Capítulo 2

Dos días después

New York

Nicky

Dicen que un segundo nos puede cambiar la vida, y no es una exageración, es una condena disfrazada de realidad. Ese segundo no avisa, no pide permiso, solo entra a tu vida como una patada directa en el estómago. Un suspiro, una palabra, una llamada, y todo lo que conocías empieza a desmoronarse. Es un minuto de absoluta brutalidad. La tierra bajo tus pies se resquebraja y, de repente, te enfrentas al abismo.

¿Y qué haces? ¿Te quedas ahí, mirando como el mundo te arrastra? No, no hay tiempo para eso. El caos no espera. Lo que sí te queda es cómo manejas las ruinas después. Porque lo peor no es la caída, ni el golpe: lo peor es levantarse del suelo, poner los pies nuevamente en el suelo cuando te queman los huesos y la cabeza te da vueltas por el impacto.

A veces, ni siquiera estamos listos. Nos mentimos, pensamos que somos fuertes, que hemos aprendido a manejarlo todo, pero al final, todos tenemos un límite. No lo aceptamos, porque no estamos hechos para aceptar que no podemos controlarlo todo. Pero cuando llega ese segundo, cuando el muro de tus expectativas se deshace, no tienes más opción que mirar de frente. No hay espacio para escapar, ni para esconderse. La vida no se detiene, ni siquiera para tus dudas.

Y al final, todo lo que te queda es enfrentar las consecuencias, poner la cara en alto y seguir caminando, aunque duela, aunque el peso sea insoportable. Como adultos. Aunque no tengamos ni idea de cómo hacerlo, ni la fuerza para hacerlo. Pero lo haces. Porque la vida sigue, para bien o para mal, y no te pide permiso para arrastrarte con ella.

Admito que ni en mis peores pesadillas habría esperado una llamada de Hillary, pero mis miedos más remotos se quedaron cortos. Esa bruja ambiciosa no me llamó por empatía, ni porque fuera lo correcto. Lo hizo por interés... por su maldita ambición disfrazada de cortesía barata, lágrimas ensayadas y palabras vacías.

Cuando escuché su voz en el teléfono, fue como recibir un golpe inesperado, uno que me dejó momentáneamente sin aire. Sentí que algo no encajaba, que detrás de cada palabra suya había una trampa esperando a cerrarse.

-Hola, querida -soltó, arrastrando las sílabas como quien lame una herida ajena-. Mi llamada no es por cortesía... Preferiría darte la noticia en persona, pero debemos ser pragmáticas...

Apreté los dientes, sentí cómo el calor me subía al rostro. Me hervía la sangre de solo escucharla fingir humanidad.

-Hillary, ahórrate tu cortesía fingida. -Mi voz salió tensa, cargada de veneno-. Ante todo, no me digas "querida". Saquémonos las máscaras de una vez y dime qué mierda quieres. ¿Para qué te diste el trabajo de llamarme?

Escuché un breve silencio al otro lado, como si tratara de contener la irritación detrás de una máscara de falsa compasión.

-Deja la agresividad, Nicky. -Su tono pretendía ser suave, pero se quebraba en los bordes-. No soy tu enemiga. Te llamo porque... porque es un momento difícil para la familia.

Contuve una carcajada amarga. Enemiga era decir poco. Ella había sido la termita que carcomió mi casa desde adentro.

-Eres peor que eso -espeté, casi escupiendo las palabras-. Mi maldita madrastra oportunista. Así que habla. No tengo tu puto tiempo, ni las ganas de escucharte. Estoy en medio de una clase de vuelo, ¿entiendes? Una maldita clase.

Sentí su respiración entrecortada al otro lado de la línea, como si estuviera peleando consigo misma para no colgar.

-¿Cómo puedes tratarme así? -soltó, su voz temblando, aunque no supe si era real o parte de su eterno teatro-. No tolero tu egoísmo... no ahora.

Hubo una pausa, un temblor apenas perceptible en su voz que me hizo fruncir el ceño.

-Tu padre... -empezó, y mi corazón, ese traidor, se detuvo un instante.

Me incorporé de golpe, mi cuerpo entero temblando.

-¿Qué le sucede a mi padre? -pregunté, apenas reconociendo mi propia voz, ronca, cortante.

Un silencio, un maldito silencio lleno de plomo, precedió sus siguientes palabras.

