Alessandra
Sus palabras me habían descolocado, me sentía media atrapada.
—¿Vas a obligarme a tener sexo contigo? —pregunté.
—No, solo te recuerdo que no te conviene hablar, nada de lo que te he
comentado puede salir de tu boca —amenazó—. Quieres entrar, ¿no?, no tienes que
pensarlo mucho, es algo que simplemente haces, y luego te dejas llevar, es como
una droga al principio piensas tener el control pero llega el momento en que
nada te sacia y necesitas algo más fuerte.
—Está bien, he dicho que quiero entrar, voy hacerlo, solo será una vez
—aseguré con una voz rasposa—. ¿Cuándo vamos a ir?
—Esta noche, el club solo está abierto en las noches, a las 19:45 se activan
las puertas y a las 20:00 cuando todos están en los aposentos empiezan. —Él se
quedó pensativo unos segundos—. Nos encontraremos en el mismo pasillo de ayer a
la misma hora, procura que nadie te vea y se puntual. Yo me encargaré del
resto.
Mi corazón latía en mi cabeza, no sabía a dónde iba a meterme. Estaba
demasiado asustada como para ser consciente de lo que estaba haciendo. O quizás
solo eran nervios.
—Estaré ahí —murmuré antes de perderme entre el marco de la puerta.
Al salir e ir en dirección a la parroquia vi una chica sentada en la fuente,
lloraba sin control e iba vestida con una sotana marrón oscuro, como yo. Dentro
de la iglesia se escuchaban cantos de alabanzas en coro, me desvié de mi
destino y me senté a su lado.
—¿Puedo ayudarte en algo? —me ofrecí, notando que la jovencita que debía de
ser de mi edad, tapaba su brazo y negaba repetidas veces con la cabeza.
Yo miraba con insistencia hacia su mano, ahora estaba frustrada y buscaba el
sello del club en todo el mundo. Pero ella no tenía nada.
—Debo irme —comentó sin darme tiempo a que dijera palabra, entró a pasos
rápidos hacia la parroquia.
Al incorporarme Jayden salió de lo que fue nuestro escondite minutos atrás.
Seguí sus movimientos con mis ojos, tampoco podía quejarme, era guapo, la
sotana negra que llevaba no me permitía apreciar con exactitud su cuerpo pero
sin duda prometía, sus ojos eran llamas ardiente un volcán lujurioso
predominaba en ellos, eso revelaba experiencia. Sus rasgos eran fuertes e
imponentes una belleza salvaje y a la vez matizada con suaves perfilaciones que
le hacían lucir más abrumador, estaba muy lejos de ser feo, eso es un plus para
lo que me espera esta noche, ¿no? «Dios mío, no me reconocía», aun no entraba a
ese lugar y ya tenía deseos pecaminosos. Sus ojos se posaron en mí. Él
pareció deducir lo que estaba pensando: una sonrisa insinuante dirigida a mí y
se adentró a la misa. No me sentía digna de entrar pero si yo no lo era la
mayoría tampoco, sin embargo, todos estaban ahí fingiendo.
Me encaminé hasta sentarme al lado de Sofía, aunque trataba de concentrarme
en el sacerdote no hacía más que mirar de vez en cuando hacia la parte de
atrás, justo en donde estaba Jayden. Él evitaba mirar en mi dirección pero
podía notar que sentía cuando yo lo hacía. Suspiré pesado y concentré mi vista
al frente.
Terminando la misa, los niños y el grupo de
monaguillos se dirigieron a la salida, mientras nosotras permanecíamos a la
espera de las palabras de la hermana Dolores.
—Como sabéis, este es un lugar donde todas queremos entregar nuestras vidas
al señor, pero sobre todo tenemos reglas, la mayoría adjuntadas a la biblia, y
en una de ella está la pereza. Es algo que no se consiente y no está bien visto
ante los ojos de Dios, así que se le asignará trabajos diferentes, todos los
días después de misa irán a sus trabajos, hasta la hora del almuerzo, después
del almuerzo tendrán unas horas libres donde podrán pasear por el jardín
central —explicó la hermana Dolores.
