Capítulo 3

La expresión de Mateo se relajó visiblemente cuando escuchó mi respuesta. Soltó un suspiro de alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima. Sus hombros, que habían estado tensos, cayeron un poco. En sus ojos ya no había ni rastro de la falsa preocupación de antes, ahora solo había un brillo de cálculo, el de alguien que acaba de cerrar un trato a su favor.

"Perfecto, mi amor. Sabía que entenderías," dijo, acercándose para darme un beso en la frente. Me aparté sutilmente. "Es lo mejor para los tres."

Volvió a girar la laptop hacia él, sus dedos moviéndose con agilidad sobre el teclado.

"Bueno, empecemos por lo básico: los ingresos. Evidentemente, ahora mismo solo está entrando mi sueldo. Lo cual, como sabes, es bueno, pero criar a un niño en la Ciudad de México no es barato."

Hizo una pausa, mirándome como si esperara que me sintiera culpable.

"Así que, hasta que encuentres otra chamba, y sé que lo harás porque eres muy talentosa," añadió con una condescendencia que me hirvió la sangre, "tendremos que ser muy cuidadosos. Tu liquidación y tus ahorros serán tu colchón por ahora. Lo mío es mío, y lo tuyo es tuyo. ¿Estamos de acuerdo?"

Sus palabras eran claras. Quería trazar una línea, construir un muro entre nuestras finanzas. La palabra "nuestro" había desaparecido de su vocabulario, reemplazada por "tuyo" y "mío". Me estaba degradando, recordándome mi situación de desempleada como si fuera una carga, un defecto.

Pero yo no me sentía una carga. Era Sofía, una de las diseñadoras jóvenes más prometedoras de mi generación. Mi portafolio estaba lleno de éxitos y mis contactos en la industria eran sólidos. Perder un trabajo, aunque fuera un golpe duro, no era el fin del mundo. Era un tropiezo, no una caída libre. Tenía talento, tenía ahorros, y sobre todo, tenía una dignidad que no estaba dispuesta a dejar que él pisoteara.

Miré su rostro engreído, tan seguro de su lógica aplastante, y una sonrisa irónica se dibujó en mis labios.

"Por supuesto, Mateo. Me parece perfecto. Lo tuyo es tuyo, y lo tuyo es para ti. Lo mío es mío, y lo mío es para mí. Entendido."

Él no captó el sarcasmo. Asintió con satisfacción, como un maestro complacido con un alumno lento que finalmente ha entendido la lección.

"Excelente. Sabía que estarías de acuerdo," dijo, marcando una casilla imaginaria en su lista mental.

Luego, su dedo índice golpeó la mesa un par de veces, un gesto nervioso que delataba su ansiedad por llegar al punto crucial.

"Ahora, pasemos a la parte de los gastos corrientes..."

Se aclaró la garganta, y por un segundo, vi un atisbo de vergüenza en su rostro antes de que la máscara de hombre de negocios volviera a su lugar. Sabía que lo que iba a proponer era indefendible, y aun así, estaba dispuesto a hacerlo. La verdadera batalla estaba a punto de comenzar.

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