Capítulo 2

** * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

* * * * * * * * *Merlí * * * * * * * * * *

Después de salir de ese escalofriante lugar, me vi obligada a subir a un vehículo de color negro y lunas polarizadas que me generaba bastante desconfianza (sobre todo, por la cantidad de hombres que se subieron en él). Yo no hubiese deseado tomarlo, pero el tipo que, de alguna manera me salvó, me recordó mis opciones: subir a su vehículo o regresar al burdel para que mi compra sea concretada.

En realidad, no sabía qué era peor; sin embargo, mi mejor opción, en ese instante, fue obedecerlo, ya que no concebía la idea de regresar con aquel cerdo que me había dicho que era mi amo.

—Sözleşmeyi bitir ve geri dön. Üç gün içinde sana ihtiyacım var —decía.

Y debo confesar que yo no entendía, ni un palo, alguna palabra que pronunciaba por su celular, pero ahí estaba yo, siendo llevada a no sé dónde.

Quería gritar, pero sabía que cualquiera de los hombres que estaban a mi alrededor me callarían al instante, aparte, el camino que se había tomado era algo (por no decir "muy") desolado.

—Hoşçakal —pronuncia y después, guarda su celular.

—¿A dónde vamos? —me atrevo a preguntar, pero nadie me responde—. Necesito saber a dón...

—Cállate... —ordena frío

—¿A dónde vamos? —insisto, pero él no me hace caso.

Pretendo preguntar otra vez, hasta que me doy cuenta de que el vehículo se estaciona frente a lo parece ser una gran mansión y, luego de unos segundos, ingresa en ella.

Ya dentro de la enorme casa, me quedo anonadada ante la belleza de esta. Nunca antes había visto una igual, ni siquiera en las revistas. Esta era... muy muy grande y...

—Qué bello jardín —susurro de manera inconsciente al sonreír y apegarme a la ventana para observarlo mejor

De pronto, el vehículo se vuelve a detener y todos empiezan a bajar (yo también lo hago).

—Tú, mujer, sígueme —exige para después darme la espalda y entrar en la casa principal—. Apúrate, no voy a esperarte —pronuncia desde adentro.

Ante ello, yo me muestro temerosa sobre ingresar o no, pero, otra vez, no tenía más opción, así que lo sigo detrás. Entramos a la casa y llegamos hasta una habitación muy escondida con una puerta gigante (la cual él abre) y, sin más, entra.

—Siéntate...

—Das muchas órdenes...

—Te salvé —me recuerda adusto al tomar asiento detrás de su enorme escritorio.

—Y me estás secuestrando ahora —le respondo muy seria; y él esboza una burlona sonrisa.

Luego, solo se limita a sacar unos papeles de uno de sus cajones y los coloca frente a mí.

—¿Qué es esto?

—Tu pago de deuda...

—Yo no tengo ninguna deuda —aclaro muy seria.

—¿Entonces qué hacías en ese lugar? —cuestiona muy autosuficiente, al arquear una de sus cejas.

—Solo fui a renegociar el trato de mi padre...

—Rashad no renegocia...

—Eso es porque es un idiota —insulto; y el hombre frente a mí sonríe.

—Eso no lo discuto...

—¿Cómo? ¿Lo conoces?

—Cállate y lee —recompone su gesto adusto.

—No entiendo qué es esto —me sincero al comenzar a leer lo que había puesto delante de mí—. ¿Matrimonio? ¿Qué es esto? ¿Una broma?

—Debes pagar tu deuda...

—¡¿Qué deuda?! ¡Yo no tengo ninguna deuda! —me altero.

—¡Siéntate!

—¡No! ¡No me voy a sentar! ¡Solo quiero largarme de aquí! —exclamo al comenzar a caminar hasta la puerta para abrirla; sin embargo, cuando lo intento, no puedo—. Pero... ¡qué mierda es esto! ¿Una mala broma?

—Siéntate; no podrás abrirla.

—¡Abra la puerta de una vez!

—¡A mí nadie me da órdenes! —grita de pronto, paralizándome en el acto—. Ven aquí y siéntate —articula frívolo y, ante mi temor, lo hago—. Tu padre tuvo una deuda...

—¿Cómo que tuvo?

—Rashad...

—Eso lo sé, pero nadie me compró.

