Capítulo 2

Se dice que las cosas se parecen a sus dueños. Mi habitación era definitivamente la mejor representación de lo que había dentro de mí.

Cada centímetro era un desastre: Las paredes estaban carbonizadas, oscuras y emanaba un olor desagradable olor a deterioro. El candelabro en el techo, que debía ser de oro ahora estaba completamente negro, casi oxidado de una manera antinatural. La alfombra que cubría el suelo estaba dañada, rota, hecha pedazos.

Lo único que estaba en buenas condiciones eran los muebles que los sirvientes cambiaban cada vez que yo los destruía. Cada vez que sentía demás.

«—Si no puedes controlarlo, es mejor que no sientas nada»

Las palabras del rey se mantenían frescas en mi memoria a cada segundo de cada día, porque, era lo más inteligente que había dicho en años.

Dos golpes suaves en la puerta me hicieron levantarme perezosamente de la cama porque la perspectiva de la visita del rey y sus dos invitados del sur me apetecía tan poco como atender la lista del menú del día.

Abrí la puerta y me encontré con Dinrya y Katrine, mis doncellas que llevaban sus uniformes grises y que se inclinaban para hacerme una reverencia.

—Sigan.

Me hice a un lado permitiéndoles a ambas hacer su trabajo: Dejarme como la heredera perfecta.

Ambas se pusieron a la labor de dejar mi cama impecable, de prepararme el baño y elegir mi ropa en solo unos minutos. Cosas que yo debería ser capaz de hacer y aun así me negaba a intentar por lo que podía desencadenar.

Tome una ducha rápida y permití que me enfundaran en un vestido azul marino que dejaba mis hombros al descubierto pero cubría mis brazos. El vestido era elegante y marcaba mi torso completamente mientras que la falda caía libre hasta rozar el suelo.

Mire mi reflejo en el espejo mientras Dinrya me maquillaba para ocultar las ojeras bajo mis ojos solo con un par de toques en mi cara. Mire el moño alto y perfecto rodeado por una trenza que me hacía Katrine, vi las pequeñas piedras de zafiro que ponía y quise quitármelas.

Odiaba que el rey quisiera demostrar riqueza en el momento en que el reino estaba tan mal que habíamos tenido que hacer refugios para las víctimas de guerra, apenas si podíamos pagarle a los sirvientes que trabajaban en el palacio.

Deje que me pusiera las pequeñas piedras en el cabello porque sabía que la alternativa era una tiara y si me la ponían lo más seguro es que se la regalará a la primera persona que se me cruzará.

—¿Dónde está Bastian?—pregunté con poca amabilidad.

Era consciente que ninguno de los sirvientes era merecedor de mi mal carácter, pero, eso no evitaba que les hablará mal, más en días como hoy, donde tenía que aguantar la presencia del rey y donde debía fingir ser la hija y heredera modelo.

—En el comedor, Majestad—respondió Katrine que terminaba con mi peinado—. Desayuna con el príncipe Atlas.

Mi pequeño hermano...

Hacía tanto que no veía su rostro que no me sorprendería no reconocerlo. Sé que podía parecer exagerado pero casi habían pasado 6 meses desde la última vez que había estado en la misma habitación que él.

Era mi culpa, en realidad, que pasara tanto tiempo. Verlo era una tortura por lo que me recordaba pero eso no me hacía dejar de quererlo y me gustaba saber que era muy inteligente y perspicaz, que sentía curiosidad por todo y que era amable con todos.

—¿Desea que le preparen un lugar en la mesa, Majestad?—preguntó rápidamente Dinrya.

—Yo no desayuno—les recordé—, así que no hace falta.

—Como guste, Majestad—hablaron de nuevo ambas al tiempo.

Pasados varios minutos terminaron de dejarme como un ser vivo medianamente agradable a la vista y completaron el atuendo poniéndome un collar delicado que tenía una pequeña piedra de zafiro decorado con pequeños diamantes falsos, junto a unos pendientes del mismo estilo que Bastian me había regalado hace ya mucho tiempo.

Salí de la habitación seguida de las doncellas. Cada sirviente que se apresuraba a cumplir con la tarea de dejar el palacio más reluciente de lo que ya estaba para el rey, me miraban de reojo con cierto nerviosismo, pues ellos trabajando aquí diariamente sabían que no salía por voluntad de la habitación y menos luciendo como... se supone que debería verse una princesa.

Todos trataban de dejar todo impecable para el rey pues, a él no le gustaba ver su palacio sucio en ningún rincón y menos cuando venía el rey de otra nación para... aún no tenía idea de porque él había decidido que era buena idea traer al rey de Aphud.

Camine por el palacio de color blanco y dorado, lleno de personas que iba de un lado a otro en completo silencio. Aún recordaba como todo era tan diferente cuando era niña, todo siempre estaba lleno de música y risas, incluso los sirvientes sonreían en cualquier momento.

Pero ahora el palacio estaba sumido en un completo silencio que, inteligentemente, ninguno rompía. A mí me daba igual si querían poner música o invitar a todo el reino a bailar en el palacio, pero al rey sí que le importaba aquello ya que había sido su orden expresa que nada de música volviera a tocarse en el palacio.

Camine hasta el comedor para encontrarlo vacío por lo que no me molesté en entrar. No mentía cuando dije que no desayunaba, de hecho rara vez lo hacía. Si fuera por mí comería muy poco para tratar de matarme de hambre, lentamente, pero Bastian se negaba a ello y me obligaba a tomar el resto de las comidas.

Para ser un hombre de la misma edad que yo, a veces parecía un completo anciano histérico.

Lo único que me alegraba de la llegada del rey, era que venía con Caius. Lo había extrañado muchísimo estos cinco meses que estuvo en los diferentes frentes de batalla, y, me preocupaba muchísimo que se expusiera a tanto.

Pase al salón sola, porque las doncellas se habían ido a cumplir con sus deberes recién llegamos a la primera planta, uno de los guardias en la puerta me hizo una reverencia antes de abrir la puerta del salón.

El inmenso salón tenía una hermosa vista al jardín principal que la verdad me daba igual, podía ver a los sirvientes afuera arreglando los arbustos y flores para que todo quedará perfecto.

—¡Pero yo no quiero!

De inmediato reconocí la voz de mi hermano menor, Atlas.

Me gire hacia donde venía su voz y lo vi sentado en un sillón individual de espaldas a mí. Su cabello rubio estaba en perfectos rizos, podía ver apenas un traje de color rojo oscuro con bordados dorados en el cuello recto.

—Debe leerlos, príncipe Atlas—habló calmadamente el tutor real, Harper—. Le aseguro que no son ni la mitad de malos de lo que cree.

El tutor real, nos había educado a Caius y a mí al mismo tiempo, fue suficiente tiempo para saber que Harper, nunca se daba por vencido, no perdía en ningún caso y tenía una paciencia admirable.

Estaban al otro lado del salón, con el libro de leyendas en la mesa de cristal y un par de libros más que desde donde estaba no reconocí.

—Es que no me gustan los poemas—se quejó mi hermano—, ¡Nunca los entiendo!

—No son poemas, son leyendas—lo corrigió amablemente Harper—. Entenderá la diferencia cuando las lea, príncipe Atlas.

—Son lo mismo—se defendió mi hermano casi ofendido—. Y no las voy a leer.

Atlas, con tan solo seis años, demostraba una determinación impresionante. Parecía dispuesto a discutir las siguientes tres horas de enseñanza sobre porque no quería leer las leyendas y, sabía que Harper estaría esas tres horas con completa calma explicándole a mi hermano porque debería leerlas.

Era esa una de las cosas que más me gustaba de Atlas, aunque no pasará mucho tiempo con él. Mi hermano era respetuoso y muy amable según lo que sabía por Bastian y lo confirmaba las pocas horas que pasaba con él.

Pero no podía verlo sin que me doliera el pecho, porque mi hermano era la viva imagen de mi madre: Cabello rubio y rizado, ojos amarillos como el sol, las mejillas con un eterno sonrojo y un delicado grupo de pecas en toda su cara.

No era justo que alejará a mi hermano solo por eso, pero, saberlo no hacía la tarea más fácil. Quería a mi hermano pero estar a su lado me quemaba el alma.

Había escuchado de Caius que Atlas quería entendernos, entender porque yo lo alejaba constantemente, entender lo que habíamos perdido pero no iba a poder hacerlo sin importar lo que le dijéramos. Atlas no había conocido a mamá y era casi una suerte que no lo hiciera así no tendría que vivir bajo el constante fantasma de ella.

Tuve que tragar con fuerza para alejar las lágrimas.

Hoy debía enfocarme en la visita real del sur, pero, también tenía que pasar al menos un rato con mi hermano.

—Majestad—murmuro sorprendido Harper levantándose rápidamente para hacer una reverencia—. Buen día.

Harper había pasado casi 12 años educando a Caius y a mí en todos los aspectos posibles, fue por eso que una mirada de completa nostalgia se le puso en el rostro. Sabía que nos tenía apreció ya que fue el primero en venir al palacio luego de la muerte de mamá para acompañarnos.

—Buen día, Harper—me esforcé en sonar amable—. ¿Qué tal van las tutorías de Atlas?

Vi a mi hermano, aún de espaldas a mí, tensarse completamente como si lo que estuviera escuchando fuera un fantasma y no quisiera girarse a comprobarlo.

—Perfectamente—sonrió Harper—, es muy despierto y curioso lo que hace la tarea mucho más fácil.

—Supongo que más fácil de lo que fue con mi hermano y conmigo—murmure haciendo que el hombre mayor sonriera con calidez—. ¿Me permitiría un momento con Atlas?

—Claro, Majestad—hizo una reverencia nuevamente a modo de despedida—. Estaré en la puerta.

Con eso, se despidió antes de caminar y cruzar por mi lado para salir por la misma puerta por la que había entrado, aunque había otra puerta de salida mucho más cerca al otro lado.

Respire profundo y me encamine a los dos sofás individuales donde mi hermano estaba completamente tenso mirando a sus rodillas. Me senté en el sofá que había usado antes Harper y vi directamente al rostro de Atlas.

Sus rizos estaban más cortos que la última vez que lo había visto, sus ojos ahora eran rodeados por una línea de color negro que hacía su mirada mucho más intensa y sus mejillas estaban mucho más rojas que de costumbre. Sin embargo, parecía sorprendido casi nervioso por tenerme frente a él.

—Buen día, Atlas—lo salude luego de largos minutos en silencio.

Mi hermano se sonrojo muchísimo más que antes y comenzó a apretar sus manos con fuerza con nerviosismo. Sabía que estaba nervioso por ese gesto, porque yo lo hacía también.

—Bu-Buen día, princesa.

—Atlas, soy tu hermana—le recordé al ver cómo me había llamado—, puedes llamarme por mi nombre.

—Lo... haré—titubeo nervioso.

No me gustaba que fuera incomodo hablar entre ambos, con Caius me resultaba sumamente sencillo hablar de cualquier cosa, pero con Atlas era como caer a ciegas en un pozo negro. No sabía que decir o cómo comportarme y verlo directamente no ayudaba.

—Hoy viene el rey a casa.

—Bastian me informó—susurró Atlas sin verme—, dijo que papá venía con compañía.

—Con el Rey de Aphud—asentí—, ya sabes cómo debes comportarte ¿Verdad?

—Si—Atlas apretó sus dedos con nerviosismo—. El tutor Harper me lo enseño hace unos días.

—Perfecto—asentí de nuevo aunque no me veía—. ¿Cómo te va con él?

Atlas alzó la mirada con lentitud, como si quisiera asegurarse que no iba a desvanecerme en la nada o que no iba a atacarlo. En el momento en que sus ojos me miraron directamente sentí que el pecho se me apretaba.

La extrañaba tanto que verlo a él dolía.

—¿Con el tutor Harper?—preguntó nervioso.

—Sí, con él.

