Al día siguiente, Sofía me abordó en la cocina mientras yo preparaba el desayuno. Javier ya se había ido a la bodega.
«No he terminado contigo», dijo, cruzándose de brazos. Su pijama de seda contrastaba con la furia de su rostro.
Sobre su cabeza, los comentarios bullían.
«¡No te rindas, Sofía! ¡Pide lo que es tuyo!».
«¡Que te devuelva hasta el último céntimo!».
Suspiré, dejando la cafetera. «¿Qué quieres ahora, Sofía?».
«Quiero que me devuelvas todo el dinero que te he dado. Todos los meses. Con intereses. Lo he calculado, son 14.400 euros de los últimos cuatro años».
Casi me río. «¿Intereses? ¿Qué clase de intereses?».
«Intereses por el coste de oportunidad», recitó, como si estuviera leyendo un guion. Los comentarios sobre su cabeza la animaban: «¡Eso es, chica lista! ¡Coste de oportunidad!».
«Podría haber invertido ese dinero. Podría haber viajado. Me has robado no solo mi dinero, sino mis experiencias. Así que quiero un 20% de interés anual. En total, me debes 25.000 euros».
La cifra me dejó sin aliento. No por la cantidad, sino por la audacia, por la absoluta falta de vergüenza.
«¿25.000 euros?», repetí, incrédula. «¿Te has vuelto loca?».
«No estoy loca. Estoy siendo justa. Y si no me lo pagas, te demandaré. Contrataré a un abogado y te llevaré a juicio por explotación económica y abuso familiar».
«¡Quédate con tu dinero!», grité, abriendo mi bolso y sacando la libreta del banco. Se la tiré sobre la mesa. «Ahí tienes tus 14.400 euros. Era para tu apartamento, pero ya no me importa. Cógelo y lárgate. ¡Pero no verás ni un céntimo más!».
Ella cogió la libreta, sus ojos brillando de codicia.
«Esto solo es el principio», siseó. «Quiero mis intereses. Y los quiero para el final de la semana».
Me apoyé en la encimera, sintiéndome mareada. ¿Cómo habíamos llegado a esto? ¿Cómo mi dulce niña se había convertido en este monstruo?
«Sofía», dije, mi voz temblando. «Yo te di la vida. Te crie, te cuidé cuando estabas enferma, celebré tus logros... ¿Todo eso no vale nada?».
Ella se encogió de hombros.
«Eso era tu obligación como madre. No te da derecho a quedarte con mi dinero. Es una relación transaccional. Y ahora, me debes».
La palabra «transaccional» me golpeó con fuerza. Esa no era mi hija. Era la voz de los comentarios, de esa cultura de internet fría y egoísta que la había poseído.
Recuperé la compostura. Si quería jugar a las transacciones, jugaríamos.
Cogí un papel y un bolígrafo.
«Muy bien. Hagamos cuentas, entonces».
Empecé a escribir.
«Alquiler. Un estudio en el centro de Sevilla, como mínimo, cuesta 600 euros al mes. Llevas viviendo aquí gratis desde que empezaste a trabajar hace cuatro años. Eso son 48 meses. 600 por 48 son 28.800 euros».
La cara de Sofía empezó a cambiar.
«Comida. Desayuno, almuerzo y cena. Pongamos unos modestos 10 euros al día. Eso son 300 al mes. Por 48 meses, son 14.400 euros».
Seguí escribiendo, mi mano firme.
«Agua, luz, internet, comunidad... unos 150 euros al mes. Por 48 meses, son 7.200 euros».
«Servicio de limpieza y lavandería. Yo limpio tu habitación, lavo y plancho tu ropa. Una asistenta cobra, como mínimo, 12 euros la hora. Pongamos solo cinco horas a la semana. Son 240 euros al mes. Por 48 meses, son 11.520 euros».
Levanté la vista del papel y la miré directamente a los ojos.
«Sumemos. 28.800 más 14.400 más 7.200 más 11.520. El total es 61.920 euros».
Le di la vuelta al papel para que lo viera.
«Esto es lo que tú nos debes a nosotros. Así que, si quieres, puedes coger tus 14.400 euros de la cuenta, y todavía nos deberás 47.520 euros. ¿Quieres que llamemos a un abogado para que redacte un plan de pagos?».
Sofía se quedó sin palabras. Su cara pasó del rojo al blanco.
Los comentarios sobre su cabeza eran un caos de insultos dirigidos a mí.
«¡Qué vieja más tacaña!».
«¡Calculadora y miserable!».
«¡No te dejes intimidar, Sofía! ¡El amor de una madre no se puede monetizar!».
«¡Es ridículo!», gritó finalmente. «¡Sois mis padres! ¡Se supone que debéis cuidar de mí! ¡Sois unos explotadores!».
Justo en ese momento, Javier entró en la cocina. Vio la tensión en el aire.
«¿Qué pasa aquí? ¿Por qué tantos gritos tan temprano?».
Sofía corrió hacia él, llorando. «Papá, mira lo que me ha hecho. ¡Dice que le debo casi 50.000 euros por haberme criado!».
Javier cogió el papel, lo leyó y me miró con reproche.
«Carmen, por favor. Esto es demasiado. Es nuestra hija».
«No», le corregí. «Es una inquilina que no paga y que además nos exige una indemnización. Y tú, con tu blandura, eres su cómplice».
Javier suspiró, sacando su cartera. «Mira, Sofía, toma. Coge 200 euros y sal a despejarte. Compra algo bonito. Ya hablaremos de esto más tarde, con calma».
Sofía cogió el dinero, me lanzó una mirada triunfante y salió de la cocina.
Me quedé sola con Javier.
«¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer?», le dije, mi voz llena de frustración. «Acabas de darle la razón. Acabas de demostrarle que llorando y gritando consigue lo que quiere».
Javier se encogió de hombros. «Solo quería que se calmara. No soporto verla así».
«Pues prepárate, Javier», le advertí, recogiendo mis cosas. «Porque esto no ha hecho más que empezar. Y tú no la estás ayudando. La estás hundiendo».