A su lado la hermana Carmen sostenía una libreta e iba llamando por nombres
formando grupos de 7. Al escuchar mi nombre me incorporé uniéndome a mi grupo.
A Sofía y a mí, no nos tocó juntas, pero si me gustó la zona que me
asignaron, ayudaría a los niños de la zona “C" con sus deberes y una que
otra cosa más.
Al terminar de formar los grupos, mis compañeras y yo nos encaminamos detrás
de la hermana que sería nuestra guía. Apenas entramos a la zona “C",
noté un ambiente pesado, no parecía un lugar donde vivieran niños felices, todo
era lo más parecido a un hospital infantil, pero uno siniestro y muerto, no se
escuchaban risas ni el murmullo de los niños, todo estaba tan calmado y serio
que desesperaba. ¿Cómo hacían para que todos se mantuvieran tranquilos?, todos
actuaban desinteresados incluso algunos parecían moverse de forma mecánica.
Todos, estaban ahí, pero simplemente no parecían estarlo...
—Aquí hay una zona de recién nacidos, son los hijos de mujeres que por lo
regular los han abandonado, o que sus padres simplemente han tenido problemas
con el alcohol y las drogas, no han podido hacerse cargo, algunos de ellos son
especiales y merecen mayor atención, ¿alguna quiere ir a esa zona? —preguntó la
hermana que nos guiaba. Dos chicas levantaron las manos, y terminaron entrando.
Por el rabillo de la puerta pude ver varias incubadoras todas en hileras y los
bebés en ellas. La puerta se cerró interrumpiendo mi escrutinio.
Nos seguimos moviendo hasta que entré a la zona que me asignaron, a mi
y a una chica nos tocaba encargarnos de las niñas de 12 a 14 años, entramos a
una especie de biblioteca, donde la mayoría estudiaba y ni siquiera nos
dirigían la mirada. Aunque te sentaras a su lado todas mantenían su vista fija
en lo que realizaban. Solo nos dirigían la palabra para preguntar cosas muy
específicas y directas.
Mientras iban pasando las horas comencé analizar a cada una de ellas, en mi
grupo solo habían 15 y estaban sentadas en mesas separadas. Pero una en
específico llamó mi atención, era la más apartada del grupo y la más callada.
Mantenía su espacio como algo privado decorado con varios dibujos de monjas
pegados a la pared.
Me acerqué a ella sentándome a su lado, posé mis ojos en la biblia que leía,
tratando de llamar su atención, pero ella no parecía dispuesta a instalar una
conversación con nadie. Su pelo castaño claro caía como cortina cubriendo parte
de su rostro, pero lograba distinguir una gran parte.
—Hola —susurré. Silencio…—. Dibujas muy bien —halagué.
Silencio. Esperé unos minutos a su lado, para darle tiempo de entrar en
confianza.
—Soy Alessandra —murmuré en un tono amable. Nada…
Me incorporé dispuesta a dejarla.
—Anastasia —balbuceó sin levantar la cabeza, casi fue un susurro, pero lo
escuché. Sonreí.
—¿Desde cuándo estás aquí?, Anastasia. —Ella se encogió de hombros—. Es muy
aburrido estar aquí ¿a qué sí? —insté, consiguiendo arrancarle una sonrisita
tenues.
—Está prohibido instalar este tipo de conversaciones, todo lo que hablemos
debe de ser de la biblia —murmuró.
Me volví a sentar a su lado.
—Pero aquí nadie nos ve, no tienen por qué saberlo —aseguré.
Ella me miró sorprendida, y volvió a sonreír. Una sonrisa tenues y oxidada,
podía notarlo.
