Portada de la novela Llevarse al hijo del magnate

Llevarse al hijo del magnate

8.1 / 10.0
Tras ser obligada a divorciarse por creerse estéril, Allison halla consuelo en un pueblo lejano al adoptar a un bebé abandonado. Cuatro años de paz se interrumpen cuando un influyente magnate irrumpe en su vida, reclamando al niño como su legítimo heredero. Allison se resiste a perder a su hijo, lo que empuja al millonario a lanzar una propuesta inusual: que ella y el pequeño se trasladen a su mansión para vivir bajo su protección.

Llevarse al hijo del magnate Capítulo 1

La lluvia amenazaba con caer mientras Allison Wade permanecía a las puertas del Registro Civil, luchando por no llorar aunque cada parpadeo le escocía. Su maquillaje aplicado con cuidado hacía poco por ocultar el agotamiento marcado en su rostro.

Se giró hacia el hombre que la miraba y suplicó una vez más, con la voz cargada de dolor: "¿Kyle, no hay ninguna manera de que podamos arreglar esto? No me importa lo difícil que sea. Estoy dispuesta a intentarlo de nuevo. Por favor, ¿no podemos intentarlo una vez más?".

Kyle Clark la atrajo hacia sí en un fuerte abrazo, con los hombros pesados por el arrepentimiento. Le costó hablar; la voz le salía áspera de la emoción. "Allie, ambos hemos estado de acuerdo. Esto no es algo que yo quisiera tampoco. Por favor, no me culpes solo a mí. Tengo las manos atadas".

Ella apoyó la mejilla contra su pecho y, al fin, se permitió llorar; sus lágrimas le empapaban la camisa mientras se aferraba a él. Una y otra vez, su voz se abría paso entre sus sollozos. "Solo danos una oportunidad más. Por favor, Kyle...".

Él le acarició suavemente la espalda, tratando de consolarla, aunque sus palabras ofrecían poca esperanza. "Sé que has sufrido mucho. Pero es mi mamá. Tienes que entenderlo, Allie. Te quiero, de verdad que sí. Por favor, no hagas esto más difícil de lo que ya es".

Allison se dio cuenta de que ya no había nada que decir que pudiera cambiar las cosas. Con la compostura destrozada, sollozó abiertamente. Ya no era la mujer que se esmeraba en cada detalle de su apariencia antes de salir a la calle.

Desde su boda, los padres de Kyle habían esperado un nieto. Pasaron dos años sin que llegara el bebé, y la paciencia de su suegra se estaba agotando rápidamente.

El día que recibió el informe médico, Allison miró las palabras con incredulidad. Ese papel puso fin a su matrimonio. La habían diagnosticado con infertilidad permanente.

Ahora, una vez finalizado el papeleo, Kyle la miró con el rostro marcado por la preocupación. "Déjame llevarte a casa, ¿de acuerdo?".

La otra negó con la cabeza y respiró hondo y con dificultad. Aunque había conseguido dejar de llorar durante la espera, sus palabras sonaron roncas y ásperas. "No, no hace falta".

Todo entre ellos había terminado.

El hombre le puso una mano firme sobre el hombro, temiendo que se derrumbara justo frente a él. "¿Estás segura de que estás bien?".

Ella lo miró a los ojos, forzando una sonrisa que transmitía más dolor que consuelo. "Acabo de firmar mi divorcio del hombre al que amé durante cuatro años. ¿Cómo podría estar bien?".

Él apartó la vista, la vergüenza asomándose en su expresión. "Lo siento, Allie...".

Allison apartó su mano de un manotazo y se marchó sin mirar atrás.

Ya había oído suficientes disculpas.

Últimamente, parecía que cada palabra que salía de su boca era "lo siento" o algo sobre las últimas órdenes de su madre.

Cuatro años amando a un hombre atado a las faldas de su madre, nunca realmente libre para ser su esposo, y aquí estaba ella, aferrada a los papeles del divorcio pero luchando por liberarlo de su corazón.

Kyle observó desde la acera cómo ella detenía un taxi, su partida marcada por el portazo. Cuando el vehículo se alejó, por fin miró su celular: siete llamadas de su madre parpadeando en la pantalla.

El aparato vibró en su mano antes de que pudiera devolver la llamada.

Con un suspiro cansado, contestó la llamada, con el decreto oficial aún en la otra mano. "Se acabó".

Juana Clark, su madre, no perdió tiempo en ir al grano. Su voz sonaba con una alegría que no disimulaba. "¡Ya era hora! Esa mujer era imposible. ¡No puedo creer que te haya llevado tanto tiempo!".

Kyle se pellizcó el puente de la nariz. "Mamá, ¿necesitas algo o puedo irme?".

Ya estaba pensando en servirse una copa, o quizá dos.

"Haylee llega hoy. ¿No te enteraste? Su vuelo aterriza a las dos. Asegúrate de traerla aquí. El ama de llaves le preparará sus dulces favoritos".

Juana sonaba francamente exultante: su hijo por fin libre, y la mujer que ella había elegido personalmente ya venía en camino.

"Sí, te escuché", respondió Kyle, tirando el decreto de divorcio a la guantera y colgando la llamada antes de que ella pudiera decir nada más.

Por su parte, Allison regresó a lo que solía ser su hogar.