-Tuvo un accidente... -susurró, y por primera vez sentí un atisbo de verdad en su voz-. En uno de los aviones de prueba... Lo siento, Nicky. Murió en el acto.

Todo dentro de mí se paralizó. Un zumbido feroz me llenó los oídos, como el rugido de un motor antes de estrellarse. No podía ser. No debía ser. Hillary mentía, como siempre. Era su especialidad.

-¡No! -grité, sin importarme quién me oyera. Mi garganta ardió-. ¡Me mientes! ¡Él no pudo morir! ¡Debe haber un error!

Pero en el fondo... algo dentro de mí ya sabía que no lo era, lo peor era sentir que ni siquiera podía hacer las paces con él, se había dio sin un adiós, sin una charla sincera.

Nunca imaginé regresar a Nueva York así. Pedí una licencia en la base, armé mi valija a toda prisa y tomé el primer vuelo disponible. El estómago me ardía como si llevara piedras dentro. Apenas aterricé, la prensa amarillista me cayó encima como una plaga: micrófonos, cámaras, flashes... Todos hambrientos por una declaración, por una lágrima, por un escándalo.

Las portadas ya hervían de rumores: "¿Accidente o sabotaje?" "El imperio aeronáutico Collins en jaque." "¿Competencia desleal? Sospechas sobre la muerte del magnate." Pero no tuve ni cinco minutos para asimilar la noticia. La bruja de Hillary ya había organizado el funeral y todo un circo social alrededor de la tragedia. A veces me pregunto si de verdad lloró o si solo ensayó frente al espejo su cara de viuda digna.

Y ahora, aquí estoy. El funeral ya terminó y regreso a esa mansión que nunca fue mi hogar. La brisa fría arrastra el olor de las flores marchitas, mezclado con el de las mentiras. Siento que cada paso me pesa como si llevara grilletes en los tobillos, pero aun así avanzo, tragándome las ganas de salir corriendo.

Al abrir la pesada puerta, la veo. Hillary está junto a la chimenea, envuelta en su luto perfectamente calculado. Su vestido negro le queda impecable, su maquillaje ni siquiera muestra rastros de llanto. Sostiene una copa de vino con la misma delicadeza con la que empuña un puñal, y me recibe con esa sonrisa plástica que siempre me provocó arcadas.

-Nicky, me alegra que volvieras a casa -dice, acercándose un par de pasos, su voz dulzona, falsa como una moneda de hojalata-. Sé que este es un momento duro para ambas.

Lanzo mi bolso al suelo con un golpe seco que resuena en la sala. Ni siquiera disimulo mi desprecio.

-No me jodas, Hillary. -Mi voz corta el aire como un látigo-. Esta nunca fue mi casa. Y tú nunca fuiste mi familia.

Ella suelta un suspiro dramático, tan ensayado como una mala actriz de teatro de tercera. Lleva una mano a su pecho, como si quisiera representar su tristeza.

-Nicky, por favor... -finge ternura-. No es momento para reproches. Perdimos a un gran hombre.

La rabia me sube por la garganta como bilis. Aprieto los dientes para no gritarle en la cara.

-¿Tú lo perdiste? ¡Por favor! -escupo las palabras, mi voz cargada de veneno-. Tú lo enterraste antes de que yo pudiera llegar. ¡Ni siquiera esperaste un maldito día! ¿O es que te urgía más leer el testamento que despedirte de él?

Hillary se endereza, abandonando su papel de viuda triste para adoptar el de reina herida. Sus ojos destellan furia contenida, pero su boca mantiene esa línea rígida de superioridad.

-Todo fue para proteger su legado -dice, en un tono cortante-. Había que actuar rápido. No tienes idea de los rumores que circulan.

Frunzo el ceño, avanzando hasta quedar frente a ella. Siento el calor de mi propia furia ardiendo bajo la piel.

-¿Qué rumores? -escupo, con una sonrisa torcida-. Vamos, Hillary, sorpréndeme.

Ella mira nerviosamente hacia ambos lados, como si esperara que las paredes repitieran lo que está a punto de decir. Luego se acerca un poco más, bajando la voz hasta apenas un susurro:

-Dicen que el accidente no fue tan... fortuito como parece.

Un frío paralizante me atraviesa la espalda. Me obligo a no parpadear, a sostenerle la mirada.

-¿Estás insinuando que fue un asesinato? -pregunto, apretando los puños con tanta fuerza que siento las uñas clavarse en la palma-. ¿Mataron a mi padre?

