Portada de la novela Las reglas de Julia

Las reglas de Julia

8.6 / 10.0
La rutina de Julia se desmorona tras una serie de eventos fortuitos que alteran su identidad. Al adentrarse en un mundo desconocido, adopta el rol de Ama y experimenta una faceta íntima que jamás imaginó. No obstante, en pleno proceso de autodescubrimiento, aparece alguien capaz de desafiar sus reglas y convicciones. Este vínculo inesperado la forzará a confrontar sus anhelos más profundos y a replantearse qué es lo que realmente desea.

Las reglas de Julia Capítulo 1

Si hace unos años hubiera tenido la oportunidad de leer una historia como la que os voy a narrar a continuación, simplemente hubiera dicho que era mentira, pero ahora, la escribo yo y os aseguro que es totalmente cierta.

Mi nombre es Julia, tengo diecinueve años, pero cuando ocurrió la historia que os voy a contar no había cumplido apenas dieciocho años. Soy una chica de pelo castaño y ondulado y ojos marrones claros. Mido 1,67 y peso 60 kilos. Estoy delgada. A pesar de eso, tengo un culo muy bonito y unos pechos que creo que están muy ricos. Mi vientre es plano.

Tengo las piernas largas y los tobillos, como las muñecas, muy finas. Mis pies son largos como mis manos. Tengo muy poco pelo en el cuerpo, a decir verdad apenas si me hace falta depilarme.

Tengo una nariz recta y larga, como una griega. Mis labios son largos y delgados, mis orejas son ligeramente alargadas y mi barbilla un poco triangular.

Visto de una manera bastante informal. Me gustan los jeans desgastados y rotos y las camisetas ceñidas y descoloridos. Uso zapatos de deporte y calcetines blancos. Mi ropa interior no tiene ningún atractivo. Siempre me ha desagradado, me ha hecho sentir mal el tener que vestir para gustarle a los tíos.

Hace casi dos años comencé a navegar en internet y buscando, buscando caí por una página de relatos eróticos. No debía de haber entrado, pues no había cumplido aún dieciocho, pero como me quedaban unos días y no me veía nadie, me metí.

He de decir que después de leer unos cuantos que me parecieron algunos buenos y otros de mal gusto, me masturbé. En mi mente se sucedían las imágenes que los relatos evocaban mezcladas con las mías propias y el tacto de mis dedos sobre mis zonas sensibles hicieron el resto.

Poco a poco me fui haciendo asidua e iba aprendiendo de todo, hasta que poco a poco, me dí cuenta por la predilección que sentía hacia determinado tipo de relatos. Los de dominación y los de lesbianismo. Recuerdo un relato de tres capítulos, llamado algo así como "mi secuestro" que me hizo masturbarme varias veces.

Un día cayó en mi poder un relato que se llamaba "Gerardo, un hermano dominante". Lo leí detenidamente. Una chica era convertida en la esclava de su hermano. Una mañana se despertaba atada y desde ese día su vida cambió. Su hermano la convirtió poco a poco en su juguete sexual y a ella le excitaba aquello y cooperaba.

Aquella muchacha contaba como su hermano la intentaba chantajear y ella se dejaba. Gerardo la ataba y se masturbaba mientras la acariciaba o se comía sus pechos. Pero poco a poco, aquellos juegos en los que la protagonista sentía como su hermano se autolimitaba, fue pasando a una situación de control cada vez más total y de uso más completo. Y luego al exhibicionismo en los cines, al fetichismo. Y se apoderó de su cuerpo, y la cedió a terceros y finalmente, se la poseyó sexualmente.

Me puse en contacto con esa chica, para saber si lo que contaba era cierto y para mi sorpresa, me escribió dando pormenores de la historia. Contándome episodios que me excitaron aún más. Gerardo y Marta, su hermana, se convirtieron en la inspiración de mis continuas pajas

De pronto, se convirtió en mi más ferviente deseo, el convertirme en una ama poseedora de alguien al que tener como esclavo, pero se me planteaban muchos problemas.

