Capítulo 2

El aire frío de la mañana acariciaba la piel de Aurelia mientras caminaba por las calles empedradas de San Lupo. El pueblo, que la noche anterior le había parecido un lugar extraño y sombrío, ahora se sentía más familiar. La niebla que cubría el pueblo se había disipado parcialmente, dejando entrever el sol débil que luchaba por atravesar las nubes. Aunque el día prometía ser tranquilo, algo seguía rondando en su mente, como una sensación latente de inquietud.

Había decidido salir a explorar el pueblo por la mañana, antes de que las sombras del atardecer regresaran a su reino. Aunque Nora le había sugerido quedarse en casa y descansar, Aurelia sintió la necesidad de conocer más sobre el lugar. De alguna forma, sentía que necesitaba entenderlo, comprender la esencia de San Lupo antes de adentrarse demasiado en sus secretos.

Al caminar por la calle principal, Aurelia notó la quietud del lugar. Había pocas personas afuera, y las pocas que vio parecían tan acostumbradas a la vida en el pueblo que apenas le prestaron atención. En su mayoría, eran personas mayores que caminaban lentamente, con miradas melancólicas, como si el tiempo no les hubiera dejado espacio para nada más que el peso de los recuerdos.

Fue entonces cuando vio la tienda. Se encontraba al final de la calle, algo apartada de las casas más cercanas. Era una tienda de antigüedades, pero algo en su fachada le llamó la atención. Las vitrinas de madera estaban llenas de objetos antiguos: relojes de bolsillo, espejos enmarcados con metales oxidados y figuras de cerámica que parecían haber sido olvidadas por el tiempo. La tienda, aunque desordenada, tenía una belleza en su caos, como un lugar que guardaba secretos en cada rincón.

Decidió entrar.

La campanilla sobre la puerta sonó suavemente cuando la abrió. El aire dentro era más cálido, pero también llevaba un olor peculiar, a madera vieja y a algo más... algo que Aurelia no sabía identificar, pero que le resultaba familiar. Al principio, el lugar parecía vacío, pero pronto escuchó un ruido proveniente de la parte trasera de la tienda, como si alguien estuviera moviendo algunas cajas.

Aurelia comenzó a caminar entre los pasillos angostos, observando los objetos con detenimiento. Había algo en la tienda que le atraía: la historia de cada pieza, la sensación de que el lugar había sido testigo de demasiados años y secretos. No pasó mucho tiempo antes de que un hombre apareciera detrás de una estantería, tomando unos libros antiguos. El hombre la miró con una mirada directa que la sorprendió.

Era Dante.

Aurelia se quedó quieta por un momento, observando al hombre que acababa de aparecer entre las sombras de la tienda. Su presencia era imponente, como si su cuerpo estuviera hecho de la misma tierra oscura que rodeaba el pueblo. Alto, de complexión musculosa, su rostro estaba marcado por una barba ligera y descuidada que le daba un aire salvaje. Sus ojos, de un color ámbar profundo, brillaban con una intensidad que parecía más animal que humana. La forma en que se movía, tranquila pero llena de energía, hacía que todo lo que lo rodeaba pareciera quedarse en segundo plano.

Dante se detuvo y la observó por un instante, como si también estuviera midiendo su presencia. Fue una fracción de segundo, pero Aurelia sintió que el aire entre ellos se volvía denso, como si todo en la tienda se hubiera detenido, esperando algo. Era un encuentro fugaz, pero en ese momento, Aurelia pudo sentir una tensión palpable en el aire, algo que no podía identificar, pero que la hacía sentirse incómoda y fascinada al mismo tiempo.

Finalmente, Dante dio un paso hacia ella.

-¿Buscas algo en particular? -su voz era grave, profunda, con un tono bajo que parecía resonar en su pecho.

Aurelia tragó saliva, sorprendida por la intensidad de su mirada, pero intentó mantener la calma. No sabía qué esperaba de él, pero la tensión que había sentido al verlo no desaparecía. Había algo en su presencia que la desconcertaba. No era solo su apariencia, ni siquiera la forma en que la observaba. Era algo más profundo, algo que la hacía sentir como si estuviera siendo estudiada, medida, de una manera que no entendía.

