Desde hace días había comenzado el solsticio de invierno, donde se celebraba en muchos países el nacimiento del redentor; sin embargo, esta festividad se convirtió a lo largo de los años en algo más banal y emocional, tal es el caso de la Navidad.
Las ventanas yacen abiertas a pesar de la baja temperatura que hace en el exterior, lo cual hace que la habitación deje de ser soportable; pero así lo prefiere el hombre sentado en su escritorio con dos pilas de papeles y un montón de trabajo por delante.
El individuo alza la mirada del documento bajo su bolígrafo cuando percibe la presencia de su consigliere con nuevos documentos, desliza su vista hacia los zapatos del recién llegado, que están cubiertos de nieve y se derretía dejando marcas en el piso.
—Per favore, Adriano —murmura, tiritando del frío.
Le dedica una mirada de desconcierto a su jefe, porque no se nota afectado por el inminente clima de la ciudad de Copenhague.
Adriano es el hombre por el cual muchas mujeres suspiran, al quedar impregnadas por sus rasgos varoniles, a pesar de tener un fuerte temperamento.
Aquel hombre lo mira dedicándole un gesto intimidante a través de sus ojos ámbar, esperando que el otro le comente algo más. El Consigliere prefiere quedarse sumido en silencio, sólo coloca los documentos en un espacio libre del escritorio, llevándose consigo los que están listo para ser entregados.
Adriano se aclara la garganta, esperando con ansias lo que aquella persona de cabello castaño oscuro tenía que decirle; puesto que lo conocía como la palma de su mano.
—Hay un asunto que tratar. —Rompe el incómodo silencio, quedándose de pie cerca de los asientos por alguna orden.
—Ve al grano —exige, concentrándose en los documentos.
—Los Kiev han solicitado una reunión urgente contigo —comenta, sintiéndose incómodo al imaginar la reacción de su jefe—. Tus padres han formalizado un encuentro prematrimonial con una de las hijas de esa familia, específicamente con Nathalie, la hija mayor de éstos.
—No me sorprende —dice, sin una pizca de emociones.
—Eso no es todo —continúa—. Con respecto a la carga que llegaría hoy, ocurrió un imprevisto.
—Dannazione! ¿Qué ha ocurrido? —impone, apretando el bolígrafo con furia.
El Consigliere expande los ojos, teniendo por su vida que se rompa o lo use de dardo contra él.
—El señor Máximo y su grupo lo habían estado esperando.
Cada palabra escuchada aumenta la furia en decibeles a Adriano, era inminente que alguien los había traicionado, y debía pagar por lo que hizo.
—Espero que lo resuelvan pronto —amenaza, golpeando la mesa con el puño—, o de lo contrario me veré en la obligación de encargarme personalmente. —La temperatura ya empieza a hacer efectos—. ¿Algo más qué quieras decirme Nial? Porque déjame decirte que no tengo todo el puro tiempo para tratar contigo, así que habla o te largas.
—¡Qué aburrido! Pareces un viejo amargado que le corta la inspiración a cualquier —bromea, calmando el ambiente tenso al mismo tiempo que se acomoda en la silla de cuero italiano—. Existen teorías, aunque solo espero los resultados de una exhaustiva investigación sobre la supervivencia de “ella”.
Los atisbos de Adriano resplandecen, lo que significa ser una antelación de peligro para mucho, porque despierta a la bestia que se prepara para atacar a su presa.
—Todo está saliendo a la perfección —dice con una sonrisa encantadora, cargada de veneno.
La persona que lo conoce, pensará que es alguien amigable, pero no, sus emociones son de un depredador ansioso por tener entre sus fauces a su presa.
Preparándose para el festín.
—Puedes irte —le ordena, y el Consigliere no lo piensa dos veces, llevándose los documentos que necesitaba.
Este es el momento que ha estado esperando por tanto tiempo, la aparición de esa niña sólo hacia mover los engranes que por tanto tiempo ha estado esperando por cumplir su trabajo.
***
—El señor Di Marco está aquí—avisa Nial a los guardias de seguridad del hotel, donde se llevará a cabo la cita de negocios con la hija mayor de la familia Kiev. Acomodo mi saco de vestir quitándome por fin los lentes oscuros mientras me adentro en el hotel.
Uno de los empleados me guía hasta una de las habitaciones privadas dónde al abrir la puerta se encuentra una dama de veinte y cuatro años de cabello pelirrojo atado en un moño elegante, un vestido rosa pálido acentúa sus caderas y sus grandes pechos.
—Señor Di Marco —saluda extendiendo su mano hacia la mía quien sin dudarlo la acepto depositando un beso en sus nudillos, su perfume floral invade mis fosas nasales de manera desagradable
—Señorita Nathalie, un placer conocerla —esgrimo con una sonrisa galante deslizando por mis labios, las pupilas de sus ojos se dilatan.
—El agrado es enteramente mío, señor Di Marco —acepta.
—Permítame —solicito acomodando su silla.
—Muchas gracias— acomoda discretamente su cabello, inclinando su pecho apenas lo suficiente hacia adelante. No puedo negar que la vista es de lo más agradable —Entiendo que nuestras familias han acordado una reunión cordial para que nos conozcamos mejor y así podamos unir alianzas de ser requerido.
