El ferri atracó en el muelle de la isla privada. Me obligué a levantarme, con las piernas temblorosas y el mareo revolviéndome el estómago. Caminé hasta la pequeña florería del pueblo, donde compré un ramo de azucenas blancas y un poco de incienso. Ese día era el primer aniversario de la muerte de mi primer bebé, a quien nunca pude abrazar.
El elegante Mercedes negro de Damián me esperaba. Cuando intenté abrir la puerta del copiloto, una mano salió disparada y me bloqueó el paso. Era Carla, queriendo adueñarse de mi lugar.
Me miró. Su rostro lucía tranquilo cuando me dijo con determinación: "No me siento bien, y el asiento de atrás brinca mucho". Habló como si fuera la cosa más razonable del mundo. Como si no estuviera robándome deliberadamente mi lugar, precisamente ese día.
"Solo durante la subida", añadió, al mismo tiempo que una leve sonrisa burlona aparecía en sus labios. "No quisiera interponerme mientras Damián te consuela", añadió. Su tono implicaba que él de todos modos no querría consolarme. Miré a mi esposo, que estaba al volante, con los ojos ocultos detrás de unos lentes de sol. Busqué cualquier señal de apoyo o algún indicio de que me defendería.
Sin embargo, solo se encogió de hombros, una señal silenciosa de su rendición a los caprichos de Carla. "Súbete atrás, Jimena". Mi corazón, ya marcado y sensible, sintió una nueva oleada de un dolor sordo y familiar. Yo no era nada para él, y mi duelo tampoco.
Y así, me subí al asiento trasero sin decir ni una palabra. El vehículo avanzó por el sinuoso y lodoso camino hacia el pequeño cementerio privado que pertenecía a la familia de Damián. Por el espejo retrovisor lo vi ajustar la temperatura del aire acondicionado para Carla y darle una botella de agua. Giré la cabeza y miré por la ventanilla, al mismo tiempo que un entumecimiento silencioso se apoderaba de mí.
Ya no interferiría más. No lucharía por mi lugar. Después de todo, no quedaba lugar alguno por el que luchar. Poco después llegamos a la cima de la colina. Mientras me bajaba del auto, sosteniendo las azucenas, inesperadamente Carla se paró frente a mí.
"Déjame ayudarte con eso", dijo, alcanzando el ramo. "No, gracias. Puedo sola", contesté con voz plana. Ignorando mis palabras, intentó arrancarme las flores de las manos. "No seas tan terca. Solo trato de ser amable".
"¡Dije que no!". Las flores eran para mi bebé, en cuya muerte ella estuvo involucrada de alguna manera, de modo que no estaba dispuesta a dejar que las tocara.
"Estás armando un escándalo. ¿Por qué siempre tienes que complicar las cosas?", siseó. Sus ojos brillaban con furia cuando exclamó: "¡Damián, dile algo!".
Fue ella quien empezó el escándalo, pero distorsionó las cosas para hacerme ver como la villana. El camino estaba resbaladizo por la lluvia reciente. Mientras Carla trataba de quitarme el ramo, sus tacones, elegantes pero poco prácticos, resbalaron sobre una roca mojada.
"¡Cuidado!", exclamé, al mismo tiempo que extendía la mano instintivamente para tratar de estabilizarla. Ella malinterpretó mi movimiento, creyendo que intentaba empujarla. "¡Aléjate de mí!", chilló.
Su propio impulso, combinado con sus zapatos resbaladizos, la hizo caerse hacia atrás.
Soltó las azucenas para tratar de amortiguar el golpe. Damián se bajó del auto a toda prisa. No vino hacia mí; corrió directamente hacia ella, y la cargó en sus brazos.
Su rostro reflejaba una preocupación frenética cuando le preguntó: "¿Estás bien? ¿Te lastimaste?". Luego, se volvió hacia mí y, con una voz cargada de veneno, inquirió: "¡¿Qué te pasa?! ¡¿Por qué la empujaste?!".
Carla, acurrucada en los brazos de mi esposo, comenzó a llorar. "Solo quería ayudarla a cargar las flores. Luego... dijo que yo no era digna de hacerlo".
Sus habilidades histriónicas eran excepcionales. Se apartó del pecho de Damián, al mismo tiempo que le instaba: "Suéltame. Estoy bien". Su voz era una mezcla perfecta de valentía y vulnerabilidad.
Sin embargo, él la abrazó con más fuerza. "Tranquila. Aquí estoy", dijo, acariciándole el pelo. A continuación, volvió su mirada furiosa hacia mí. "Carla estaba tratando de ayudar, y tú reaccionaste como si hubiera cometido un crimen terrible. ¡Solo es un manojo de flores! ¿Por qué eres tan mezquina?".
Damián pensó que solo se trataba de las flores. No veía que en realidad se trataba de mi bebé, de mi duelo y de mi último gramo de dignidad.
"Pídele una disculpa", me ordenó. Su voz no dejó lugar a discusión. Lo miré fijamente, mientras mi incredulidad luchaba contra una marea de rabia. "No tengo nada de qué disculparme". Al oír eso, su mandíbula se tensó. "¡Discúlpate, o te juro que te dejaré aquí, y tendrás que volver a casa caminando! Nunca volverás a ver esta tumba; haré que la trasladen a otro lugar".
No podía creer que Damián me hubiera amenazado con mi bebé muerto.
La amenaza de Damián quedó suspendida en el aire, fría y afilada. Me quitaría a mi hijo, aunque ya estuviera muerto.
Al pensar en eso, mi cuerpo se estremeció. Sentí que la lucha se desvanecía, y era reemplazada por una derrota hueca.
"Lo siento...", susurré. Esas palabras se sintieron como veneno en mi boca. Mientras hablaba, miré el suelo lodoso, incapaz de ver el rostro triunfante de Carla.
