Capítulo 2

—Sr. Wellington —Alan Paterson se levantó del sillón—. Es un gusto verlo aquí.

La llegada de Edward Wellington hizo que Marianne se sintiera confinada, aumentando su tensión. Ella desvió la mirada hacia otro lado, ni siquiera se atrevía a respirar ansiosamente en ese momento.

—Estaba discutiendo algunos negocios aquí, y escuché que tú también estabas aquí. Tomé un pequeño desvío. —La voz profunda de Edward Wellington resonó cuando se acercó al sofá. Alto y rubio, de ojos azules, y un cuerpo muy bien tonificado.

—Ah, acabamos de empezar también... Ah, claro, ella es Marianne Cooper. —Alan Paterson la presentó—. Representante de Baker, S.A. Encargada de tramitar la compra-venta de Red Pulse.

Marianne no se atrevía a mirarlo. La mirada fría de Edward la hacía sentir muy incómoda.

—Ya veo. Quiero una copia del contrato para mañana en la tarde, con todos los detalles. —miró de soslayo a Marianne, solo por unos segundos—. No quiero interrumpir la negociación. Pueden continuar, me despido —y sin pausa, se marchó caminando por donde había regresado.

Después de su partida, Marianne apretó los puños con fuerza. Su rostro estaba pálido y el sudor frio que le corría por la espalda aún no se había disipado; ni siquiera podía mantenerse erguida en el sillón.

—Srta. Cooper. —dijo Alan Paterson dándose cuenta de la expresión angustiada en el rostro de Marianne—. ¿Se encuentra bien?

—Disculpe. —dijo Marianne. Resopló—. Olvidé un documento en mi auto. Si me podría permitir que vaya a buscarlo.

—Claro, claro. No hay ningún problema…

Marianne no esperó que Alan Paterson terminara de hablar y se levantó del sillón. Hizo una leve inclinación con la cabeza, se dio media vuelta y casi corriendo se marchó del lugar por la puerta donde había entrado.

Ella salió apresuradamente de Red Pulse, con destino a su auto. Se detuvo en la entrada, sobre el rellano de la escalinata. Respiró profundamente, aun se encontraba tensa. Se relajó, buscó con la mirada su auto, al verlo empezó a descender de la escalinata. Pero un auto mucho más lujoso se detuvo ante ella, con una de las puertas de los asientos traseros abriéndose rápidamente. Sentado en el asiento trasero, elegantemente. La mirada fría de Edward Wellington eran como la de un juez.

—Srta. Cooper. —el asistente del Sr. Wellington apareció de repente—. Mi jefe le gustaría invitarla a subir al auto. —dijo cortésmente, parándose a su lado.

—Discúlpeme, no hay necesidad. —Marianne retrocedió un paso—. He venido en mi propio auto.

—Srta. Cooper. —el asistente de Edward dio un paso para bloquear su huida—. El Sr. Wellington solo quiere hablar con usted. Sería mejor si simplemente aceptara la invitación. Hay muchas personas y el Sr. Wellington se sentiría humillado si alguien rechazara su invitación.

Marianne estaba acorralada. Se paró frente al auto, como si el auto fuera un infierno.

—Por favor. —insistió el asistente como si fuera la última petición.

Marianne apretó los dientes y se subió al auto. El asistente cerró la puerta bruscamente, sobresaltando a Marianne que ya estaba sentada enfrente de Edward.

El asistente se sentó en el asiento del conductor y miró a Marianne desde el espejo retrovisor. No pudo evitar despertar su interés sobre quien era realmente Marianne Cooper.

—¿A dónde le gustaría ir, Sr. Wellington? —preguntó el asistente.

—Isla Roseton —respondió Edward sin mirarlo, tenía su mirada fija en Marianne Cooper.

Capítulo 3

Marianne Cooper estaba ansiosa, enfrente de Edward.

A pesar de la ansiedad de Marianne. Edward Wellington se mantenía tranquilo, con una laptop sobre sus piernas, miraba de reojo a la laptop y luego a Marianne.

—¿A dónde me llevas? —preguntó Marianne, con cautela. No recibió respuesta.

Edward frunció el ceño. Claramente no le gustó que ella hiciera esa pregunta. Volvió a concentrarse en la laptop, tecleando, ignorándola y mirándola de reojo cada tanto.

Aun así, ella todavía reunió su coraje. Cerrando de golpe la computadora portátil de Edward.

—¿A dónde me llevas? —preguntó nuevamente Marianne, esta vez con una voz más ruda.

El aire en el auto estaba tenso, incluso el asistente de Edward estaba tenso.

Edward dejó tranquila sus manos, ya no había nada que teclear, la tapa de la laptop estaba cerrada, volvió a mirar Marianne, una mirada fría directamente a sus ojos. Un segundo después, ladeó una sonrisa, siniestra y peligrosa.

—Marianne Cooper —dijo Edward con voz grave—. Creo que todavía no entiendes la naturaleza de este asunto.

—Edward, por favor. —Marianne volvió a tragar saliva. Sus pies temblaban, al igual que sus manos entrelazadas—. Creía… creía que habíamos dejado todo este asunto atrás.

—De ahora en adelante, sé buena mujer. —dijo Edward—. No puedo prometerte que no te haré nada malo

Marianne sabía que esa era una amenaza, y conociendo al hombre y lo que podía hacer, sabía que debía mantener la calma.

El silencio finalmente volvió a predominar en el coche. Edward Wellington volvió a abrir su computadora portátil y continuó con su trabajo. Su perfil era tan duro y rígido como una estatua.

Marianne se sintió absolutamente asfixiada, pero no se atrevió a hablar más. Se obligó a sí misma a sentarse paciente y tranquilamente allí.

En el automóvil, la escritura de Edward se volvió cada vez más frenética, luego se detuvo abruptamente y cerró su computadora portátil con un fuerte golpe. Marianne sintió un vuelco en el corazón.

Edward se abalanzó súbitamente hacia Marianne, agarrándola de la barbilla y mordiendo delicadamente su labio inferior. Sin darle a Marianne ninguna oportunidad de luchar, el fuerte cuerpo de Edward la sujetó firmemente contra los asientos de cuero, sus manos aumentaron la presión. Lo que provocó que Marianne emitiera un gemido de incomodidad y dolor, ella cerraba los labios como podía, y de mala gana los abrió. Edward aprovechó esto y atacó con rudeza, un beso rudo con una lengua dominante.

Ante el asalto de Edward, Marianne apenas pudo luchar contra él. La diferencia en su fuerza era demasiado grande, y ella solo podía gemir lastimosamente.

El asistente de Edward estaba incomodo mientras conducía.

Edward era demasiado rudo y lastimó los labios y la lengua de Marianne. Ella quería gritar, pero físicamente no podía. Sus labios estaban fuertemente sellados a los de Edward, robándole el aliento. Se sentía como si estuviera muriendo atrapada debajo de él. Sin embargo, apenas él se molestó por eso, Edward fue duro hasta el punto en que le cortó la comisura del labio con sus despiadados mordiscos, y Edward gimió de placer al saborear la sangre fresca brotando de la herida.

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