Portada de la novela Lo que fui sin ti

Lo que fui sin ti

8.9 / 10.0
Dinaí Macías abandonó su hogar con la promesa de no regresar jamás, marcada por la traición de Aiden y Elisa. Tras un año reconstruyendo su vida y hallando un nuevo amor, se ve forzada por su padre a volver al pueblo que la lastimó. Mientras resiste frente a sus antiguos amigos y planea su partida definitiva, la joven deberá demostrar su fortaleza. No obstante, secretos ocultos saldrán a la luz, amenazando con cambiar su futuro para siempre.
Resumen de Lo que fui sin ti
Dinaí Macías abandonó su hogar con la promesa de no regresar jamás, marcada por la traición de Aiden y Elisa. Tras un año reconstruyendo su vida y hallando un nuevo amor, se ve forzada por su padre a volver al pueblo que la lastimó. Mientras resiste frente a sus antiguos amigos y planea su partida definitiva, la joven deberá demostrar su fortaleza. No obstante, secretos ocultos saldrán a la luz, amenazando con cambiar su futuro para siempre.
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Lo que fui sin ti Capítulo 1

Recorría, tambaleante, el oscuro pasillo repleto de gente que se apartaba con asco en cuanto notaba mi presencia. Las luces de colores que parpadeaban al son de la música me provocaban una jaqueca terrible. Ahí caí en la cuenta de la caótica sabiduría que nace de la decadencia, pues con cada paso que daba, revivía las malas decisiones que había tomado a lo largo de mi vida. No son malas, Di, son terribles. Y es que fue fácil reprocharme las acciones que me trajeron hasta aquí, definitivamente debí pensar en las consecuencias.

Tenía náuseas, pero reprimí el vómito, lo que menos necesitaba era hacer enojar a la gente que me rodeaba; pues podrían echarme a patadas del sótano maloliente y perdería lo último que me quedaba de dignidad. Estar ebria y drogada sin compañía es de lo más peligroso que pude hacer.

Supe que me estaba dando el bajón porque mi visión se volvía opaca y borrosa, además, pude sentir mareo, una punzada en el interior del cráneo, la típica dificultad para respirar y las infinitas ganas de llorar. Estaba a punto de desfallecer, de no haber sido por la pizca de amor propio que encontré arrumbada en lo más profundo de mi ser, me habría dejado caer; pero encontré la fuerza de voluntad para llegar al sanitario.

Me encerré en uno de los cubículos, el retrete estaba limpio, pero el piso mojado desprendía un olor a orina. De nuevo me dio náusea, pero intenté no vomitar; con ese mareo no atinaría al excusado. Una vez que me deshice de las arcadas, recargué mi frente contra la puerta.

¿En qué mierda estaba pensando cuando llegué al bar sola y no dudé al tomar esa pastilla desconocida? En el fondo sabía que la única responsable de hallarme ahí era yo, pero quería echarle la culpa a alguien, a una maldita persona en específico... a él.

Aiden, su nombre es Aiden. Ahora que estaba lejos de él no tenía por qué temer pensar (no se diga decir), su nombre; ya no podía hacerme daño... Ya no más. Y aun así, a mil kilómetros de distancia, una simple fotografía causó dolor. Logró destruirme.

Aiden Laredo fue mi mejor amigo durante la secundaria. Nos conocimos el primer día de clases debido a que nos castigaron por romper un casillero al intentar abrirlo y cumplimos condena juntos limpiando utilería de laboratorio.

A partir de entonces fuimos inseparables, no necesitábamos de nadie más, nuestras bromas y risas bastaban. Pasábamos juntos los recesos, nos escabullíamos de nuestras casas por la noche, ya que vivíamos a dos cuadras y nos sentábamos bajo la protectora cubierta de las ramas de un árbol para intercambiar chismes o teorías de la vida y la muerte.

Su padre era mecánico. Fue él quien (sin permiso de mis padres) nos enseñó a conducir. Aiden nunca fue un curioso de los automóviles, creo que incluso le disgustaba manejar, pero a mí me fascinaba el poder del motor de esas máquinas.

Cuando finalizamos tercer año de secundaria y cumplimos la edad suficiente para sacar nuestro permiso de conducir, mentimos a nuestros padres para ir a una carrera clandestina. El lugar era conocido como "El Arco" y al ver tantos autos en un mismo lugar, supe que necesitaba correr alguna vez, sentir esa adrenalina.

