horas completas para su uso y disfrute, y se prometió a sí mismo que no las desperdiciaría.
Lo primero que hizo al verse libre en la gran avenida donde se ubicaba su antiguo lugar de trabajo fue caminar entre la marabunta de gente buscando una cafetería. Vidar apenas podía recordar cuándo fue la última vez que había podido disfrutar con calma del aroma del café, y eso que es uno de esos pequeños placeres que es realmente difícil de olvidar. Halló una mesa desocupada en un café-bar de decoración «retro»; del estilo de las películas que se filmaban dos siglos atrás. En realidad, ya nadie recordaba las arcaicas tramas de aquellos filmes, pero la iconografía de su aspecto visual había sobrevivido al tiempo, y sus diferentes épocas regresaban cíclicamente como modas decorativas para los más sibaritas. Pidió un café del Himalaya solo sin azúcar y la camarera, una clase C, se lo sirvió con celeridad asombrosa. Por supuesto no se trataba de un café realizado con granos de la cordillera asiática, sino una recreación fiel de estos en alguno de los muchos laboratorios que fabricaban los diferentes alimentos en el sector industrial, ya que habían pasado unos cincuenta años desde que la civilización al completo había abandonado su antigua forma de vida dispersa por el mundo para encerrarse en el interior de aquella megalópolis y disfrutar de la auténtica revolución que prometía el vivir todos de forma sostenible en un pequeño espacio donde no existieran más preocupaciones que el día a día gestionado por Adrastea.
Vidar se tomó el café con pasmosa tranquilidad. Sentado. Mirando a través de la cristalera el ir y venir de la humanidad entre los rascacielos de fachadas ajardinadas unidas por pasarelas transitables que se erigían por toda la zona centro de la ciudad. Se sorprendió maravillándose con la sutil belleza que transmitía el perenne verde que envolvía todo y que le trajo a la mente a la «ciudad Esmeralda», capital de un cuento infantil que había leído siendo un niño titulado «El maravilloso mago de Oz», y pensó por un instante en cómo en demasiadas ocasiones no se repara en la belleza que se está acostumbrado a ver, y a veces merece la pena detenerse un instante y observar con atención alrededor para poder apreciarla. En cuanto al resto del mundo, que no había dejado de moverse durante sus fugaces divagaciones, continuaba siendo igual y a su vez diferente cada instante: unas personas corrían hacia el trabajo para no llegar tarde, otras intentando no mojarse demasiado con uno de los riegos programados en forma de lluvia, otras dispuestas a derrochar de un plumazo su salario en vicio, y algunas dirigiéndose con aire abatido hacia los módulos residenciales para descansar y poder reiniciar el ciclo estacionario por el que se regía todo. Allí no había muchas más posibilidades ni preocupaciones, y ese pensamiento de alguna manera le reconfortó mientras el amargo sabor de los últimos sorbos de pseudo café impregnaba sus papilas gustativas.
«Saldo disponible en su cuenta personal - cinco mil setecientos cincuenta créditos. Tiempo restante – veintitrés horas. Disfrute de su dinero».
Debido a otras prioridades, Vidar hacía años que no acudía a un centro de realidad virtual. En su juventud, el abstraerse del mundo y viajar a lugares mágicos de la mano de esa tecnología había sido su pasatiempo favorito, pero poco a poco lo había ido dejando de lado dando preferencia a placeres más adultos como el sexo, las drogas o la bebida. Pero aquel día, como podía permitírselo, decidió darle una oportunidad a su niño interior y se dirigió al centro de realidad virtual, donde contrató un viaje galáctico de dos horas en una sala VIP.
Desde su más tierna infancia a Vidar siempre le habían fascinado las historias acerca de todo aquello más allá de los muros de Mayyuws Minh: las tierras inhóspitas, los bosques, las montañas, los océanos y en especial espacio exterior y sus insondables misterios, por lo que no era de extrañar que su mente en los espacios en blanco fantaseara con épicas travesías entre los astros recorriendo parajes jamás mancillados por el hombre, y la tecnología de la realidad virtual permitía hacer que tales anhelos tomasen forma ante sus ojos. Haciéndole sentir por breves instantes ese gran explorador espacial que siempre había fantaseado llegar a ser.