Tome uno de los libros de la mesa para tener la excusa de no verlo, porque no quería irme sin haber pasado un par de minutos más con él.

Era un libro sobre geografía pero no lo deje de nuevo en la mesa, solo comencé a pasar las paginas sin verlas realmente.

—Bien—murmuro Atlas con su mirada sobre mí—, es muy inteligente—susurró con admiración—y siempre tiene algo nuevo que decirme.

—Así es Harper—asentí pasando un dedo sobre el mapa del reino—. ¿Y te gusta lo que te enseña?

—Mucho—vi de reojo que asintió.

—Pero no pareces muy contento de leer las leyendas, ¿Verdad?

Vi de reojo que sus mejillas se cubrían de un nuevo tono rojizo. Quise sonreír por ello, pero hacia mucho que no sonreía para nada y no quería que Atlas viera el patético intento de sonrisa que me saldría de ello.

—Es que... no las entiendo.

—Deberías entonces preguntarle a Harper lo que no entiendas—le recordé pasando el índice por donde quedaba el palacio donde estábamos—, para eso viene todos los días.

—¿Y si tengo preguntas cuando no este él en el palacio?

La pregunta y el tono me descolocaron. Alcé la cabeza y Atlas me miró casi con arrepentimiento, su rostro entero estaba rojo mientras que apretujaba sus dedos con nerviosismo.

—Creo que no te entiendo, Atlas—confesé.

—Si el tutor ya se ha ido y tengo una pregunta respecto a cualquier cosa—titubeo apretando más sus dedos—, ¿Crees que pueda hacértelas a ti?

Seguramente Atlas vio mi sorpresa ante la pregunta porque bajo la mirada avergonzado. Me pareció que escuchaba la voz de Caius en mi oído: «Él cree que no lo quieres. Atlas solo quiere tener una hermana, Dayra»

Pase saliva y cerré el libro entre mis manos con delicadeza.

Atlas merecía una hermana, merecía la relación que tenía con Caius siempre que estaba aquí y yo... tenía que poder dársela, pero a veces era tan... difícil.

—No veo porque no—murmure finalmente dejando el libro en la mesa—, soy tu hermana y estaré siempre para ti. Lo sabes, ¿No?

Atlas alzó la mirada con nerviosismo y duda hacia mí, contuve las ganas de apartar la mirada al ver lo parecidos que eran sus ojos a los de ella. Casi como si ella se los hubiera entregado antes de morir.

—Gracias—murmuró con los ojos cristalizados por las lágrimas.

—No tienes por qué darlas, Atlas.

Atlas me sonrió verdaderamente agradecido y emocionado, el pecho se me apretó y sentí que me clavaba las uñas en las palmas para no tirarme a llorar justo ahora. Un escalofrío caliente me recorrió la columna y tuve que respirar profundo para disipar lo que se me comenzaba a concentrar en las manos.

—¿Quieres que te lea alguna leyenda?—pregunté tomando el libro y apartando la mirada de Atlas—, seguro que puedo hacer que—

Unos pasos me interrumpieron, giré la cabeza a la izquierda y vi a Bastian entrar con una enorme expresión de sorpresa y confusión ante la escena.

Casi siempre era él quien me llevaba a donde estuviera Atlas para pasar al menos una hora con él antes de, según sus palabras, "Entrar de nuevo en mi cueva".

—Bastian—murmuré con seriedad—, ¿Qué pasa?

Vi que sostenía entre sus manos un sobre de color crema y un sello negro que reconocí de inmediato como una carta de Caius. Bastian se dio cuenta de la dirección en que miraba porque trato en vano de esconderla.

—No sabía que estaba en compañía del príncipe Atlas, Majestad—murmuró con nerviosismo—. No fue mi intención interrumpirlos.

—Ya lo hiciste—el rostro de Bastian igualó en color al de mi hermano menor—. ¿Es una carta de Caius?

—Así es—se aclaró la garganta—, pero puede esperar.

—Yo creo que no.

Me levante del sofá y dejé el libro en la mesa, Atlas tenía la cabeza inclinada tratando de ocultar su decepción. No me gustaba verlo triste pero, si la carta de Caius traía información sobre en calidad de que venía el rey de Aphud, necesitaba leerla cuanto antes.

Bastian me dio el sobre sellado y lo abrí tan rápido como pude. La hermosa caligrafía de Caius fue lo primero que vi.

«Hermana:

Sé que, probablemente para cuando llegue la carta la noticia de la visita del Rey de Aphud ya haya llegado a tus oídos.

Nuestro padre no quería que lo supieras sino hasta el último momento, pero, sé que todo saldrá mal si te lanzamos a ciegas a esa reunión. Tienes que poder entender la gravedad de la situación que nos llevó a tomar una medida tan desesperada.

Nuestros frentes están cayendo. Morthem está logrando que nuestros números se reduzcan casi de una manera abismal, quienes no desertan mueren en combate y no equivale ni en una cuarta parte de las pérdidas que generamos. Cuando tratamos de negociar una paz, nos insultaron y aseguraron que no se detendrían hasta que hayan acabado con Khelvan.

Nuestro padre estaba completamente furioso por ello, así que decidió buscar un aliado a quien tampoco le beneficie que un reino tan sádico y cruel tome nuestras tierras. Así que viajamos al sur, a Aphud para reunirnos con el Rey.

Estuvimos negociando con ellos una alianza que ellos estas dispuestos a llevar a cabo.

Hice números, hermana, una alianza con ellos nos ayudaría a igualas los números de Morthem por no decir que los superaríamos al menos lo suficiente para garantizar la subsistencia de los nuestros.

Nuestro padre y el Rey Kalias llegaron a un acuerdo respecto a la alianza: Sellarla con otra. Es por eso que nuestro padre prometió tu mano al heredero del Rey Kalias.

Nuestro padre estaba seguro que, cuando llegará el momento de decírtelo sabrías comprenderlo, pero yo te conozco y sé que eso solo desataría la tormenta de emociones que siempre tienes dentro.

Tú, más que nadie sabes que es nuestro deber hacer sacrificios por nuestro pueblo. Pero yo soy tu hermano, Dayra y sé que no podemos pedirte que hagas nada si no te sientes segura de ello. Recuerda que la decisión es tuya y solo tuya así que piénsalo.

Estaremos llegando para el almuerzo, es cuando espero me des una respuesta. El Rey Kalias sabe que tienes derecho a negarte ya que será tu hijo quien te haga la propuesta en el baile que organizó secretamente nuestro padre para esta noche.

Sea positiva o negativa tu respuesta, sabes que cuentas con mi apoyo.

Te quiere, Caius»

Por un momento creí que era un chiste. Por un momento me permití creer que mi hermano había cambiado su humor malo para hacerme un chiste como este. Por un momento no supe que hacer.

Pero cuando esos primero segundos de desconcierto desaparecieron, me di cuenta que era real. Estaba prometida a alguien que no conocía y que no tenía ninguna relación con mi pueblo.

La cabeza me dio vueltas, las manos me temblaban al igual que el resto del cuerpo. Sentía frío y calor en mis manos mientras que mi corazón se aceleró con tanta fuerza que tuve que cerrar los ojos para tratar de centrarme.

Escuché murmullos a mí alrededor pero no podía ver más que manchas de colores y sentí que caía contra algo tibio. Sin importarme nada más de lo que repetía mi cabeza: "Estoy prometida. Estoy prometida. Estoy...".

El rey no había creído que nosotros fuéramos suficientes para la guerra. No había creído que yo sola fuera suficiente para la guerra que se avecinaba y eso era tan... humillante.

—¡Dayra!

Por un segundo, el zumbido en mis oídos se desvaneció y pude escuchar a Atlas. Pude verlo mirándome con preocupación.

Entonces me di cuenta que Bastian me sostenía y que las manos las tenía completamente calientes. Bajé vista y vi manchas negras en mis palmas y supe que había quemado la carta.

—Lo siento—sentí un nudo en mi garganta—. Lo siento.

—No tiene nada de que disculparse, Majestad.

—La cueva—jadeé con la boca seca—. Una hora, la cueva.

—Muy bien.

Sabía que Bastian me entendería porque me conocía y fue exactamente esa la razón por la que lo había llamado como mi consejero real.

El cuerpo entero me temblaba y me di cuenta que no iba a poder contenerlo durante más tiempo, que iba..., yo estaba a punto...

—Lo siento Atlas—mi hermano se veía borroso de nuevo—. Lo siento mucho, por... favor no le digas. No le digas.

Me aparté de Bastian y cerré los ojos con fuerza. El cuerpo entero me vibraba cuando una brisa helada me rodeó el cuerpo, sentí la garganta completamente seca y para cuando caí al suelo sentí roca dura y cortante en lugar de una alfombra suave.

La garganta me apretaba cuando todo me golpeó con fuerza. Cada órgano en mi cuerpo me dolía y palpitaba, sentí las rocas clavarse en mis palmas y eso no fue suficiente para tranquilizarme.

Sentí que la ira me abrumaba con fuerza, que me hacía querer ir a donde estaba el rey para dejarle caer todo lo que tenía sobre su arrogante cabeza. El corazón me apretó con tanta fuerza que quise sacármelo del pecho.

El dolor en mi cuerpo me obligó a poner con más firmeza mis manos sobre la piedra que me cortaba la piel porque sentir demasiado era un problema para mí. No podía controlar la magia que saliera de mí en este momento porque estaba reprimiéndola constantemente.

No la quería. No quería la magia.

Mucho menos ahora que sentía que me quemaba el cuerpo entero, que se fundía a esa ira que la carta había traído consigo y que ahora no me dejaba.

Mis manos se congelaron de una manera dolorosa pero tan fuerte que las sentía caliente mientras lágrimas de dolor bajaban por mis mejillas. Cada centímetro del cuerpo me dolía, cada musculo y cada órgano se retorcía mientras luchaba por retener la magia, por reprimirla de nuevo.

La garganta se me rasgó cuando sentí que algo más me empujaba al suelo mientras que la rabia en mi interior crecía y se expandía por mi cuerpo hasta salir de mí.

Mientras que todo lo que tenía reprimido por meses salía dolorosamente de mi cuerpo, sentí que las lágrimas bañaban mi rostro al darme cuenta que para el rey nunca había sido yo sola suficiente. Ni siquiera cuando tome el mando del reino por años, mientras mantuve la paz medianamente sostenible con Morthem. Nada sería suficiente para él.

Sentí y escuche mi magia golpear la piedra a mí alrededor, romperla un poco, quebrarla mientras que me retorcía en el suelo.

Antes no había sido así. Hubo un tiempo donde me esforcé por controlarla, por dominarla y aprender de ella pero todo cambió cuando ella partió y cuando él no lo hizo. No quería más magia en mi vida, no quería moverme de un lado a otro solo de un parpadeo, no quería tener cosas que no merecía. No quería nada de este maldito dolor.

Quise poder dejar de pensar en eso, pero era imposible. El rey había prometido mi mano y aun así tenía la previsión de no decirme nada al respecto, y él sabía lo que me causaban las emociones que no podía controlar. Lo sabía y aun así no le importaba.

Porque yo no le importaba en lo más mínimo.

Él no tenía que tomarse tantas libertades y mucho menos para complacer a su estúpido consejo de guerra. Oh, yo sabía que ese "refuerzo a la alianza" la había planteado él porque su maldito consejo no estaba para nada feliz de saber que las decisiones en el futuro iba a tomarlas una mujer solamente, en específico yo.

¿Por qué prometerme a alguien de quien no sé nada?, ¡Ni siquiera conozco su nombre!

El rey definitivamente estaba demente, desquiciado y estúpido si creía que iba a permitir una alianza como esa, costando mi felicidad. ¿No se supone que debía casarme por amor?, hacía siglos no se arreglaban los matrimonios de esta manera, pero claro, el rey eso se lo paso por donde le daba la gana.

«Tú, más que nadie sabes que es nuestro deber hacer sacrificios por nuestro pueblo»

Yo no había pedido estas responsabilidades. Yo no había pedido esta posición.

