Lorenzo no volvió a aparecer luego de aquella mañana, aquella que solo había dejado más preguntas en su cabeza que respuesta alguna.
¿Cuánto tiempo había pasado desde el incendio? ¿Dónde estaba viviendo Emma? ¿A qué se refería Lorenzo cuando dijo que su mujer había calcinado a su suegra y madre?
Los días pasaban y las preguntas seguían turbando su mente, una y otra vez, como abejas en un enjambre, iban y venían, sin poder deshacerse de ellas, pero la mayor de sus preocupaciones, era su pequeña bola de ira, había tenido la precaución de no presentarle a su familia sanguínea, eran un montón de basura que solo le haría más daño que bien, y exponer a su mujer a cualquier tipo de riesgo era… Inaceptable, pero ahora, Lorenzo hablaba como si la conociera ¿Por qué?, ¿Cuándo?, y sobre todo, la amenaza que había dado al final de su visita,lo tenía en completa alerta.
“En otro tiempo me habría preocupado querido Primo, pero ahora, me parece cómico, sobre todo cuando el lindo Penthouse de tu mujer, está a punto de explotar…”
Si Lorenzo le ponía un solo dedo en cima a su preciada esposa…
—Morirá.— dijo en una voz que no parecía más que un ronco murmullo.
Los días continuaron pasando y su primo solo venía a ratos, solo para darle algunas palizas, pero jamás respondía sus preguntas, solo lo miraba con una engreída y perturbada sonrisa en el rostro, aun así, Adriano jamás dejo de exigir sus respuestas, hasta que finalmente, aquella tarde, Lorenzo decidió contestar, aun así, no le dio ninguna información que fuera valiosa, solo más preguntas para su extensa lista.
—No, querido primo…—dijo finalmente, casi sin aliento mientras la luz del atardecer se colaba por las rendijas de la pequeña y larga ventana en la parte superior de aquella celda, el sonido del mar no lograba tranquilizarlo, o darle alguna pista de donde estaba, aun así, no estaba roto, jamás lo estaría, porque la única forma de romper la voluntad de Adriano Amato, sería ver el cuerpo precioso de su mujer sin vida, y si podía evitarlo, pondría su propia alma a cambio de verla respirar.— Tu pequeña zorra sigue viva, a mi pesar, aun así, he tomado la decisión de tomarme mi tiempo con ella, primero la alejaré de aquella perra que la sigue a todos lados, después, la dejaré desnuda para mí, vamos a verificar que es tan apetecible en ella, para que le hayas dado la espalda a tu familia sin pensarlo dos veces, y cuando me haya cansado de follarla por cada agujero de su cuerpo… Cortaré una a una sus extremidades.
Adriano tenía que dar todo de sí para no reaccionar ante sus asquerosas amenazas, ¿Cómo se atrevía a hablar así de ella? Le cortaría la maldita lengua y luego lo obligaría a comérsela, al terminar, le daría un disparo a su pecho, una muerte demasiado limpia para lo que merecía, pero no quería gastar más tiempo en un insecto como él. No. Su prioridad era y siempre sería encontrar a su mujer y retomar el orden correcto de las cosas.
Aquella misma noche, horas después de que Lorenzo se marchara, una suave voz lo despertó.
—Adriano… ¿Sigues vivo? — Roselin, la dulce e inocente esposa del malparido de su primo. Adriano la había recogido de las calles de Venecia hace quince años, cuando aún era una adolescente adicta a la heroína que le obligaban a ingerir en un prostíbulo, no sabía realmente por qué la había rescatado, tal vez su voluntad para luchar por su vida, y golpear con todas sus inútiles fuerzas al enorme sujeto que trataba de drogarla, lo había conmovido, luego de limpiarla de toda sustancia química, le dio una nueva vida, Roselin conocía todos los barrios bajos y fue una mujer eficiente en sus negocios durante algunos años, hasta que… Lorenzo la había conocido, alegando que se había enamorado de ella a primera vista y en su inocencia, la dulce mujer había sido encandilada por el primo de Adriano, le había concedido su libertad.
Con dificultad se puso de pie, apoyando la espalda en la pared de ladrillos áspera, fría y húmeda, miro hacia arriba, solo pudo ver algunos mechones negros y lisos de ella.
—Lo estoy.— contestó con su voz ronca.
—Lo siento tanto Adriano, no sé porque hace esto, no me dice nada…— se lamentó ella con sincero dolor.— él no es así, te lo juro, es un buen hombre, es un buen padre…
—No seas tonta. Roselin. Quiere matar a mi esposa. Necesito salir de aquí.— exigió él.