Hillary traga saliva. Se lleva la copa de vino a los labios y bebe un sorbo largo, como buscando valor en el fondo del cristal.

-Alfred tenía enemigos, Nicky -dice finalmente, su voz ronca-. Estaba cerrando acuerdos que afectaban a muchos intereses poderosos. No todos juegan limpio en este negocio. -Hace una pausa breve, cargada de insinuaciones-. Como su competencia: Alan Parker. Ese hombre estaba perdiendo una fortuna en licitaciones... o quizás fue el propio gobierno al que sirves con tanto patriotismo.

Siento un latido brutal retumbando en mis sienes. Me inclino hacia ella, invadiendo su espacio personal sin ningún respeto.

-¿Y qué hay de ti, Hillary? -escarbo, mi voz cargada de veneno-. Tal vez tú lo mandaste a asesinar. ¿Cuánto te dejó en su testamento? ¿Cuánto obtendrás del seguro de vida?

Por primera vez en la noche, Hillary parpadea con nerviosismo. Su fachada perfecta se resquebraja apenas un segundo.

-Estás dolida. No sabes lo que dices -masculla, apretando la copa como si quisiera romperla.

-Oh, sé exactamente lo que digo -respondo, sonriendo con frialdad-. Y te juro por su memoria que voy a descubrir quién mató a mi padre. Y cuando lo haga... -me acerco aún más, susurrándole al oído- ...no habrá lugar en el mundo donde puedas esconderte ¡Zorra!

Sin esperar respuesta, tomo mi bolso del suelo y me marcho, dejando tras de mí solo eco de amenazas y promesas de guerra. Hoy no termina la tragedia. Hoy empieza mi venganza.

Horas más tarde

No tenía a dónde ir. O, mejor dicho, empecé a llamar a cada maldito número de mi jodida agenda. Una por una. Y ninguna de mis antiguas amigas estaba disponible. Escuché cada disculpa más patética que la anterior: "Nicky, tengo reunión en la escuela de mi hijo", "Estoy en casa de mis suegros", "tengo trabajo atrasado", "No tengo niñera", "Mi novio llegó de viaje". ¡Mierda! Todas parecían unas viejas aburridas, atrapadas en vidas que juraron que nunca vivirían. Ni que fueran tan mayores. Y sí, reconozco que mi prioridad nunca fue atarme a nadie. Mi vida era mi carrera en la aviación. Mi libertad. Y ahora, aquí estoy, sola, con un vaso de tequila entre las manos, en un bar de mala muerte, escuchando al barman dándome consejos como si fuera mi maldito tutor.

-Muchacha, ya no te voy a servir más alcohol -dice el tipo, cruzándose de brazos, mirándome como si de verdad le importara-. Mejor te pido un taxi para que te lleve a tu casa. Dame tu dirección.

Lo miro como si me acabara de escupir en la cara. El coraje me sube en oleadas.

-¡Vete a la mierda! No necesito tu ayuda... -gruño, arrastrando las palabras con un tono venenoso.

De pronto, una voz masculina, grave, con ese toque arrogante que me crispa los nervios, irrumpe detrás del mostrador:

-¿Tony, tienes problemas con esta mocosa?

Mocosa.

La palabra me golpea como una bofetada en plena cara.

Me giro bruscamente, tambaleándome apenas, y lo veo: un hombre de unos treinta y ocho años, alto, de cuerpo sólido bajo una chaqueta oscura. El cabello castaño grisáceo perfectamente peinado hacia atrás, barba y patillas plateadas que acentúan su mandíbula cuadrada. Sus ojos azules, intensos, me escrutan con una mezcla de seriedad y diversión. Un galán de película... de esos que sabes que te van a partir el corazón si les das la oportunidad. Y, aun así, lo primero que quiero es partirle la cara.

-¿¡Mocosa!? -espetó, fulminándolo con la mirada mientras golpeo el vaso sobre la barra-. ¿A quién carajos le dices así?

Él ni se inmuta. Da un paso hacia mí, lento, como si estuviera midiendo cada movimiento, y se planta frente a mí con una media sonrisa que me dan ganas de borrarle de un puñetazo.

-A ti, mocosa -repite, su voz grave vibrando en el aire cargado de alcohol y malas decisiones-. Ahórrame el trabajo de levantarte a cuestas... -añade, su tono entre amenaza y burla- ...o no respondo de lo que pueda pasar si sigues bebiendo como una desquiciada.