No quería nada de esto, pero, ¿Qué otra opción tenía?, muchos sufrirían si me negaba y aunque nada me haría más feliz que terminar con esa agonía llamada vida, no podía pedirle a los demás que se sacrificarán por mí.

No era justo. Y aunque lo que me tocaba tampoco era justo, alguien tenía que tomar las decisiones difíciles.

Para cuando abrí los ojos la cueva estaba envuelta en llamas que subían hasta el techo de la cueva. Mi vestido estaba hecho pedazos y es me importó todavía menos cuando un temblor me llevó a contraerme de dolor.

Ahora entendía por qué había elegido específicamente la piedra preciosa de la nación para mi vestimenta de hoy. No era casualidad que hoy me vistieran de azul adornada de zafiros.

Era la envoltura del regalo que le darían al hijo del Rey Kalias.

Esa era una decisión egoísta y en el fondo lo sabía, por eso me molestaba tanto. Si decía que no a la propuesta que haría el príncipe entonces mi pueblo sufriría las consecuencias, Morthem acabaría con nosotros y con cualquier inocente en su camino.

No podía. Estaba harta de tanta muerte.

Miles de personas, por no decir que todas, morirían a manos del rey de Morthem que disfrutaba de matar públicamente a cualquier ciudadano de Khelvan. Sería mi culpa que tal genocidio se llevara a cabo solamente por mi orgullo, miles de mujeres, hombre y niños masacrados.

¿Valía más mi felicidad que la vida?, ¿Podría vivir sabiendo que mi decisión les costaba la vida a las personas que confiaban en mí?

Vi como el fuego a mí alrededor se apagó casi en un segundo, como la piedra quedaba completamente libre de la iluminación del fuego y como el olor a quemado de la tela que me cubría llenaba la inmensa cueva.

No quería casarme, definitivamente era lo último que esperaba hoy. Pero negarme supondría acabar con mi pueblo y todo aquello que había jurado proteger.

Caí de rodillas al suelo y me cubrí la cara con las manos para que las lágrimas que salían de mis ojos volvieran a donde debían.

«Una reina no debe llorar» Fue lo que me dijo en el jardín. «Tú eres una reina y nadie puede ver que eres débil. ¿Quieres comportarte como una bebé?, entonces ve a donde nadie te vea»

Lágrimas de frustración me lavaron la cara y las limpié de inmediato sintiendo que los músculos se me contraían por el movimiento. Cada parte del cuerpo me dolía y sabía que no podía ponerme de pie sola ahora.

Era patética.

Aun así me moví como pude, hasta que las piedras afiladas se me clavaron en la piel desnuda de mis muslos cubiertos patéticamente por lo que quedaba de mi vestido.

Respire profundo como ya había practicado incontables veces y guardé cada emoción en el rincón más profundo de mi ser. No podía permitir que me dominarán de nuevo, aunque hoy ya no quedaba nada que liberar, seguía siendo peligroso.

Mire mis manos bañadas en sangre con pequeños trozos de piedra clavadas en mis palmas y solo las deje caer a mis costados mientras me calmaba del todo.

Pasó un buen tiempo antes de escuchar pasos acercándose a la cueva donde estaba, no me molesté en levantarme porque sabía que era Bastian quien llegaba para ayudarme a sentirme mejor.

No me había equivocado al elegirlo como mi consejero, claro que al rey le molestó que despechará a los ancianos que propuso para el puesto para poner a un campesino. Su molestia fue solo otro adicional para poner a Bastian.

Bastian había dado con el puesto de consejero por error. Su familia vivía cerca de una granja en la que caí sin saber muy bien donde estaba, yo estaba casi desnuda, la piel de mis brazos y piernas quemadas, lloraba como si se me fuera el alma en ello y con tanta fuerza que recordaba que me sentía ahogada.

Bastian me encontró antes que sus padres, esperó pacientemente a que me tranquilizará y me ayudó, me escuchó y no me dijo nada respecto a todo lo que le dije, no me dijo que sentía mi perdida o que me entendía. Solo me permitió ser.

Cuando volví al palacio lo contrate como mi consejero, porque Bastian, era el único que conocía quien era yo en verdad, hasta donde podía llegar si le daba rienda suelta a todo lo que contenía en mi interior. Ni siquiera Caius me había visto así de destruida.

—¡Por todos los ancestros!—jadeó preocupado—, ¿Qué te has hecho?

Bastian dejó una bola de luz sobre nosotros y se arrodilló frente a mí rebuscando de inmediato en la enorme bolsa que traía algo con lo que curarme.

—No exageres—murmure al ver como temblaba—. Me has visto peor.

—Hoy tenemos la presencia del rey de Aphud, Majestad, no pueden verla así.

Comenzó a limpiar las heridas en mis rodillas para asegurarse de que había extraído todas las piedras de mi piel antes de comenzar a cubrirme la piel con cremas y aceites que me dejarían como si nada hubiera pasado en pocos minutos.

—El rey y el príncipe de Aphud—corregí—. ¿Lo sabías?

—¿Saber qué, Majestad?

Bastian estaba concentrado en la curación de mis rodillas, pero, no ocultó su nerviosismo frente a la pregunta. Leyó la carta luego de que se presentará ante mí, eso era obvio además de que era el protocolo.

—Que el rey me prometió al príncipe de Aphud— Bastian me miró precavido—. Eres mi consejero, Bastian, si alguien puede leer mis cartas eres tú.

—Solo quería asegurarme que si se trataba de una carta real del príncipe Caius—admitió bajito—. ¿Va a aceptar el compromiso?

—No tengo otra opción, ¿O sí?—murmuré estirando mis manos que me ardían, Bastian las tomó con preocupación para repetir el proceso que había hecho en mis rodillas—. Si no aceptó el matrimonio con el príncipe, entonces habré condenado a todos en Khelvan a la muerte.

—Siempre hay más opciones, Majestad.

Sabía que me mentía. Él también sabía que no tenía de otra pero quería apoyarme, como siempre.

—No en esta situación, Bastian, lo sabes.

Él no dijo nada pero si apretó los labios con cierta frustración respecto a tener que obligarme a aceptar, que era, lo que seguramente le había pedido el rey hacer.

Suspiré en cuanto Bastian terminó su trabajo y me tendió la bolsa para que fuera al interior de la cueva donde había lo que se podía llamar "un milagro". Era un pequeño poso de agua que por alguna razón llegaba a la cueva y salía por un pequeño agujero.

Entre en el agua helada y me lavé el cuerpo tan rápido como pude. Sabía que no tardaba en llegar el carruaje que habría pedido Bastian, pues tenía cosas que entender antes que la llegada del rey y mi futuro esposo.

Cada musculo de mi cuerpo se relajó un poco bajo el agua helada, me limpié el sudor y las marcas de quemaduras que se desprendían de mi como una capa de piel. La piel se me regeneraba a un paso acelerado sin importar lo fuerte que cortará o la intensidad de las quemaduras.

Me sequé el cuerpo y saque de la bolsa un vestido exactamente igual al que llevaba hace una hora, cosa que no me sorprendía. El cuerpo me temblaba y estar de pie me dolía, pero no era algo que no hubiera aprendido a soportar.

Volví a donde me esperaba Bastian que tenía una mirada preocupada sobre mí.

—¿Cómo te sientes?—preguntó preocupado.

—Cansada—confesé—. Pero al menos, el rey no deberá preocuparse de que dañe el baile de una explosión en el momento en que el príncipe se arrodille a pedir mi mano.

Bastian me ayudó a arreglar mi cabello y que quedará en perfecto estado antes de que saliéramos de la cueva. Un carruaje carmesí esperaba por nosotros y me subí luego de ordenarle al conductor llevarnos al centro médico.

—Llegaremos tarde, Majestad—susurró Bastian.

—No me importa—sinceré mirando la ventana—, ya tenía una agenda para el día y así como al rey no le importa mi opinión a mí me importa poco la de él.

Bastian no cambió su mueca de preocupación durante todo el camino.

El centro médico siempre estaba lleno de soldados heridos levemente o de gravedad. La mayoría debatiéndose entre la vida y la muerte mientras que los pocos sanadores que existían hacían su trabajo en los campamentos médicos de los frentes de batalla.

Al entrar en el centro médico se respiraba la muerte sobre cada soldado sobre las camas que al verme se sorprendía y se apresuraba a inclinar la cabeza en señal de respeto.

Pasaba varias horas del día en este lugar, ayudando en lo que podía y los médicos del centro no me dejaban hacer mucho ya que decían que mi sola presencia ya hacía demasiado. Hablaba siempre con un par de soldados y luego recogía la lista de fallecidos del centro médico porque era mi trabajo ir directamente a las familias que habían perdido a alguien para compensarlo de alguna manera.

Durante las dos horas que ayude a vigilar algunos heridos y a cubrir heridas Bastian no dejo de repetirme que era momento de partir cosa que ignoré profundamente. Al terminar Bastian casi me llevó arrastrada al carruaje que iba a toda velocidad al palacio.

—El rey ha llegado al palacio hace 30 minutos—me informó Bastian con preocupación.

—Información vital para mi vida—ironicé.

—Majestad, el tema que tratarán en el almuerzo es serio, debe tomarlo como tal.

—Lo hago—bufé mientras me cruzaba de brazos—. Pero tengo otras responsabilidades que cumplir, Bastian, sentarme a complacer al rey te aseguro que no es una de esas.

Nadie dijo nada el resto del camino. En cuanto el carruaje se detuvo, Bastian se bajó con rapidez y yo puse los ojos en blanco antes de imitarlo.

—Están en el comedor real—informó.

Bastian caminaba como si la vida se le fuera en eso y yo la verdad caminaba tan lento como podía, no me hacía ilusión ir a ver a ninguno en esa habitación en particular.

Los guardias en la puerta de entrada al comedor me hicieron una reverencia al momento en que cruce las puertas y entonces la mirada de cinco hombres cayó sobre mí.

—Lamento la tardanza, Mi señor—susurró Bastian bajo la mirada del rey que casi lo estaba asesinando—. La princesa estaba atendiendo su agenda.

Mire a mi hermano, Caius que portaba su uniforme de batalla plateado brillante. Odiaba ese uniforme con toda mi alma pero odie todavía más la mirada que me dedicó.

—Eran asuntos inaplazables—intervine interrumpiendo la mirada que el rey le daba a mi consejero—, pero ya estoy aquí. Bastian puedes retirarte.

Bastian me miró agradecido e hizo una reverencia en general antes de marcharse, dejándome a mí nuevamente como el centro de atención.

El peso de esas miradas me hizo sentir mareada, la cabeza me dolió pero me mantuve impasible. Necesitaba sentarme con urgencia.

—Disculpará la intromisión, princesa Dayra—habló elegantemente el Rey Kalias—, ¿Pero dónde se encontraba?

—Estaba en el centro médico de la ciudad visitando a los heridos de guerra cuando se me informó de su llegada—mire directamente al rey de Khelvan al decir lo siguiente:—. De otra manera hubiera estado en el palacio a la hora de su llegada.

—Un trabajo muy loable el que realiza mi querida hija en la ciudad—susurró con falso orgullo el rey.

Mire al Rey Kalias dado que no sabía absolutamente nada de él. Su cabello era negro que adornaba con una corona de plata adornada con diamantes negros, sus ojos eran castaños pero de alguna forma parecían amables y era increíblemente alto.

—Lo es—asintió el Rey Kalias—, imagino que todas las camas están llenas.

—En una guerra como la que enfrentamos, sería extraño que no.

Mi tono logro que el rey se tensará con fuerza y me mirará como si fuera la persona que más odiaba en el mundo. No era mi intención ser grosera con el Rey Kalias, pero era algo que simplemente no iba a evitar.

—No pretendía ofenderla, princesa.

—Mi intención tampoco era esa, Rey Kalias—sinceré inclinando la cabeza a modo de saludo—. Es solo que vivimos en tiempos demasiado tensos.