—No puedo hacerlo, sabes que no puedo, es mi esposo…
—Si no fuera por mi, estarías muerta. —La cortó él y ella guardó silencio. Roselin le debía todo a aquel pobre hombre herido, lo sabía, por supuesto que sí, le daría cualquier cosa que pidiera, pero no podía traicionar a su amado Lorenzo, ¿Cómo hacerlo? Cuando era quien le había dado todo lo que cualquier mujer quisiera poseer.
—Bebe por ahora, buscaré convencerlo, sé que puedo hacerlo entrar en razón.— dijo y deslizó una botella de agua entre los barrotes. Adriano no contestó, no había nada que ella pudiera hacer para convencer a su primo, sería estúpido y suicida de su parte, si lo dejara escapar y Lorenzo, no era ninguna de aquellas cosas. Levantó su mano y tomó la botella, bebió el agua de forma lenta y pausada, la necesitaba, los hombres de Lorenzo solo le traían un vaso de agua al día y un pedazo de pan añejo, cuando acabó le regreso la botella por la rendija.— Lo convenceré, lo prometo.
Una semana paso antes de que Roselin volviera aparecer una noche en la ventana, en aquellos días Lorenzo había sido más macabro de lo normal, lo había golpeado hasta hacerlo escupir sangre, hasta romperle alguna costilla, le había roto varios dedos y uno de sus ojos se escondía detrás de un enorme moretón, completamente hinchado.
—Adriano… Dime algo… Por favor.— pidió ella que estaba al tanto ahora de la crueldad de su esposo.
—Aquí…— Pudo pronunciar él, con la voz ronca, pues aquel día, no le había llevado agua o comida. Trato de levantarse, pero no fue capaz. Así que, con el cordón de su zapatilla, Roselin amarró alrededor la botella y la deslizó por la pared hasta él. Bebió toda de ella, sediento y cansado.
—Me ha golpeado, le he rogado hasta que he colmado su paciencia y me ha golpeado, pasé los últimos dos días en cama, tratando de recuperarme. —confesó ella con escepticismo, no podía creerlo, había caído inconsciente de la paliza y al despertar, seguía sin creer lo que había pasado, ¿Por qué? ¿Qué había hecho para enfadarlo así? Seguramente era su culpa, pero Adriano no tenía que pagar por sus pecados y aun así, lo había destrozado. —Voy a sacarte de aquí, pero júrame, que le perdonaras la vida, yo cargaré con él, nos iremos donde digas, con nuestras hijas y jamás volverás a saber de nosotros…
—Te lo juro.— dijo sin pensarlo demasiado él, no porque estuviera desesperado, aunque así lo creyó ella, y su corazón se apretó del dolor. No, la verdad era muy diferente, en aquel minuto le habría prometido el sol y las estrellas si lo liberaba. Prioridades y Emma era la mayor de todas.
—Bien, dime que tengo que hacer.— dijo ella entonces.
Lorenzo Amato finalmente sentía que las cosas tomaban su lugar, el orden natural de las cosas. Estaba a la cabeza de la familia Amato, tenía una hermosa esposa, una tonta, pero hermosa finalmente y aquel que siempre lo había eclipsado, estaba cada vez más cerca de rogar clemencia. Adriano, su primo, aquel que todos los ancianos apreciaban y respetaban, todo porque se había independizado de la rama principal con exito, una estupidez, una banda de viejos estúpidos e ineptos, era él quien había liderado para que las ganancias de la rama principal se triplicaran, era él quien limpiaba y apoyaba a sus ineptos primos menores, ¿Se lo habían reconocido? ¡Jamás!, Incluso su esposa, su propia mujer, se atrevía rogar clemencia por el bastardo, le había enseñado una lección, no había sido placentero, pero era necesario, la lealtad lo era todo en su familia y ella debía aprender a quien dirigirla, por supuesto, después de su pequeña “lección”, no se atrevería a cuestionarlo una vez más. Todo iba perfecto, se sentía tan tranquilo que en recompensa había dejado pasar una semana sin darle sus visitas a Adriano, tenía que esperar a que se recuperara un poco, solo lo suficiente para acabar con él de una maldita vez y luego, echaría su cuerpo al mar para que los peses le hicieran compañía. Qué buena era la vida.
—Lorenzo, mi amor.— Llamó su atención, Roselin, apareciendo en su despacho aquel segundo, él se giró hacia ella, se veía encantadora en aquel vestido de gaza azul pálido, él le sonrió, como siempre lo hacía, como si jamás la hubiera golpeado hasta dejarla inconsciente, tomó su delicada mano y beso el dorso de ella, su mujer sonrió suavemente.— Llevaré a las niñas de paseo por la playa, ¿Quieres venir?
—Me encantaría, pero no puedo, aún tengo mucho trabajo—mintió— no se alejen mucho de la casa.
