—Capítulo 2: El Abandono—
El verano en el pueblito siguió siendo genial. Gabriel y yo exploramos todo, disfrutando de nuestra compañía y creando recuerdos que parecían sacados de una película romántica. Nos reímos de situaciones absurdas y compartimos momentos íntimos mientras el sol se escondía tras las colinas.
Un día, mientras paseábamos por el mercado local, Gabriel estaba algo distante. Lo miré con curiosidad. —¿Pasa algo, Gabriel?
Él desvió la mirada, rascándose la nuca. —No, no es nada. Solo... he estado pensando.
Fruncí el ceño. —¿En qué estás pensando? ¿O me estás ocultando algo?
Gabriel me miró a los ojos, con una mezcla de culpa y tristeza. —Emma, hay algo que necesito decirte. Algo que me está atormentando y... no sé cómo abordarlo.
Sentí un nudo en el estómago. —Gabriel, puedes decirme cualquier cosa. Somos honestos el uno con el otro, ¿verdad?
Él asintió, suspirando. —Es solo que... esto no es fácil. Quiero que sepas que te valoro más de lo que puedo expresar con palabras, pero... tengo que hacer algo. Algo que sé que te va a doler.
Furrowed el ceño aún más, preocupación e inseguridad llenando mis ojos. —¿Qué estás tratando de decirme?
Hubo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado. —Emma, necesito alejarme. No porque no te quiera, sino porque... hay algo en mí que temo lastimarte.
Lo miré, perpleja y dolida. —¿Estás terminando nuestra relación? ¿Así, de repente?
Asintió, su mirada llena de pesar. —Lo siento, Emma. Creo que es lo mejor para ambos.
Sentí que mi mundo se desmoronaba. Las lágrimas amenazaban con caer mientras luchaba por procesar lo que estaba sucediendo. —¿Puedes al menos darme una razón? ¿Una explicación?
Gabriel pareció luchar consigo mismo, su expresión apretada. —Emma, es complicado. No puedo explicarlo ahora mismo, pero por favor, confía en mí cuando digo que esto es lo correcto.
Con el corazón roto, asentí con la cabeza, luchando por mantener la compostura. —Bien, Gabriel. Si esto es lo que sientes que debes hacer, entonces lo aceptaré. Solo... esperaba más de ti.
Tomó mi mano, mirándome con intensidad. —Emma, por favor, nunca olvides lo que compartimos. Si alguna vez cambian las cosas, si llego a comprender y superar mis propios demonios... tal vez podamos encontrarnos nuevamente.
El silencio cayó entre nosotros, cargado de emociones inexprimibles. Nos abrazamos con fuerza, sabiendo que este podría ser nuestro último momento juntos.
Con el tiempo, los días pasaron y el pueblo que alguna vez fue un refugio de amor y risas se convirtió en un recordatorio constante de lo que se había perdido. Traté de seguir adelante, pero el fantasma de Gabriel me perseguía en cada esquina.
Los años pasaron, y me convertí en una mujer independiente, pero mi corazón todavía llevaba la cicatriz de aquel verano de amor y pérdida. Hasta que un día, una oportunidad inesperada me llevaría de regreso a aquel pequeño pueblo y, posiblemente, a la verdad detrás del abandono de Gabriel.
Hacía un montón de años desde aquel verano que me dejó hecha polvo. Me convertí en una tía valiente y resuelta, encontré mi camino en este mundo, pero mi corazón todavía llevaba la cicatriz que aquel tal Gabriel me dejó. Acepté un curro en una mansión a las afueras del pueblo sin tener ni idea de que mi vida estaba a punto de dar un giro de la leche.
La mansión se plantaba ahí como la reina de la jungla, rodeada de plantas por todos lados. Entré con una mezcla de emoción y nervios, lista para hacerme cargo de las movidas como ama de llaves. Subí las escaleras hacia la oficina del jefe con la adrenalina a tope, y de repente, ¡zas!, me quedé parada al ver al tipo que tenía delante.
—Emma —dijo con voz sorprendida, y yo sentí como si mi corazón se hubiera tomado un break. Resulta que era Gabriel, aunque ahora se hacía llamar Adam, mi jefe.
Lo miré con cara de flipar, intentando procesar lo que veía. —Adam... eres tú...
Adam asintió lentamente, con una mirada que echaba chispas. —Parece que el destino ha decidido juntarnos de nuevo.
Un torbellino de emociones me volcó por dentro. Por un lado, flipaba de verlo ahí como si el tiempo no hubiera pasado desde que nos dijimos adiós. Por otro lado, el dolor de su salida sin previo aviso todavía me quemaba. —¿Cómo... cómo es que estás aquí?
Adam se pasó la mano por el pelo, con cara de incomodidad. —Es una historia larga, Emma. Pero antes de soltarte el rollo, quiero que sepas que nunca dejé de pensar en ti.
Lo miré, con el corazón a toda mecha. —¿Y por qué me dejaste? ¿Por qué te largaste sin decir ni mu?
Adam soltó un suspiro, con cara de pena. —No podía poner en riesgo tu seguridad, Emma. Mi... situación es complicada. No quería que salieras malparada.
Fruncí el ceño, tratando de pillar lo que me estaba soltando. —¿A qué te refieres con 'situación'?
Adam miró alrededor, asegurándose de que estábamos solos. —Emma, soy un hombre lobo. En las noches de luna llena, me transformo en una bestia salvaje.
Parpadeé, intentando procesar la movida. Mi cabeza estaba en modo "error 404". —Espera... ¿estás diciendo que eres un hombre lobo?
Adam asintió, con una cara de poca broma. —Sé que suena de locos, pero es la verdad. Por eso me alejé. No quería que te enredaras en mi mundo peligroso.
Me quedé muda, tratando de encajar todas las piezas. —Entonces, ¿todo este tiempo...?
Adam me miró con tristeza. —He estado lidiando con mi naturaleza, tratando de equilibrar al hombre y la bestia. Pero ahora estás aquí, y las cosas podrían cambiar.
Se hizo un silencio incómodo mientras intentaba procesar todo. Pero mi vena curiosa y mi corazón con asuntos pendientes no me dejaron quedarme callada. —Vaya, Adam. De todas las excusas para dejarme, 'soy un hombre lobo' se lleva el premio.
Adam soltó una risa sorprendida, con la cara iluminada. —Lo sé, suena como sacado de una película de terror, ¿verdad?
Sonreí, soltando una risa. —Definitivamente no era lo que me esperaba para nuestro reencuentro.
Adam se acercó, con una mirada tierna. —Emma, entiendo si esto es demasiado para ti. Si quieres largarte, lo entenderé.
Lo miré a los ojos, con un torbellino de emociones. —No te voy a mentir, esto es bastante... inesperado. Pero también entiendo que las cosas pueden ser complicadas. La vida, ya sabes, llena de sorpresas. Quién sabe, tal vez estamos destinados a resolver este lío juntos.
Adam sonrió, con gratitud en la mirada. —Eres increíble, Emma.
—Y tú, Adam, eres un hombre lobo. Esto sí que le da sabor a nuestras vidas —le solté, bromeando.
Los dos nos reímos, el humor aliviando la tensión. Entre risas y miradas cómplices, una nueva página de nuestra historia empezó a escribirse en esa mansión apartada en medio del bosque. Unidos por un romance único y un giro inesperado del destino, Emma y Adam se preparaban para enfrentar lo que sea que la vida les tuviera guardado.