A la mañana siguiente, Silvia se levantó con la luz del sol filtrándose por las cortinas. Estaba aún aturdida por la extraña noche que había vivido, pero la necesidad de abastecerse era más urgente que sus pensamientos. Así que se vistió, tomó su bolso y salió rumbo al centro del pueblo Lake.
El camino serpenteaba entre árboles altos y flores silvestres. Silvia trataba de disfrutar el paisaje, pero no podía dejar de mirar hacia los arbustos, como esperando ver al lobo plateado observándola desde la maleza.
Al llegar a una curva que descendía hacia el centro, escuchó un grito ahogado, un lamento desesperado:
-¡Ayuda! ¡Por favor, alguien ayúdeme!
Silvia se detuvo de golpe, su corazón acelerado. Corrió en la dirección del grito y encontró a una mujer joven, tendida en el suelo, con la silla de ruedas volcada unos metros más allá.
-¿Está usted bien? ¿Cómo puedo ayudarla sin hacerle daño?
La mujer la miró con ojos duros y vacíos, como si su alma fuera una cáscara vacía. Con un tono frío y cortante, respondió:
-Me tiré al suelo por gusto, ¿sabes? ¡Ayúdame a levantarme rápido!
Silvia sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Había algo inquietante en esa mujer. Se obligó a mantener la calma, ayudándola con cuidado a sentarse, sacudiéndole las hojas que tenía pegadas a la ropa. Luego fue a enderezar la silla de ruedas.
Mientras lo hacía, notó que la mujer la observaba detenidamente, como si la analizara a fondo, y... ¿la estaba oliendo? Silvia la vio inspirar profundamente, cerrando los ojos un momento, como si saboreara un aroma oculto en el aire.
Silvia tragó saliva.
-¿Qué carajos pasa en este pueblo? -pensó, sintiendo cómo se le erizaba la piel.
-Ya está... -dijo en voz baja, con manos temblorosas-. Ahora te ayudaré a sentarte.
Cuando se acercó a la mujer, esta fijó en ella una mirada tan intensa y oscura que Silvia se sintió atrapada, como si algo la aprisionara en ese instante. La sonrisa que se dibujó en los labios de la desconocida fue lenta, casi siniestra.
-Humana... -susurró con una voz cargada de un deje maléfico.
Silvia se quedó congelada, con el aire atrapado en los pulmones, un frío recorriéndole la nuca.
-Soy Mónica.
Silvia parpadeó, tragando saliva con dificultad.
-Silvia...
Las dos se quedaron en silencio un instante, mirándose como si un lazo invisible se tejiera en ese momento, lleno de tensión, peligro... y algo que Silvia aún no podía entender.
-¿Puedes llevarme a mi casa? Estoy adolorida por la caída.
Silvia quería decirle que no, que buscara a otra persona, pero pudo más su maldita empatía... esa que siempre la había metido en problemas.
-Por supuesto -respondió con una sonrisa forzada.
Las dos caminaron en silencio por el sendero angosto. Mientras avanzaban, Silvia no podía evitar fijarse en lo extraño del entorno: el aire parecía más denso, el viento susurraba entre los árboles, y al pasar junto a un pino frondoso, vio una casa que la dejó boquiabierta. Era como un palacio oculto: una mansión majestuosa, elegante, de arquitectura impecable, con detalles lujosos y una presencia imponente. Silvia se detuvo un segundo, maravillada.
-Jamás pensé que en un pueblo tan pequeño y alejado habría una casa así... -murmuró sin darse cuenta.
Mónica, que parecía leerle la mente, suspiró exasperada.
-Siempre dices lo que piensas, eres presa facial, ¿lo sabías?
Silvia la miró, sorprendida. No podía negar que tenía razón.
-Bueno... hasta luego, Mónica.
La mujer detuvo su silla frente a la puerta de su mansión, giró apenas la cabeza con una sonrisa torcida.
-Humana... no creo que te den trabajo en este pueblo. Pero si te interesa, yo necesito a alguien que me ayude... aunque te advierto, soy muy exigente.
Soltó una risa extraña, casi perturbadora, y sin ningún esfuerzo movió las ruedas de su silla, desapareciendo dentro de su casa.
Silvia se quedó paralizada unos segundos, sintiendo una mezcla de incomodidad y desconcierto,como carajos sabía que buscaria trabajo...
-Ni loca voy a trabajar contigo... -pensó, y se obligó a seguir su camino.