—Rashad te vendió, aunque no respetó nuestro trato de socios, pero no te preocupes —me mira fijamente—, recibirá lo que merece.

—No estoy entendiendo.

—Eras de Rashad...

—Yo no soy de nadie... —aclaro; y él sonríe.

—Eres mía ahora...

—Eso no es cierto ¡Ya déjeme volver a mi casa!

—Esta es tu casa —pronuncia algo exasperado.

—No. esta no es mi casa.

—Ni se te ocurra levantarte de esa silla

—¿Me está amenazando?

—Es un contrato de matrimonio; solo es por 12 meses. Después de eso, te podrás ir

—Sigo sin entender.

—Tu padre tiene una deuda. Hay dos maneras de pagarla. Uno —alza su dedo índice—. Paga todo lo que debe con los intereses correspondientes Y dos —añade su dedo medio—. Te casas conmigo y eres mi esposa por 12 meses. Luego, desapareces de mi vista. Te daré una buena recompensa por ello al finalizar el contrato. Te daré lo suficiente como para que puedas irte a vivir a donde quieras con tu familia y te aseguro que no tendrás la necesidad de trabajar nunca más.

—¿Qué? —musito extrañada.

—Lo que escuchaste...

—Yo no pienso aceptar algo así.

—Mmm... pues yo creo que sí... —afirma muy seguro—. Solo piénsalo bien Tendrías todo lo que una mujer quiere. Te daré dinero, tarjetas, mucha ropa, una buena habitación, un depósito mensual de un...

—¡A mí no me interesa nada de esas cosas! ¡No quiero casarme! ¡Nunca me casaría solo por un estúpido contrato!

—Ya no hay opción uno... —menciona de pronto.

—¿Qué dices?

—La deuda de tu pare quedará saldada solo si te casas conmigo...

—¡Yo no me casaré contigo!

—Eso no está en discusión

—¡Claro que no! Porque el casarme es mi decisión y no pienso hacerlo.

—Tus funciones serán sencillas. Solo deberás mostrarte feliz a mi lado; sobre todo, delante de mi padre y toda mi familia —enfatiza muy serio—. Debes serme incondicional y tendrás que desempeñar toda labor de una esposa.

—Estás demente...

—Guarda tus insultos, Reacciona y date cuenta de a quién te estás dirigiendo —ordena frívolo.

—Yo no me pienso casar.

—Lo harás

—¡No! ¡No lo haré! ¡No me pienso casar! —me paro nuevamente y regreso a la puerta para patearla y golpearla con mis puños, como un pobre intento de querer abrirla a la fuerza; sin embargo, como ya me había imaginado, nada funcionó—. Por favor, abre la puerta —suplico de pronto, cuando la desesperación se ha apoderado por completo de mí—. Por favor, ábrela —suplico nuevamente, al golpear esta con mis puños, pero, en esta ocasión, con mucho menos fuerza.

—Regresa y siéntate

—No, no quiero regresar —respondo entre sollozos al negar con mi cabeza—. ¡Abre la puerta! ¡Ayuda! —me desespero y comienzo a gritar muy, muy fuerte— ¡Ayuda! ¡Alguien que me ayude!

—¡Nadie te escuchará! ¡Ven! ¡Regresa y siéntate!

—¡Ayuda por favor! ¡Alguien! ¡me tienen secuestrada! ¡No quiero! Por favor, alguien que me ayude.

—¡Deja de gritar!

—¡Por favor, ayuda!

—¡Deja de gritar o te regreso con Rashad! ¡¿Eso quieres?! —amenaza de pronto; y, en ese instante, no aguanto más y me quiebro.

Me dejo caer de rodillas frente a la puerta y comienzo a llorar mucho más fuerte, maldiciéndome por haberme subido a aquella camioneta.

—Por favor, abran...

—Ven, levántate —escucho su voz detrás de mí, al tiempo en que siento una de sus fuertes y grandes manos tomar mi brazo.

—No, no me toques —pido temerosa; y él se aleja.

—Que nos casemos no significa que te tocaré —señala de pronto—. Solo es fingir —precisa—, pero fingir bien —parece advertir.

—¿Por qué? ¿Por qué tú interés en casarte con una desconocida?

—Ese no es asunto tuyo.

—No quiero casarme.