Sabía que la mayoría de estos niños debían de tener una historia difícil,
supongo que algunos estaban aquí desde su nacimiento y una parte de mí entendía
que necesitaban algo más que solo la palabra de Dios, también le hacía falta
cariño. Anastasia comenzó a mostrarme algunos de sus dibujos y terminamos
siendo amigas. No manteníamos una conversación fluida, pero las pocas palabras
que intercambiábamos eran suficientes.
***
Las horas mañaneras, y gran parte de las horas de la tarde habían fluido
bastante lentas y tranquilas. Después de almorzar todas teníamos unas horas
libres como nos habían prometido. Habían chicas que simplemente preferían estar
en sus aposentos y otras que iban a la zona de taller donde enseñaban
diferentes tipos de manualidades, también hay quienes estudian, pero esas
debían salir a una zona más retirada casi fuera de el monasterio.
A pasos lentos deambulaba por el jardín, pensativa…, no dejaba de darle
vueltas una y otra vez a lo mismo, solo tenía en la cabeza lo que me esperaba
en la noche. Y mientras más se ponía el sol, más sentía como la bilis subía a
mí garganta.
Me senté en un banco, y froté mis manos varias veces en la tela de la
sotana. Mis manos estaban sudadas, siempre me pasaba cuando los nervios se
apoderaban de mí. Ya comenzaba a replantearme muchas cosas, cómo: ¿si hice bien
en venir aquí?, siempre estuve muy segura, pero, ahora no tanto.
—¿En qué te ha tocado trabajar? —preguntó Sofía sentándose a mi lado.
Tardé unos segundos en volver en si.
—Ayudar a las niñas en la biblioteca, ¿y a tí?
—En la cocina, ¿sabías que elaboran de manera artesanal galletas y las
venden? —pronunció con una voz vibrosa.
Forcé una sonrisa.
—No, pero veo que te gusta la cocina.
Ella asintió en automático. Entreabrió los labios dispuesta a decir algo,
pero las campanas resonaron anunciando la cena y eso la interrumpió.
—¿Vamos al lavatorium, nos lavamos las manos y vamos a cenar? —propuso.
Miré de soslayo algunas chicas alejándose.
—Prefiero quedarme en la celda.
Ella asintió sin mucho interés y se alejó uniéndose al grupo. Me encaminé
hacia los pasillos y me dirigí a mi habitación.
Fui específicamente a el armario en donde guardaba un pequeño reloj de
bolsillo y comencé a mirarlo fijamente sentada en la cama, casi podía escuchar
como se movía la aguja en cada segundo. Estaba desesperada…
Los minutos pasaron lentos pero avanzaron, apenas el reloj marcó las 19: 45
salí disparada por la puerta con sigilo y precaución.
Llegué más rápido de lo que pensé a mi punto de encuentro con Jayden y para
mí suerte un chico se acercaba desde el otro extremo del pasillo, di por echo
que era él. Y así fue.
Al llegar a mi altura sonrió, una sonrisa que no dice nada pero que a la vez
te lo dice todo.
—Vamos antes de que nos descubran —sugerí, dando pasos hacia la puerta de la
última vez.
—Tranquila… —murmuró, siguiéndome los pasos—. No puedes ir así, llamas
demasiado la atención.
No dije nada, hasta detenernos frente a la puerta, entonces lo miré
esperando que la abriera. Él me miró dudativo, desconfiado.
—Estoy tranquila —aseguré.
Suspiramos casi al unísono y entonces abrió. Asomé rápidamente la cabeza
pero no vi nada más que una pequeña habitación y un cuadro. Fruncí el ceño.
—¿Dónde está todo?
—Entra —ordenó, permitiéndome el paso. Pasé, y escuché como él cerraba la
puerta detrás de mí. Lo miré desconfiada, pero luego desvié mi vista a hacia el
cuadro: una virgen, un cuadro común.
Me giré para verlo, frente a nosotros teníamos una pared de cristal pero no
se veía nada, Jayden, sacó un botón negro redondo y lo presionó consiguiendo al
instante que el cristal se trasparentara. En automático distinguí una puerta
«Un cristal inteligente, no pensé que tuvieran ese tipo de tecnologías aquí».