—Por supuesto.— respondió ella y se agachó para besar suavemente sus labios, con todo aquel amor contenido que poseía por él, ojalá algún día pudiera perdonarla, se separó antes de que las lágrimas amenazaran con exponerla.
Lorenzo no sospechó nada, aquella cariñosa faceta de su mujer siempre había sido igual, no había cambiado y eso le daba la certeza de que su accionar sobre ella había sido necesaria y había válido la pena.
Roselin arregló a sus hijas y salió de la casa, pero justo antes de hacerlo pasó por la cocina, desactivo el sistema de seguridad y se marchó.
Roselin, la tarde anterior había salido a la ciudad con la escusa de hacer algunas compras, por supuesto, su esposo no había sospechado nada, todo era parte de una rutina normal que ella realizaba, pero en vez de ir directamente al mercado o las tiendas de ropa, había ido directamente a los barrios bajos de Sicilia, había vuelto a contactar al dueño del prostíbulo que alguna vez la había tomado para sus servicios obligados.
Luiggi se había sorprendido al verla, pero a su vez, la recibió como si fuera de la familia, en realidad lo era, seguía siendo la protegida de la familia Amato, incluso cuando su señor, había caído.
—Roselin, preciosa ¿Qué puedo hacer por ti? —Preguntó invitándola a sentarse en la silla en frente a su escritorio, ella declinó la oferta con un suave movimiento de mano.—Tienes prisa.
—Sí, seré directa. Adriano reclama su favor.— dijo sin más. Luiggi, un hombre robusto de cabellera blanca y rasgos marcados, como todo italiano, rio con fervor.
—Querida, si necesitas algo, no es justo usar favores de un muerto.— dijo él al cabo de unos segundos, cuando se dio cuenta de que ella mantenía la expresión seria y tensa.
—No está muerto, ha sido secuestrado.— Aclaró, los ojos del hombre se abrieron de par en par.— reclama su favor, por supuesto serás recompensado, estarás a cargo de todo el movimiento en Sicilia.
—Cariño, tu esposo está a cargo de eso.—le señaló con obviedad.
—No por mucho, —suspiró y el hombre se sorprendió de ver lo abatida que se veía en aquel segundo.— Lorenzo ha traicionado a la familia, quemó la casa de Adriano y lo secuestro hace tres años. Ahora lo tiene aquí, en el sótano de nuestra casa.
—¿Por qué debería creerte? ¿No es tu esposo quien se verá afectado?— preguntó ahora con suma seriedad el hombre, la mayor parte de él estaba horrorizado y sumamente enfurecido, ¡¿Traición?! ¡¿Entre los Amato?! No se había visto nada similar, y si aquella mujer estaba mintiendo, sería él quien le cortara la garganta por sembrar tales mentiras en la fuerte unión familiar.
—Adriano me dio todo, no era consciente de lo que sucedía hasta hace muy poco, cuando fue trasladado a nuestro hogar, no puedo quedarme viendo como mi señor es torturado por la mente desquiciada de mi esposo.— dijo ella sumamente asqueada.
—¡Déjate de mentiras! ¡Zorra astuta!— Gruñó él poniéndose de pie, enfurecido con tal blasfemia.
—¡¿Piensas que esto es fácil para mí?! ¡Es mi esposo! ¡El padre de mis hijas! —le grito ella con lágrimas en los ojos, Luiggi se quedó sin palabras, a Rosalin le tomó algunos segundos tranquilizarse y limpiarse los ojos— Si no me crees, míralo tu mismo.
Finalmente, saco su móvil y le mostró una foto de Adriano, tomada desde la ventana de la celda, no se veía su rostro completo, solo su perfil, pero sí que estaba encadenado y roñoso, pero no fue eso lo que termino de convencer a Luiggi, porque bien, aquel podría ser cualquiera, pero el tatuaje que se veía en la nuca baja de Adriano… Eso no, esos números romanos los había tatuado el propio Luiggi, de su pulso y obra, un “IV”, porque eran cuatro los favores que Adriano le había concedido. Liberar a sus dos hijos de las responsabilidades de la mafia, darles una nueva identidad y pagar sus estudios en el extranjero, para que fueran personas normales y felices. El segundo llevaba más sangre, Adriano había eliminado a todos sus enemigos de Italia y vengado la muerte de su dulce esposa Marta. El tercero, protección y el último, el perdón, cuando había sido estúpido y creído rumores de personas que querían enemistarlos.
—Adriano dice, “La vida da muchas vueltas, mi mano por ti hoy…
—”... Y la tuya por mí, mañana”— terminó él, mirándola con solemnidad y seriedad.— Dime mujer, Cuál es el plan.