Se sentó en el sillón masajeador, se colocó las gafas y seleccionó mentalmente gracias a la conexión inalámbrica de su chip el trayecto que quería realizar. Había escuchado hablar muy bien de una curiosa novedad independiente titulada: «Siendo aún un niño me enamoró una estrella». Un viaje virtual hasta los confines de la galaxia que adaptaba con bastante fidelidad la trepidante fantasía visual del poemario de un viejo autor caído en el olvido. Por lo que haciendo caso a las recomendaciones se embarcó en él.
Las dos horas se le pasaron volando mientras visitaba uno a uno los planetas del sistema solar, cruzaba agujeros negros, paseaba por planetas desérticos donde alguna vez habían florecido y caído en desgracia antiguas civilizaciones galácticas, recorría inmensos planetas artificiales o disfrutaba de idílicas puestas de sol en un auténtico paraíso al otro lado del universo. Como suele ocurrir cuando la mente se ha evadido de la realidad, al finalizar el viaje Vidar se quedó desorientado y con una extraña sensación de vacío, pero un grotesco sonido procedente de las entrañas de su estómago le recordó que se aproximaba la hora del almuerzo, y decidió, ya que podía permitírselo, comerse una gran hamburguesa y después acudir a un centro estético para que le dejaran hecho un pincel para darse la noche más loca de su vida.
«Saldo disponible en su cuenta personal - cuatro mil setecientos cincuenta créditos. Tiempo restante – veintiuna horas. Disfrute de su dinero».
Una vez saciada el hambre, Vidar se sometió a uno de esos tratamientos de cambio estético temporal que tan de moda se habían puesto en los últimos años en la alta sociedad. Estos, hacían tomar a quien pudiese permitírselo el aspecto que desease durante veinticuatro horas. Vidar miró el catálogo de rostros y seleccionó el de un modelo rubio de ojos azules y mentón cubierto con barba de tres días que le otorgaba una apariencia que exhalaba masculinidad. Para el cuerpo eligió uno de bronceado medio, esculpido en el gimnasio, pero sin exageraciones. Cuando finalizó el tratamiento, aunque fuese por tiempo muy limitado, Vidar era un hombre muy diferente al que había entrado en el local, y estaba dispuesto a aprovechar su nuevo aspecto en la discoteca.
«Saldo disponible en su cuenta personal - tres mil quinientos créditos. Tiempo restante – diecisiete horas. Disfrute de su dinero».
Como casi todas las tardes se dirigió a «Limbo», el local de ocio más concurrido de la ciudad. Debido a que la sociedad estaba estructurada en tres turnos de trabajo, y que bajo la cúpula que cubría la urbe no existía diferencia entre el día y la noche, allí siempre había movimiento, por lo que para acceder tuvo que esperar una buena cola. Allí, personas de todos los géneros, etnias y edades esperaban su turno para acceder al vicio y desenfreno que brindaba aquel lugar.
Cuando Vidar entró, lo primero que hizo fue acercarse a la barra y pedir un primer cóctel de licor de alta graduación con drogas para poder meterse lo antes posible en aquel ambiente sobrecargado de humo, repetitiva música electrónica y gente deseosa de gastar sus créditos disfrutando lo máximo posible en el proceso.
Tras consumir de un trago el contenido del vaso Vidar se dirigió a la pista de baile y se desató la locura. Saltó. El ritmo de su corazón se aceleró. El mundo comenzó a girar a su alrededor. Danzó. Bebió más. Fumó. Siguió bailando hasta que sus piernas no respondieron. Entró en una cabina privada junto a un hombre y una mujer donde liberó sus instintos sexuales más primarios. Continuó bebiendo, fumando y follando hasta que cuando se quiso dar cuenta caminaba trastabillando borracho entre la muchedumbre de una calle sin saber muy bien hacia donde ir. El chip le avisó.
«Saldo disponible en su cuenta personal - trescientos créditos. Tiempo restante – tres horas. Disfrute de su dinero».
Trescientos créditos que no daban ni para pagar la estancia en una cabina de descanso «low cost», por lo que se acercó a una máquina de vending y allí compró un cartón de vino tinto y una caja de pastillas para anular los efectos nocivos del alcohol y las drogas.
«Saldo disponible en su cuenta personal - quince créditos. Tiempo restante – dos horas y cincuenta y cinco minutos. Disfrute de su dinero».