El Rey Kalias asintió y todos pasaron a la mesa por petición del rey. Por desgracia me tocó sentarme al lado de mi hermano Caius y frente al hijo del Rey Kalias que nos miraba a todos como si nos estuviera analizando.

Caius rozó ligeramente su rodilla con la mía obligándome a mirarlo, sus ojos azules estaban fijos en los míos con algo de preocupación y molestia.

—¿Estabas en la cueva de la viuda?

El susurró fue tan bajo que apenas si pude escucharlo, mire hacia el príncipe sentado frente a nosotros que miraba a su padre buscando algo, ignorando nuestra conversación.

—¿Crees que este es el mejor momento para discutirlo?—susurré de vuelta.

—Estas muy pálida Dayra—susurró Caius sobre mi hombro—, padre no tardará en darse cuenta que algo te pasa.

—El rey no se daría cuenta de nada ni aunque se lo gritará—susurré con firmeza—, no sé porque todavía después de lo que ha hecho crees que le importó lo suficiente para notarlo.

Caius tomó la buena decisión de no insistir más, pero, sabía que no iba a dejar pasar el tema. Caius sabía tanto como yo lo peligroso que era reprimir la magia tanto tiempo y luego soltarla de esa manera.

Los sirvientes llegaron para dejarnos la comida que, era el plato especial de Khelvar, para impresionar a los invitados claro. Y aunque quise mirar la cara de los invitados antes la... peculiar especialidad mi mirada fue irremediablemente a la mujer que le dejó el plato a Caius.

Golpeé la pierna de mi hermano logrando que este apartará la vista y me mirará casi con una mueca.

—Princesa Dayra—habló amablemente el Rey Kalias—, me parece que no hemos tenido la oportunidad de hablar correctamente.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero mientras me obligaba a girar la cabeza para ver esos ojos castaños en la otra punta de la mesa.

—Supongo que fue debido a mi tardanza—murmuré tomando el tenedor—, cosa que lamento profundamente.

—Eso ya no importa Princesa—aseguró amablemente—. Mejor dígame, ¿En qué le gusta invertir su tiempo?

—¿Mi tiempo?—pregunté confundida a lo que el Rey Kalias asintió—. En la situación actual solo invierto mi tiempo en mi pueblo y el cuidado de los heridos en batalla—puntualice.

—Una tares verdaderamente admirable, si me permite decirlo—las palabras del Rey Kalias seguro lograron que la sonrisa del rey de Khelvar se ampliará—, pero debe haber algo más que le guste.

—¿Además de prepararme con mucho esfuerzo en el manejo de mi reino?—puntualicencon ironía sintiendo la mirada del rey de Khelvar en mi cabeza—, creo que no.

—Así que se dedica en cuerpo y alma a su nación.

No era una pregunta pero aun así asentí. No había sido algo que yo hubiera elegido, no era definitivamente algo en lo que me gustaba pasar el tiempo pero el rey de Khelvar no me había dejado más opciones.

Una punzada de dolor me atravesó la cabeza y quise poder levantarme de la mesa al sentir como empeoraba en el momento en que el Rey Kalias continuaba. Aun así me obligue a mostrarme tranquila.

—Entonces supongo que eso significa que no tiene ningún pretendiente.

Casi me reí al ver la forma tan sutil en la que quería dirigir la conversación hasta asegurarse que sería entregada en cuerpo, alma y pureza a su hijo.

A pesar de eso me mantuve sería, casi mirando al rey Kalias con desinterés.

—Con la situación política de la nación le aseguro que nadie está buscando un pretendiente—casi bufé pero Caius rozó mi pierna a modo de advertencia—, toda la atención está puesta únicamente en los frentes de batalla.

—Uno creería que—habló de una manera elegante y tranquila—con la situación actual lo mejor sería buscar la manera de equilibrar las cargas en sus hombros.

—Aún no conozco a una persona que tenga los mismos intereses que yo en ese ámbito, Rey Kalias—aseguré quizás de una manera brusca que me consiguió un golpe suave de la rodilla de Caius en mi pierna—, digo, nadie quiere ponerse al frente cuanto es al primer lugar al que parará la culpa si algo sale mal.

—O la gloria si todo va de maravilla—interrumpió el rey de Khelvar—. Mi hija prefiere concentrarse en su pueblo antes que en su corazón, siempre ha sido así.

Quise lanzarle el plato a su real cara pero me limite a pinchar un trozo de la carne con el tenedor antes de hablar.

—Tiene usted toda la razón, Majestad.

Durante el resto de la comida nadie dijo nada especialmente relevante. Los reyes hablaron sobre el comercio, el príncipe de Aphud no dijo nada en especial y mis hermanos susurraban entre ellos cosas que no me molesté en escuchar.

Lo único en lo que podía pensar era en las punzadas de dolor de mi cabeza y pecho que querían doblarme, en los escalofríos que me recorrían el cuerpo y las ganas de vomitar lo poco que había comido que estaban por sacarme corriendo.

Pero no podía levantarme hasta que el rey dijera que demonios haríamos todos luego de levantarnos. Sentí que una punzada en mi pecho me llevaba hacia adelante cuando el rey por fin abrió su boca.

—Dayra querida—susurró con falso cariño—, ¿Podrías llevar a Atlas a donde el tutor?, ya ha perdido mucho tiempo. Luego vuelve para darles un recorrido por el palacio a nuestros invitados, además de enseñarle sus habitaciones.

Saber que se iban a quedar amenazó con obligarme a tomar el tenedor y clavárselo en la mano, más al ver la sonrisa hipócrita que ese rostro me dedicaba.

—Será un placer, Majestad—siseé.

Atlas se levantó elegantemente y ofreció una despedida formal que en otra situación hubiera enorgullecido. Ahora sólo podía pensar en los escalofríos que me tensaban el cuerpo, que me quemaban y que iban a llevarme al suelo.

Camine sujetándome de la pared para no tambalearme, Atlas no lo notó porque iba mirando el suelo, pero Bastian si lo hizo, en el momento en que lo encontré en uno de los pasillo.

—Príncipe Atlas—habló Bastian con amabilidad—, ¿Le importaría permitirme un momento a solas con su hermana?

Atlas no me miró cuando asintió y se alejó rápidamente por el pasillo. En cuando vi esos ojos tan familiares llenos de preocupación otro escalofrío me mandó directamente a sus brazos.

Mi corazón estaba acelerado, mi pecho me dolía y la punzada en mi cabeza empeoró cuando escuché su voz cargada de preocupación.

—¿Pasa algo, Majestad?

—Lo necesito Bastian—supliqué patéticamente—. Lo necesito ahora.

Bastian no tardó en entender a qué me refería y, sosteniéndome en sus brazos me llevó a la primera habitación que encontró vacía.

Mientras Bastian aseguraba la puerta y la sellaba para que ninguna persona del exterior escuchará lo que pasaría dentro, yo me quite con esfuerzo el pesado vestido y me dejé caer en la cama.

Lo escuché acercarse lentamente en mi dirección y cuando estuvo sentado a mi lado sus manos fueron directamente a mi espalda. Su tacto me arrancó un jadeo.

~ 🧚‍♀️ ~

Nota de autora: Cosas intensas pasaron en este capítulo, ¿Verdad?

Cuéntenme que creen que estaban haciendo Dayra y Bastian.

Capítulo 3

Al terminar Bastian me ayudó a ponerme de nuevo el vestido y a corregir cualquier desperfecto en mi imagen, después de todo lo último que quería era sumar otro tema a la conversación que tenía pendiente con Caius.

Mi cuerpo entero se sentía relajado, cada músculo tan ligero como si hubiera dormido durante un día entero y casi me sentía de buen humor.

Bastian retiró el sello de sonido de la puerta y se ofreció a caminar a mi lado pero podía sentir su mirada cargada de preocupación sobre mí a cada paso. En general no me molestaba porque sabía que conversación seguía, porque con Bastian, era siempre lo mismo.

—Deja de mirarme así, Bastian—pedí sin mirarlo—. Sabes que no tienes que hacerlo.

—Lo sé, Majestad—confirmó todavía preocupado—. Elijo hacerlo.

—Entonces no entiendo a qué viene tu preocupación—bufé.

Pero mentía, si sabía a qué se debía su preocupación. Si alguien se enteraba las consecuencias serían desastrosas para ambos, Caius definitivamente estaría más al pendiente de lo que hacía con Bastian y seguramente el rey aprovecharía la situación para culpar únicamente a Bastian, lo sacaría del palacio y con las palabras del rey seguramente nadie querría contratarlo de nuevo.

—Majestad—susurró con temor—, sabe que alguien podría darse cuenta.

—Nadie lo notará, Bastian.

Suspiré mientras me detenía a mitad del pasillo, a varios metros de la puerta del comedor. Bastian tenía el rostro llenó de preocupación mientras que se rascaba la nuca con nerviosismo.

—Majestad, hoy fue...—miró a ambos lados antes de bajar todavía más la voz—arriesgado, el príncipe Atlas pudo haberlo notado.

—Mi hermano estaba más desesperado por alejarse de mí que por mirarme—recalqué—. ¿A qué viene tanta preocupación ahora?, sabes que no es la primera vez que me ayudas con esto, Bastian.

—Ya se—sacudió la cabeza antes de pasarse la mano por el cabello con frustración—, pero no creo que sea prudente que muestre signos frente a los invitados del Rey.

—¿Desconfías de mí, Bastian?

—En lo absoluto, Majestad—negó Bastian apresuradamente—. Pero lo mejor sería que...

No fue capaz de decirlo, pero, me sorprendió demasiado que él, quien estaba constantemente diciéndome que hacer esto no era correcto para mi salud, ahora quisiera que lo hiciera.

—Vaya, vaya Bastian—me burlé viendo como su rostro enrojecía—. ¿Ahora quieres que la reprima?

—Sería lo mejor, Majestad—susurró avergonzado—, al menos hasta que los invitados del Rey hayan dejado el palacio.

La vergüenza de Bastian logró que me entrarán unas inmensas ganas de sonreír, pero, no lo suficiente para que lo hiciera. Odiaba sonreír.

—Muy bien, Bastian, tu ganas esta vez—murmuré divertida logrando que él bufará divertido—. Ahora por favor asegurate de que Atlas haya llegado al salón.

—Me informaron que el señor Harper estaba en los establos—susurró mirándome con confusión—, ¿No lo sabía el príncipe Atlas?

La verdad es que no estaba al pendiente en el momento en que acompañaba a Atlas de a dónde se encaminaba, ¿Y si no lo sabía?

—Por favor ve a buscarlo Bastian—pedí—, no sé si mi hermano era consciente de donde se encuentra el tutor.

—Lo haré de inmediato, Majestad.

Con una reverencia que me hizo poner los ojos en blanco se retiró. Miré las puertas del comedor y quise que se me cayera el piso superior encima solamente para no tener que aguantar más al Rey Kalias y a su hijo.

Aunque ahora que lo pensaba el príncipe de Aphud no había dicho nada especial durante el almuerzo, de hecho, se había mantenido en tanto silencio como yo.

Respiré profundo antes de encaminarme hacía el comedor que encontré completamente vacío. Genial. Como si Caius no estuviera esperando pacientemente a que estuviéramos solos para soltarme una reprimenda por ir a la cueva de la viuda, ahora, tendría que aguantarme las quejas del rey por haber dejado a sus invitados solos.

Solté un bufido porque definitivamente no había tardado tanto, me giré y tuve que detenerme en seco al verlo allí, con la espalda contra la pared al lado de la puerta y la mirada fija en la ventana.

De todas las personas que se podían quedar esperando, justo, tenía que ser él maldito príncipe.

Parecía no tener ni una sola intención de mirar en mi dirección cosa que agradecí y, aprovechando que no me veía lo examine.