Él se acercó, abrió la puerta esta vez sin dudar y lo seguí. Visualicé un
pasillo no tan largo, las paredes estaban llenas de pequeñas puertas de metal,
una al lado de la otra siguiendo un orden cronométrico. «Cajas fuertes». Dimos
algunos pasos hasta que se detuvo frente a una, la abrió con la huella de su
dedo índice, y sacó un antifaz negro.
—Desnúdate —pidió.
—¿Eh? —balbuceé—. ¿O sea, aquí, ahora?
—Sí.
—Pero…
—Aun no hemos entrado —interrumpió, señalando la puerta al final del
pasillo—. Todo está ahí. Ya debemos entrar listos, y debes ponerte esto —añadió
levantando el antifaz.
Miré en dirección de a donde veníamos, una parte de mí quería salir
corriendo pero me contenía.
—¿Te das la vuelta? —pedí, comenzando a quitar mi sotana.
Él sonrió perverso con cara de que lo que pedía no tenía sentido, pero se
giró.
Yo también me giré, y comencé a retirar mi ropa sin prisa, escuché un
movimiento a mi espalda; miré de soslayo a Jayden, él también se estaba
desnudando.
Quité todo de mí e hice una bola con la tela apretándola contra mi pecho.
—Ya… —informé, sin darme la vuelta.
Lo sentí acercarse por detrás y acto seguido procedió a colocarme el
antifaz.
—¿Por qué tengo que ponérmelo? —murmuré.
—Es un símbolo de sumisión para nosotros, solo las mujeres los llevan, ahí
solo buscamos complacernos. Sucumbir a la carne, y el hombre es el cabecilla de
la mujer así que es algo simbólico nada más —explicó bastante convencido de que
debería ser así.
—¿Estoy obligada a participar al 100%?, no es suficiente con solo ir desnuda
y ver… —quise saber.
—Mmm…, no te avergüences de tú cuerpo, ni de tu desnudez, tampoco de lo que
puedas hacer con ello, estar como Dios nos trajo al mundo es nuestra mejor
versión —susurró en mi oído, un tono demasiado suave que me erizó el bello de
la nuca.
Me giré para mirarlo. No pude evitar apreciar su desnudez, y el hacía lo
mismo que yo, contemplarnos sin descaro. Pestañeé desviando mi vista a su cara.
—¿Eso quiere decir que puedo no participar? —proseguí sacando de sus
palabras la conclusión que me convenía.
—Bien —zanjó, tomando mi sotana y su ropa para guardarla en la caja fuerte.
Cerró la puerta y me miró—. Me lo pedirás.
—¿Ah?
—Con lo que verás ahí adentro tú sola me lo pedirás. Lo necesitarás… —siseó,
demasiado seguro. Y procedió a ir al final del pasillo.
Lo seguí con el ceño ligeramente fruncido, hasta llegar a la puerta. Al
abrirla visualicé una escalera de hormigón e iba haciendo forma de caracol, al
bajar los 10 primeros escalones había un apartado y ahí una puerta y así
sucesivamente. Asomé la cabeza hacia el fondo de la escalera todo se veía
oscuro, como si te fuera a tragar el sótano, conforme íbamos bajando los
primeros escalones las luces se iban encendiendo. Esto era otro nivel, en todo
lo sentidos nada que ver con el edificio inspirado en la arquitectura de los
años 30 que es el conservatorio.
—Uff, son demasiados escalones, ¿no hay un ascensor? —pregunté.
El torció el gesto y arqueó una ceja divertido.
—¿Acaso piensas llegar hasta la puerta 67? —vaciló.
—No…, lo digo por los demás —aclaré con demasiada urgencia.
—Hay ascensores.
Lo miré curiosa.
—¿Entonces quieres decir que esta no es la única entrada?
—Así es —afirmó.
—¿Dónde está el resto? —quise saber.
—Preguntas demasiado —instó un poco más serio—. Todo a su tiempo.