Con tan insignificante cantidad de créditos no podía adquirirse nada, por lo que en pocas horas pasaría a formar parte del fondo global de mantenimiento de los escasos servicios públicos de la ciudad que realizaban los droides y drones que se movían entre la marabunta de gente sin hacerse apenas notar, pero eso a Vidar, ebrio como estaba, no le preocupó ni lo más mínimo en aquel momento. Se sentó en un banco, abrió el vino arrancando una esquina del cartón con los dientes y pegó un buen lingotazo. Sin importarle lo que pudiese opinar la gente que pasaba en un flujo constante a su alrededor. No fue hasta el segundo trago del cartón cuando reparó en la presencia de una chica que estaba sentada en el banco junto a él.
Se trataba de una chica de unos dieciocho años. De pelo castaño a media melena, piel clara con muchas pecas y ojos brillantes color miel. Su atuendo era humilde, de esos monos genéricos que solían vestir los individuos de clase C. La joven lloraba desconsoladamente.
Con la mente abotargada, Vidar tardó unos segundos en reaccionar, pero en cuanto asimiló la situación en la que se encontraba la joven, le tendió el cartón de vino y dijo:
—¡Ja, ja, ja! Chica, ¡no hay nada en este mundo de mierda que merezca que se derramen las lágrimas! ¡Hip! Hazme caso y da un buen trago a esto. Muchacha, no sé qué es lo que te aflige, ¡hip!, pero ya verás como las penas te parecerán menos penas tras beber un poco de esta basura barata, ¡je, je, je! Mi nombre es… ¡Hip! Vidar.
—Gracias, es usted un hombre muy amable —respondió la chica. Apartó las lágrimas de sus ojos con la mano y aceptó el ofrecimiento del desconocido tomando un buen sorbo de la bebida —. Perdone que le sea tan directa. Suelo serlo. Mi nombre es Danna, y lloro de impotencia, pues no tengo nada que hacer ni ningún sitio a donde acudir.
—¡Ja, ja, ja! ¿Qué quieres que te diga chiquilla? ¡Pues ya somos dos! —dijo Vidar con lengua de trapo al ver que no tenía ninguna notificación de Adrastea asignándole un nuevo puesto de trabajo, y al darse cuenta de que tal desgracia tampoco le importaba demasiado se echó a reír a carcajada limpia entre la marea de gente indiferente que por allí transitaba.
Desde que tenía uso de razón Danna solo había conocido la vida en el interior del centro de capacitación de menores. Se trataba de la institución encargada de analizar a los infantes y aleccionarlos en las diferentes tareas que podrían llegar a realizar al alcanzar la edad adulta. Hacía algunas décadas, los niños allí ingresados habían sido concebidos de manera natural e inscritos en el centro por sus propios padres, pero con la implantación del anticonceptivo temporal en la alimentación general para evitar embarazos no controlados fuera del laboratorio, todos los internos durante el periodo docente de Danna habían surgido de una probeta para mantener la densidad de población y así evitar desajustes en el equilibrio social y económico alcanzado. La razón de ser de aquel tipo de lugar era asegurarse de otorgar una clasificación justa al nivel intelectual y de capacidad de los estudiantes allí internados para poder colocarles después en algún puesto de trabajo acorde a su potencial. Así, todos los miembros de la sociedad acababan siendo encuadrados en alguna de las siguientes clases o rangos: C, C/B, B, B/A, A, y de forma excepcional, la conocida como A+, clase a la que pertenecían apenas un par de decenas de personas en toda la macro ciudad, y que eran los encargados de supervisar e intentar mejorar el raciocinio y funcionamiento de Adrastea para que se beneficiara de ello el resto de la sociedad.
Lo cierto es que los años que Danna había pasado allí internada había sido muy feliz. ¿Cómo no serlo? Se trataba de una recreación de la vida adulta adaptada a las diferentes edades de los muchachos. Asignándoles todo tipo de tareas diarias y compensando su rendimiento con beneficios y premios. Una vez que los chicos comprendían la dinámica del sistema aceptaban sin reguiñetes el que con su esfuerzo diario podían alcanzar grandes beneficios: leer libros clásicos adaptados, ver películas censuradas, pasar ratos en salas recreativas llenas de juguetes, jugar videojuegos, realizar viajes de realidad virtual, e incluso a los mayores participar en fiestas donde poder divertirse bebiendo alcohol de baja graduación, consumiendo drogas blandas o iniciándose en las prácticas sexuales. Tanto la realización de las tareas como la manera de disfrutar de los premios se utilizaban a posteriori para monitorizar a los sujetos y asignarles el rango que marcaría su estatus durante la madurez. Rango determinado por las capacidades y habilidades innatas en las que destacaban unos u otros.