-No, solo estaba mirando... -respondió, tratando de parecer casual, aunque sabía que no lo estaba logrando. Su voz tembló ligeramente, pero intentó disimularlo.

Dante asintió lentamente, observando su reacción con una intensidad que le incomodaba.

-Este lugar... tiene cosas interesantes. Muchas piezas tienen más historia de la que la gente imagina. -Dijo, como si estuviera hablando más para él que para ella, pero aún así, sus palabras resonaban en Aurelia, dándole una sensación extraña de que él hablaba sobre algo más.

Aurelia se acercó a una de las vitrinas, tratando de romper el momento incómodo. Su corazón latía con más fuerza de lo que le gustaría admitir. Intentó mirar uno de los relojes antiguos en la estantería, pero sus ojos se mantenían desviados, como si algo, o alguien, no la dejara concentrarse.

-¿Eres de aquí? -preguntó ella, sin querer, su voz más suave de lo que hubiera querido. Se dio cuenta de que su tono sonaba casi como una invitación a saber más, a hacerle más preguntas.

Dante la miró unos segundos más antes de responder.

-Sí, nací aquí. Aunque... no muchos se quedan -dijo en un tono que parecía contener más de lo que estaba dispuesto a decir. Su mirada se hizo más profunda, como si esas palabras llevaran un peso que él mismo no quería cargar.

Aurelia sintió que sus palabras caían en ella como una carga, como una advertencia silenciosa, pero no entendió bien el porqué. Algo en la forma en que las dijo la hizo sentir que había algo oscuro en él, algo que solo podía intuir, pero no comprender completamente.

Hubo un silencio incómodo entre ellos, y Aurelia sintió el impulso de irse, de escapar de esa atmósfera cargada. Pero al mismo tiempo, algo la mantenía ahí, algo que no podía explicar. Dante no se movió, como si supiera que ella no iba a irse sin más.

Finalmente, fue él quien rompió el silencio.

-¿Te gusta el pueblo? -preguntó, su tono ahora un poco más suave, pero aún tan cargado de tensión que Aurelia no pudo evitar sentirse aún más atraída por él.

-Es... interesante -respondió ella, encontrando finalmente palabras que no parecieran tan vacías. Su mirada se cruzó brevemente con la de Dante y, aunque no dijo nada más, ambos sabían que algo había pasado entre ellos. Una conexión que ninguno de los dos había buscado, pero que ahora los unía de alguna manera extraña.

Dante dio un paso atrás, como si hubiera leído sus pensamientos. Sus ojos brillaron por un momento, y luego su expresión se suavizó, pero no lo suficiente como para que Aurelia dejara de sentir esa presión en el aire.

-Si alguna vez necesitas algo... -comenzó, pero sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Luego, simplemente asintió, como si esa pequeña conversación fuera todo lo que necesitaba.

Sin decir una palabra más, se volvió y se dirigió a la parte trasera de la tienda, dejando a Aurelia sola, de pie junto a la estantería, con el corazón acelerado y una sensación extraña en el estómago. ¿Qué era lo que acababa de pasar entre ellos? No lo entendía, pero sabía que su encuentro no sería el último.

Con una respiración profunda, Aurelia salió de la tienda. El sol ya comenzaba a esconderse detrás de las colinas, y la sombra del pueblo se alargaba, como si también estuviera esperando algo.

San Lupo no dejaba de sorprenderla, y su primer encuentro con Dante había sido solo el comienzo.

Capítulo 3

El día había sido largo, y aunque Aurelia había intentado sumergirse en la calma de la rutina diaria del pueblo, algo seguía perturbándola. San Lupo, con su belleza extraña y su atmósfera densa, no dejaba de susurrar secretos que se negaban a ser revelados. Incluso el aire, cargado de humedad, parecía estar lleno de murmullos que no podía escuchar, pero que sin duda podía sentir. La sensación de que algo grande estaba por ocurrir se aferraba a su pecho, pesada y constante.