Al llegar a la puerta, Jayden tecleó unos dígitos haciendo que se abriera
una pequeña ventana, introdujo la muñeca que llevaba tatuada, y segundos
después la puerta se desbloqueó. Instantáneamente escuché ruidos, lo miré,
apenas sentía mis piernas de lo nerviosa que estaba.
—Adelante —invitó, permitiéndome el paso primero.
Alessandra
Me quedé clavada en la entrada, a mi vista estaban alrededor de 20 personas
llenando el lugar sin ningún pudor. La enorme habitación resplandecía iluminada
con luces Leds violeta. En el centro de todo junto en el fondo estaba lo más
parecido a un mini bar, donde una chica no tan joven servía alcohol. Y
efectivamente todas las mujeres llevaban un antifaz parecido al mío. Todos iban
a lo suyo, nadie se detenía a mirar embelesado como lo estaba haciendo yo.
Sentía el corazón en la boca, tan solo la sutil música que se escuchaba de
fondo me erizaba la piel.
—Así que solo quieres ver…—vaciló Jayden a mi espalda cerca de mi oído,
ronco y suave. Su cuerpo hizo contacto con el mío haciéndome tantear su
desnudez piel con piel. Al instante sentí sus dedos paseándose por mi brazo
tocándome con avidez, sentía sus dedos envolviéndome con el poder endemoniado
de la seducción. Entrecerré los ojos. Sus dedos eran agradables, roces sedosos
y ardientes de los que no quieres que paren. Caricias subían y bajaban por el
lateral de mi brazo cortándome el aliento. No sabía qué me sucedía todo parecía
incrementarse aquí o quizás estaba muy sensible, un acercamiento extraño
y tan íntimo nunca antes experimentado que me ponía a flaquear como una
gelatina en un colador. Demasiado vulnerable.
—Sí, solo ver —me obligué a decir ignorando la piel que había erizado.
Dejé de sentir su aliento en mi cuello y mi cuerpo lo agradeció en silencio,
ya que mi boca no fue capaz de pedírselo.
—Entonces solo mira —casi fue un reto. Yo podía controlarme claro que podía,
llevaba tiempo reprimiéndome y esto solo era una prueba más de mi compromiso
con la iglesia. «¡Que hipócrita era!». Cómo podía pensar tal cosa, cuando
estaba aquí abriéndole mi corazón al pecado.
Apreté los ojos para borrar todas esas ideas de mi cabeza ahora solo quería
dejar mi mente en blanco.
—Puedes sentarte ahí —invitó Jayden, señalando un sillón de cuero negro—.
Está por comenzar.
El sillón estaba prácticamente en el centro dentro de las dimensiones de la
habitación. Mientras me encaminaba hacia el sillón visualicé en el otro extremo
dos camas cubiertas con sábanas negras. En la cama yacían un grupo de chicas
alrededor de tres hombres, a diferencia de las demás ellas si llevaban ropa
interior. Sus dedos jugueteando entre todas en un enredo donde no se sabía
quien era quién.
Cerca a ellos varios hombres estaban sentados uno al lado del otro en un
sofá, dos de ellos movían sus manos con rapidez masturbándose entre gemidos
roncos, mientras se deleitaban contemplando como una chica se tocaba, ella
deslizaba sus dedos desde sus senos hacia su entrepierna, con la boca
entreabierta lamía sus labios al tiempo que bailaba explícitamente en una
barra de pole dance. Próximo a ellos había otra pareja de hombres
besándose.
Desvié la vista al sentarme con lentitud en el sofá, y miré en
dirección a Jayden. Él contemplaba todo maravillado, la obscenidad que brillaba
en su rostro era descabellada.
Mi pulso latiendo al compás de los latidos de mi corazón, y sentía acabar de
correr un maratón.