El pueblo Lake, a la luz de la mañana, parecía sacado de un cuadro. El lago reflejaba las montañas que se perdían en el cielo, las casas eran encantadoras, adornadas con flores frescas, y los niños jugaban entre risas alegres. Pero conforme Silvia caminaba, notaba cómo las miradas de la gente cambiaban.
-Mira, mamá, es una humana...
-Shhh, cállate.
Silvia se detuvo en seco.
-¿Humana? -repitió en su mente, sintiendo un escalofrío.
Intentó quitarle importancia, negando la paranoia que se le instalaba en el pecho.
-Bah, seguro son solo supersticiones tontas... ¿Qué será esto? ¿Un pueblo de vampiros y hombres lobo? ¡Qué tonterías! -pensó, casi riendo para sus adentros.
Sacudió la cabeza y se dirigió a la tienda donde había estado la tarde anterior.
-Buenos días, señora Bernarda.
La anciana levantó la vista con una sonrisa cálida.
-Oh, buenos días, querida. Eres madrugadora, ¿eh?
Silvia le devolvió la sonrisa, sintiendo algo de alivio al ver una cara amable.
-¿Cómo no serlo en un lugar tan bello?
Bernarda asintió, con una expresión orgullosa.
-Sí, mi pueblo es hermoso... tranquilo, gracias al Alfa.
Silvia alzó una ceja, curiosa.
-¿El Alfa?
Bernarda solo sonrió con un aire misterioso, como si no fuera necesario explicar más.
-Aquí las leyes son muy diferentes y estrictas, querida. ¿Qué vas a tomar hoy?
Silvia, intentando ocultar su incomodidad, respondió:
-Un chocolate caliente y unos sándwiches, por favor.
-Muy bien, ya te los preparo.
Mientras Bernarda se movía detrás del mostrador, Silvia la observó. Había algo en la sonrisa de la mujer, en la calidez de su trato, que le recordaba a su madre... a su madre antes de fallecer. La sensación la golpeó como una ola, dejándola aturdida y con un nudo en la garganta.
Se quedó encimismada, atrapada en recuerdos que hacía tiempo intentaba enterrar, mientras las voces del pueblo, los murmullos de los habitantes, parecían mezclarse con los aullidos lejanos de la noche anterior...
-Toma, querida, aquí tienes lo que pediste -dijo la señora Bernarda, extendiéndole su chocolate y sándwiches
-Gracias, señora Bernarda -respondió Silvia, sonriendo.
Bernarda le devolvió la sonrisa.
-¿Qué te pareció mi humilde cabaña?
-Oh, es hermosa, me he quedado muy a gusto... es tan acogedora -respondió Silvia con sinceridad.
Aún tenía en la garganta las ganas de contarle a Bernarda sobre el lobo blanco, pero decidió callarse.
-Tenías razón con respecto a los lobos...
-¿Ah, sí? ¿Te sucedió algo? -preguntó Bernarda, inclinándose un poco hacia Silvia, con una curiosidad apenas disfrazada.
-Solamente... estuvieron cerca de la cabaña -respondió Silvia, sonriendo nerviosamente.
Por un instante, notó algo extraño en los ojos de Bernarda: sus iris parecieron cambiar de color, como si un destello los atravesara. Silvia parpadeó, preguntándose si su mente le jugaba una mala pasada.
-Bah... veo fantasmas -se dijo para sí misma, mientras Bernarda respondía:
-Oh... fue así... -se quedó pensativa, o eso creyó Silvia, pues se quedó inmóvil unos segundos, como suspendida en el tiempo.
Luego, como si nada, Bernarda retomó la conversación:
-Querida, ¿piensas quedarte por poco tiempo aquí, verdad?
Silvia la miró, indiferente.
-Me enamoré de este lugar... -susurró para sí-. A pesar de la rareza-.¡¡¡ Quiero vivir aquí.!!! -Dijo
Aquellas palabras sorprendieron a Bernarda, quien la miró con compasión.
-Querida, si necesitas algo, si te sucede algo... no dudes en contármelo. Te ayudaré en todo lo que pueda.
Silvia asintió, agradecida.
-¿Sabe de alguien que necesite un empleado?
Bernarda pensó por un momento.
-No, Silvia, es muy raro que aquí te den trabajo... ya ves, es un pueblo pequeño, todos nos ayudamos entre nosotros...
Silvia suspiró, resignada. Su mente la llevó directo a Mónica.
-Maldición... ¿Tendré que trabajar con esa loca desquiciada? -pensó.