Esa tarde, mientras paseaba por el pueblo, decidió dirigirse hacia la plaza central. Los antiguos edificios de piedra rodeaban el espacio abierto, que en otros tiempos probablemente había sido un lugar de encuentro y celebración. Ahora, la plaza parecía estar vacía, desierta, pero la ausencia de gente no le dio una sensación de tranquilidad. Al contrario, la quietud le provocaba una incomodidad creciente. El pueblo, tan detenido en el tiempo, parecía estar esperando algo, pero no sabía qué.

Fue entonces cuando vio a Nora, la mujer que la había recibido en la casa. Nora caminaba hacia la iglesia del pueblo, una estructura antigua de piedra que se alzaba sobre una colina en el extremo opuesto de la plaza. Aurelia decidió seguirla, por curiosidad y porque sentía que en algún lugar dentro de ella, la necesidad de entender más sobre ese lugar estaba creciendo.

A medida que se acercaba a la iglesia, Aurelia notó que varios habitantes del pueblo también se dirigían en esa dirección. Aunque no había muchos, la gente parecía estar apresurada, como si algo importante estuviera por suceder. Los rostros de las personas eran serios, algunos incluso con una expresión casi temerosa, como si todo lo que hicieran dependiera de lo que ocurriría dentro de ese edificio.

Nora, al ver que Aurelia la seguía, se detuvo y le hizo un gesto para que se acercara.

-¿Qué está pasando? -preguntó Aurelia, sin poder contener la curiosidad que la consumía.

Nora la miró con una ligera sonrisa, pero sus ojos no reflejaron la calidez que la acompañaba normalmente. En cambio, había una mirada cautelosa, como si no quisiera revelar demasiado.

-Es... algo que tenemos que hacer. El pueblo lo hace cada mes, pero con la luna llena... es diferente -respondió Nora, mirando hacia la iglesia con una reverencia contenida. Aurelia percibió el leve temblor en su voz.

Intrigada, Aurelia no dijo más y siguió a Nora hasta el umbral de la iglesia. Los habitantes del pueblo se dispersaban, entrando en el edificio uno a uno, sin hacer ruido. Dentro, la iglesia estaba oscura, iluminada solo por algunas velas que parpadeaban tenuemente. La atmósfera era pesada, cargada de una energía palpable que hizo que Aurelia se sintiera como si estuviera invadiendo un espacio sagrado, un lugar donde no pertenecía.

Nora la guió hacia uno de los bancos del fondo. Aurelia se sentó en silencio, observando todo con atención. El aire estaba impregnado de un aroma a incienso que no alcanzaba a disipar la sensación de tensión que llenaba cada rincón. Los murmullos de la gente se desvanecían en el eco de las paredes de piedra, y cada paso parecía amplificado. Poco a poco, la congregación se fue reuniendo en silencio, y la puerta de la iglesia se cerró con un suave y pesado crujido.

Fue entonces cuando el sacerdote, un hombre de aspecto austero, se acercó al altar. Aurelia lo observó detenidamente. Su rostro era severo, con una expresión de concentración casi obsesiva. A medida que se acercaba al altar, los habitantes del pueblo se levantaron en un susurro colectivo, reverenciando su presencia. Aurelia hizo lo mismo, aunque no entendía completamente por qué.

El sacerdote comenzó a hablar en un tono bajo y solemne, sus palabras resonando en el silencio de la iglesia. Aunque no entendía todas las palabras, Aurelia pudo captar fragmentos de lo que decía. Había algo en su voz que era casi hipnótico, como si estuviera pronunciando un antiguo conjuro, una invocación.

-... la luna roja se acerca, como lo hace cada ciclo. Con ella llega la purificación, el cambio, la transformación... el equilibrio -dijo el sacerdote, mirando a los reunidos con ojos penetrantes-. Debemos ofrecer nuestros sacrificios para asegurar que la sangre de la luna nos proteja una vez más.