Recuerdo aquella noche como la mejor de mi vida, con una persona que fue de las más importantes para mí. Ese día le regalé mi broche de cabello, aquel que mi madre me obsequió en mi sexto cumpleaños. Me arrepiento, pero en aquel entonces quise darle algo para sellar nuestra amistad. Ahora sé que no fue una simple amistad lo que quise sellar, fue algo más, pero en ese momento no entendía bien mis sentimientos.

Nos llevábamos tan bien, que los profesores creían que terminaríamos siendo una pareja del tipo felices para siempre, pero la vida real no es un cuento de hadas y no todos tenemos un final feliz.

Al pasar a preparatoria, algo cambió y hasta la fecha seguía sin saber la razón. Lo único que tenía por seguro era que, después de nuestra escapada a "El Arco", me fui mes y medio de vacaciones a un lugar hallado al otro lado del país. Fue un mes parecido a las películas del típico amor de verano, algo sin mucha importancia y que se termina olvidando pronto. Una vez que terminó, volví a mi pueblo, a la escuela... A Aiden. Pero entonces me dejó de hablar.

Al inicio todo se redujo a la ley del hielo; me ignoraba y evitaba por más que intentaba revivir nuestra amistad, pero después comenzaron las notas humillantes e hirientes. Posteriormente fueron las burlas y comentarios sarcásticos al oído. Más tarde me gritaba en los pasillos mientras varios expectantes reían... a partir de ahí todo se fue a la mierda. Mi casillero lo hallaba pintado con palabras tipo: "retrasada" "zorra" "inútil", entre otras. También se corrieron rumores sobre tener liendres o herpes; incluso que pagaba por pasar de año.

Ir a la escuela se volvió un infierno, era el peor castigo. El padre de Aiden a veces me saludaba, pero yo lo ignoraba; no sabía si estaba enterado de que su hijo me hacía la vida imposible, pero llegó un momento en que odiaba todo lo que concerniera a Aiden. Mis padres preguntaban por él, pero tal era mi vergüenza que no podía decir la verdad, algo en mí deseaba gritar, pero solo callaba.

Ese año, conocí a Elisa; una chica de cabello claro, ojos oscuros y voz angelical. Al contrario que todos los demás, ella me apoyaba y con el tiempo se convirtió en mi amiga. Hacía caso omiso a los rumores y burlas, era reconfortante. La preparatoria no fue la muerte gracias a ella.

A finales de segundo año, falleció mi madre en un accidente de tránsito; su coche se desvió del camino y cayó por un barranco cuando regresaba de un viaje. La despedida fue la última vez que la vi y no fue una buena; mi padre fue quien resolvió todos los asuntos sobre su accidente. Con ese suceso, supe que fue un error regalar el broche que ella me dio, así que reuní el valor necesario y le pedí amablemente a Aiden que me lo devolviera.

Él apenas me dirigió una mirada gris, indiferente e hizo una mueca parecida a desagrado en cuanto me escuchó hablar. Por un instante no dijo palabra, pero después se acercó lentamente y me susurró al oído: "Esa mierda la tiré a la basura hace mucho. Apuesto a que tu madre se desvió a propósito para no tener que seguir viendo tu cara."

Quedé tan impactada con sus palabras que solo pude verlo alejarse a paso lento por el pasillo de la escuela mientras algo dentro de mí se rompía. Fue tanto mi dolor que me di cuenta de que el minúsculo sentimiento de amor hacia él que todavía conservaba, se había evaporado.

Elisa me aconsejaba mandarlo a volar, sacarlo de mi vida e ignorar todos sus comentarios porque era un imbécil. Un cabrón con rostro tallado por los dioses, pero que el ser un idiota lo opacaba. Claro, pero no era tan fácil, no después de tanto daño emocional; mi autoestima estaba por los suelos. Y más aún cuando media escuela le seguía el juego.

Porque Aiden Laredo era un imbécil, pero tenía el mundo a sus pies.

La mejor decisión que pude haber tomado fue largarme a otro estado para estudiar la universidad. Quisiera decir que me fui porque las oportunidades eran mejores o porque la licenciatura que quería se hallaba allá. Sin embargo, la realidad fue que quise dejar todo atrás no para superarme, sino para escapar de un infierno.

Mi padre, después de lo ocurrido con mi madre, dejó su puesto en la policía y se dedicó a los negocios. Viajaba mucho, así que ya estaba acostumbrada a arreglármelas sola. Me iría y no regresaría, mi padre y yo ya estábamos distanciados, no tendría que visitarlo. Mi pueblo, Sores, quedaría en el olvido junto con los malos recuerdos.