Siento la sangre hervirme en las venas. Aprieto los puños, luchando contra las ganas de arrojarle el vaso a la cabeza. Él sostiene mi mirada, tranquilo, seguro, como si supiera que tarde o temprano voy a ceder. No por miedo. Por orgullo. Por rabia.

-¿Qué eliges, mocosa? -pregunta, con una sonrisa ladeada que me revuelve el estómago.

Un silencio espeso cae entre nosotros, cargado de electricidad y desafío. Y yo, que nunca fui de retroceder ante un cabrón arrogante, sé que esta noche apenas empieza.

Capítulo 3

La misma noche

New York

Alan

La vida no es más que una sucesión de decepciones envueltas en papel de regalo. Eso lo entendí después de unos cuantos tropiezos, o como prefieren llamarlo algunos: "experiencias que te hacen madurar".

Imbécil, idiota, bruto... Son solo algunos de los adjetivos que he escuchado salir de labios femeninos después de una noche juntos. Y en mi defensa, jamás les prometí amor eterno, ni juré fidelidad, ni hablé de construir castillos en el aire. No soy ese mujeriego empedernido que adora inventarse la prensa sensacionalista. La verdad es otra: son demasiadas decepciones acumuladas, una tras otra, como golpes sordos que ya ni duelen, solo adormecen.

Hubo un tiempo en que pensé que lo había encontrado. Esa mujer que sería mi compañera, mi hogar, mi futuro. Me vi de rodillas, anillo en mano, con una estúpida sonrisa esperando su "sí", su abrazo, su lágrima de emoción. En su lugar, Helena me entregó las llaves de mi departamento, agarró su valija, y me soltó con una naturalidad cruel:

-Alan, no estoy lista para más. Lo siento.

La vi irse. La vi cerrar la puerta sin mirar atrás. Me quedé parado como un idiota, con el corazón hecho trizas, aun creyendo que volvería en unos días, arrepentida, diciendo que había sido un error, que era el miedo. ¡Qué ingenuo! Ni un puto mensaje, ni una puta llamada. Solo rumores de mis amigos: "La vieron con un marroquí", "Se fue de viaje con su exnovio", "La vi en una discoteca con otro". Allí estaba la verdadera razón. No era miedo. No era presión. Era traición.

Así que dejé de complicarme. Dejé de buscar ese amor de película que solo existe en la imaginación de los idiotas y las novelas baratas. A estas alturas, disfruto mi soltería. Sin ataduras, sin promesas huecas, sin dramas. ¿Miedo a enamorarme otra vez? Puede ser. O simplemente aprendí que algunas heridas sanan mejor si no las vuelves a abrir.

Claro que mi hermana piensa diferente. Vive emperrada en querer enredarme con alguna de sus amigas solteras, como si de verdad creyera que esa ridiculez podría funcionar. Cada vez que insiste, sonrío, me sirvo un whisky y pienso: pobre ilusa.

Aunque no todo en mi vida se resumía a conquistas pasajeras, la realidad era que transcurría entre reuniones de trabajo, inspecciones interminables a los hangares, supervisando cada tornillo y cada válvula como si mi vida dependiera de ello. De vez en cuando, me daba el lujo de sobrevolar la ciudad en alguno de los prototipos que diseñaba. Sí, conocía todo lo relacionado con aviones, desde el engranaje más pequeño hasta el sistema de navegación más complejo. No era uno de esos magnates de escritorio que se llenaban la boca dando órdenes detrás de una cómoda oficina de cristal. Me gustaba meter las manos en la grasa, oler el metal caliente, sentir el rugido de las turbinas bajo mis pies.

Hoy, precisamente, planeaba refugiarme en los hangares, lejos del mundo, lejos de todo. Me estaba acomodando el saco, dispuesto a desaparecer unas horas, cuando la puerta de mi oficina se abrió de golpe.

Kelly entró como una tormenta: su cabello rubio caía desordenado sobre los hombros, los tacones resonaban como disparos contra el mármol, y sus ojos azules, tan intensos como los míos, centelleaban con furia pura.

-¡Alan! -rugió-. En todos los putos canales de televisión hablan de lo mismo. ¡De la muerte de Alfred Collins!

Solté un suspiro cansado, abrochándome el último botón de la chaqueta como si no hubiera un huracán a punto de estallar frente a mí.

-Hermanita... ¿y cuál es el maldito problema? -pregunté, ladeando la cabeza con una sonrisa sarcástica-. ¿Por qué traes esa cara de funeral?

