Portada de la novela Los amantes del puerto

Los amantes del puerto

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Paula de la O y Fernando Saramago compartieron su infancia en el puerto de San Carlos, unidos por el vínculo de sus familias. No obstante, un siniestro vial cobró las vidas del padre de él y la madre de ella, sacando a la luz una presunta infidelidad que los separó. Tras años de ausencia, el destino vuelve a unirlos con la misión de esclarecer los secretos de aquella tragedia y descubrir la verdad sobre el pasado que marcó sus vidas para siempre.
Resumen de Los amantes del puerto
Paula de la O y Fernando Saramago compartieron su infancia en el puerto de San Carlos, unidos por el vínculo de sus familias. No obstante, un siniestro vial cobró las vidas del padre de él y la madre de ella, sacando a la luz una presunta infidelidad que los separó. Tras años de ausencia, el destino vuelve a unirlos con la misión de esclarecer los secretos de aquella tragedia y descubrir la verdad sobre el pasado que marcó sus vidas para siempre.
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Los amantes del puerto Capítulo 1

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―¡Para!,¡para!― Él escuchaba los gritos desesperados de la mujer que venía a su lado.

―¡No puedo!,¡no sé que pasa!

―¡Detente te digo!― Gritaba desesperada mientras el auto corría a toda velocidad por la autopista.

Ella, con el cinturón puesto iba rogando que nadie se atravesara, que él encontrara una solución para lo que estaba pasando, ¿cómo es que la noche había terminado de esta manera cuando todo iba tan bien?

―¡Frena Saramago!, ¡frena te lo pido!― Le pidió angustiada mientras se aferraba con las manos a la parte de enfrente del lujoso auto que no dejaba de acelerar.

―¡No responden los frenos!, ¡no responden! ― Gritó él mientras trata de controlar el auto que cada vez se salía de control y era más difícil maniobrar.

Ambos veían como subía la velocidad y que por más que él querían frenar eso no era posible, estaban condenados. De pronto, a lo lejos vieron que se acercaba una bajada tan empinada que ambos supieron que era su fin.

―¡No por favor Dios mío! ¡No! ― Gritó ella al ver el escenario que estaba frente a ella― ¡así no Dios mío! Te lo pido, no― murmuró entre sus labios mientras el auto bajaba a toda velocidad; ya no había marcha atrás, era su fin.

Ella volteó a ver a su compañero y cómo si hubiese una conexión entre los dos, se miraron a los ojos sabiendo que sería la última vez que lo harían y que jamás regresarían a su casa. Se tomaron de la mano para sentir por última vez la piel cálida de un ser vivo, para despedirse.

―Lo siento― murmuró él―lo siento mucho.

―Así no, Fernando, así no.― Fue lo último que ella dijo para después sentir cómo el auto se elevaba por el aire al haberse salido por completo de la autopista hacia un acantilado que estaba frente de ellos.

Ambos vieron por última vez el hermoso mar que acompañaba a la pequeña ciudad puerto donde vivían, donde habían crecido, se había casado y criado a sus familias. Ella pensó en su hija, él en su familia y cuando los recuerdos de una vida vivida pasaron por su mente, todo se acabó.

Una, dos, tres, cuatro, cinco vueltas dio el vehículo golpeándose sobre las duras piedras, destrozando el elegante auto que él paseaba por las calles orgulloso y que al verlo todos sabía que era él siendo éste el primer identificador a la hora de buscarlos entre las rocas y la hierva crecida.

El auto cayó tan abajo que se necesitaron escaladores profesionales para sacar los cuerpos casi irreconocibles por el número de lesiones que había en ellos, destrozados, golpeados, llenos de una muerte terrible, sólo se supo que eran Claudia de la O y Fernando Saramago por las joyas que llevaba ella y el reloj que portaba él ya que era tan conocidos que no cabía duda de que las dos personas del acantilado eran ellos, sus familiares lo confirmarían horas después.

La señora Saramago fue la primera que llegó, vestida con ropas casuales, muy diferentes con las que se le solía ver. Le habían avisado mientras tomaba un té en la sala de su casa esperando justamente por su marido a que llegara de viaje. Entró sola, sin su hijo Fernando, que en ese entonces tenía trece años, ya que su hermano Fausto la encontraría ahí.

―¿Qué fue lo que pasó?― Preguntó―¿dónde está Fernando?,¿está bien?

―Minerva.― Murmuró mientras ella caminaba a paso firme dejándolo a un lado y yendo hacia la pequeña habitación donde se encontraba su marido.

Su hermano se quedó en silencio y de pronto ella, al ver el cuerpo destrozado del amor de su vida, sin poder evitarlo dio un grito tan doloroso que hizo que varias personas que se encontraban por ahí se unieran a su pena cubriéndose el rostro impactados.

―¿Pero cómo?, no puede ser.― Se lamentaba mientras su hermano la consolaba y ella se aferraba a la perilla de la puerta.

―El auto se salió de la autopista, Minerva, se fueron por un acantilado y murieron en el accidente, no hubo nada que pudiera hacer, los cuerpos de emergencia lo confirman.

―¿Murieron? ― Preguntó ella de repente alzando el rostro y viendo directo a su hermano―¿con quién murió?― y de pronto pasó de la tristeza a la incertidumbre en tan sólo unos segundos.

Su pregunta fue respondida cuando Santiago de la O, el esposo de Claudia, entró al lugar junto con su única hija, Paula quién tenía la misma edad que su hijo Fernando.

―No― murmuró―no, puede ser cierto, no.

―¿¡Dónde está mi esposa?! ― Preguntó él mientras dejaba a Paula atrás sentada sobre una silla.