Era alto como su padre, su cabello completamente negro adornado con una corona de la mitad del tamaño de la que usaba el Rey Kalias. No podía ver más que su perfil pero seguro se consideraba atractivo.

¿Por qué quería casarse conmigo?, seguro en su reino o en muchos otros habrían un montón de candidatas que estarían más que dispuestas a ofrecerse al príncipe y darle tantas conexiones políticas y sociales al príncipe como quisiera.

¿Por qué quería elegirme a mí?, ¿Qué tenía yo de especial?

—Supongo que entonces no ha muerto.

Su voz fría como el hielo del pico de las sombras atravesó el silencio del comedor. Miré en su dirección solo para asegurarme de que no me miraba.

—¿Por qué debería haber muerto?—espeté.

—Es la única razón por la que el Rey Deizon encontró para que tardará tanto.

Claro, y, sería para él todo un alivio que eso pasará porque entonces no tendría que estar buscando la maldita aprobación de su consejo todo el tiempo. Aguanté las ganas de encogerme de hombros porque el príncipe eligió ese momento para girarse en mi dirección.

—Lamento decepcionarlo, pero no he muerto aún—ganas no faltaba, claro—. ¿A dónde ha partido el rey?

El príncipe me prestó, quizás, demasiada atención al ver cómo me refería a ese hombre.

—Tenían asuntos que resolver junto con mi padre—me evaluó pero eso no me interesaba—, así que se han marchado al ver que no volvían.

El estudio real, claro. Seguro allá tendrían privacidad suficiente para arreglar los detalles del baile de compromiso que llevarían a cabo en unas cuantas horas.

—¿Y mi hermano?

—Al parecer también tenía otros asuntos que atender—susurró con burla—, así que abandonó la habitación tan pronto los reyes se marcharon.

Y una mierda. ¿Caius se atrevió a dejarme sola con... este solamente para ir a la cama de la sirviente?

Lo peor de todo es que Caius sabía que yo no quería nada de lo que él rey había planeado. ¡Era muy consciente de eso porque me había enviado la maldita carta!, y aun así tuvo la previsión de dejarme sola con este ser humano solo por la necesidad constante de saciarse de ella.

Asentí con indiferencia aunque tenía unas profundas ganas de atravesar el palacio para golpear a mi dulce hermano en su cara. Al menos por ahora, eso tendría que esperar hasta más tarde.

—Supongo entonces, que le debo un recorrido—espeté con un odio profundo a cada palabra—, ¿Le parece si le enseñó el lugar?

El príncipe parecía ligeramente divertido con la situación, pero, esos ojos dorados estaban estudiándome, podía sentir como evaluaba cada parte de mi lo que estaba comenzando a irritarme.

Respiré profundo para alejar esos sentimientos y me adelanté a caminar, lo escuché seguirme en silencio con su mirada clavada en mi nuca a cada paso.

Seguramente el rey en su profundo odio por mí había decidido que yo no tenía nada más interesante que hacer que, jugar a la guía turística con mi futuro prometido del que no sabía nada y quería saber todavía menos.

Ahora mi copa de mercurio para acabar con ese sufrimiento llamado vida tendría que esperar.

De la manera más vaga le mostré las principales cosas que ver en el primer nivel del palacio: el salón principal, el estudio que me había pertenecido pero había abierto para que cualquiera entrará a hurgar información si gustaba, la cocina, los baños y los jardines.

—¿Por qué el jardín sur no tiene ninguna entrada?

La pregunta que venía de mi espalda hizo que cada musculo en mi cuerpo me doliera por la ligera tensión a la que los había sometido.

—Por qué es un lugar que seguramente nadie quiera ver—murmuré la excusa que había dicho Bastian alguna vez al consejo—, la tierra se secó y ninguna planta crecé en el terreno actualmente.

Claro que eso tenía una explicación. Yo.

Yo misma había envenenado la tierra misma, las plantas, las flores y cualquier cosa con vida no crece en ese lugar en ningún centímetro. Había dado la orden de que nadie entrará cosa que el rey se tomó la molestia de respetar y ahora era un lugar seco, llenó de arbustos de espinas y... dañado.

Justo como yo.

El príncipe no comentó nada al respecto pero sabía que se había dado cuenta que el tema no me gustaba.

—¿Desde hace cuánto se edificó el castillo?—preguntó divertido—, desde el exterior luce muy antiguo.

—Desde el año 1023, siglo IV.

Harper nos había enseñado todo lo que necesitábamos saber de cualquier rincón del reino, desde su constitución hasta las reformas que habían sufrido cualquier casa importante en ellas. Caius y yo éramos capaces de mantener una conversación sobre la arquitectura y decoración del palacio o cualquier otro palacio de ser necesario.

—Realmente antiguo—murmuró el príncipe con poco interés sobre el tema—, ¿Alguna razón para que la familia real se estableciera en este palacio en particular?, según escuche el palacio del este es mucho más hermoso.

Lo peor es que tenía razón, el palacio real del este era simplemente hermoso, pero como todo lo hermoso lo odiaba profundamente. No podía siquiera verlo sin querer quemar cada centímetro de la propiedad.

Pero esa no era la única razón por la que la familia real estaba en este palacio en específico, claro.

—Fue el primer palacio que se construyó para la familia real en cuanto se constituyó el reino—murmuré encaminándonos a la biblioteca—, seguimos aquí por tradición.

Una sucia mentira que él seguramente no podía descubrir.

En cuanto entramos al pasillo de la biblioteca tuve unas enormes ganas de arrancarles la cabeza a las dos personas dentro de la biblioteca.

—Un palacio definitivamente encantador—se burló el príncipe—, por supuesto.

Necesite profunda concentración para no saltar sobre las puertas cerradas de la biblioteca. Los gemidos claros de una mujer atravesaban la madera y el guardia junto a la puerta hacía su mayor esfuerzo por ignorarlos.

Solo por eso sabía quiénes estaban dentro de la maldita biblioteca.

Respiré profundamente antes de girarme hacía el príncipe que, por supuesto, estaba encantado con el espectáculo. Las ganas de saltar sobre él para borrarle la estúpida sonrisa del rostro fueron grandes.

—¿Le molestaría volver al salón?—siseé cada palabra—, hay algo que debo resolver antes de continuar con el recorrido.

—Lo haría con gusto, princesa—la forma en la que dijo mi título, de esa manera tan burlona, me molestó todavía más—, pero no recuerdo el camino hasta el salón o a cuál de los tres debo dirigirme.

Soberano imbécil.

Me giré frustrada hacía la puerta de la biblioteca, el guardia cerraba los ojos con fuerza.

—Guardia.

Mi voz atravesó el espacio que nos separaba y él abrió los ojos para verme con sorpresa y temor, se apresuró a hacer una reverencia antes de acercarse a donde estaba, al llegar volvió a inclinarse.

—Majestad.

—Lleve al príncipe al salón principal—el guardia asintió ante mi orden—y dígale a Bastian que lo quiero en la biblioteca ahora.

—De inmediato, Majestad.

El guardia se inclinó y yo me acerqué a las malditas puertas de la biblioteca que separaban el espectáculo de los ojos burlones del príncipe de Aphud. Solo cuando se alejaron por el pasillo solté el aire con brusquedad.

Puse mis manos sobre las puertas que de inmediato se abrieron con fuerza. Quisiera decir que la imagen me escandalizó, pero fue todo lo contrario porque me era asquerosamente familiar.

Miré los cuerpos desnudos que ignoraban mi presencia o el simple hecho de que alguien había abierto las puertas y apreté las manos para resistir el impulso de saltar sobre ambos para golpear sus cabezas repetidas veces contra el suelo.

Hum, una escena mucho mejor seguro.

—Sepárense—espeté con firmeza haciendo que se detuvieran completamente tensos—, ahora.

Ambos cuerpos desnudos, llenos de una capa de sudor por lo que habían durado mucho tiempo haciendo, estaban tan tensos que por un momento sentí pena por ellos.

Miré esos ojos azules que se habían posado sobre mí como si quisiera asegurarse de que era yo antes de soltar la cadera de la chica sobre su regazo. Le encarné una ceja.

Pero pasaron varios segundos antes de que alguno se moviera, cosa que estaba irritándome porque en general me irritaba con facilidad.

—Alexandra, por favor—espeté con fastidio—. Respeta tu maldito trabajo. Alejate de mi hermano y vuelve a hacer lo que te pago por hacer o lo siguiente que harás será buscar un nuevo trabajo.

La mujer de piel morena, de caderas anchas y cabello rizado se apresuró a alejarse del cuerpo de mi hermano, mirando al suelo mientras se apresuraba a tomar su ropa.

—L-Lo si-siento mucho, Ma-Majestad.

Ignoré las palabras de la chica que se vestía apresuradamente.

—No tienes que disculparte con ella, Alexa—espetó mi hermano asesinándome con la mirada—, ¿Quién te crees que eres para interrumpirnos?, te dije muy claro la última vez que dejarás de meter tus narices en mis asuntos.

—Recuerdo decirte lo mismo y verte ignorándolo—espeté molesta al ver que no se movía del sillón—. Haz el maldito favor de vestirte antes de que alguien vea el maldito espectáculo que ambos—clavé mi mirada en la chica que estaba medio vestida—estaban montando.

Mi hermano no hizo nada más que cruzarse de brazos así que, sin pensarlo demasiado y con algo de esfuerzo hice que la camisa que había tirada en el suelo le cayera en la cara sin moverme un centímetro.

Escuché que bufaba y maldecía mientras por fin se levantaba del sillón a vestirse. La chica que se arreglaba el cabello me miró muerta de arrepentimiento.

—Lo lamento mucho, Majestad, de verdad.

Hizo una reverencia ante mí sin mirarme a la cara. Claro que no hacía falta, conocía de esa chica mucho más que sus ojos y no porque yo así lo hubiera querido.

—Largate de mí vista—espeté moleste—antes de que reconsidere la opción de echarte del palacio.

La chica solo asintió, vi sus ojos llenos de lágrimas antes de alejarse apresuradamente por el pasillo. Mi hermano soltó otro bufido de molestia.

—Sabes que no tienes el poder para echarla solo por esto, Dayra.

La ira estaba presente en cada palabra que soltó Caius. Entré completamente en la biblioteca y miré las puertas abiertas. Respire profundo porque definitivamente no iba a montar un espectáculo como ese y con mucho más esfuerzo del que recordaba las puertas se cerraron.

Me sentí ligeramente mareada y la garganta se me secó. Era lo que pasaba siempre que soltaba cada gota de magia que tenía en la cueva y luego trataba de usarla, sentía que era como nadar en un lago que se congelaba a cada movimiento que daba. Me dejaba exhausta.

—Es mi palacio, por ende, mi personal—espeté girándome de nuevo hacia mi hermano que se abrochaba el pantalón—. Puedo hacer lo que me plazca.

—Sabes bien que el palacio le pertenece a nuestro padre.

—Al rey—puntualicé—le pertenecen el palacio este y sur. Este palacio es mío y voy a hacer con él lo que se me plazca.

Claro que eso no era del todo cierto. El rey tenía la autoridad para reformar el palacio entero si se le antojaba, pero, al menos había acordado silenciosamente dejar mi espacio como yo quisiera, al menos, hasta que me coronarán y entonces el poder sobre los palacios sería completamente mío.

—Pero no vas a hacerlo—aseguró Caius igual de molesto sin preocuparse por ponerse una camisa—, ¿Verdad?, no te conviene tenerme en el lado malo de la historia.

—¿Crees que estas en condiciones de amenazarme, Caius?

Di un paso al frente retándolo. Mi hermano midió la distancia que nos separaba antes de volver a mirarme directamente a los ojos, todo mi cuerpo se tensó ante esos ojos azules y sentí que la cabeza me dolía. Un dolor punzante que me obligué a soportar mientras miraba fijamente a mi hermano.

Lo sentí tambalearse al mismo tiempo que cerré los ojos con fuerza para evitar el dolor de cabeza que eso me había causado, me llevé los dedos a las sienes sintiendo de nuevo mi cuerpo completamente adolorido y agotado.