Kelly cerró la distancia en unos pasos largos y agresivos, hasta plantarse frente a mí.

Pude ver cómo sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de rabia contenida.

-¡Mierda, Alan! -escupió la palabra como un latigazo-. ¡Hablan de un sabotaje! De que su muerte fue provocada. Y lo más grave no es eso... -hizo una pausa, apretando los labios como si le costara decirlo-, es que empiezan a señalar a Hillary como sospechosa... pero también a ti.

La habitación pareció encogerse por un instante. Yo me limité a girar los hombros en un gesto de indiferencia, caminando hacia la barra de whisky que tenía junto a los ventanales.

-Cuando salga la verdad a la luz -dije mientras me servía un trago generoso-, se acabarán los rumores.

-¡No, Alan! -Kelly golpeó el escritorio con la palma abierta, haciendo vibrar los papeles-. ¡¿No entiendes lo que significa este escándalo?! Las acciones bajarán en la bolsa, las aerolíneas comenzarán a cancelar rutas. ¡Nadie quiere su maldito nombre asociado a un asesino!

Me di la vuelta, el vaso en mano, y la miré con una calma calculada.

-¿Y qué quieres que haga? -enarqué una ceja-. ¿Qué me ponga a llorar ante las cámaras? ¿Qué organice una misa de arrepentimiento?

-¡No seas imbécil, Alan! -soltó ella, cruzándose de brazos, las uñas clavándose en su propia piel-. ¡Debes resolver este asunto antes de que termine de hundirnos a todos!

-Oh, claro -reí en voz baja, bebiendo un sorbo lento-. Ahora soy el salvador de la familia. ¿No era que la empresa era de los dos? ¿O solo eres una Paker cuando te depositan las ganancias en tu cuenta?

Vi cómo su rostro se endurecía, los pómulos tensos, la mandíbula apretada como una trampa de acero.

-Eres un idiota -masculló-. Pero uno útil si quieres seguir teniendo un imperio que administrar.

-¿Y qué propones, Sherlock? -pregunté, apoyándome despreocupadamente contra la barra.

-Que busques a la heredera de Alfred -soltó sin más, como si fuera la cosa más lógica del mundo.

Fruncí el ceño, despacio, saboreando la incredulidad que me subía por la garganta.

-¿La perra de Hillary? -pregunté con un deje de burla.

-No -aclaró Kelly, agitando la mano como si espantara una mosca-. No me refiero a ella. Hablo de la hija de tu maldito amigo.

-¿La mocosa? -bufé-. ¿Y qué demonios se supone que debo hacer con ella?

Kelly esbozó una sonrisa torcida, esa sonrisa venenosa que conocía tan bien.

-Hablas con la muchacha sobre el tema de la sociedad, acuerdan un comunicado para la prensa... y asunto cerrado. Sin dramas, sin escándalos, sin poner una bala en nuestra reputación.

Me reí, dejando el vaso sobre la barra con un golpe seco.

-Vaya, como lo dices suena tan fácil -ironicé-. ¿Y si no quiere cooperar? ¿Y si resulta ser una malcriada caprichosa?

Mi hermana se encogió de hombros, la mirada fría como una hoja de acero.

-Entonces usa tus encantos, hermanito.

Me quedé mirándola en silencio por un momento, pero agarré el celular y la billetera del escritorio, buscando la puerta sin responder. No quería seguir discutiendo con Kelly. Tenía algo de razón en todo este puto lío. Al ser competencia directa de Alfred Collins, mi nombre sonaba fuerte entre los rumores de sabotaje. Pero sabía que una simple charla con esa muchacha no iba a limpiar mi reputación. Haría falta mucho más. Encima, ni siquiera sabía cómo ubicarla.

En resumen: después de pasar la tarde entre motores y combustible en los hangares, lo único que necesitaba era una cerveza bien fría, sin tener que lidiar con los malditos reporteros. Por eso me refugié en el bar de mi viejo amigo Tony. No buscaba conversación, ni líos. Solo quería desaparecer un rato.

Entonces lo vi. Tony discutía con una muchacha rubia que no debía pasar de los veintisiete años, con el maquillaje un poco corrido y los ojos verdes chispeando de furia. Parecía más dispuesta a pelear que a dejarse ayudar y cometí la estupidez de abrir la boca para evitar que siga bebiendo.