—¿Pero?— la animo a seguir, ella desliza sus manos debajo de su mentón con aquel brillo que tan bien conozco.
—¿Qué prefiere el plato fuerte o el postre? —inquiere, me inclino hacia el frente dando un ambiente de intimidad
—Por supuesto que el postre es mi favorito —pronuncio imponiendo en mis palabras el deseo que busco.
—No perdamos más el tiempo, entonces —estoy de acuerdo con ella, la ayudo a levantarse y juntos salimos del lugar para dirigirnos hacia una de las habitaciones.
Apenas cruzamos la puerta, sus labios ya están sobre los míos, sus manos se deslizan por mis hombros quitándome el saco, mientras que las mías vagan hasta su espalda, encontrando el cierre del vestido, bajándolo lentamente mientras seguimos devorando nuestras bocas, la lujuria siendo el único sentimiento que guía nuestros cuerpos hasta la cama.
Nathalie se despertó cuando me bajaba de la cama. Ella me observa sensualmente, como si deseara algo más. Me levanté para buscar la ropa esparcida por la habitación.
Ella se sienta en el borde la cama. Era obvio que solo había sido un simple capricho, del cual no me arrepentía. Pero no tenía sentimientos encontrados hacia Nathalie, parece demasiado caótica como para querer perder el tiempo en lidiar con ella y sus sentimientos tediosos. Le había dejado claro que solo por placer, dejando a un lado toda clase de emociones.
—Espero que se vuelva a repetir —murmura, pero él no le presta importancia—. ¿Cuándo volveremos a repetirlo?
Él ríe mentalmente. En tus sueños, querida. He estado con mujeres mucho mejores que tú.
—No lo sé —me limitó, encogiendome de hombros—. Pero debo irme, tengo asuntos pendientes que resolver.
—Te entiendo. —Hace pucheros—. Espero que lo hayas disfrutado.
—Lo disfruté como no te imaginas —mentí, fingiendo una sonrisa—. Nos vemos pronto, cariño.
Me aliste lo más rápido que pude, salí del dormitorio, cerrando la puerta con un ligero portazo.
Mientras caminaba hacia el elevador encendí un cigarrillo inhalado hondo dejando que el efecto de la nicotina surta sus efectos dentro de mi sistema, logrando así relajarme.
***
Criatura perfecta.
Arma letal diseñada para odiar y arrasar contra todo aquello que te impida avanzar
Pero dime algo
¿De dónde aprendiste amar si te enseñaron que eras un ser de oscuridad?
¿De dónde salió la luz si apagaron todas las velas?
Dime.
—Que magnífica coincidencia encontrarnos al fin, Ksenia —esgrimo con una sonrisa de suficiencia observando con deleite como lucha unos segundos contra las cuerdas que la sujetan contra la silla, el miedo palpable.
"Exquisito"
Saliendo del hotel mi celular suena dentro del bolsillo de mi pantalón, lo saco antes del tercer tono, el nombre familiar aparece en la pantalla. Lo cual me esperaba, se había tarado.
—¿Cómo te fue con la hija de los Kiev?
Es la primera pregunta que dice mi madre del otro lado de la línea, mientras el auto se estaciona frente a mí, el ballet abre la puerta, una vez dentro él la cierra y el carro arranca adentrándose entre las calles.
—Bien.
Es lo único que digo, podría decirle más cosas como el magnífico intercambio que decidimos tener.
—Eso es perfecto ¿Conversaron acerca del matrimonio?
¿Hablar? No tuvimos tiempo para eso.
—En efecto, llegamos al acuerdo.
Aunque ella quedó más que satisfecha por el resultado.
—Bien. Colgaré, tengo otras cosas que hacer.
Dando por terminada la llamada.
Guarde el celular en mi bolsillo.
No había ninguna razón para volver a encontrarnos de nuevo, no necesita casarme con una niña hija de papis, no quería nada más allá de su cuerpo en mi cama.
Pero había algo molestando desde hace un rato.
La idea de que podía errar en su papel, lo aterraba. Su familia le había inculcado un cariz de perfección en todo lo que ejecutaba y la mínima idea de errar le parecía una traición. Se sentía como si su vida dependiera de lo que decidiera hacer en los próximos días, y esa presión era insoportable.
Descanso la cabeza y empezó a planear cada paso en su mente, cada acción, todo tiene que ser perfecto, sin errores.
Pero primero debía resolver ese problema que lo ha estado molestando durante un rato.
—Donatello —llamo a mi chófer quién me mira a través del espejo retrovisor esperando la orden —Detente aquí y vete a tu casa —digo, el hombre asiente haciendo lo que le digo, pero antes de bajar pregunta.
—¿Estará bien señor?
—Sí, tu esposa debe encontrarse preocupada—y dicho eso él sale, yo tomo su lugar, necesito hacer esto solo por mi cuenta.
Doy vuelta al auto conduciendo sobre la velocidad.