—No hay otra salida.

—Por favor, déjame ir —le pido suplicante al mirarlo a sus ojos, pero él desvía su mirada de mí, se aleja y vuelve a su lugar a tomar asiento—. Por favor...

—Alguien vendrá, te llevará a tu habitación. Espero que te calmes.

—Por favor, déjame salir de aquí. Prometo pagar la deuda de mi padre —digo al limpiarme las lágrimas para empezar a negociar con él.

—Te darán de cenar y luego, dormirás.

—Puedo pagarte todo, incluso los intereses.

—No sigas...

—En el tiempo que usted quiera; se lo prometo. Solo déjeme salir de aquí y lo hago...

—Está afuera —anuncia de repente y, de forma sorpresiva, la puerta se abre y entra una mujer de unos 50 años—. Llévala a su habitación, denle de cenar y luego apagan las luces.

—Sí, señor —es lo único que responde a la mujer y, luego de ello, me toma del brazo para sacarme del lugar.

—Por favor, déjeme negociar con usted —suplico al tipo.

—Haz lo que te ordeno —me dice frío al mirarme a los ojos, muy serio.

—Por favor...

—Ve a tu habitación —exige y, ante ello, decido obedecer, ya que, por ahora, aquel parecía no querer escuchar más.

Luego de eso, la mujer me lleva a la habitación, me dan de cenar y, al terminar de comer, apagan las luces.

«Debo hacer algo», pienso en silencio, mientras estoy acostada sobre mi cama.

«Él no negociará»

«Y yo debo ir a ver a mi abuela», me recuerdo; y una lágrima rueda por mi mejilla.

—Abuela —susurro—. Debo ir a verte —determino firme y, sin más, me levanto de la cama y me dirijo hacia el balcón que había en mi habitación.

Al llegar a aquel, me doy cuenta de que la casa es muy vigilada...; sin embargo...

—No hay imposibles —sentencio al observar la entrada y sonreír, ya que noté que esta estaba libre—. Sí puedo; lo lograré. Pude entrar a un área restringida del hospital, puedo escapar de aquí —señalo al dirigirme a la puerta de mi habitación, muy sigilosamente y abrirla.

«Bien, sin llave», pienso y salgo en cuanto puedo, pero sin hacer el menor ruido posible (incluso me quité mis zapatos).

Así, cuidadosamente y con la oscuridad de mi lado, llego a salir de la casa.

—Para tener muchos guardaespaldas, no parecen tan inteligentes —susurro algo divertida.

Después continúo caminando entre los arbustos del jardín. De pronto, no veo a nadie en la entrada, así que sin pensarlo más, me levanto y comienzo a correr con todas mis fuerzas para trepar las enorme rejas.

—Vamos, Merlí, lo lograrás —me animo al correr como una loca desquiciada por salvar su vida.

Sonrío cuando me veo cerca del enorme portón; no obstante, aquella sonrisa se me borra cuando, de manera sorpresiva, se aparece él y se coloca frente a la puerta.

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* * * * * * * * * Bayá * * * * * * * * * *

«Tiene valor», pienso cuando la veo, por las cámaras, huyendo de la casa.

—Y yo tengo a unos ineptos como seguridad —musito al levantarme de mi asiento y salir de la casa para ir a la puerta principal, sin ser visto por ella.

Al llegar a la entrada, la espero escondido. Quiero saber cuán ineptos son los hombres que trabajan para mí. De pronto, la veo y, segundos, después, empieza correr. Al notar su acción, decido ponerme de pie y aparecerme frente a ella.

Cuando nota mi presencia, puedo observar su mirada cargada de furia y frustración; sin embargo, por extraño que parezca, no deja de correr, viene contra mí y... se estampa contra mi cuerpo para empezar a golpearme.

—¡Eres malo! ¡Eres un hombre muy malo! —me golpea con sus puños—. ¡Malo! ¡Eres malo! —se empieza a descontrolar y llama la atención de los idiotas de mi personal.

—Tranquilízate —le ordeno, pero no me hace caso—. Tranquilízate ya —empiezo a perder la paciencia.

—¡Déjame salir! ¡Auxilio!

—Me vas a hacer perder la cordura.

—¡Eres un hombre vil! ¡Déjame salir! ¡Déjame volver a casa!