Y ahora me lanza una mirada que podía incendiar el bar mientras un breve silencio se cola entre nosotros. Finalmente entreabre sus labios.

-¿Te conozco? -escupe, fría como el hielo.

Niego despacio.

-No. Pero parece que necesitas algo más que tequila esta noche.

-Y tú pareces necesitar una patada -revira, levantando una ceja desafiante.

Me contengo para no soltar una carcajada. La mocosa tiene agallas.

-Tranquila -digo, tomando asiento junto a ella-. Solo intento salvarte de morir de cirrosis antes de los treinta.

Bufa y me ignora, enfocándose en su vaso como si yo no existiera. Se lleva otro tequila a los labios como si nada. Tiene estilo, lo admito.

-¿Sabes qué? -apoyo el codo en la barra, acercándome un poco-. No tienes que contarme tus problemas. Solo ven conmigo. Un lugar tranquilo. Una cama cómoda. Te aseguro que dormirás mejor que aquí.

Ella suelta una risa seca.

-¿Me ves cara de idiota? -su voz suena rasposa, cargada de rabia contenida-. No me voy a ir con un desconocido solo porque se cree irresistible.

Me acerco un poco más, bajando la voz.

-No tienes que hacer nada que no quieras -susurro-. Solo propongo que no termines vomitando en este maldito bar delante de todos.

Ella me mira, furiosa, y por un momento creo que va a lanzarme el vaso a la cabeza.

-Estoy perfectamente -gruñe, pero su cuerpo la traiciona: tambalea apenas cuando intenta girarse en el taburete.

Sonrío, sin ocultarlo.

-Claro que sí -hablo, tomándola del brazo antes de que termine en el suelo-. Vamos, mocosa. Ya disté suficiente espectáculo por hoy.

-¡Suéltame, imbécil! -se revuelve, tratando de soltarse, pero su fuerza es ridícula comparada con la mía.

La acerco contra mí, firme, pero sin lastimarla.

-Hazlo fácil -murmuro junto a su oído-. No tienes que confiar en mí. Solo tienes que confiar en que afuera hay diez tipos peores que yo, esperando a ver si te desmayas.

Ella se queda quieta, respirando agitada, mordiéndose el labio inferior con rabia. Sus ojos verdes me fulminan, pero también brillan de frustración.

-Eres un idiota -escupe, pero ya no forcejea.

-Me lo dicen mucho -respondo con una sonrisa ladeada, guiándola hacia la salida mientras le paso un brazo alrededor de la cintura para estabilizarla.

Ella se deja llevar, tensa como un resorte. Tony nos mira desde detrás de la barra, moviendo la cabeza en silencio. Sabe que no va a detenerme, nadie lo hace.

Empujo la puerta del bar con el hombro y la noche fría nos envuelve.

Ella tirita, aunque no dice nada.

-¿Ves? -murmuro-. Ya estás mejorando. Al menos ya no me insultas cada cinco segundos.

Ella bufa, pero se apoya más en mí. Sonrío para mí mismo. Una mocosa furiosa, desconfiada, llena de veneno...pero peligrosa y seductoramente envolvente.

Al día siguiente

Aunque parezca mentira, no pasó nada con la mocosa. Estaba demasiado ebria, ni siquiera recordaba su dirección, y no, eso no significa que la llevé a mi casa. Siendo práctico -y, por una vez, sensato-, opté por dejarla en un hotel. Me comporté como se debe, incluso pagué su estadía. Pero no sé... sigo como un idiota recordando la noche extraña que tuve con esa muchacha. O simplemente hace tanto que ninguna mujer me decía tantas verdades en la cara, sin miedo, sin vueltas.

Me paso una mano por la nuca, gruñendo para mí mismo. ¿Quién carajos era esa mocosa? ¿Por qué no logro sacármela de la cabeza?

De pronto, el sonido de la puerta me arranca de mis pensamientos. Levanto la vista y allí está mi secretaria con su pose habitual: rígida, profesional, siempre impecable.

-Señor Parker, lamento molestarlo. -Hace una breve pausa, incómoda-. Alguien de la familia Collins insiste en verlo. Le dije que no recibe a nadie sin cita previa. ¿Qué desea que haga?

Me enderezo lentamente en el sillón, sintiendo un mal presentimiento instalándoseme en el pecho. ¿Collins? Justo ahora. ¿Quién será? ¿La perra de Hillary o la hija de Alfred?

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Las Alas del Amor

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