Llegué aquí como tirada por un hilo invisible y mis ahorros se están acabando.
De repente, Flavia irrumpió en la tienda como un huracán.
-Señora Bernarda, el Alfa la solicita.
-Voy enseguida. -Bernarda le sonrió y, con una agilidad insólita para su edad, se fue tras la llamada.
-¿Ya te vas? -le dijo Flavia a Silvia con una sonrisa burlona.
-Sí... claro.
-Estuvo bueno lo de los lobos anoche, ¿verdad? -le lanzó, con una sonrisa ladeada.
Silvia se quedó helada.
-¿Cómo sabe ella que los lobos estuvieron cerca de la cabaña?
Sin responder, salió rápidamente de la tienda. El calor sofocante que había sentido hasta ese momento comenzó a disiparse mientras caminaba hacia el lago, intentando calmar sus pensamientos.
Perspectiva de Oliver
Esa mañana en su despacho finamente decorado Oliver, estaba inquieto,ansioso ,recordando cada detalle de su encuentro con silvia. Había ido a verla a la cabaña. ¿Por qué tenía que ser ella? ¿Por qué la diosa de la luna jugaba de esa forma?
En treinta años, solo había tenido una pareja, y esa historia había terminado en desastre. Después de aquello, juró que no quería saber nada de compañeras ni del amor.
Su lobo, Shong, siempre insistía:
-No debes rendirte. Tu compañera está en alguna parte.
Shong lo había repetido durante doce años, pero Oliver estaba apático. No quería hacerse ilusiones...
Hasta que ayer por la tarde, sintió un estallido de energía recorriéndole el cuerpo.
-Por favor, Shong, me vas a dar migraña... -se quejó Oliver, mientras el lobo jadeaba, inquieto.
-No... no son los renegados... esto es diferente... es algo... ¡algo que cambiará nuestras vidas!
Oliver se quedó pensativo. Shong nunca se equivocaba.
-Beta Alex, dile a la señora Bernarda que me envíe mi medicina urgente.
-Lo haré, Alfa -respondió Alex, su amigo de infancia, un pelinegro de ojos azul profundo y piel tan pálida que parecía de porcelana.
Mientras Oliver intentaba concentrarse en los informes de la manada - ya que el invierno sería crudo, y los ataques de renegados una amenaza constante-, sintió de nuevo aquel golpe, como un rayo atravesándole el cuerpo. Jadeó, su corazón se aceleró.
Shong rugió en su mente:
-¡Compañera olí,compañera
Oliver quedó paralizado.
Sin pensarlo, corrió hacia la tienda, siguiendo ese aroma: a pino recién cortado, flores silvestres, y... hogar.
Entró, y allí estaba ella: sentada, con el rostro sonrojado, los ojos color café mirándolo atónita.
El lobo dentro de él aulló.
-Compañera... olí a mi compañera... -susurró Shong, lleno de emoción.
-No... maldita sea, no puede ser... es una maldita humana... -pensó Oliver, su mirada oscureciéndose de furia y confusión.
Bernarda, que estaba al lado de Silvia, lo observó, alarmada.
-Alfa...
Oliver no respondió. Sin decir una palabra, se dio media vuelta y salió de la tienda, dejando a todos con el aire suspendido.
Oliver salió furioso, cargando un torbellino de emociones que lo sofocaban. Estaba enojado con la diosa de la luna, con su destino, con ella... y también consigo mismo. ¿Cómo podía su compañera ser una maldita humana? Esa sola idea lo hería profundamente, como un golpe directo al pecho.
Caminaba a grandes zancadas por el pueblo, su paso firme y altivo como un rey enfurecido. A pesar de su ceño fruncido y los pensamientos sombríos que lo consumían, su atractivo era innegable. Con cada paso, arrancaba suspiros -y no solo de las jóvenes, sino de todas las lobas-.
Su porte imponente, su traje oscuro que delineaba su figura atlética, su cabello rubio ondeando al viento como si el aire mismo quisiera tocarlo, y esos ojos celestes claros, tan brillantes como agua cristalina bajo el sol del atardecer ... Todo en él era fascinante.
Ese día, además, su aroma se volvió más intenso, un perfume salvaje que embriagaba a las lobas, haciéndolas suspirar y mirarlo de reojo, incapaces de resistir la tentación.
Oliver notó esas miradas, lo que solo alimentó su enojo.
-¡Shong! -gruñó.
El lobo no tardó en tomar el control. Su transformación fue casi instantánea: una ráfaga de aire, un destello, y el imponente lobo blanco se lanzó al bosque, veloz como un rayo.