—Esta es tu casa. Te casarás conmigo —le recuerdo muy molesto.

—¡Esta no es mi casa! ¡Es una prisión! ¡No me casaré contigo! ¡Porque no te amo! ¡Déjame ir!

—Eres muy ilusa —pronuncio al tomar sus muñecas para que dejara de golpearme—. El amor no existe —le digo al mirarla fijamente—, así que deja de soñar y regresa a tu habitación porque estás llamando la atención.

—No voy a regresar.

—Es una orden...

—Tú no eres nadie para dármelas. Yo soy una mujer libre, hago lo que me plazca y lo que quiero. ¡Y lo que quiero ahora es salir! —manifiesta con mucho carácter. 

—Mírame, niña, no estoy para aguantar tus berrin...

—¡No soy ninguna niña! ¡Tengo veintiséis años!

—Pues como si tuvieras cinco eh

—Déjame ir —parece amenazarme, pero no le hago caso.

—Tú y tú, par de ineptos —me dirijo a dos de mis hombres—. Asegúrense de llevarla hasta su habitación y que la niñera la acueste.

—¡Yo no me voy a ningún lugar! ¡Y no necesito ni una niñera! ¡No soy una niña! ¡No tengo cinco!

—¡Pues como si lo parecieras! ¡Ya lo dije! —exclamo al soltarla para que mis hombres hicieran lo suyo.

—¡Suéltenme, suéltenme! —les ordena.

—Venga...Que para estar encerrada tienes muchas agallas en golpear a mi gente.

—No soy tonta, me necesitas...

—Puedo conseguir cualquier esposa.

—Sí, se nota —comenta sarcástica; y eso me molesta.

—Llévensela de una vez —ordeno; y ellos hacen lo suyo.

—Señor —se acerca el jefe de seguridad.

—Me encargaré de ti y tu gente mañana. Ahora no estoy de humor —señalo y, luego de eso, me voy.

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* * * * * * * * *Merlí * * * * * * * * * *

—¡Infelices! ¡Viles! —grito cuando me han encerrado—. ¡Todos! ¡Incluso tú, niñera que no sé su nombre! La otra señora fue más amable —reclamo frustrada al renegar conmigo y desquitarme con la puerta hasta cansarme.

Luego de casi una hora haciendo ruido, me callo.

—Es imposible —susurro al tiempo que me siento en el piso y me recuesto sobre la puerta para empezar a pensar en mi familia—. Abuela.... —susurro y me pongo a llorar—. Te prometo que pronto iré a verte. Así tenga que hacer lo que sea—sentencio y, después de eso, solo me levanto, me dirijo a la cama y decido dormir para recuperar fuerzas.

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MAÑANA SIGUIENTE

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Me despierto muy temprano y espero a que alguien se aparezca, pero eso no sucede hasta las diez de la mañana.

—Señorita —es la mujer que me atendió primero—, buenos días —saluda, pero no le hago caso—. El señor me dijo que tenía que bañarse, cambiarse y bajar a desayunar.

—Váyase de aquí —ordeno—. Si él quiere que haga lo que dice, entonces que venga él mismo a pedírmelo.

—Por favor, señorita...

—Retírese. Usted es su cómplice; no la quiero aquí.

—Retírese —escucho de pronto, su frívola voz.

La mujer sale, dejándonos a solas, mientras que yo me mantengo en silencio para esperar a escuchar lo que venía a decirme.

—Te bañarás, te cambiarás de ropa por una más decente...

—Mi ropa es tan decente como el ridículo traje que traes puesto. ¿La diferencia? Los miles de euros que has de haber pagado por aquel.

—Como sea —responde desinteresado—. Haz lo que te digo; necesito decirte un par de cosas.

—No las haré...

—Como quieras. Igual que tendrás que salir de esta habitación para casarnos.

—¡Yo no me casaré contigo!

—No me importa escucharte. Las indicaciones te los diré ahora o el día de la boda, como prefieras.

—Estás sordo o qué. Y te dije que no me casaré conti...

—La boda será en tres días. Trata de estar bien para entonces. Tienes muchas ojeras —señala y después, sin decir más, sale de la habitación, dejándome a mí... ESTUPEFACTA.