Un escalofrío recorrió la espalda de Aurelia. Aunque no entendía completamente lo que estaba sucediendo, las palabras del sacerdote tenían un peso que la inquietaba. Era como si esas palabras no fueran solo oraciones religiosas, sino algo mucho más profundo, algo que implicaba el destino de todos en ese lugar.

Aurelia miró a su alrededor, buscando alguna pista en los rostros de los demás. Los habitantes del pueblo estaban todos con la cabeza inclinada, como si la mención de la luna roja les produjera un miedo reverente. Sus ojos mostraban una mezcla de temor y aceptación, como si estuvieran listos para recibir lo que estaba por venir, sin cuestionarlo.

Nora, a su lado, susurró con voz baja.

-La luna roja no es solo una fase. Es... algo que nos une a todos. Es el momento en que todo se renueva, pero solo si ofrecemos lo que se nos pide. Si no... el pueblo sufriría.

Aurelia no pudo evitar mirarla, sorprendida por la intensidad de sus palabras. ¿Qué quería decir con "ofrecer lo que se nos pide"? ¿Y qué pasaba si no lo hacían? La sensación de estar atrapada en una historia que no entendía creció dentro de ella, pero, por alguna razón, no pudo apartarse de la escena que se desplegaba ante sus ojos.

El sacerdote levantó las manos al cielo, y la luz de las velas pareció intensificarse, bañando la iglesia en una luz rojiza. Los habitantes del pueblo comenzaron a murmurar en voz baja, como si estuvieran repitiendo una oración ancestral. Aurelia los observó con una creciente sensación de alienación. No podía comprender la devoción que parecía envolver a todos los presentes, pero sabía que había algo en esta tradición que era mucho más que un simple rito.

De repente, la puerta principal de la iglesia se abrió, y un viento helado hizo que las velas titilaran con fuerza. Aurelia se giró rápidamente, y en ese instante, vio una figura de pie en el umbral de la puerta. Era Dante.

Él no entró, pero su presencia era tan poderosa que parecía llenar la iglesia por completo. Los murmullos cesaron inmediatamente, y todos los ojos se volvieron hacia él, como si su aparición hubiera sido el punto culminante de la ceremonia. Aurelia, aunque sorprendida por su llegada, sintió una extraña conexión con él, como si, de alguna manera, él fuera parte de este ritual que no comprendía.

Dante miró a su alrededor, y luego sus ojos se encontraron con los de Aurelia. Fue una mirada breve, pero cargada de algo profundo, algo que solo ella podía sentir. Había algo en él que no encajaba con el resto de los habitantes del pueblo, algo que lo hacía diferente. No era miedo lo que provocaba en ella, sino una inquietante fascinación.

El sacerdote hizo un gesto con la mano, y el viento cesó de inmediato. Dante asintió una sola vez y luego se dio media vuelta, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Pero su presencia, como la de la luna roja, no desapareció tan fácilmente.

Aurelia se quedó en su lugar, observando cómo el sacerdote comenzaba a recitar una plegaria final, y cómo los habitantes del pueblo, uno a uno, se acercaban al altar para hacer su ofrenda. Algunos colocaban flores marchitas, otros parecían murmurar algo bajo el aliento antes de marcharse.

Cuando todo terminó, Aurelia se levantó, confundida y más inquieta que nunca. Nora, que había estado en silencio todo el tiempo, se acercó a ella.

-La luna roja es un momento de renacimiento... pero también de sacrificio. Debemos vivir con ella, y si no lo hacemos, las consecuencias serán terribles -dijo Nora, su voz apenas un susurro.

Aurelia no respondió. La iglesia, que antes le había parecido un lugar sagrado, ahora le parecía un sitio lleno de sombras y secretos oscuros. El miedo reverente que sentía el pueblo ante la luna roja no era solo superstición. Era algo mucho más profundo, algo con lo que Aurelia tendría que lidiar, aunque aún no entendía cómo.

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