Desvié la vista hacia mi izquierda donde había una mujer esposada con
cadenas a la pared, ella parecía disfrutar mientras una chica vertía cera sobre
sus senos. La cera roja caía en el centro de su pecho y se desplazaba con
lentitud por su vientre hasta su ombligo donde se detenía, y volvía a derramar
cera repitiendo el mismo proceso unas cuantas veces más. Sus sutiles gemidos
indicaban que realmente era delicioso lo que sentía cuando la cera caliente
hacía contacto con su piel.
Ambas comenzaron a mover sus cuerpos con agilidad en un baile lento y ágil,
la chica que vertía la cera deslizó su mano por el muslo interno de la mujer
que estaba atada e hundió suavemente sus dedos entre sus pliegues, arrancándole
gemidos desmesurados. La otra se dejaba tocar abriendo más las piernas,
ondulaba la curva de su espalda pegada a la pared invitando a su compañera a
que continúe. La que sostenía la vela arrastró su lengua por la mejilla
de su cautiva un desplazamiento lento…, y viscoso que endureció los pezones de
su presa y terminaron besándose lengua con lengua en el aire un beso demasiado
húmedo...
Bajé la vista a mis senos comprobando que efectivamente estaba igual, mis
pezones erectos.
«Dios mío, mi alma saliendo de mi cuerpo, ya había visto suficiente…».
De repente la música se detuvo pasando a una más lenta y provocadora, el
color violeta de las luces led, cambió a un rojo intenso. Y todos parecieron
activarse en automático.
Jayden se dejó caer en un sofá frente al mío, a una distancia considerable.
Su cuerpo se apreciaba a la perfección, las piernas semiabierta los brazos
desplegados reposados sobre el respaldo del sofá. Pasé saliva al encontrarme
con su miembro erecto. Él deslizó una mano acariciándose y eso me hizo alzar
los ojos a los suyos. Una mirada en llama que me insinuaba lo que quería de mí.
Y por una milésima de segundo imaginé que eran mis dedos lo que se enroscaban
en su erección, mojó sus labios adueñándose de todo lo que me definía, una pose
tan insinuante como insolente ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente
erótico? Mis uñas clavándose en la piel del sillón, mis rodillas vibrando y mi
entrepierna mojándose.
Una chica pasó por mi lado cortando mi campo de visión con una bandeja de
condones ofreciéndolo de lo más normal, se detuvo cerca de mi donde otras dos
chicas que no había visto se besaban y tocaban, una de ellas se encaminó al
sofá en donde estaba Jayden, se sentó ahorcajada sobre él descaradamente y como
si nada comenzaron a besarse, podía ver como sus lengua jugueteaban,
mientras ella movía sus caderas en círculo, frenético. El roce era
tangible no dejaban nada a la imaginación, ambos desnudos rosándose de esa
manera tan salvaje solo podía desencadenar enajenación, delirio infrenable.
Sin romper el beso, Jayden, se incorporó con las piernas de la chica
enrolladas a su cintura y la dejó caer sobre el sofá, él deslizó su lengua
húmedamente desde el mentón de la pelinegra hasta su vientre. Se desplazó hacia
abajo deteniéndose en su entre pierna y la abrió sin tapujos, hundiéndose entre
ella. La chica se arqueó al tiempo que hundía sus dedos entre el pelo de
Jayden, dejando salir gemidos altos y profundos, un disfrute contagioso.
Estaba demasiada concentrada en como él, lamía, jugaba y chupaba el clítoris
de la chica, lucia demasiado salvaje y placentero. Casi podía escuchar el
sonido húmedo de sus labios al succionar.
Mi saliva se hizo más líquida y comencé a sentirme rara.
Presenciar esto me incomodaba, me sentía fuera de lugar y, muy
caliente.
Me hundí en el sillón retorciendo mis piernas, la apretaba en un intento de
mantener el control y detener la oleada de calor que comenzaba acalambrarme las
piernas invitándome a que me tocara.
Mi respiración irregular y el deseo haciéndome esclava de la excitación.