Capítulo 3

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* * * * * * * * *Bayá * * * * * * * * * *

—Sabes las reglas, ¿por qué las quebrantaste?

—Por la chica. Ya sabía quién era; valía mucho más que la deuda que tenía su padre.

—Repito mi pregunta. ¿Por qué las quebrantaste?

—Valía muchísimo más dinero, Bayá...

—Escúchame bien, Rashad —lo confronto—. No se te ocurra volver a llevar otra mujer igual.

—Solo fue un caso especial, Ba

—Ningún caso especial, Rashad. En el negocio y las reglas no existen casos especiales, ¿entendiste? ¿o quieres que me tome la molestia de hacerte entender de manera definitiva? —amenazo; y él niega con su cabeza.

—¿Dónde tienes a la chica?

—Ese no es asunto tuyo. Lo que te debían ya fue saldado.

—Eso me informaron —precisa al mirarme.

—Vete de aquí —ordeno de pronto—. Considerando que eres el mejor de mis socios y nunca antes me has dado problemas, no haré nada más que quitarte el ingreso del mes.

—Bayá...

—Sabes las reglas, Rashad, ¿o quieres que me tome la molestia de recordártelas ahora?

—No, Bayá...

—LÁRGATE, ¡largo de aquí! ¡Ya no quiero seguir viendo tu cara!

—Entendido, Bayá —responde y se levanta para ir hacia la puerta, cuando la abre, puedo ver a la niñera de la mujer.

—PASA

—Buen día, señor...

—¿Qué pasó ahora?

—Señor, no quiere probar bocado...

«Mierda», pienso al tiempo en que formo un puño con mi mano.

«Esa niña me quiere sacar de quicio», agrego.

—Pero no lo logrará..., no lo logrará —susurro— ¿Y agua?

—No ha probado nada, señor

—¡¿Cómo que nada?! ¡¿No han podido lograr darle ni un poco de agua?!

—Señor, no ha querido atendernos

—¡¿Cómo que no ha querido atenderlos?! —me sobresalto al ponerme de pie y golpear mi escritorio con uno de mis puños.

Definitivamente, la paciencia no era una de mis virtudes; y mucho menos si se trataba de tener aquella con una mujer.

—Que no tienen ustedes las llaves, ¡¿o qué?! —grito; y la mujer se sobresalta.

—Sí, sí... se... señor —titubea; y eso me exaspera más—, pe... pe... pero

—Pero ¡¿qué?!

—Pero ella ha puesto algo; no podemos abrir.

—¡Mierda! Todo lo tengo que hacer yo en esta casa. ¡Vivo rodeado de inútiles! —exclamo al empezar a caminar hacia su habitación en el segundo piso.

Al llegar, me acerco a la puerta y giro la perilla.

—LLAVE, DENME LA BENDITA LLAVE.

—A... aquí está, señor —responde una de mis sirvientes al dármela y, luego de eso, la coloco en la cerradura y procedo a abrirla.

La llave gira con normalidad, pero cuando pretendo empujar la puerta, esta no se puede, solo se abre apenas.

—¡Venga! ¡Que no estoy para estos juegos infantiles! ¡Abre ya! —ordeno, pero nadie responde—. ¡No me gusta hablar solo, contesta! —sigo sin respuesta—. ¡Tiraré la puerta si no abres ahora! ¡Créeme que eso no te gustará!

—¡¿Me estás amenazando otra vez?!

—¡Abrid la puerta!

—¡Yo no te abro nada! ¡Si quieres entrar, tendrás que tirarla!

—¡Venga! ¡Que no me hagas perder la paciencia!

—¡¿Si no qué, señor mafioso?! —responde altanera.

—¡DEJA DE RESPONDERME!

—¿POR QUÉ? ¿SE SINTIÓ OFENDIDO, SEÑOR MAFIOSO?

—¿Cómo estás tan segura de que soy...?

—¡Por favor! ¡Tú y tus amigos gritan mafia! ¡Ridículos todos! ¡Más tú con ese anillo!

—¡Hey! ¡Que tienes que respetarme! —exijo; y la escucho reír (lo cual logra molestarme), así que decido no esperar más y, de una patada, tiro la puerta.

—¡Mierda! Me asustaste —reclama.

—LA COMIDA ¡TRAIGAN LA COMIDA!

—A... aquí... es... está, señor...

