Blossom
-Gracias por invitarme a cenar, Karina. Hoy no tengo cabeza para nada -suspiré al abrazarla, sintiendo su calidez familiar. Karina, la esposa de mi hermano Kasper, siempre ha sido una presencia luminosa en mi vida. Era el tipo de persona que irradiaba fortaleza y ternura, alguien que sonreía incluso cuando la vida no le ofrecía motivos para hacerlo.
-¿Culpa de los asuntos de la firma? -preguntó mientras colocaba en la mesa una humeante fuente de pasta carbonara. La cena era para nosotras dos; Kasper seguía en la oficina preparando una presentación, y Hyacinth, la pequeña de cinco años que ambos habían traído al mundo, ya estaba profundamente dormida.
-Más bien, culpa de mi padre y sus locuras -admití, dejándome caer sobre la silla. Jugué con el tenedor sin probar bocado-. A veces me pregunto por qué se atrevió a dejar la empresa a mi cargo. Todos dicen que soy una excelente abogada, que confían en mí, pero...
-Pero nada -me interrumpió Karina con suavidad, aunque su tono firme dejaba poco espacio para réplicas-. Blossom, de una vez por todas, tienes que dejar de dudar de ti misma. Eres brillante en lo que haces, y no lo digo porque seas mi cuñada. Si alguien puede llevar la firma al siguiente nivel, esa eres tú. Ahora tienes la
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oportunidad de tomar decisiones que antes te parecían injustas. Hazlo a tu manera, pero confía en que estás a la altura.
Su convicción me arrancó una sonrisa. Siempre sabía qué decir para calmar las tormentas en mi interior.
-Tienes razón, como siempre -murmuré antes de probar la primera cucharada de aquella deliciosa pasta-. Por cierto, ¿cómo va tu trabajo?
-Lo disfruto tanto que ni siquiera lo siento como un trabajo - respondió, con esa serenidad que siempre la caracterizaba-. A veces me ayuda a desconectar de todo lo que implica estar en esta familia: la firma, las expectativas... Aunque no me malinterpretes. Los adoro a todos, sin embargo, vivir entre abogados puede ser mentalmente agotador.
Reí, sabiendo exactamente a lo que se refería.
-Te entiendo perfectamente. La firma puede ser un monstruo devorador de energía, pero tú siempre estás ahí, ayudándonos en todo lo que puedes, cuidando de Hyacinth, soportando a Kasper... Y digo soportando porque, bueno, ya sabes cómo es mi hermano.
Karina soltó una carcajada que iluminó la sala.
-Kasper es el amor de mi vida, aunque reconozco que a veces tiene sus momentos. Y Nathaniel... Bueno, él es como mi segundo hijo. Aunque ya esté en la universidad y sea todo un adulto, lo he visto crecer.
-Eres como una madre para él -le dije con sinceridad, admirando lo natural que le resultaba cuidar de todos.
Se quedó en silencio por un momento, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras.
-Blossom, ¿alguna vez te has planteado tener hijos? No ahora, claro, pero quizás en el futuro.
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El peso de su pregunta me tomó por sorpresa. Bajé la mirada hacia mi plato, dejando el tenedor de lado.
-Sí, quiero tener hijos, solo que no con Harding.
Karina casi se atraganta con su bocado. Bebió un sorbo de agua rápidamente y me miró con incredulidad.
-¿Qué? ¿Hablas en serio?
-No sé si aún lo amo, Karina -confesé, sintiendo cómo las palabras pesaban en mi pecho-. Al principio todo era mágico, pero con el tiempo... todo se volvió rutina. Ya no hay citas los viernes, ni rosas en casa, ni siquiera nos besamos. Estoy cansada de su indiferencia, pero más que eso, creo que me cansé de fingir que todo está bien.
Karina tomó mi mano con fuerza.
-Blossom, si esa relación no te está haciendo feliz, debes dejarla. Qué más da lo que piensen tus padres o cualquier otra persona. No mereces conformarte. Mereces ser feliz, y si Harding no es el hombre para ello, entonces que se vaya.
Sus palabras tocaron algo profundo en mí.
-Siempre has sido mi mayor apoyo -dije con lágrimas en los ojos. Karina me abrazó con ternura, como si intentara transmitirme toda su fuerza.
-Lo único que quiero es que seas feliz -me dijo con determinación-. Harding no te llega ni a los talones, y si decides seguir adelante sin él, aquí estaré para apoyarte.
Pasamos el resto de la noche hablando, como solíamos hacer en los días más oscuros y también en los más brillantes. Cuando el reloj marcó la medianoche, me despedí y emprendí el camino a casa.
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Al llegar, encontré a Nathaniel en el comedor, con los ojos clavados en sus apuntes de anatomía.
-Buenas noches, Nate -le dije con cariño, acercándome para besar su mejilla-. ¿Aun estudiando?
-Tengo examen en dos días. Necesito estar listo -contestó sin levantar la vista-. No te preocupes por mí, Blossom. Estás cansada, deberías ir a dormir.
Antes de retirarme, quise compartir algo con él. -¿Sabías que papá me dejó la empresa a cargo? Si todo sale bien, me convertiré en la jefa.
Nathaniel levantó la vista y me dedicó una sonrisa.
-Lo sé, Isobel me lo contó. Y no me sorprende en absoluto. Nadie lo hace como tú, Blossom. Te mereces esto, en serio que nadie se lo merece más que tú.
Sus palabras, simples pero sinceras, fueron el último empujón que necesitaba para enfrentar lo que vendría. Subí a mi habitación, me quité los tacones y me dejé caer en la cama.