Comencé a frotar mis piernas mientras las apretaba, mi clítoris hinchado latía
y mientras más apretaba mis piernas, más latía, más placer, más deseo. Me
arqueé contra el sillón clavando mis uñas en la piel e inclinando la cabeza
hacia atrás, mis ojos quedaron hacia el techo y lo que vi me hizo explotar,
todo el techo era un espejo enorme donde podía ver lo que la mayoría hacía,
como se besaban, tocaban, jugaban, fornicaban y ahí estaba yo con los ojos
blancos, asfixiada por la cúspide de el libido y sin dejar de pensar en lo que
me gustaría que me hicieran, gemí cerrando los ojos y retorciendo las piernas.
Iba a tener un orgasmos sin que nadie me tocara y no podía ni quería detenerlo,
cerré los ojos con más fuerza haciendo cómplice a mi respiración de cómo mi
cuerpo me engullía al orgasmo más placentero que jamás había experimentado.
Dos minutos tardé luchando para que el aire llegara a mis pulmones, y dos
minutos fueron los suficientes para volver a tener las ideas claras y comenzar
a sentirme culpable. Abrí los ojos y evité mirar en cualquier dirección que no
fuera mis pies, me sentía avergonzada y bastante enfadada con Jayden por
haberme traído aquí, no tuve que mirar en su dirección para saber lo que le
estaba haciendo a esa chica, me molestaba por que hacía nada quería acostarse conmigo
y ahora estaba sobre otra mujer en mis propios ojos sin importarle nada.
¿Acaso fui la única en sentir la chispa entre los dos en aquella intensa
caricia en mi brazo?
Me incliné hacia adelante apoyando mis codos en las rodillas con la cabeza
gacha entre mis manos, sintiéndome ridículamente indignada. Alisé mi pelo hacia
atrás y traté de desconectarme unos segundos, pero el ruido, todo lo que ya
había presenciado y el olor a sexo no ayudaba.
Me incorporé como un resorte disparada hacia la puerta y salí. Nadie me
impidió la salida y apenas cerré la puerta todo el ruido se esfumó. Subí los 10
escalones que había bajado y entre por el pasillo. Me recosté contra el metal
de la caja fuerte de Jayden, aquí lo esperaría.
Pasados unos minutos escuché unos pasos, pensé que era él, pero no, otro
chico se detuvo frente a donde me encontraba y abrió su caja fuerte sin
prestarme mucha atención, comenzó a vestirse. Que incómodo.
—Disculpa —dije, mirando dentro de su caja.
Él me miró como si acabara de notar mi presencia.
—¿Podrías dejarme ropa? —pedí. No me importaba que fuera una sotana de
hombre me bastaba para llegar a mi celda.
Él me miró de arriba abajo y terminó sonriendo de lado, al tiempo que sacaba
algo.
—Ten.
Sujeté la sotana negra que me pasaba y me la coloqué rápido.
—Deberías quitarte eso antes de salir.
Casi olvido el antifaz. Me lo retiré.
—Gracias —murmuré y me apresuré a salir.
Podía sentir sus ojos en mi espalda. Pasé la puerta de cristal y crucé la
última puerta hasta llegar al pasillo. Todo en silencio, demasiado tranquilo.
Me moví desubicada, no por que no conociera el camino, más bien estaba media
ida.
Yo quería saber que había en esas puertas y no creo que haya nada más fuerte
que lo que acababa de ver, ya lo había visto todo no necesito volver ahí, no
necesito saber nada más ¿Qué mas se puede esperar de ese lugar? «Que violen
niñas», me susurró mi voz interior, recordándome los quejidos que escuché la
última vez.
Resoplé. ¿Quién habrá creado este lugar?, quién está detrás de todo esto.
Intenté abrir mi celda, y las puertas estaban con llave. Miré a cada lado
pensando que hacer. ¡El baño!, la excusa perfecta. Ahí pasaría el resto de la
noche encerrada en el baño, apena suenen las campanas me visto y voy al
comedor. De paso sirve que me ducho.