Corría, y con cada salto sentía cómo se le desataban las cadenas que lo oprimían. Por un instante, fue libre, tan libre como lo había sido de niño.
Desde la cima de una colina, Shong se detuvo, respirando profundamente. A sus pies, el pueblo se extendía como una maqueta viviente, y más allá, las montañas, el lago, los árboles... todo.
El viento acariciaba su pelaje mientras esos ojos negros como el ónix escudriñaban el horizonte.
-Oliver, ella es nuestra compañera. No deberías tratarla así... -susurró Shong en su mente, con un tono suave, casi paternal.
-Lo sé, Shong. Solo... ella no debería ser nuestra compañera.
-¿Por qué? ¿Porque es humana?
-Sí... tú sabes cómo es este mundo. No es piadoso con los que no son como nosotros. Lo sabemos bien...
-La protegeremos con nuestra vida, Oli. No te preocupes. Solo... amémosla.
Oliver se quedó en silencio.
-¿Amarla? -repitió, como si el concepto le resultara extraño, ajeno, lejano... -¿Amarla como amé a... a Carol?
El recuerdo de aquella mujer lo atravesó como un cuchillo.
La que había prometido amor eterno y lo había traicionado.
La que lo había mirado con desprecio por ser diferente.
La que había destruido todo lo que había soñado.
Shong interrumpió sus pensamientos:
-No es la misma, Oli. Ella es diferente... lo sé. Amala
Oliver suspiró, derrotado.
-Fui un desastre hace un momento, ¿verdad? La asusté...
Shong estalló en una carcajada tan fuerte que terminó rodando por el suelo, patas arriba, como un cachorro feliz.
-¡Creo que la dejaste bastante impactada! ¡JAJAJA!
La risa contagió a Oliver. Por primera vez en mucho tiempo, se permitió reír de corazón.
Pero dentro de su pecho, una certeza lo quemaba: tenía que encontrar la manera de conquistar a esa mujer.
Su aroma, dulce y salvaje, era un canto irresistible, un hechizo que lo estaba volviendo loco... o quizás loco de amor. Por primera vez en tantas lunas durmieron felices los dos.
A la mañana siguiente, el despacho del alfa Oliver se iluminaba con la magia del amanecer. Los rayos dorados se filtraban por los ventanales, dibujando destellos de luz sobre el elegante escritorio de madera finamente tallada. La escena tenía algo etéreo: Oliver, sentado tras ese mueble imponente, con su rostro relajado, una sonrisa ausente y los ojos celestes llenos de una chispa que hacía años no se veía en él.
Beta Alex llamó a la puerta, pero no obtuvo respuesta. Frunció el ceño, extrañado. Volvió a golpear, y al no escuchar nada, decidió entrar.
Allí lo vio...
Oliver estaba sumido en sus pensamientos, sonriendo de manera casi tonta. Se veía tan apuesto, tan peligrosamente sexy que Alex, por un instante, se mordió el labio inferior, sin poder evitarlo.
-Buenos días, alfa.
No hubo respuesta.
Alex lo miró fijamente, sorprendido. Aclaró la voz, esta vez con un tono más informal:
-Buenos días, Oliver.
Ese saludo finalmente lo sacó de su ensueño. Oliver frunció ligeramente el ceño, molesto por haber sido interrumpido en medio de sus pensamientos más dulces. Gruñó apenas, una advertencia casi imperceptible... pero suficiente para tensar a Alex.
Ese gruñido, aunque bajo, era el de un rey.
Oliver levantó la vista, sus labios curvándose en una sonrisa burlona.
-Buenos días, Alex. ¿Tan temprano por aquí?
-Siempre me levanto temprano, Oliver -respondió Alex, con una sonrisa ladeada mientras lo estudiaba con atención-. ¿Qué te tiene tan contento esta mañana? ¿Anoche no estuviste rondando la cabaña de la señora Bernarda?
Oliver sonrió para sí mismo, como recordando un secreto que no pensaba compartir.
-Solo estaba curioso por la humana que llegó a nuestro pueblo -dijo con tono despreocupado.
Alex arqueó una ceja, intentando provocarlo:
-Oh, ¿y qué tiene de especial? Solo es una simple humana.
Oliver no mordió el anzuelo. En lugar de eso, cambió de tema con la misma sonrisa encantadora, como si nada pudiera perturbarlo:
-¿Cómo van las reconstrucciones del muro?