Para variar, Bastian tenía razón al decir que debía reprimirla.

—No olvides con quien tratas Caius—murmuré aguantando la punzada en mi cabeza para eliminar las imágenes que llegaban a mi cabeza—. Eres mi hermano y te aprecio mucho pero no voy a dejar que manches la imagen de la familia.

Bastante me costaba a mí mantenerla para que Caius en un solo momento les diera tema de conversación al Rey Kalias y su hijo.

Sacudí la cabeza alejando las imágenes que le había extraído a Caius y abrí los ojos, las manos de mi hermano estaban contra el sillón dándome la espalda completamente agitado.

—No vuelvas a hacerme eso de nuevo—espetó Caius furioso—. Ni siquiera se te ocurra—

—¿No te gustó?—solté con ironía—. ¡Pues así me sentí yo cuando me dejaste sola con ese imbécil solo para venir a cogerte a la sirvienta esa!

Caius se levantó de golpe, se giró y por la mirada mortal que me ofreció supe que había dicho cosas que no debía. Pero me fue imposible controlarlas porque, me dolía la cabeza, el cuerpo volvía a dolerme y sabía que Bastian no me ayudaría con lo mismo dos veces en el mismo día.

—¡Ese no es mi problema!, ¡Al final de cuentas tendrás que acostumbrarte a su maldita compañía porque vas a tener que casarte con él!

Sus palabras tuvieron el impacto que Caius esperaba pero no lucia satisfecho por eso.

No era su problema, lo sabía y aun así me había molestado que simplemente me... abandonará de esa manera. Alejé el dolor que me estaba apretando el pecho al sentir mis manos enfriarse rápidamente.

Miré esos ojos azules que había visto toda mi vida llenos de profundo arrepentimiento, yo no le demostré nada.

—Ese no es tu problema, tienes razón.

Asentí y vi que Caius apretaba las manos. Me giré y me encamine a la ventana al otro lado de donde Caius se encontraba, miré le jardín este que tenía un árbol de cerezo cuyas hojas comenzaban a brotar por la llegada de la primavera.

—Lo siento, Dayra—susurró Caius—. Me molesté y—

—Déjalo Caius—lo interrumpí—. No debí meterme en tu mente, no fue correcto pero no me arrepiento—traté de no pensar de nuevo en esas imágenes que vi—. Así que si no quieres que vuelva a hacerlo será mejor que no me interrumpas de nuevo.

El silencio llenó la biblioteca, sentía la mirada de Caius sobre mí. No lo veía claro, pero sabía que me miraba cautelosamente como si fuera otro de sus oponentes de batalla que tanto lo atormentaban.

—Mi futura relación con el príncipe no es tu problema, pero—murmuré viendo movimiento en el jardín—lo será cuando el príncipe tenga la amabilidad de comentarle al rey lo que ha escuchado en el pasillo.

Vi al mismo guardia que había enviado con el príncipe cruzar el jardín con gesto preocupado, en compañía de Bastian que caminaba de la misma manera.

¿Qué había pasado al interior del jardín?

—¿Qué?

La pregunta de Caius cargada de sorpresa llenó el silencio, distrayéndome de los gestos que había visto en el jardín, me giré para ver a mi hermano completamente pálido.

—No creas que me hacía ilusión venir justo hoy a interrumpirles su diversión—Caius se tensó pero sabiamente no dijo nada—, pero estaba haciendo lo que el rey ordenó cuando escuchamos todo su... espectáculo.

Casi podía ver de nuevo su rostro llenó de burla mientras escuchaba los gemidos de placer de la mujer a quien Caius disfrutaba de visitar.

A mí en general me daba igual si mi hermano quería tener sexo con ella o con cualquier otra mujer del servicio del palacio, pero, lo que me molestaba demasiado era encontrarlos en lugares de acceso público como si ninguno de los dos tuviera una maldita habitación, como si el palacio no tuviera exceso de ellas tampoco.

—¿Es enserio?

—¿Por qué jugaría con eso?—espeté incrédula—, no me apetecía venir a ver una muestra en vivo del acto de apareamiento, si es lo que pensaste.

Eso claro, consiguió que las mejillas de mi hermano se tornaran completamente carmesí. Sabía yo que una cosa era que lo descubriera yo, que, a final de cuentas no haría nada encontrá suya o de la sirviente. Distinto sería que el rey se enterará, claro, porque lo más probables es que asesinará a la chica solamente para que nadie se enterará que el príncipe favorito del rey se había enredado con cualquiera.

—Mierda—jadeó dejándose caer sobre el sillón—, ¿Qué voy a hacer si nuestro padre se entera?

Decidí no decir nada porque sabía que podíamos terminar de nuevo discutiendo y era lo último que quería. Al menos había alejado el dolor de sus palabras anteriores de mí, pero, no podía olvidarlas del todo.

Caius estaba entrando, al igual que yo, en ese momento de la vida en que teníamos que buscar otras preocupaciones más allá de la familia y que yo me negará a esa realidad que estaba a solo horas de golpearme, no significaba que mi hermano hubiera pensado lo mismo.

—¿Podrías hacer que—

—No.

Lo corté de inmediato porque sabía lo que iba a pedir. Aunque lo intentará de nuevo, seguramente me desmayaría por exigirme demasiado en la condición que tenía. No había practicado eso desde hace años, y, apenas había tolerado unos pocos segundos en la mente de Caius.

Aunque quisiera ayudar a mi hermano, que lo quería, no podía hacerlo porque no conocía al príncipe. Y si, a lo mejor si no me hubiera encerrado en una burbuja por años podría ser capaz de revolver su cabeza solamente con mirarlo, pero ahora no podía.

Caius era mi hermano y en el pasado había practicado con su mente cuando me interesaba aprender a controlar la magia que me corría por la venas, por eso podía entrar cuando me viniera en gana. Porque era un lugar que conocía.

—¿Por qué?—preguntó Caius mirándome con confusión—, ¿Por qué a mí sí y a él no?

—Es diferente Caius, a ti te conozco y a él no—vi la intención que tenía de replicar así que me adelante—. Además sabes de donde acabo de llegar, Caius, no estoy en condiciones de hacer o intentar algo como eso.

Lo vi apretar los labios con arrepentimiento por haber ignorado aquello. Más cuando seguramente vio el dolor en mi rostro por lo que le había hecho a él momentos antes.

Fui impulsiva sí, pero, era necesario para no tener una discusión más profunda con Caius. Amaba a mi hermano pero sabía lo hiriente que podía ser cuando estaba furioso.

Tampoco podía dejarlo hundirse, al rey le daría igual que le llegará ese rumor sobre mí, al menos, en otro momento de mi vida claro, pero de Caius no. No podía permitir que Caius sufriera de esa manera.

—Igual trataré de ayudarte—susurré al final encaminándome a la puerta—, solo si me prometes que buscarás ayuda.

Caius sabía de lo que hablaba y estaba segura de que se había tensado.

—No necesito ayuda—espetó a la defensiva.

Abrí una de las puertas porque definitivamente no iba a esforzarme de más ahora, cuando lo hice mire sobre mi hombro a mi hermano que me miraba alerta.

—Sabes que no puedes mentirme a mí, Caius—se tensó más—. Esa es mi oferta, Caius, busca ayuda o arréglatelas solo en el problema que tú mismo te buscaste.

—¿Por qué todo contigo termina siendo una negociación a tu favor?—espetó irritado.

Casi sonreí ante sus palabras y seguro Caius vio esa intención porque cambio su mueca de irritación por una de sorpresa. Alejé la diversión de mi rostro antes de agregar:

—Nadie en este mundo hace nada gratis, Caius, ¿No lo sabes tú bien?

No me quede a ver la mueca que puso. Solamente salí para encontrarme a Bastian al otro lado del pasillo mirándome, como siempre, lleno de preocupación.

—Majestad—jadeó preocupado—, ¿Se encuentra bien?, ¿Qué ha hecho?

Fue entonces que sentí el sudor frío sobre mi frente, que sentí el dolor de mis huesos al caminar y la punzada en mi cabeza.

Sacudí la cabeza mientras respiraba profundo para alejar el cansancio que me golpeó con fuerza. Bastian siguió alerta todos mis movimientos y luego suspiro.

—No puedo hacerlo otra vez—susurró Bastian muy bajo—, no por su salud, Majestad.

—Lo sé.

Era consciente de lo peligroso que era que desarrollará una adicción a aquello, estábamos caminando sobre una línea muy delgada que no podíamos atrevernos a cruzar.

—Solo necesito descansar, Bastian. Solo eso.

Parecía dudarlo y yo sabía que dormir no ayudaría mucho, pero, era lo mejor que tenía a la mano.

Bastian me permitió apoyarme en su brazo para llevarme a mi habitación me ayudó a quitarme las joyas que me habían puesto en la mañana, a quitarme el incómodo peinado y a aflojar un poco las tiras que sostenían y ajustaban el vestido a mi cuerpo.

—¿Necesita algo, Majestad?

El tono de preocupación de Bastian fue palpable cuando me recosté sobre el cómodo colchón. Miré el techo carbonizado desde hace tiempo y sentí otra punzada en la cabeza que me llevó a cerrar los ojos.

—Majestad—insistió Bastian casi asustado—. Hable conmigo, por favor.

—¿Recuerdas—me dolió incluso pronunciar cada palabra—lo que hiciste esa noche?, cuando nos conocimos.

—¿Cómo iba a olvidarlo, Majestad?—susurró con ligera diversión para esconder el temblor en su voz—, era la primera vez que veía a una chica llorar.

—Cantame—pedí sintiendo que la espalda me dolía solo del peso de sostener mi cuerpo—. Cantame la misma canción que hizo que dejará de llorar.

Bastian se quedó en silencio, había cantado para mí solo 3 veces y, parecía avergonzarle a pesar de que tenía una voz muy linda. Esa noche en particular, cuando nos conocimos yo simplemente no dejaba de llorar, Bastian no sabía qué hacer y cómo era natural en él estaba preocupado, casi entrando en pánico.

No importaba lo que él me dijera yo simplemente no me tranquilizaba y Bastian se desesperó a tal punto que hizo completo silencio, después de eso nunca lo vi de nuevo en ese... silencio extraño. Al no saber qué hacer para que me tranquilizará y como él se estaba asustando también, comenzó a cantarme.

Nadie nunca había cantado para mí antes y que él lo hiciera simplemente me sorprendió lo suficiente para que dejará de llorar. Fue entonces que me di cuenta que lo necesitaba, Bastian tenía la habilidad natural de tranquilizarme y eso era justo lo que necesitaba ahora.

Mientras Bastian se decidía, otro dolor punzante en mi espalda me llevó a soltar un quejido y moverme sobre la cama quedando sobre mi costado. Me dolía el peso de mi propio cuerpo, quería encogerme o suspenderme en el aire para tranquilizarlo.

Bastian vio eso y finalmente comenzó a cantarme con la preocupación aún en su voz.

Para cuando abrí los ojos me sentía mucho más cansada de lo que me había sentido en toda mi vida. Bastian había desaparecido y la habitación era iluminado por el candelabro suspendido en el techo.

Me senté en la cama y el cuerpo entero me sonó, como si llevará una vida entera en la cama y no solo unas pocas horas. Mover los brazos me causaba un dolor punzante en la espalda pero podría soportarlo.

Me levanté sintiendo un ligero mareo que se me pasó rápido. Tenía la garganta seca y la intención de ir a buscar algo de comer cuando dos golpes se volvieron a escuchar en la puerta. Ya sabía yo que quienes eran.

Había anochecido hace pocas horas seguramente y el rey había enviado a mis doncellas para prepararme. No quería ir a ese baile y mucho menos quería comprometerme con el odioso príncipe, pero no tenía otra opción. Por mi pueblo tenía que hacerlo.