—Dame eso, dejo de titubear y vete —le ordeno a la mujer; y ella desaparece al instante.

—¿Te gusta gritar a las mujeres ¿no? —pregunta, pero yo no le respondo, solo camino hasta ella y dejo la bandeja a un lado de su cama.

—COME ESO...

—No comeré nada...

—No te estoy dando opciones, niña —increpo—. ¡Te estoy dando una orden!

—Si no te obedezco, ¿qué? —me reta.

—Si no me obedeces, me encargaré de que tu padre pague su deuda de la manera que más me gusta —decido amenazarla; y ella parece asustarse.

—ERES UN...

—¡Hey, niña! A mí no me levantas la voz —señalo adusto al elevar una mano y alzar mi dedo índice para llevarlo hasta su boca—. A MÍ NO ME LEVANTAN LA VOZ, ¿ENTENDISTE?

—No vuelvas a tocarme —responde al apartarse de mí—. No probaré ni el agua...

—¡Vas a comer!

—¡¿Me vas a obligar?!

—NO —respondo tajante—. Eso sería rogar y no es mi método.

—Claro que no; el tuyo es amenazar

—Guarda silencio que te irá mal...

—¿Lo ves? Amenazando otra vez —señala divertida—. No comeré. Estoy en huelga de hambre —precisa de repente; y yo río irónico.

—No seas infantil...

—Me necesitas ¿no es así? —menciona autosuficiente; y eso me incomoda mucho, así que me acerco a ella y tomo su mandíbula, pero tratando de no lastimarla. No hacía eso y solo por una razón: mi madre.

A ella no le hubiera gustado tener un hijo así; y yo respetaba eso.

—Yo no necesito a nadie y mucho menos a una mujer, ¿entendiste?

—¡Suéltame! ¡Suéltame! —la suelto.

—Haz lo que quieras; no me importa. Igual te casarás conmigo.

—No si muero de hambre o de otra cosa —amenaza de pronto.

—No si yo no lo permito —respondo en el acto—. Ni se te ocurra intentar nada porque no lograrás más que te encierre en otro lado.

—No me amenaces.

—Entonces obedece —respondo y, después, solo empiezo a caminar a la salida cuando mi celular suena.

«Un mensaje», preciso al abrirlo para leerlo.

Es un documento de parte de Rashad con una pequeña nota que dice "Te puede servir".

Lo abro y veo que es toda la información de la mujer, incluido un detalle muy importante, el cual me hace regresar a ella.

—Come...

—No lo pienso hacer...

—Si no lo haces, puede costarte mucho.

—¿Otra vez amenazando? —increpa; y yo sonrío.

—Tu abuela está enferma y en un hospital en el que, estoy seguro, no lo atenderán bien. Aparte, los detalles de los gastos de recuperación son muy elevados...

—¿Qué dices? —me pregunta muy preocupada—. ¿Mi abuela qué?

—Come y tu abue...

—¡Cómo está mi abuela! ¡DÍMELO! —demanda al acercarse a mí.

—Estable, según su último reporte, pero... quién sabe por cuánto tiempo...

—¿No me estarás amenazando con...?

—NO —respondo en el acto—. Te daré algo más... —miro mi celular—, Merlí...

—Vaya...  para querer que sea tu esposa, ni siquiera sabes mi nombre.

—Come, te casas conmigo y me haré cargo de tu abuela y de su recuperación.

—No puedo creerte...

—¿En serio crees que tienes la opción de no creerme? —pregunto divertido; y ella parece molestarse.

—Quiero verla y quiero asegurarme de que estará bien.

—No sin antes casarnos...

—NECESITO VERLA —señal muy seria.

—Imposible antes de la boda.

—Por favor, no seas así —me pide muy seria y con los ojos llorosos (otra vez, estaba a punto de llorar).

—NO. Primero la boda, después la ves.

—Es mi abuela...

—Y se recuperará si haces lo que debes... —señalo muy serio; y ella aprieta, muy fuerte su mandíbula hasta que se da media vuelta y...

—Okey, okey, pero tienes que jurarme que ella estará bien —precisa al volver a mirarme...

—Te doy mi palabra.

—¿Eres un hombre de...?

—Soy un hombre de palabra —la interrumpo muy serio; y ella se queda observándome unos segundos hasta que, finalmente, asiente.