Elisa era la única que conocía mi plan, como siempre, me apoyó en todo. Se veía triste por mi partida, pero supe que se la pasaría mejor sin mí. Ya no sería amiga de la rechazada, tendría invitaciones para las fiestas y se le abriría un mundo de oportunidades. Le deseé lo mejor, lo merecía, fue mi sostén todo este tiempo y de verdad le agradecí. Nos despedimos en el aeropuerto y prometimos hablar seguido.

Pero mi final feliz que apenas empezaba se derrumbó una semana después. En cuanto aterricé en la ciudad de Estrada, me contacté con ella. Era cortante, pero me respondía, después dejó de hablarme y finalmente me bloqueó de todas las redes sociales. Si no fuera por mi curiosidad, lo habría dejado pasar, pero cometí el error de incursionar y eso me destruyó.

Salomón, el mejor amigo de Aiden, subió una foto de la fiesta en su casa; con jacuzzi y todo. Muchos estaban ahí, seguramente celebrando la primera semana de universidad. Vi vasos de cerveza, cigarros, chicas en bikini y hasta el fondo, casi como si no quisieran ser vistos, Aiden y Elisa se besaban. La mano de Aiden reposaba sobre la piel desnuda de la cadera de mi mejor amiga y ella le acariciaba el pecho.

Nunca me lo esperé, nunca lo imaginé; sentí la traición como una daga clavada en el corazón, me atravesó hasta caer en lo más profundo de mí. En ese momento mi mundo se derrumbó; las lágrimas escaparon de mis ojos y entonces comenzaron los sollozos.

Y así fue como terminé en el bar de mala muerte, metida en un cubículo con varias chicas que gritaban desde fuera que me apurara. Estaba drogada y con el corazón hecho trizas.

Sí, estaba llorando, sí, el bajón me pegó. No debí beber, no debí tomar esa mierda... Pero por un efímero momento, la tristeza desapareció, por un instante olvidé. Pero entonces volvió más fuerte.

Salí corriendo de ahí, ignoré insultos y ofensas, no paré hasta que llegué a la salida. Y entonces tomé una profunda bocanada de aire, tan profunda que dolió. Me recargué en un poste y esperé a que el mareo decreciera. Al incorporarme, vi a una persona mirarme a lo lejos. Una figura masculina que fumaba un cigarro y adoptaba una pose desconfiada, tiró el cigarro y con su zapato lo aplastó. Podría ser alguien de la universidad, pero como no conocía a nadie porque era la chica rarita asocial, no confié en mi vista.

Dejé de prestar atención, lo mejor era volver al departamento. Apenas di dos pasos y caí torpemente al suelo. Maldito tobillo, se me dobló. Quise llorar de nuevo, no podía demostrar debilidad en la calle.

-Esa caída estuvo fea -dijo una voz masculina y agradable-. Sé que no es de mi incumbencia, pero no creo que sea apropiado que estés sola tan noche.

Una mano apareció en mi visión y ofreció a levantarme. Dado mi estado físico y emocional, acepté la ayuda y me levanté. Delante de mí, me encontré a un hombre alto, fornido, de cabello castaño y ojos color miel que me miraba con una ceja arqueada. Era el tipo que me veía hace rato.

-Gracias -mi voz era apenas un murmullo-. Mucho gusto, soy...

-Dinaí, lo sé -sonrió y al verme retroceder asustada, rio-. No te asustes, voy contigo en Química Inorgánica. Soy Mateo, el gusto es mío.

Resultó que Mateo desde el inicio se interesó en mí, la chica triste que siempre caminaba cabizbaja y miraba sin ver a su alrededor. Justo el día que salí destrozada, él fue en mi busca para invitarme a salir, pero al verme escapar al sótano de mala muerte, me siguió y me esperó.

Ese día morí, ese día Di fue enterrada en un lugar que nadie encontraría jamás. Pero nací de nuevo y esta vez Dinaí obtendría su nuevo comienzo.

Aunque no vivimos en un mundo de cuento de hadas y los finales felices solo unos pocos los alcanzan.

**Hola a todos, soy As de Trébol, autor de esta novela y otras que pueden encontrar en mi perfil. Quiero agradecerles por interesarse en la historia y espero verlos por el final, el cual me encantó escribir. Los invito a seguirme en mis redes sociales para enterarse de más proyectos: Instagr*m: asdetrebol08 Facebook: Historias de la noche AdeT, saludos y espero que les guste mi historia :) **

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