Pero el lugar se sentía vacío ahora. El hombre que una vez lo llenó de risas y amor se había ido, pero sus ecos acechaban en cada rincón.

En la universidad, habían sido solo un par de estudiantes normales, locamente enamorados. La familia de él, conformada por empresarios, no se había impresionado al principio por su modesto origen. Pero eso nunca la asustó. Era la mejor de su clase en una universidad de renombre: decidida, inteligente y hermosa de una manera que despertaba admiración. Incluso después de graduarse, se labró una reputación estelar en una empresa respetada, impresionando a todos los que la rodeaban con su trabajo y confianza.

Desde el principio, Kyle se negó a echarse atrás cuando se trataba de ella. Discutió hasta que su familia cedió, convenciéndose por fin de que Allison le vendría bien y quizá incluso le abriría nuevas puertas en su carrera. Solo entonces dieron su bendición para el matrimonio.

La joven nunca imaginó que algo tan anticuado como no poder tener hijos sería la razón por la que la dejarían de lado. La amargura hacia la familia Clark crecía cada día, alimentada por sus creencias pasadas de moda, y la decepción hacia Kyle era aún más profunda. Sin embargo, su corazón se aferraba obstinadamente al amor que había construido durante cuatro años.

Después de todo, cada parte de sí misma se la había entregado durante esos años.

En su dormitorio, Allison se cubrió la cabeza con las sábanas, rezando para que el sueño ahogara el dolor.

En ninguna parte del apartamento podía escapar de los recuerdos de él. Su aroma aún impregnaba cada superficie, especialmente su almohada, y le resultaba imposible dormir.

Tras dar vueltas y revolverse en la cama, salió al balcón en busca de alivio. Allí encontró los cigarrillos y el cenicero de su exesposo aún sobre la mesita.

Con manos temblorosas, encendió un cigarrillo y dejó que el humo le llenara los pulmones. Entonces se dio cuenta de que no era tan dura como intentaba aparentar.

Por todas partes la abrumaban los recuerdos: el sofá donde se acurrucaban, la cocina que resonaba con risas, el balcón donde contemplaban juntos las luces de la ciudad. Aquel viaje invernal a su ciudad natal, junto al mar, lleno de promesas de fuegos artificiales y nuevos recuerdos, quedó solo en planes.

Cenizas y lágrimas cayeron juntas mientras terminaba la última calada.

Antes de que amaneciera, hizo las maletas y salió del apartamento.

No tenía ningún plan en mente.

Solo sabía que necesitaba distanciarse de cualquier cosa que le recordara a Kyle.

Al llegar a la estación de tren, se detuvo ante el panel de salidas, escudriñando nombres desconocidos hasta que Blirson se destacó. Era un pequeño pueblo del que nunca había oído hablar.

Compró un billete, se acomodó en su asiento y escribió su dimisión en el celular. A continuación, envió un rápido mensaje a su mejor amiga, Tricia Saunders, con nada más que los hechos sobre su divorcio. Luego apagó el dispositivo y cerró los ojos.

Tras un incómodo viaje de diez horas, Allison estiró sus rígidos miembros y se unió a la multitud que se dirigía al desconocido pueblo, preparada para lo que viniera.

Colores vivos y ruido chocaban justo más allá de la estación de tren, con vendedores pregonando sus mercancías y taxistas llamando a los clientes. La energía vibraba en la ajetreada escena, salvaje e indómita.

La maleta de la mujer chocaba contra el pavimento irregular mientras deambulaba por las calles, hasta que descubrió un apartamento de dos habitaciones sin nada especial. Casi dudó de lo que oía cuando el propietario le dijo el alquiler: solo novecientos al mes.

Los residentes de Blirson parecían saludarse por su nombre; el ritmo de la localidad era lento y la gente estaba muy unida. Curiosa por su entorno, decidió explorar las manzanas cercanas, dejando que sus pies la guiaran más allá de los escaparates y las viejas fachadas de ladrillo.

Después de abastecerse de lo básico y cargar con sus nuevas compras, se dio cuenta de que el crepúsculo ya había teñido el cielo de un azul intenso. El cansancio la invadía, pero no podía descansar hasta que el apartamento estuviera limpio, y trabajó metódicamente para hacer suyo el espacio.

Mucho después del anochecer, ató dos bolsas llenas de basura y las sacó.

Con un pequeño gruñido, tiró las bolsas al contenedor, dispuesta a dar por terminada la noche. Un gemido suave y tembloroso rompió el silencio, deteniéndola en seco.

La inquietud le erizó la piel. ¿Qué podía explicar el llanto de un niño a esas horas? Corrió hacia el edificio, con el espeluznante sonido resonando en su mente.

Solo unos pasos más tarde, se quedó paralizada. No era su imaginación: un bebé lloraba de verdad, y el sonido procedía de detrás de los contenedores de basura.

Negándose a dejar que el miedo se apoderara de ella, encendió la linterna de su celular y volvió para investigar.

Las sombras ocultaban un pequeño bulto junto al contenedor, y el débil sonido procedía de su interior.

Apartando la tela con manos suaves, descubrió a un pequeñito, con la cara enrojecida por el llanto y la voz apenas un susurro después de tantas lágrimas.

Era evidente que alguien lo había abandonado.

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