—Confiaré en ti...

—No me estás haciendo ningún favor. Que eso te quede claro.

—Me voy a casar contigo. Si ese no es un favor, no sé qué cosa sea —me contesta; y ello me hace perder la paciencia otra vez; sin embargo, decido no seguirle el juego y retirarme de su habitación.

Ya iba a casarse conmigo; eso era suficiente. Era lo único que necesitaba: una esposa falsa para heredar toda la organización.

—Señor... —me habla una sirviente cuando he llegado al primer piso.

—Verifiquen que cene. No se irá a dormir sin antes hacerlo. Yo me voy —señalo y, luego de eso, salgo de mi casa.

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DÍA DE LA BODA

* * * * * * * * *Merlí * * * * * * * * * *

No había podido dormir durante toda la noche. Hoy era ese día y... tenía que cumplir con casarme con él, si lo que quería era que mi abuela se recuperara y tuviese la mejor atención. Tomo la pequeña cadenita que ella me obsequió en mi cumpleaños 18 y la beso. Nunca me la retiraba, así que por eso es que la tengo hoy aquí.

—Algo de mi familia —susurro al levantarme de la cama, al oír que la puerta era abierta y, de repente, entran muchas personas—. Pero, ¿qué es esto?

—Son las personas que la ayudarán a vestirla y maquillarla, señorita —me avisa la "niñera" que el hombre había dejado a mi cargo.

—Aún es muy temprano. Aparte, quién sabe si habrá boda. ¿No que tu jefe se fue a divertirse con cuanta mujer se encontrara durante estas tress últimas noches? —inquiero fastidiada; y la mujer palidece en el acto—. Tranquila, no diré nada acerca de los chismes que ustedes lanzan. Pero eso sí...deben ser más cuidadosos —recomiendo muy seria.

—Gracias, señorita.

—Ningunas gracias. Tú no me agradas y me debes un favor —señalo; y ella asiente.

—Está bien, señorita.

—¿Ya llegó?

—Sí, el señor ya llegó.

—¿A qué hora es la dichosa boda?

—Al mediodía, señorita.

—Falta muy poco. ¿Acaso es necesario tantas cosas? —interrogo molesta; y la mujer asiente.

—Son órdenes del señor.

—Ha... —sonrío irónica— el señor —articulo del mismo modo—. ¿Y qué ordenó, específicamente..., el señor?

—Yo tengo su agenda, señorita —interviene un hombre que, al parecer, era uno de los maquilladores.

—Agenda... vaya —susurro desanimada—. Bueno, cuanto antes empiece esta farsa, más rápido terminará —sentencio al tiempo en que me dirijo al bño para ducharme y así... empezar con mi preparación para "mi gran día" (nótese el sarcasmo).

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EN LA BODA

* * * * * * * * *Bayá * * * * * * * * * *

—Hoy, empieza una nueva vida para ti, hijo. Formarás una nueva familia, la cual será tu pilar.

—Lo sé, padre —respondo serio—. Debo ir a mi lugar; ella ya debe estar por ingresar —detallo a la vez que me giro y voy al altar... otra vez.

«Tal y como hace dos años», pienso al tiempo en que me es inevitable no enfurecerme en mi interior.

De pronto, la música suena. Mi madre había elegido el clásico "Ave María" para la entrada de la mujer que sería mi esposa falsa.

«Aunque, en el papel, todo sería real», me recuerdo.

La veo aparecer y todas las cámaras se enfocan en ella. Los flashes de las cámaras de los reporteros parecen incomodarla; y ella no lo disimula.

«Bien, eso hace una buena esposa», me digo sarcástico, en silencio, al mirarla con cierta molestia (la cual oculto cuando veo que los reporteros posan su atención a mí).

—No me dijiste que habría eso... —me regaña al llegar a mí.

—¿Acaso no sabes quién soy? —pregunto entre dientes y disimulando mi molestia.

—NO —responde tajante y fastidiada al girarse en dirección del juez que nos casaría.

—Cambia esa cara —le digo a regañadientes.

—¿Cuál? ¿Esta? —me provoca al ponerse más seria y mirarme fijamente.

—Disimula un poco, ¿quieres?

—No se me antoja —susurra al retarme.