Pero para Danna el tiempo como alumna del centro había llegado a su fin al haber alcanzado la mayoría de edad, y esta esperaba con paciencia junto al resto de sus compañeros de promoción a que el director les otorgase el acceso a la vida real con el rango que les acompañaría de por vida y el primer trabajo al que debían incorporarse en cuanto pusieran un pie fuera de la institución.
«Estimados alumnos. Después de todos los años que habéis pasado aquí encerrados al fin ha llegado el ansiado momento de recoger los frutos de vuestro esfuerzo y abandonar el nido para volar bien alto. Soy consciente de que la clasificación que os voy a dar puede parecer a priori injusta, pero pensar que no hay nadie en esta sociedad que no sea necesario para el resto. Sea este un rango A+, que os puedo adelantar que no es el caso, o uno C. Seáis encargados de un equipo de informáticos o reponedores de un supermercado. No existe diferencia, pues como bien sabéis desde este instante todos debéis vivir el momento. Si lo hacéis esforzándoos al máximo que os permita vuestra capacidad cuando corresponda, sin duda hallareis la auténtica felicidad que es capaz de otorgar este sistema cuyo único objetivo es mantener el «estatus quo» de nuestra utopía hecha realidad.
Y ahora, sin más preámbulos paso a nombraros uno a uno para entregaros vuestra clasificación. Acercaros cuando llegue vuestro turno y la inscribiré en vuestros chips».
Tras un clamoroso aplauso los jóvenes fueron avanzando en orden y abandonando la sala con un nuevo objetivo en sus vidas que todos parecían aceptar sin objeción. No fue el caso de Danna, la cual sintió una gran decepción al recibir una clasificación C y un puesto como prostituta en uno de los elegantes burdeles del barrio rojo de la metrópoli, cuando ella, que era lo que suele decirse una gran soñadora, había anhelado siempre llegar a ser administrativa, dedicarse a algún tema relacionado con las actividades en las que solía conseguir mejores calificaciones como primeros auxilios o tiro al blanco, u ocupar alguno de esos maravillosos puestos que recibían los trabajadores clase B en los que podían ganarse la vida sin demasiado esfuerzo. Danna no podía comprenderlo. El sexo nunca había sido algo que disfrutase demasiado cuando lo había practicado en alguna de las fiestas organizadas en la residencia, pero el continuo escrutinio de datos al que se veían sometidos desde el primer momento del periodo de capacitación había detectado el aumento del placer en quienes habían mantenido relaciones con ella. Y cotejando esa información con el resto de los datos, la inteligencia artificial había dictaminado que debido a sus habilidades sexuales innatas la prostitución debía ser su ocupación natural.
—Señor, ¿existe la posibilidad de que se me asigne alguna otra ocupación?
—Pequeña Danna, llevo aquí casi treinta años desarrollando la función de notificar los rangos que os corresponden y no existe ni un solo caso en el que Adrastea errara asignando los puestos de trabajo. Créame, si ella te ha colocado en un lupanar, acéptalo sin remilgos, pues con esfuerzo tendrás una vida plena. ¡Es incluso posible que volvamos a cruzar nuestros caminos en una situación más placentera! —respondió el director guiñándole un ojo y dándole una palmada en el trasero.
Indignada por la deleznable actitud y nula empatía del director, Danna se juró a sí misma que no permitiría que nada ni nadie eligiera su destino por ella y se alejó con paso firme de allí. En cuanto pisó las aceras del mundo real y comenzó a comprender las consecuencias que implicaba el haber dado la espalda a su sino la embargó una enorme tristeza. Recordó la clase en la que les expusieron las posibilidades que tenían para vivir aquellos sin trabajo y se puso a llorar sin poder hacer nada para evitarlo cuando le vino a la cabeza la última opción. Aquella reservada a ancianos, enfermos crónicos o desesperados: el suicidio asistido voluntario. Una simple pastilla que necesitaba la aprobación de Adrastea para suministrarse, con la cual expiraba la vida del solicitante en un instante y el cuerpo pasaba a formar parte del catálogo de órganos si este estaba en buen estado o, en caso contrario, para fabricación de productos farmacéuticos o alimentos. Por suerte el encuentro con aquel borracho llamado Vidar, la hizo relajarse y decidió unirse a él para ver que podía deparar el futuro a dos parias sin oficio ni beneficio.