―Señor de la O.― Trató de explicar el médico pero no hubo más que decir, él entró a uno de los conocidos cuartos y al ver la imagen lo supo, su esposa estaba muerta.

―¿Cómo sucedió? ― Preguntó mientras escucha a su hija Paula llorar a mares.

―El auto se salió de la autopista, cayó por el acantilado y…

―¿Un auto?, ¿un acantilado? ― Preguntó él confundido mientras trataba de entender qué sucedía, en eso Santiago de la O volteó a ver a Minerva que le lanzaba una mirada de odio―¿qué haces aquí?― Preguntó.

―Era le auto de mi marido.― Murmuró entre dientes.

―¿Fernando está muerto? ― Preguntó ―pero…― dijo él tratando de entender―¿qué hacía mi esposa con tu marido?, ella me dijo que iría a la ciudad a recoger unos papeles, que se iría en su propio auto, incluso puedes ir a mi casa y no está.

―Pues ya ves que no― contestó ella entre lágrimas de rabia― mi marido supuestamente se encontraba de viaje de negocios pero ya vemos que todo era mentira ¿no Santiago de la O?

―¿Qué estás insinuando?

Las miradas de todo sólo reflejaban confusión porque no tenían idea de lo que pasaba entre los dos, lo que significa esa conversación, esas miradas, ese odio que de pronto se formó entre los dos, ya que era bien sabido que ambas familias eran buenas amigas desde hace tiempo atrás y que se confiaban todo, absolutamente todo; tal vez eso había sido su error.

―¡Lo sabía!, ¡lo sabía!― Le gritó Minerva.

―¿Qué sabías? ― Defendió él.

―Sabía que mi esposo tenía una amante, mis sospechas era ciertas y hoy lo comprobé, era tu esposa, ¡me vieron la cara!, ¡me vieron la cara!

―¡Claro que no!, Claudia me amaba a mí, ¡a mí!― Gritó exasperado― yo confío en ella ¡era mi mujer!

―¡Pues ya ves que no!, ¡Tu mujer era amante de mi marido!, no sé durante cuánto tiempo, ta vez meses o no sé, años.

―Ella no hizo nada.

―¡Claro que lo hizo!, yo vi los regalos, las cartas yo sé que ella fue y tú lo sabes Santiago, tú lo sabes.― Le reclamó mientras ese hermoso y joven rostro que tenía Minerva cambiaba a uno duro y muy demacrado.

―No tienes pruebas, tal vez iban en el auto por otra razón.

―¿¡Qué razón!?― Gritó ella―¿Por qué demonios nos mentirían a dónde se dirigían?, ¿qué hacía tu mujer en el auto de mi marido? ¡Qué!,¡qué!, tu mujer era una cualquiera y así se murió como una cualquiera.― Explotó

―¡Retira eso!― Gritó Santiago tratando de controlarse.

―¡Jamás!, jamás lo haré, me encargaré que cada alma en este puerto sepa que Claudia de la O era una cualquiera, que se acostaba con mi marido.

―¡Tú marido tiene la misma culpa que mi mujer!― Gritó desesperado Santiago.

―¡Ah!,¿entonces lo admites?,¿estás reconociendo que tu mujer era amante de mi marido?― Preguntó Minerva.

Santiago se quedó en silencio, no lo creía pero de pronto recordó la conducta sospechosa de su mujer desde hace meses atrás y las alarmas se encendieron en su mente; no tenía pruebas pero después del accidente no tenía dudas.

Minerva, en su enojo volteó, a ver a Paula que lloraba desconsolada mientras escuchaba la conversación― lo siento por ti Paula, de verdad lo siento― habló fría― siento que te haya tocado una madre así.

―¡Basta!, ya no le digas nada a mí hija, ten respeto te lo pido.― Le rogó al ver la triste imagen de lo que estaba sucediendo.

―No quiero ver a tu familia cerca de la mía jamás, ¿entiendes?, nuestra relación de amistad se termina ahora Santiago de la O, y esto también va para tu hija.

―Ella no tiene la culpa.― Murmuró Santiago.

―No, tu familia tiene la culpa, y tu hija tuvo la desgracia de ser parte de ella― Respondió Minerva en un tono tan frío que podría helar la habitación. Después volteo a ver a su hermano que había permanecido en silencio toda la pelea― iré a la casa a avisarle a Fernando, la ceremonia será discreta y familiar.

―Entendido.― Contestó.

―Buena suerte― le dijo a Paula que sólo quería quedarse sola para que su padre y ella pudiesen llorar la muerte de su madre― la vas a necesitar y sin decir más se alejó del lugar.

Ese acontecimiento marcó por completo la vida de ambas familias, provocando una serie de acciones que llevaron a una familia a la desgracia y a otra a la soberbia total. No hubo necesidad de que Minerva esparciera el rumor de la infidelidad de Claudia de la O, fue la misma gente que se encontraba en el lugar a la hora de la pelea entre los dos.

Sin embargo, a pesar de que por un momento, Santiago de la O, había defendido a su esposa no hizo nada para parar el rumor, al contrario, dejó que este siguiera, que las personas hablarán, esparcieran los rumores e incluso dijeran que Claudia de la O no era sólo amante de Fernando, si no de muchos empresarios más.

El alcohol se apoderó de la vida De Santiago de la O al grado que olvidó a su hija la única que al final de todo, sin deberla ni temerla, pasó a ser la víctima de un pasado que no le pertenecía y marcándola por el resto de sus días, dejándola completamente desprotegida y alejada de todos los que pudiesen ayudarle, en pocas palabras, Paula se había quedado sola, perdiendo más que a una madre esa terrible noche.

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