Alex resopló, frustrado por no obtener más información, pero respondió:
-Faltan solo dos kilómetros. Estará listo antes del invierno.
-¿Y los suministros?
-Hoy el gamma Iván me dará el informe completo de precios y costos.
-Perfecto.
Oliver se estiró ligeramente en su silla, acomodando su traje, y luego agregó con tono más serio:
-Haz que le lleven a Mónica sus medicamentos. Desde ayer que no los tiene. Y busca a alguien que la cuide de forma permanente.
-Sí, alfa.
Alex vaciló un segundo antes de preguntar:
-Y... ¿con respecto a la humana? ¿Qué hacemos?
Oliver sostuvo su mirada, su sonrisa se volvió enigmática, casi peligrosa.
-Nada... -respondió, casi en un susurro, con la voz cargada de una calidez engañosa-. Solo está de paso.
Por supuesto, eso era una mentira. Si dependía de él, la mantendría junto a su lado... para siempre.
Ocultando sus emociones, Oliver mantuvo la compostura ante Alex. Sabía que su beta era perspicaz, pero no podía permitirse que notara lo abrumado, nervioso e inquieto que estaba. La sonrisa ladina en su rostro era solo una máscara, una estrategia para desviar sospechas.
Porque antes de que Alex ingresara, sus pensamientos estaban llenos de ella: Silvia.
Esa noche, Oliver y Shong habían decidido acercarse a la cabaña para asegurarse de que ella estuviera a salvo. La manada había reportado movimientos extraños, y aunque Oliver no lo admitiría en voz alta, la idea de que algo pudiera pasarle lo había puesto al borde de la desesperación.
El aroma de Silvia era como una droga, hipnótico, embriagador, y al acercarse a la cabaña, ese perfume dulce a flores silvestres y pino recién cortado lo envolvió, haciéndolo casi perder la razón. Desde una rendija entre las tablas, la olió y escucho su respiración : tan tranquila, tan vulnerable... y de repente, una emoción tan pura brotó de su pecho que no pudo contenerlo.
Aulló de alegría.
Pero ese aullido la asustó. Sus ojos penetrantes Vieron cómo Silvia que estaba detrás de la ventana dio un pequeño salto, sobresaltada, tropezando hasta caer al suelo. Oliver maldijo su propia torpeza. Desapareció en un parpadeo, más rápido de lo que cualquier humano podría percibir.
Poco después, un grupo de renegados fue avistado merodeando cerca de los límites de su territorio. La manada se movilizó de inmediato para repelerlos. Oliver se unió a la caza sin dudarlo. No porque amara la violencia, al contrario: Oliver era conocido entre las manadas por su sentido de la justicia, su respeto a la vida y su creencia en la igualdad. Jamás mataba a un renegado, solo los perseguía hasta que, exhaustos, aceptaban hacerle una promesa sagrada: no volver jamás. Y esas promesas, hechas al alfa Oliver, eran respetadas como un juramento ante la Luna misma.
Cuando la calma volvió, Oliver no pudo resistirse. Regresó a la cabaña de Silvia una vez más. Quería asegurarse de que estaba bien. Quería... solo oírla sentirla, aunque más no fuera por un instante. La encontró dormida, su respiración suave llenando la noche de una paz que no había sentido en años.
Esa imagen se le quedó grabada.
De regreso en su casa principal, Oliver intentó relajarse. Su hogar era un refugio majestuoso: de madera pulida, adornado con detalles en alabastro, arte de otras tierras y objetos cuidadosamente elegidos. Cada rincón reflejaba su carácter: fuerte, elegante, pero también cálido.
En la ducha, el agua caliente deslizándose por su piel blanca y musculosa, Oliver cerró los ojos. Sus pensamientos volvían una y otra vez a Silvia. Al salir, se puso un pantalón suelto que dejaba al descubierto su abdomen marcado. Tomó un libro, se recostó en el diván... y no logró concentrarse en una sola palabra.
No entendía.
¿Cómo podía una simple humana tener un aroma perceptible para él y para Shong?
Era imposible. En treinta años, jamás había sabido de un caso así. Ninguna humana había despertado esa conexión, esa necesidad feroz.
Por más que le daba vueltas, no encontraba respuesta.
Suspiró, frustrado.
Tendría que hablar con Bernarda a la mañana siguiente. Ella, como la loba más longeva de la manada, tal vez podría arrojar algo de luz sobre ese misterio.
Mientras tanto, se resignó a no encontrar paz esa noche. Pero por.primera vez el y Shong durmieron feliz