***
La noche más estresante de mi vida. No dejaba de escuchar ruidos de vez en
cuando durante la madrugada sin olvidar que no dormí a pesar de que me
cabeceaba a momentos. Y el sonido de las campanas fue un reto para mí, tener
que ir rápido a vestirme sin llamar a la tensión y estar a tiempo en el
comedor. Pero lo conseguí. Agradecí con un gesto de cabeza a la hermana que
servía mi bandeja, y me dejé caer en una de las mesas. Estaba distraída pero de
fondo escuché la bendición de los alimentos y algunas palabras a las cuales no
le presté mucha atención.
—Estuve rezando casi toda la madrugada y no llegaste a dormir —comentó muy
bajo Sofía, sin levantar su vista de la bandeja.
—No me encontraba bien, tenía diarrea y no podía aguantar encerrada así que
me quedé en el baño —justifiqué.
Una espina clavándose en mi garganta, desde que llegué no he hecho más que
mentir, pecar y desobedecer.
—Entiendo —aseguró mirándome de soslayo—. Necesito confesarte algo
—pronunció ansiosa apretando el pan con las uñas.
Mordí pan, y le di un sorbo a mi taza de chocolate, esperando que hablara.
—Estoy embarazada —soltó.
El chocolate se me fue a la nariz acompañado de una tos seca. Varios ojos se
posaron en nosotras. Bajé la cabeza hasta que dejamos de ser el centro de atención.
—¿Qué? —balbuceé.
—No es nada de lo que piensas —justificó—. Recibí la carta de ingreso hace
más de 2 meses, ese día era mi cumpleaños tomé unas copas de vino, pero se nos
fue de las manos y no fui consiente de nada hasta el día siguiente, estoy
arrepentida. Y no sabía como remediarlo, así que simplemente no dije nada pero
hoy hace 2 meses que no me baja. No quería entrar aquí, pero tampoco quería
perder esta oportunidad, me siento tan mal, ¿qué voy hacer?
Me quedé en silencio, con los ojos como dos faroles sin saber que decir para
eso no había una solución más que abandonar el monasterio.
—No sé que decirte Sofía, es muy… —hice una pausa y bajé la voz—. Porqué no
te retiras un tiempo, tienes al bebé y cuando estés lista te vuelves a postular
para ser monja si es lo que realmente siente tu…
—No puedo tener al bebé —interrumpió—. Sé que es un pecado pero quiero
abortar —afirmó.
Sin duda no debíamos hablar esto aquí alguien podría escucharnos.
—Sofía… —traté de razonar para que lo pensara mejor.
—Es mi hermano —confesó. Y yo la miré de súbito—. Él padre de mi bebé es mi
hermano.
Me quedé muda, desencajada. Y Sofía casi pálida. Que una postulante a monja
estuviera embarazada después del meticuloso proceso de admisión que solían
llevar y conociendo el prestigio de honor que tenía el monasterios de Santa
Clara, seguro que la matarían solo por evitar un escándalo, después de todo no
eran tan honestos como decían en su fe.
—Ayúdame —suplicó en un murmullo.
—Sofía yo no…
—Por favor… —pidió desesperada—. Eres a la única que me he atrevido a
contárselo.
Puse una mano sobre la suya para que mantuviera el control estaba al borde
de saltar en lágrimas.
—Pensaré en algo —aseguré, teniendo a Jayden en la cabeza, él quizás pueda
echarme una mano.
Yo no pensaba volver a buscarlo no quería tener nada que ver con él. Estaba
un poco a la defensiva solo de pensar que tendría que verlo.
—Gracias —dijo honesta.
—No tengo nada seguro, pero dame unos días para encontrar la mejor solución
—aclaré. Ella me miró con una pizca de esperanza que me hizo sentir como una
asesina.
El sonido de todas las presentes incorporándose dando por terminado el
desayuno nos hizo unirnos al grupo. Ahora tenía que pensar en una manera de
hablar de esto con él. Más problemas y sentía que esto solo empezaba.