Portada de la novela Luna rechazada: destinada a un Alfa Maldito

Luna rechazada: destinada a un Alfa Maldito

8.6 / 10.0
Elena, una Omega huérfana, anhelaba que su vínculo predestinado la rescatara de la miseria. Su esperanza se quiebra cuando el Alfa Caleb la repudia públicamente por Natalie. Tras esta humillación, Davis aparece en su vida. Él es un Alfa marcado por una oscura maldición, pero le brinda el respeto que jamás conoció. Ahora, Elena debe decidir si se queda atada a su pasado doloroso o se arriesga a un futuro nuevo junto al misterioso hombre que podría salvarla.
Resumen de Luna rechazada: destinada a un Alfa Maldito
Elena, una Omega huérfana, anhelaba que su vínculo predestinado la rescatara de la miseria. Su esperanza se quiebra cuando el Alfa Caleb la repudia públicamente por Natalie. Tras esta humillación, Davis aparece en su vida. Él es un Alfa marcado por una oscura maldición, pero le brinda el respeto que jamás conoció. Ahora, Elena debe decidir si se queda atada a su pasado doloroso o se arriesga a un futuro nuevo junto al misterioso hombre que podría salvarla.
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Luna rechazada: destinada a un Alfa Maldito Capítulo 1

La luz de la mañana se derramaba sobre los terrenos de la manada mientras caminaba por los pasillos, equilibrando una bandeja llena de cuencos y tazas calientes. El aroma a café mezclado con caramelo flotaba a mi alrededor, pero no lograba calmar mi agitación interior. Hoy no era un día cualquiera, ya que había cumplido dieciocho años, mi compañero debía encontrarme y alejarme de la vida que había conocido como una Omega huérfana.

En cuanto entré en el comedor, Natalie preguntó con tono desdeñoso: "Elena, ¿piensas quedarte ahí parada para siempre?".

Todo el mundo sabía quién era esa mujer: la pareja elegida por Caleb. Nuestro Alfa la había elegido a pesar de que él tenía 33 años y ella 27 cuando llegó de la manada Iron Pine. Se habían conocido en la reunión del año pasado y, desde entonces, ella actuaba como si ya ostentara el título de Luna.

"Lo siento", murmuré, bajando la mirada. La luz del sol se reflejaba en sus rizos castaños mientras sus uñas pulidas golpeaban la mesa con impaciencia. Su postura hacía parecer que ya gobernaba el lugar.

Su atención se desvió hacia la bandeja que llevaba en las manos. "¿Dónde está mi café con leche de almendras? Te dejé claro que quería uno y no lo trajiste".

"Yo... lo haré ahora mismo", respondí rápidamente.

Sus labios se curvaron en una sonrisa fría. "Entonces no pierdas el tiempo. No quisiera tener que mencionarle esto a Caleb y que se entere de que ni siquiera puedes encargarte de tareas sencillas".

Nunca entendí qué había hecho para ganarme su antipatía, pero siempre encontraba la forma de menospreciarme.

Alrededor de la mesa, los demás sirvientes se quedaron quietos, intercambiando miradas como si aquello no fuera nada nuevo. Hannah, la morena alta que nunca perdía la oportunidad de ganarse el favor de Natalie, me miró con desaprobación y dijo: "Presta más atención, Elena. La señora Natalie ya tiene suficientes problemas. No le compliques más las cosas".

Luego intervino otra voz, en apariencia más suave, pero igual de cortante. "Ella ya se encarga de todo por aquí. Deberías agradecer que te permitan servirla", dijo Idyll.

Sujeté la bandeja con más fuerza para intentar que me dejaran de temblar las manos. "Lo entiendo".

Cuando me disponía a marcharme, la voz de Natalie me detuvo en seco. "Y no lo olvides: no me llames Natalie. Soy la Luna Natalie".

Los demás se rieron y sentí que la cara me ardía de vergüenza. Aún no se había ganado ese título, pero disfrutaba de escucharlo.

De vuelta en la cocina, noté que me temblaba la mano al sostener la cafetera. Nadie había mencionado mi cumpleaños, a pesar de que incluso el Alfa solía enviar regalos a la manada. Esta vez, no hubo nada. Era como si yo ni siquiera existiera.

La superficie pulida de la cafetera reflejaba mi imagen. Una figura esbelta de piel pálida me devolvía la mirada, con el cabello rubio recogido en una trenza suelta y los ojos grises apagados por el cansancio. Me veía peor de lo habitual. A los dieciséis años, el lobo interior despierta; y a los dieciocho, debe aparecer el compañero. Pero en mi caso, hasta el momento no había ocurrido nada.