Esta sorbió la nariz, emitiendo un sonido delicado y agraviado. "Está bien. Te perdono", contestó sin siquiera mirarme.
Damián me lanzó una última mirada de asco, antes de volver toda su atención a ella. Luego, la llevó suavemente de regreso al auto, como si estuviera hecha de cristal.
Yo, por mí parte, me quedé sola en el camino fangoso.
Minutos después, recibí un mensaje de texto de mi esposo. "A Carla se le está hinchando el tobillo. La llevaré al doctor. El chofer volverá por ti en una hora".
Después de leerlo, caí de rodillas, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente brotaron de mis ojos, mezclándose con las gotas de lluvia que había comenzado a caer de nuevo. Lloré por mi hijo perdido, por el amor que ahora era un arma usada en mi contra y por la mujer que solía ser.
Entonces, saqué de mi bolsillo el frasquito naranja que me dio el psiquiatra. Las pastillas parecían tan pequeñas e inofensivas. Me tragué una en seco. Era una promesa que me había hecho a mí misma, y que representaba un final.
Recogí las azucenas que yacían esparcidas por el suelo. Como se mancharon de lodo, limpié cada pétalo con el dobladillo de mi abrigo. Eran todo lo que me quedaba de ese día. Representaban mi amor, mi dolor y mi disculpa al bebé que no pude proteger.
Damián no volvió a casa esa noche, ni la siguiente. Al tercer día, lo vi en una publicación en la que me etiquetó una amiga. Era una transmisión en vivo de una lujosa fiesta en un club muy exclusivo.
Ahí estaba mi esposo, riendo, con una copa de champán en la mano. Carla se encontraba junto él, reluciente en un vestido de lentejuelas. Se inclinó hacia el micrófono de una alegre influencer.
"Damián, todo el mundo quiere saber cuándo vas a casarte con Carla", dijo esta última con entusiasmo.
Carla se rio tontamente, mientras se volvía hacia mi esposo, con los ojos muy abiertos y expectantes. "Sí, ¿cuándo nos casaremos?".
Entonces, alguien entre la multitud gritó: "¡Ya está casado!".
Carla hizo una mueca, una actuación perfecta de agravio. "Pero, no la ama", dijo, lo suficientemente alto para que la cámara captara su voz. "Damián, tienes que elegir", añadió.
Mi esposo miró a la cámara. Su apuesto rostro lucía serio cuando declaró sin dudar, con una voz profunda y resonante: "Carla, siempre te he amado solo a ti".
Al oír eso, la multitud estalló en vítores. Carla le echó los brazos al cuello, y enterró el rostro en su hombro. Alcancé a ver la sonrisa victoriosa que lanzó a la cámara.
A decir verdad, esa actuación me benefició, pues fue un fusilamiento público de mi matrimonio. En ese momento, por fin entendí que se había terminado definitivamente.
No se trataba de una venganza de Damián contra la familia de Carla. Tampoco era un juego; no cabía la menor duda de que la amaba. Todo el dolor y la humillación por la que me hizo pasar era... real.
Cuando cerré mi laptop, la habitación se quedó casi en total oscuridad. La única luz provenía de las farolas de afuera. El viento aullaba, sacudiendo las ventanas. De pronto, sentí en el vientre un dolor agudo y punzante que me hizo doblarme.
Era peor que los calambres habituales. Este me provocó una agonía feroz y desgarradora. Di tumbos hasta el baño, mientras un pavor gélido se apoderaba de mí. Cuando llegué, vi mucha sangre...
Más tarde desperté en el frío suelo de baldosas. El dolor ahora era un eco sordo y palpitante. Me sentía vacía. Una parte de mí me fue arrancada, dejando un enorme hueco.
Cuando abrí los ojos de nuevo, Damián estaba ahí. A regañadientes, por supuesto. Se encontraba arrodillado junto a mi cama de hospital. Su rostro mostraba una ensayada máscara de preocupación. "El doctor dijo que perdiste al bebé. Aún era muy... pequeño. Es común que suceda en embarazos químicos".
Minimizó mi pérdida, otra vida, otro hijo. Recordé una época, mucho tiempo atrás, cuando empezamos a intentar tener un bebé. Estaba tan emocionado que durante horas se la pasaba hablando acerca de nombres y de cómo sería nuestro hijo. Me abrazaba y me susurraba promesas de un futuro lleno de risas y amor.
Pero, ese hombre ya no existía. El que estaba junto a mi cama era un completo extraño.
De pronto, un recuerdo afloró, agudo y cruel; su declaración pública en el club. "Carla, siempre te he amado solo a ti".
El dolor en mi corazón era tan intenso que se sentía como una muerte física. Lo había perdido todo; a mis bebés y a mi esposo, incluso a mí misma.
Entonces, las lágrimas brotaron de mis ojos, tibias e imparables. Era un llanto de duelo, de rabia y de un amor completa y absolutamente destruido.
De repente, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Cuando volteé, vi a Carla, con los brazos cruzados y una expresión de impaciencia. Vestía un impecable conjunto blanco de tenis. "Damián, ¿vienes? Prometiste que hoy jugarías un partido conmigo".
Él soltó mi mano de inmediato. Se puso de pie y su atención se centró por completo en Carla. Caminó hacia ella, esbozando una sonrisa juguetona. "¿Estás celosa de que esté con mi esposa?".
"Ni lo digas. Solo estás perdiendo el tiempo", contestó Carla en tono burlón.
"Quizás me gusta perder el tiempo con ella, y me quede aquí todo el día", dijo él en tono de broma, tratando deliberadamente de provocarla
Estaban muy entretenidos en su juego enfermo y retorcido. Mi habitación de hospital era su patio de recreo, y mi dolor su diversión.