Suspiré antes de abrir la puerta dejando que Katrine y Dinrya me alistarán para el dichoso baile. Cambiaron todo lo que había llevado ese día.

Ahora usaba un vestido blanco que caía en degradé a gris oscuro, este también dejaba mis hombros libres pero las mangas solo bajaban hasta mis codos sin ajustarse a mi piel y luego la tela caía hasta lo largo del vestido.

El vestido llevaba un cinturón decorativo en la cintura con una hebilla de plata reluciente que juntaba dos tiras que caían delicadamente perdiéndose en los pliegues del vestido. Además tenía pequeñas hojas de plata unidas a la tela en el borde del escote y bajo mi busto de una manera delicada.

Una especie de capa cubrió mis hombros. Se ajustaba en mi cuello cubriendo toda la piel, de mi cuello pero sin cubrir del todo mis hombros que dejaba al descubierto sutilmente con una abertura entre la tela.

Decidieron dejar mi cabello suelto, solamente hicieron unas trenzas delgadas a mis costados para evitar que el cabello me viniera por la cara al soplar el viento, pusieron una delicada diadema de plata que parecía hecha de hojas a juego con el vestido.

—El Rey ha insistido en que portara una corona hoy—murmuró Katrine algo nerviosa—, pero suponemos que su Majestad no lo quiere así.

—Tiene toda la razón, Katrine—asentí mirando el joyero abierto frente a mis ojos—. Quiero llevar el collar de luz de luna.

Ambas se miraron entre si ante mi petición, en general nunca pedía nada y dejaba que ellas me vistieran como quisiera, pero, ahora no era posible de hacerlo.

El collar había sido un regalo de mi madre cuando cumplí 6 años, me hizo prometerle que lo llevaría conmigo cuando la extrañara y, aunque siempre era si, quería enviarle un mensaje a quien creó todo este teatro.

Con cuidado pusieron el collar que simulaba una lágrima, era completamente blanco a juego con mi vestimenta y emitió un débil brillo cuando tocó mi piel.

Terminamos de prepararme y cuando las doncellas se fueron me mire en el espejo. Pureza era lo que estaba aparentando, pureza, sumisión y un amor que no sentía para nada hacia el príncipe.

Pero mi pueblo no tenía que saberlo, no sabría nunca el sacrificio que significaba el título de princesa heredera, el peso de la corona sobre mi cabeza y de la sangre que corría por mis venas.

Respiré profundo antes de salir de la habitación con la fría máscara que iba a portar de ahora en adelante mientras imaginaba todos los escenarios posibles de hoy para no descolocarme frente a ninguno.

Bajé las escaleras y me encaminé al salón principal, desde el que escuchaba voces. Al entrar confirme la presencia de mis hermanos, mi consejero y los invitados del rey, pero, no eran las únicas personas dentro de la habitación.

Miré a los cinco intrusos en mi palacio. Ninguno de ellos me agradaba, el título me importaba todavía menos cuando di la expresa orden de que ninguno de ellos entrará sin autorización, todos los guardias lo sabían así que los había invitado el rey, otra vez.

Al entrar todos los ojos se posaron en mí, unos evaluando mi atuendo, otros mirando de otra manera diferente la ropa que me cubría, otros con indiferencia y otros dos con preocupación.

—Duques de Sxceat—saludé casi de mala gana—, no sabía que nos acompañarían esta noche.

Los duques de Sxceat eran una familia verdaderamente desagradable, prejuiciosa, superficial, pretenciosa y vanidosa. Odiaba con fuerza a cada uno de sus cinco integrantes, en especial a la bastarda que faltaba para completar a la familia Thyeran.

—Majestad.

En una sincronía desastrosa los cinco invasores frente a mí se inclinaron en una reverencia que disfrute.

La cabeza de la familia era Adeus, un hombre de cabello canoso y mirada demasiado morbosa para que quisiera tenerlo cerca. Su esposa Adele era todavía más insufrible, encontraba defecto en cualquier cosa menos su disfuncional familia, no toleraba que ningún sirviente la hablará pero no podía vivir sin ellos. Sus hijos Phaye, Asper y Adelaine, ordenados de mayor a menor, era igual de vanidosos y vacíos a sus padres, Adelaine no soportaba estar cerca de mí y sus dos hermanos querían estar demasiado cerca para mi gusto.

Todos a excepción de Adeus tenían el cabello castaño lacio, ojos marrones y un rostro en exceso repleto de lunares.

—Nos han sorprendido con su visita—habló el rey con una sonrisa acercándose al mayor de los Thyeran—, querían saludar.

—Saludar—repetí con escepticismo—, ya veo.

No tenía ninguna intensión de saludar a esa familia y sabía que ellos no habían venido por eso. Adeus y Adele duraron toda nuestra infancia metiendo a sus hijos en las vidas de Caius y la mía, anhelando tener el poder de decir que su hijo o hija iba a convertirse en el consorte de la reina o en una princesa.

Caius disfrutaba de la compañía de la familia tanto como yo, sentí su mirada sobre mí pero no se la devolví.

—Y a presentar nuestro alivio en el bienestar de la familia real—habló en tono venenoso Adele—, han pasado por tanto y ver que se sobrepusieron tan rápido al luto es la más grande señal de fortaleza.

—Seguro—respondí mirándola con firmeza, la vi temblar—que somos la única familia en el reino que tuvo que sobreponerse al luto por la guerra que continúa.

Adele apretó la mandíbula con fuerza antes de mirar a su esposo en busca de ayuda, pero, el mayor de los Thyeran estaba ocupado viendo algo más que su esposa para enterarse de nada.

—Mi madre no ha querido decir eso, Majestad—intervino Phaye—. Hablaba sobre la fortaleza que muestra la familia real para con el resto del reino.

Vi que el más alto de ellos daba un paso en mi dirección con una sonrisa que se me antojó borrar de un golpe. Hacía tanto que no golpeaba algo que seguro lo disfrutaría.

—Agradecemos sus palabras—intervino el rey atrayendo las miradas—, mi hija solamente tuvo un mal despertar.

Miré esos ojos azules que odiaba con tanta fuerza. Esos ojos que me habían mirado de todas las formas posibles a lo largo de los años menos con la dulzura que fingía justo ahora.

Sentí una punzada en mi cabeza cuando forcé un tono dulce, bajo y casi sumiso al hablar.

—Lamento mi actitud, majestad—lo vi tensarse y bajar la mirada al colgante en mi cuello—. No se repetirá, se lo prometo.

Palabras vacías, irónicas y que le llegarían al rey de la manera que quería. Su tensión aumentó y él único que lo notó fue Bastian. Repetí perfectamente esas palabras que él había dicho una vez y yo tuve la mala decisión de creer.

Durante largos segundos nadie dijo nada, Bastian llamó mi atención discretamente y señaló a los invitados del rey que estaban bastante pendientes de la conversación que llevaban.

Respiré profundo antes de tener que hacer de anfitriona, aunque quería sacarlos a todos justo ahora de mi palacio.

—Supongo que nadie ha tenido el placer de presentarle a nuestros invitados. El Rey y Príncipe de Aphud.

De inmediato me pareció escuchar el sonido de monedas de oro rebotando en la cabeza de la señora Adele Thyeran al girarse a ver a los invitados, vi como descaradamente Adelaine apartaba el cabello de su hombro para despejarse el cuello y clavícula que dejaba al descubierto su vestido carmín mientras subía sus pechos.

Hice una mueca que el príncipe notó, lo supe por la sonrisa que me ofreció directamente, logrando que los ojos de los hermanos Thyeran cayeran sobre mí casi con indignación.

—Rey Kalias—susurraron Adele y Adeus al tiempo—, Príncipe Ascian.

Todos les hicieron una reverencia que el Rey Kalas aceptó con una sonrisa mientras que el príncipe las ignoraba mirándome directamente, tuve la tentación de golpearlo pero entonces, Asper se giró en mi dirección mientras el Rey saludaba y dejaba que el rey presentará a los miembros presentes del ducado.

—Supongo que no tiene pareja para el baile, Majestad.

Lo vi dar un paso en mi dirección. Miré los seis pasos que nos separaban y volví mi vista a su cara para darme cuenta que daba otro paso más con una sonrisa.

—No tenía conocimiento de que se realizaría un baile hoy—espeté con frialdad—, así que no. No la tengo.

—Una pena, dado lo magnifica que se ve, Majestad, si puedo decir.

Dio otro paso y quise retroceder de inmediato, pero, iba a convertirme en la reina y no iba a retroceder ante nadie, menos antes un duquecito sin relevancia.

—Gracias—solté con indiferencia—. Supongo que usted tendrá una pareja para la velada.

Como me pida a mí que lo acompañe en este baile, voy a mandarlo a sacar con los guardias ahora mismo de mi salón sin importarme lo que rey pensará al respecto.

—Oh no—sonrió más abiertamente—, de lo apresurado que se realizó el baile no me dio tiempo de nada.

—Ya veo.

Dio otro paso y respiré profundo para no mandar a llamar a los guardias, enserio. Miré a Bastian sobre el hombro de Asper y lo vi hablar con Caius, ignorándome profundamente.

—¿No cree que sea una señal de la diosa?

—¿Una señal?—repetí incrédula—, seguro es una señal para quedarnos justo como estamos ahora.

—Yo creo que es una señal para que asistamos juntos, ¿No lo cree, Majestad?

Vi la intención de dar otro paso por lo que me apresuré a hacerlo yo. Asper pareció sorprendido de mi movimiento más cuando puse una mano sobre su pecho y lo empujé ligeramente. Me miró como si le hubiera propuesto ir a mi habitación y yo bufé.

—Creo que no quiere descubrir, señor Thyeran—lo empujé con más firmeza al ver que no se movía, retrocedió un paso sorprendido—, lo mucho que odio que invadan mi espacio personal.

—¿Está amenazándome, Majestad?

Tuvo la ligereza de sonreír divertido, cosa que no devolví y pareció preocuparlo todavía más cuando encarné una ceja y ladeé la cabeza en su dirección.

—Podría llamarlo una advertencia—espeté—. Estoy segura que lo último que necesitan usted o su familia es perder el favor de la familia real, Asper. Así que piense mejor lo que hace y dice o podría estar más cerca de esos lugares de lo que le gustaría.

El trabajo de Bastian, además de encargarse de mi agenda, debía mantenerme al tanto de los movimientos del ducado y los nobles del reino, el manejo de propiedades, recursos públicos y armamento del palacio. Nunca había agradecido tanto esa información como ahora.

Asper junto a su hermano mayor Phaye tenían la costumbre de ir a gastarse el dinero familiar en casinos al sur de la ciudad y en mujeres. Pasaban bastante más tiempo del recomendable en ese lugar y los duques comenzaban a sospecharlo. Demasiado lentos para mi gusto.

Asper palideció y retrocedió dos pasos más para verme como si fuera un fantasma, relajé mi rostro y sentí una profunda satisfacción por quitarlo de mi camino de una vez.

—Así es mucho mejor, señor Thyeran, ¿No lo cree?

Antes de que Asper recuperará la capacidad de hablar, sentí a alguien moverse para llenar la distancia que nos separaba a Asper y a mí. Un traje negro a medida y con detalles dorados que reconocí.

—¿Interrumpo algo?

La voz del príncipe llenó el silencio entre Asper y yo, este pasó a mirarlo casi como si fuera un monstruo todavía peor que yo. Dirigí mi mirada hacía el príncipe que lucía ahora una corona negra y tenía esa estúpida sonrisa burlona.

—Si—respondió Asper tenso—, la princesa Dayra y yo estábamos hablando.

—Lamento interrumpirlo, duque Asper—susurró el príncipe con burla—, pero quisiera hablar con mi acompañante.

Que los ancestros me llevarán de una vez, por favor.

Miré con incredulidad las palabras del príncipe que tenía una sonrisa casi angelical que no quedaba nada bien con él. Escuché a Asper susurrar algo pero yo solamente busqué a Bastian para arrastrarlo por el suelo por no tener la gentileza de ponerme atención.