Cuando terminaron el vino, sin saber muy bien que hacer en sus respectivas situaciones, los recién conocidos tomaron una calle secundaria de las que se alejaban del conglomerado central hacia los suburbios. Vidar pensó que allí podrían encontrarse con alguien en su misma situación que les instruyera en cómo sobrevivir con los escasos ingresos que otorgaba la vida sin trabajo, y Danna, que no tenía ningún conocimiento del mundo más allá de lo que había aprendido en el centro de capacitación, siguió sin objeción sus pasos.
Se tomaron las pastillas para neutralizar la resaca y poco a poco se alejaron del bullicio de la almendra central de Mayyuws Minh donde se concentraba el setenta por ciento del trabajo administrativo y el ocio, y llegaron a la zona industrial. Se trataba de un distrito en apariencia desierto, pues todos los que allí se encontraban, estaban en el interior de alguna de las líneas de montaje de las factorías dispersas aquí y allá. Vidar y Danna caminaron y caminaron, pero la extensión de la ciudad era tal que después de varias horas avanzando sin descanso entre naves industriales que parecían clonadas, decidieron arriesgarse a hacer un alto en el camino junto a uno de los bidones ardiendo que habían visto de vez en cuando en los rincones más lúgubres de aquel lugar, aun conociendo los rumores del tipo de gente que frecuentaba las calles de ese sector de la urbe.
—¡Joder! ¡Qué alegría parar un rato para desentumecer los músculos! Estoy tan cansada que hasta me echaría una siesta sobre esos cartones.
—¡Jajaja! No creas que es mala idea chiquilla. En algún momento debemos dormir algo, y sin créditos para costearnos una cápsula de reposo este lugar es tan bueno como cualquier otro.
De repente una voz procedente de entre los cartones les sobresaltó:
—¡Ja! Ustedes deben ser nuevos por estos lares. Se huele a kilómetros su ingenuidad. Han tenido una suerte enorme de haberse topado conmigo en lugar de con un grupillo de esos sucios indeseables que se han multiplicado como ratas por aquí estos últimos tiempos. No entiendo como Adrastea lo está permitiendo, pero supongo que sus razones tendrá nuestra «dueña y señora».
Quien les hablaba era un hombre de mediana edad, de ropa andrajosa y una enmarañada barba plagada de canas que cubría casi en su totalidad sus rasgos faciales, el cual se acercó cojeando hasta el calor del fuego que habían elegido para tomar un descanso, pegó un buen trago de una petaca, la guardó en un bolsillo interior de la chaqueta de paño marrón que vestía y les habló con una gran sonrisa a la que le faltaban numerosos dientes:
—Os veo asustados. ¡Je! No temáis, soy solo un viejo de nombre Dionisio. Encantado de conoceros —se presentó y continuó hablándoles—. ¿Sabéis? No sé si será casualidad, pero sobre estas mismas horas hace cincuenta años vi la luz por primera vez. ¡Je! Debo ser de los pocos que quedan vivos que llegaron a conocer el mundo más allá de la cúpula que cubre esta «maravillosa» ciudad sin esperanza. Aunque voy a ser sincero, en aquella época era tan pequeño que en mi memoria de aquello no queda más que algún que otro recuerdo disperso.
—Gracias, señor —dijo Danna —. Vidar, mi compañero y yo, estaremos encantados de compartir un tiempo con usted. ¡Estamos cansadísimos! Por cierto, mi nombre es Danna.
Vidar se limitó a asentir, y Dionisio continuó hablando:
—¡Estupendo! ¡Ja! Como les he comentado hoy debe ser mi cincuenta cumpleaños, y si no es hoy, quizá lo fue ayer o tal vez mañana. El caso es que si este mundo fuese como debe ser, ahora mismo debería estar celebrándolo en una bonita casa rodeado de mis familiares y seres queridos, sin embargo, aquí estamos alrededor de un fuego improvisado tres miserables sin nada más que hacer que lamentarse por su desgraciada vida y lamerse las heridas. ¡Al cuerno con todo! Vidar y Danna, vamos a celebrar mi cumpleaños o «no cumpleaños» como si el mero paso del tiempo sirviese para algo en este mundo de mierda que nos ha tocado habitar. Creo que tengo algunos manjares y bebida en el carro donde guardo mis más preciadas pertenencias. ¡Je! Y viéndoos, francamente dudo mucho que tengáis algo mejor que hacer que acompañarme en este día tan especial.