"Solo quédate callada y supéralo", murmuré para mis adentros.

De pronto, sentí algo diferente. Una calidez suave se agitaba en mi pecho, débil pero imposible de ignorar.

Después de entregarle la bebida a Natalie y soportar más de sus comentarios hirientes, me escabullí a la lavandería. En cuanto entré, el aire cambió: un aroma llenó el espacio, cálido e indómito. Tenía notas de resina y lluvia sobre hojas de pino, con un matiz mucho más profundo. Mi pulso se disparó.

Mate.

La voz de mi loba, Maryse, irrumpió en mis pensamientos, llena de emoción. Mis pies se movieron por instinto, atraídos por algo invisible. El aroma me envolvió, apoderándose de cada uno de mis sentidos.

"¡Es él!", exclamó Maryse. "No te detengas, quiero verlo".

Guiada por esa fuerza, seguí el rastro a través de los pasillos hasta llegar al campo de entrenamiento bañado por el sol. Los guerreros ocupaban el lugar, pero mi atención se fijó en una sola persona.

Era él. El Alfa Caleb Reed.

La sorpresa me invadió de golpe. La Diosa de la Luna lo había elegido para mí: mi Alfa, mi compañero. Todo lo demás se desvaneció, dejando solo esa verdad ante mí.

Estaba de pie en el centro, muy concentrado en el entrenamiento, con el cabello negro y húmedo cayéndole sobre la frente. Cada uno de sus movimientos desprendía fuerza, firmeza y control. La luz del sol lo iluminaba, haciéndolo destacar aún más.

Cuando levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos, se me cortó la respiración. Algo brilló en su mirada. Me reconoció. Tenía que ser él. Mi corazón se aceleró y la esperanza me invadió. Di un paso hacia él, sin poder resistirme.

"Eres tú", susurré, sintiendo cómo el rostro me ardía.

De repente, su expresión cambió. Su postura se tensó y la calidez de sus ojos desapareció, sustituida por una frialdad glacial. Me detuve en seco.

"Sigue adelante", insistió Maryse. Me obligué a avanzar de nuevo, acortando la distancia poco a poco.

Antes de que pudiera alcanzarlo, alguien me apartó de un empujón. Natalie se dirigió directamente hacia él sin vacilar.

"¡Alfa Caleb!", llamó con voz alegre.

Al verla, la expresión de él cambió de inmediato. Se suavizó de una manera que nunca había presenciado. Como si yo ni siquiera estuviera allí, abrió los brazos y la atrajo hacia él. Un instante después, se inclinó y la besó.

La agonía me atravesó sin previo aviso. Todo en mi interior se derrumbó de golpe, y me quedé allí, incapaz de moverme. Sentí que el pecho se me partía. La voz de Maryse se alzó en protesta: "No, es él. ¡Nos pertenece!".

Pero en el fondo sabía que ella no podía hacer nada. Si lo hacía, Caleb no mostraría piedad.

Durante años me había aferrado a la ilusión de vivir este momento. Creía que por fin alguien me elegiría, a pesar de mis defectos. Sin embargo, lo que tenía ante mí era un rechazo que parecía casi deliberado. Las lágrimas me llenaron los ojos y me nublaron la vista.

Su mirada se desvió hacia mí, pero no transmitía ninguna calidez. Natalie permaneció abrazada a él con fuerza, mientras sus ojos brillaban con un aire de silenciosa victoria. Sabía que un movimiento en falso podía arruinarme, así que di un paso atrás. Al darme la vuelta, sentí cómo un peso enorme se instalaba en mi pecho. Su aroma permanecía en el aire y se aferraba a mí de forma casi insoportable.

Volví caminando por el pasillo; las lágrimas me nublaban la vista y no veía bien lo que tenía delante. Se suponía que ese día cambiaría todo, pero, en cambio, solo me había dejado un profundo vacío. ¿No se suponía que los compañeros debían apoyarse mutuamente?

Al regresar a la lavandería, cerré la puerta tras de mí. Me abracé las rodillas y dejé que el dolor me consumiera. Apoyé la mejilla en el suelo frío mientras mi cuerpo temblaba. No sabía cómo iba a soportar semejante dolor. Ni cómo volvería a enfrentarme a él después de lo que había pasado.

La angustia no cedía. Se quedó conmigo, oprimiéndome el pecho sin cesar. Su expresión fría y distante volvía a mi mente una y otra vez. Mi mate había estado allí mismo, pero ni siquiera se molestó en dedicarme una mirada.

De repente, la puerta se abrió.

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