—Parece que necesitaba ayuda—las palabras del príncipe me confundieron, volví a mirarlo para ver que sonreía con malicia—, con el duque.

—El título solamente se le da a la cabeza de la familia—corregí de mala gana—. Y no, no necesitaba su ayuda Príncipe Ascian—su nombre resultaba extraño dado que hasta ahora lo pronunciaba—, soy capaz de lidiar con estos problemas sola.

—Princesa—de nuevo ese tono burlón para referirse a mí que me molestó—no tiene que estar a la defensiva todo el tiempo.

—Y no lo estoy—bufé—. Solo no me gusta salir del palacio.

—Parecía pasarla bien afuera antes de nuestra llegada—ironizó ante mi tardanza en el almuerzo, apreté los puños—, ¿Es que acaso le molesta salir en nuestra compañía?

Sabía que se refería a su padre y a él mismo. Claro que me molestaba salir con ellos porque yo no había pedido nada de esto, pero, no iba a darle más razones para que se entretuviera.

Entonces, recordé lo que había pasado esta misma tarde en un pasillo y era un buen cambio de tema, además, me encargaba de guardar el secreto de Caius.

—Lamento mucho el inconveniente de esta tarde—murmuré mirando esos ojos dorados—, debido a eso no pude terminar el recorrido por el palacio.

—No se preocupe por eso, princesa ya tendremos tiempo para terminar el recorrido. Mucho tiempo—enfatizó.

Claro que lo tendríamos gracias al rey y su estúpido consejo. Respiré profundo antes de asentir.

—Le agradecería que no comentará nada de ese inconveniente al rey—susurré de mala gana—, lo último que espero es que se lleve una mala impresión del lugar.

—Le aseguró que una mala impresión no fue lo que me dejaron—sonrió burlón—. No se preocupe princesa—odiaba que me llamará así, en ese tono burlón—, pero la tranquilizaré diciéndole que no diré nada solo con una condición.

Nadie hace nada gratis, ¿Ven?, nunca me equivocó.

—¿Y eso que sería?

—Qué me permita el placer de una pieza—un baile, casi bufé—, me da la sensación de que no disfruta de ese tipo de eventos.

Y no se equivocaba, pero lo disfrutaría todavía menos si tenía que obligarme a bailar. Seguro que había olvidado la mecánica del asunto. A pesar de eso me obligué a asentir con hipocresía.

—Será un placer, Príncipe Ascian.

Antes de que el príncipe tuviera la oportunidad de decir lo que sea que pasaba por su cabeza, Bastian interrumpió todas las conversaciones informando que los carruajes ya estaban listos.

¿Lo bueno?, por fin pasaría un rato lejos del príncipe y su mirada burlona, ¿Lo malo?, en mi carruaje junto a Bastian iba Adelaine, la insufrible de los Thyeran.

Miré a Bastian por esta repartición asquerosa pero él se disculpó con la mirada y me informó en un susurró que había sido el rey quien había dispuesto los carruajes de esta manera.

Era una venganza, lo sabía. Una calculada venganza por mis palabras en el salón y la gema en mi cuello.

Pensé por un segundo que iba a ser un viaje tranquilo, pero, a los pocos minutos su irritante voz llenó el carruaje.

—Así que sales con el Príncipe Ascian, ¿Hum?

Miré a Adelaine con la poca paciencia que no tenía y le encarné una ceja incrédula.

—¿A ti que demonios te importa?—espeté de mala gana—, lo último que faltaría es que yo tuviera que rendirle cuentas a alguien tan inferior a mí.

Sus ojos marrones como la mierda recién puesta de una vaca me miraron con todo el odio que podían reunir al recordarle su maldito puesto en la escala del reino.

—Supongo que mis hermanos eran muy poquita cosa para ti—espetó seguramente con la intención de herirme—, la gran heredera al trono necesitaba alguien con más clase, ¿No?

—No solo la falta de clase me disgusta de tus hermanos—y de su familia en general—, además, ¿Por qué conformarme con un duque cualquiera cuando puedo tener un príncipe?

Y una mierda. Preferiría a un granjero humilde antes que a cualquiera de esas opciones, pero, eso no iba a decírselo a Adelaine. La conocía desde que éramos niñas y aunque era dos años menor que yo a veces se le daba por creerse la ama y señora del mundo.

—Siempre fuiste una maldita perra—espetó molesta—, ¿Solo nos odias por ser inferiores a ti?

Bastian trató de intervenir pero le ordené con la mirada no hacerlo. Estaba harta de esta situación y Adelaine tuvo la mala idea de meterse en mi camino como el irritante ser que era, por desgracia no sabía que tenía mucha irritación acumulada.

—No te veo a ti besándole las patas a las cucarachas—ladeé la cabeza—, ¿Por qué tendría que hacerlo yo?

—Serás zorra—siseó entredientes.

Vi que tenía la intención de lanzarse sobre mí como si quisiera hacerme daño, pero fui más rápida. Tomé sus muñecas entre mis manos y las apreté con fuerza, viendo como abría los ojos tanto como podía llena de sorpresa y temor.

—Cuidado con esa lengua, Adelaine—susurré con malicia—o podrías perderla.

Mi molestia por la situación, la irritación acumulada y mis manos sobre su piel fueron suficiente para que pudiera entrar en ese lugar vacío y sucio que ella conocía como su consciente. Pude verme a través de sus ojos, pude sentir su furia que era menos que el temor que sentía justo ahora.

—No me conoces Adelaine—vi por sus ojos que mi boca no se movía pero ella me escuchó, la sentí temblar del pánico—, puedo hacer muchas cosas peores que estas.

Solté sus manos y sentí que el mundo entero me daba vueltas, el dolor en mi cuerpo aumentó mucho más de lo que ya estaba antes de ir a mi habitación, el estómago se me revolvió y los huesos me dolieron solo por estar sentada. Pero me obligué a mostrarme seria.

Me tomó un par de segundos definir el mundo a mi alrededor y cuando lo hice, los ojos de Adelaine estaban llenos de lágrimas, apretaba sus manos en su regazo y miraba con temor por la ventana con labios temblorosos.

—Supongo que no tendré que repetirte de nuevo que te alejes de mis hermanos ni que no quiero ver tus manos sobre el cuerpo de mi hermano Caius—ella sacudió la cabeza frenética—. Me alegra que hayamos conversado, Adelaine.

Bastian me miró preocupado, no por lo que había hecho porque eso no le sorprendía, sino por el esfuerzo al que me estaba sometiendo. El cuerpo se me estremeció todo el camino e incluso cuando llegamos a un enorme jardín en la ciudad que era usado para reuniones de cualquier tipo.

Había muchas personas que parecían sorprendías al ver a los invitados del rey, pero aumentaba su sorpresa al verme. No salía del palacio para nada como las fiestas que organizaba el rey o el ducado, nunca, así que les sorprendía verme en esta fiesta sin motivo aparente.

Durante las primeras horas, el ducado, el rey Kalias junto al rey y mi hermano estuvieron conversando, yo estuve apartada, saludando a las personas que tenían la valentía de acercarse a mí y aguantando los intentos de Bastian porque comiera algo junto al dolor de mi cuerpo a cada respiración.

El lugar no contaba con sillas, al menos, no hasta el momento y no enviaría a Bastian a buscar una solo para no darle justo al rey de recordarme lo patética que era.

—Arregla todo para ir a hacer las visitas a las familias mañana mismo—le ordené a Bastian al verlo acercarse a mí con un postre diferente—y las compensaciones correspondientes.

—No creo que se prudente, Majestad—susurró Bastian mirándome como si suplicará que aceptará el plato en sus manos—. El Rey planeó—

—¿Volviste a meterte en su estudio?

Casi sonreí al ver el rostro rojizo de Bastian. Le avergonzaba admitir todas las cosas que hacía por mí y, eso solo me hacía apreciarlo más.

Cuando comenzó en su trabajo como mi consejero, el consejero del rey y los guardias no le decían nada, por ese tiempo estaba todavía demasiado... ida para tomar las riendas del palacio. Bastian necesitaba reunir información tanto para mí como para él así que en un acto desesperado irrumpió en el estudio real para conseguir tanta información como le fuera posible.

—El Rey planea—repitió ignorándome—citar a los miembros del consejo de guerra y al parlamento para informarles su nueva... situación.

—Querrás decir para complacerlos—Bastian apretó los labios y bufé—. No me importa el plan del rey, tengo una agenda que seguir y si no le gusta puede irse—

—Princesa—la voz burlona del príncipe me obligó a apartar la mirada de Bastian para verlo, sonreía abiertamente—, vengo a cobrar ese baile que me prometió.

Aguanté las ganas de correr y lo acompañé al centro del jardín, bajo la mirada atenta de todos. Sabía yo que era lo que seguía a este baile y, saberlo solo hacía que mis ganas de decir no.

El príncipe me sostuvo de la cintura mientras mantenía una de mis manos sobre la suya. El contacto de su piel, su solo calor me causo un dolor profundo que estuvo por hacerme caer al suelo, pero, tenía demasiados ojos sobre mí como para demostrar algo como eso.

La música comenzó y el príncipe bailaba con tanta soltura que yo debía verme fatal a su lado tratando de imitarlo. Sus ojos dorados estaban sobre mí pero yo solo miraba a las personas a mí alrededor, no a los nobles pretenciosos si no a las personas humildes que confiaban en mí, que contaban conmigo, con mi sacrificio.

Miles de familias, de niños, de jóvenes y ancianos contaban con que en el momento en que el príncipe dijera esa horrible frase yo aceptará encantada.

Era por ellos por quien me sacrificaría, no por el rey y su estúpido consejo o parlamento, solo por esas personas que no tenían como pagarse una defensa propia o el título para acceder a defensa del reino.

No me sorprendió cuando el príncipe, al terminar la pieza, tomó mi mano derecha y sonreía como si estuviera verdaderamente alegre, pero era falsa esa sonrisa. El brillo de sus ojos lo delataba.

Miré como se puso sobre una de sus rodillas para sorpresa de todos y pronunció un discurso corto, elaborado y demasiado falso para que le pusiera atención.

Solamente miré al suelo hasta que del bolsillo de su chaqueta saco una caja de terciopelo negro y la abrió revelando una sortija de oro negro con un diamante blanco en forma de rombo rodeado de pequeños diamantes negros. Luego pronunció esas horribles palabras.

—¿Me haría el honor de convertirse en mi esposa?

Miré esos ojos dorados, no los del príncipe arrodillado frente a mí, sino los de mi hermano que lucía sorprendido. No había sido la hermana que él merecía pero no permitiría que esta guerra lo alcanzará, no a él.

Fue por él que baje la mirada al príncipe Ascian y di el monosílabo que todos querían escuchar. Con una sonrisa triunfante puso la sortija en mi dedo y se levantó para darme un abrazo extraño que no correspondí.

El resto de la velada se convirtió en la celebración de mi compromiso mientras debía obligarme a permanecer al lado del príncipe y los reyes aunque mi cuerpo pedía algo diferente.

Aunque había aceptado unir dos reinos ante todo el mundo, lo único que estaba aceptando era proteger todo lo bueno que había en Khelvar. Proteger a mi hermano que no tenía nada que ver con esta guerra y todos los niños en el reino que no merecían una sola herida del conflicto.

Pero definitivamente no iba a dejar que el príncipe Ascian me pusiera un solo dedo encima y mucho menos darle un maldito heredero. Sin importar quien lo pidiera.

~ 🧚‍♀️ ~

Nota de autora: Hasta ahora solo hemos visto una pequeña porción de lo que Dayra puede hacer. ¿Qué creen que llegue a pasar entre Ascian y Dayra?, ¿Sabremos alguna vez que era lo que en realidad hicieron Bastian y Dayra?, ¿Qué importancia tiene el ducado o la familia Thyeran en esta guerra?

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