—¿Recuerdas nuestro trato? —pregunto serio

—Claro que lo recuerdo y, en ninguna parte, estaba esa ridícula canción. Ni que nos estuviéramos casando por religioso —musita molesta.

—Ten respeto por la canción—exijo—. La eligió mi madre —señala; y ella bufa.

—Solo lo hago por esa mujer a la cual no conozco.

—Cambia ese gesto. Muéstrate contenta.

—Pides imposibles.

—Es parte de nuestro trato —le recuerdo al mirarla a sus pupilas.

—El trato era que nos casemos.

—El trato es casarnos y que tú seas buen esposa —señalo tratando de ser lo más discreto posible y fingiendo ser un hombre contento, intercambiando un par de palabras con su futura esposa antes de la boda, pero ella no colaboraba.

—Y según tú, ¿qué debo hacer?

—Para iniciar, mostrarte feliz.

—Pues déjame aclararte algo: pides imposibles.

—No , no es imposible.

—Te equivocas, sí lo es...

—No, no lo es —refuto al instante.

—Claro que sí...

—¿Recuerdas que tu abuela está enferma y que el salvarse depende de la atención que reciba?

—¿No la has trasladado aún? —reclama.

—Ya lo hice, pero si no cambias de cara, la regreso a donde estaba.

—Eres un...

—Deja de pretender insultarme, si no quieres que incluya, en mis amenazas, a tu alborotada amiga —precisa; y yo me sorprendo.

—Patán; no te atreverías. Ella no tiene nada que ver aquí —se pone mucho más seria.

—Cuida el cómo te muestras. Hay cámaras aquí, no solo ls contratadas por mi familia, sino prensa nacional e internacional...

—¿Quién eres?

—Eso no te importa.

—Estoy segura de que ninguno de esos reporteros sabe la calaña de persona que eres —increpa; y yo, en ese instante, estando a punto de perder los papeles, decido tomarla de la cintura y acercarla a mí.

—Ni se te ocurra hacer algo de lo que te puedas arrepentir, porque sabes que no lo pagarás tú, sino tu abuela o tu mejor amiga.

—Eres un...

—Cuidado con cada palabra, niña...

—Patán...

—Cuidado, no juegues con fuego —demando muy molesto, entre dientes (continuando ser discreto)—. Ahora, las cosas son claras: actúas y finges bien o... tu abuela o tu amiga sufren las consecuencias. Tú decides..., amada novia mía —murmuro divertido al tiempo en que empiezo a alejarme de ella.

—Te arrepentirás de esto algún día... —parece prometer.

—Estaré ansioso esperando a que ese día llegue —contesto jocoso; y ella parece molestarse mucho más, pero no me interesaba lo que sentía.

—Infeliz... —susurra para sí; no obstante, logro escucharla.

—Espero que ese sea el último insulto que me digas como novia y como esposa. Ya no pienso pasar por alto tus altanerías —amenazo al acercarme nuevamente.

—Aléjate de mí, no es necesario que estés tan cerca.

—Nos vamos a casar; es normal la cercanía —preciso muy serio; y ella parece molestarse mucho, pero mucho más—. Cambia esa cara; es una orden.

—Te advierto, Santiago Costantini, que este será el peor error de tu vida —amenaza; y yo solo atino a sonreír.

—Eso espero. Tu amenaza, de algún modo, hace divertido el juego.

—No es un juego.

—Como quieras; solo cambia de cara de una vez que muchos ya se están dando cuenta de...

—Ya cállate. Lo hare. Solo te diré algo; esta sonrisa, jamás será real para ti...

—¿Y crees que eso me importa?

—Idiota...

—Ya cállate y sonríe —exijo y, ante ello, la mujer se gira hacia mí, me mira fijamente, con el rostro muy serio, y, de pronto, esboza una natural sonrisa para luego lanzarse sobre mí y abrazarme..

—¿Qué haces? —pregunto muy molesto.

—¿Crees que lo disfruto? Solo me comporto como una novia feliz, infeliz.

—Esto no es necesario.

—Pues esto es lo que viene en el paquete y a lo que te tendrás que acostumbrar —sentencia muy molesta—. Idiota; te haré pagar; te lo prometo.

—Eso ya lo veremos —es lo único que respondo y luego, la boda inicia.

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