Volver a ver a Edrik Maxwell había removido algo en mí, algo que creí enterrado para siempre. Cuatro años después, su recuerdo aún era un remolino de emociones. Había intentado convencerme de que lo nuestro no fue más que un error, el resultado de un par de jóvenes ebrios que se dejaron llevar por un instante de debilidad. Pero era una mentira.
Lo que sucedió aquella noche no fue por el alcohol, y negarlo sería un insulto a lo que sentimos. Pero éramos jóvenes y cobardes, y dejamos que nuestro miedo destrozara algo que pudo ser eterno.
Ahora que estaba de vuelta en mi vida, temía lo que pudiera suceder. Temía que su presencia volviera a hacer añicos todo lo que con tanto esfuerzo había construido.
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Y lo que más me aterraba era la posibilidad de que él no me hubiera olvidado. Porque yo, por más que lo intenté, nunca pude olvidarlo.
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Karina
Mis dedos temblaban al sostener aquella fotografía, una ventana al pasado que podía llenar mi corazón de esperanza y, al mismo tiempo, romperme en mil pedazos. El rostro familiar en la imagen parecía mirarme con una mezcla de reproche y añoranza. Las lágrimas comenzaron a nublar mi visión, y aunque intenté detenerlas, el llanto escapó como un torrente imparable.
Me llevé las manos al rostro, tratando de contener los sollozos cuando escuché pasos en el pasillo. A Kasper no le gustaba verme llorar. Decía que le desgarraba el alma. Sabía que no lo hacía por egoísmo, sino porque cada lágrima mía era un recordatorio de las heridas que no podía curar.
Él apareció en la puerta de la pequeña habitación que llamaba mi galería, un espacio que había creado como refugio para mis recuerdos. Se cruzó de brazos, su expresión era una mezcla de preocupación y reproche. La luz tenue dibujaba sombras sobre sus facciones.
-Otra vez, Karina... -Su voz era baja, pero no podía ocultar la angustia que llevaba por dentro.
-Lo siento -dije con un hilo de voz, apartando la fotografía de mi vista y dejando caer mis manos sobre mi regazo-. Lo intento,
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Kasper, lo intento de verdad, pero cada vez que entro aquí... es como si todo volviera a pasar.
Él se acercó lentamente y me envolvió en sus brazos. Su calidez me atrapó de inmediato, y me aferré a él como si fuera la única ancla que me mantenía a salvo del naufragio de mi mente.
-Deberías cerrar esta habitación con llave -murmuró, apoyando su barbilla sobre mi cabeza-. Sabes que lo digo por ti, no por mí. No puedo seguir viéndote romperte así, día tras día.
-¿Crees que no lo sé? -respondí con un nudo en la garganta- . ¿Crees que no me doy cuenta de que me estoy consumiendo? Pero no puedo soltarlo, Kasper. No puedo.
-Puedes, Karina. No tienes que hacerlo sola, ¿de acuerdo? - Su voz se suavizó mientras sus dedos recorrían mi cabello con ternura-. Déjame cargar con parte de ese peso.
Apoyé mi frente contra su pecho, cerrando los ojos mientras su aroma familiar me envolvía. En ese instante, el caos en mi interior pareció detenerse. Kasper era mi refugio, mi salvación, pero había un límite incluso para su paciencia.
-Lo siento tanto... -murmuré.
-No vuelvas a pedirme perdón. No por esto. No por lo que sientes. -Él me sostuvo más fuerte, como si quisiera asegurarse de que no desapareciera en mis propios pensamientos.
Levanté la mirada para encontrarme con sus ojos, esos que habían sido mi puerto seguro desde que nos conocimos. Había amor en ellos, sí, pero también cansancio. No por mí, sino por todo lo que nuestra vida había puesto en nuestro camino.
-¿Qué haríamos sin ti? -pregunté, más para mí misma que para él.
Él sonrió, esa sonrisa que parecía decirme que todo estaría bien
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incluso cuando no lo estaba.
-Yo diría lo mismo de ti. Karina, eres mi hogar. Lo has sido desde el día en que te conocí.
Su confesión me derritió, y por primera vez en días, sentí que podía respirar con algo de alivio. Lo abracé con más fuerza, hundiendo mi rostro en su cuello mientras sus labios dejaban un beso suave sobre mi cabello.
-Eres todo lo que necesito -susurré contra su piel. -Y tú eres todo para mí.
Por un momento, la habitación quedó en silencio, salvo por el sonido de nuestras respiraciones sincronizadas.
-Sabes que no estoy en contra de que quieras encontrar a Ellie -dijo finalmente-. Pero hazlo cuando estés lista. Cuando no sea un sacrificio para tu bienestar, sino un paso hacia tu propia paz.
Me quedé callada, reflexionando sobre sus palabras. Ellie. Mi hermana. Mi único vínculo con un pasado que prefería olvidar, pero que también anhelaba recuperar.
-Tienes razón -admití finalmente-. Pero sigo teniendo miedo.
Kasper asintió, como si entendiera perfectamente lo que no podía expresar con palabras.
-El miedo es normal, Karina. Solo no dejes que te detenga para siempre.
Me dio un beso en la frente y luego, como si todo el peso del momento hubiera desaparecido, cambió el tono de su voz:
-Ahora, ¿por qué no salimos de aquí? Es tarde, y estoy seguro
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de que nuestra hija nos está esperando para leerle su cuento de buenas noches.
Sonreí, sintiéndome más ligera, aunque sabía que el camino hacia la sanación sería largo. Pero con Kasper a mi lado, sentía que podía dar un paso más.
Salimos juntos de la habitación, dejando atrás las sombras del pasado, al menos por esa noche.