El primero es que no deseaba tener un esclavo. No. Lo que deseaba tener era una esclava. No me reconocía lesbiana, pero era esa sensación de sumisión de una mujer bajo mis órdenes lo que deseaba, y no la de un chico. Deseaba apoderarme de un pezón y no de un prepucio. Y de un clítoris y hacer que mi esclava se corriera muchas veces. Sinceramente, no creo que el cuerpo de un hombre esté capacitado para gozar y ser gozado como el de una mujer.

Otra cuestión era que deseaba poseer a una mujer, hermosa, por supuesto, pero quería a una mujer. No pensaba en una compañera de instituto, sino en una chica mayor que yo, de grandes pechos quizás, y muslos prominentes.

Fui pensando en como hacerlo y las candidatas se iban reduciendo mucho. Quedaban algunas chicas de la clase que sí creía que podían tener cuerpo y mente de mujer, repetidoras todas ellas. Quedaban algunas primas y como no, quedaba mi propia hermana Paula, además de Eva, la chica de la limpieza de la casa.

Era muy difícil que tuviera contacto suficiente con las compañeras del instituto. Sinceramente, creía que no podría desarrollar un plan para seducir a ninguna de ellas aunque realmente intentara un acercamiento a alguna de las que más me gustaban. Pero, al igual que Gerardo, mi hermana Paula parecía ideal, lo mismo que Eva, que pasaba en la casa muchas horas en su jornada de limpieza.

Os describiré a una y otra. Paula era muy parecida a mí, solo que de pelo muy rubio y ojos verdosos. Tenía tres años más que yo, o sea, veintiún año, y era unos dedos más alta, un poco más gorda y un poco más ancha. En definitiva, más mujer. Hacía poco empezaba a salir con un chico. Ni por asomo pensaría que era lesbiana, pero el ser tierna y delicada podía hacerla convertirse en una pieza fácil. No me importaba su novio. La verdad es que podía ser suya mientras no estuviera conmigo.

Paula era elegante en el vestir, en el moverse y en el hablar. Siempre había sentido admiración por ella y a veces, envidia.

Eva era una chica morena. Tenía veinte años y vivía en un barrio marginal. Era de piel fácilmente tostada por el sol y ojos muy oscuros. Medía cuatro dedos menos que yo, y de cara redonda y labios sensuales, no hubiera sido extraño encontrarla bailando flamenco, pues se veía que derramaba gracia y salero, además de pasión.

Tenía un tipo bonito de caderas anchas y cintura estrecha y un culo respingón. Su pecho era llamativo, más por lo bonito que por un tamaño excesivo. Tenía la nariz respingona y el pelo rizado, muy rizado y largo, y mi padre hacía lo posible por disimular sus miradas delante de nosotras.

Era un poco inculta y "echá palante". A veces descarada, y aunque con migo se llevaba bien, con mi madre y con Paula rozaban a menudo, aunque por ser muy trabajadora, se la perdonaba. Era pues, muy diferente a Paula en todo.

Decidí atacar a Paula, pues pensé que las noches serían un campo de batalla ideal y que si fallaba, no diría nada. Paula me gustaba mucho más que Eva, a pesar de ser mi hermana, o tal vez por eso. Pensé incluso que tal vez accediera a ser mi esclava por no decir que no a su única hermana. Además, su carácter tierno, dulce, sumiso... me animaba.

La realidad es que no sabía ni por donde empezar, así que, antes de hacer nada comencé a estudiar el comportamiento de Paula. Hacía poco que tenía novio. Parecía muy animada, pero a mi no me importaba. No creía que el tonto ese que se había echado por novio pudiera estropearme los planes.

Pero me quedaba otra cuestión. No tenía experiencia. En caso de que Paula se tendiera a mis pies, no sabría qué hacer con ella, y esto me inquieta más que el saber como Paula respondería en un momento dado a mis proposiciones.

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