Al hallarme en el sitio que no es más que unas bodegas cerca del puerto, camino entre cargamentos, y más chatarra, hasta llegar al contenedor que busco, la puerta de metal se encuentra semiabierta donde voces en mi lengua paterna hablan seguida de risas que cesan cuando me ven de pie con los lentes de sol negros puestos.
—Vaya, La Parca nos honra con su visita esta noche —susurra entre risas desdeñoso, soltando una tos con sangre, me mira con odio aun desde su posición en el suelo, sendas de moretones le surcan el rostro y por la cantidad de sangre que yace debajo de él necesita atención médica.
Me adentro pisando sangre y barro, camino con aire amenazador hacia quien desde hace tres meses se ha vuelto un dolor de cabeza.
— Máximo —canturreo dando una seña para que levanten al nombrado del suelo, huesos crujen, emite un quejido de dolor y su cara se deforma por el mismo.
No puedo evitar regocijarme de este, tomo su cabello en un puño alzando aún más su cabeza.
—¿Cuándo vas a aprender a no meterte en mi camino? —le pregunto, deslizando ahora sí, la pistola por su frente. Un sudor frío lo empapa. — Podrías estar en tu casa con tu familia disfrutando estas fechas. Pero no —lo lanzo hacia el lado contrario, todos se aleja—. Decidiste fastidiarme —camino hasta él levantándolo con una sola mano, sus falanges se aferran a mi muñeca—¿Sabes qué les pasa a los que me joden Máximo? —busco que me mire a los ojos y al hacerlo encuentro lo que quiero. Su miedo late fuerte como su corazón cuando mis dedos rodean su garganta y oprimen.
—Eres un cobarde Parca, un miserable…
Lo que sea que iba a decir se cortó cuando lo volví a lanzar contra la pared contraria, haciendo que se escuche un sonido metálico ante el impacto. El hombre se levanta apenas.
Suelto una carcajada que hiela la sangre a los demás, que los hace querer salir corriendo de aquí a esconderse. Los iris de Máximo se encuentran con los míos y es entonces que la valentía huye de él y lo hace preso de la desesperación cuando me vuelvo a posicionar frente a él presionando lo contra la pared.
—Abre el hocico— exijo, pero no lo hace, golpeó su estómago y entonces meto el cañón en su boca. Mientras sonrió, apreciando cada momento, bebiendo como un alcohólico las emociones que me muestra.
Lo sabe.
Disparo.
Su sangre me mancha la cara y la pared de metal, su cuerpo cae en un ruido sordo.
Llevo una mano hacia mi cabello acomodándolo.
Que poco me duro la diversión
—Limpien esto —ordeno antes de salir, apreciando el temblor de todos ellos.
Volví a subirme al lamborghini, limpiando mejor las manchas con unos pañuelos, una vez listo guardo todo en una pequeña bolsa negra que introduzco en la guantera, empezando a emprender el trayecto hacia mi departamento.
Pero, la vida, siempre tan juiciosa, se propuso arruinar mis perfectos planes al colocar en mi camino a una chica.
El semáforo estaba en verde, es cuando ocurre, apenas capto lo que está sucediendo frente a mis ojos, una chica de cabello negro cruza la calle corriendo sin mirar direcciones, varios autos se detienen antes de atropellarla. Pero yo fui quien casi por poco no logro evitar el caos inminente.
La chica choca con el capo del coche y cae apenas unos metros lejos, actuó más por instinto, me bajo del auto sacando el celular del bolsillo empezando a marcar a una ambulancia en lo que me arrodilló junto a la joven cerciorándome de que está despierta, no hay sangre.
Bien, puede haber una pequeña contusión cerebral.
—¿Qué? —emite, colocó una mano sobre su pecho evitando que se mueva, sus ojos se conectan con los míos manteniendose allí impasibles pese a la situación
Tiene una herida en la mejilla, pero la peor parte se la llevó su mano izquierda que se empieza a hinchar cada vez más, existe una posibilidad de ruptura. La pierna derecha también muestra varios hematomas que con el pasar de los minutos se van haciendo más grandes.
—No te muevas —ordeno, me concentro en lo que la operadora me pide, una vez término la llamada me quedo allí esperando con su mano rodeando la mía en un apretón fuerte.
Las posibilidades de un daño cerebral van disminuyendo.
Necesito mantenerla despierta hasta que llegue la ambulancia.
—¿Estaré bien?— me pregunta y por primera vez la duda y el desconcierto de alguien no nutre mi alma putrefacta. Asiento. Cuando la ambulancia aparece frente a nosotros.
—Lo estarás. Te lo prometo.
Sí, como si fuera alguna deidad, pero sabía que ella iba a estar bien. En el fondo quería creer que era así.
Los paramédicos bajan a toda prisa justo a la camilla, me intento quitar del medio, pero ella no suelta mi mano, le colocan un collarín y al no poder hacer nada más me veo dentro de la ambulancia rumbo al hospital.
Respondo a todas las preguntas que me hacen, mientas tecleo con una mano a mi Consigliere para que recoja mi auto y dé paso me a mí. Pese a que ella está dormida por la anestesia que le dieron no suelta el agarre, incluso podría decir que este se ha intensificado notablemente.
—Tienes que soltarme —le susurró bajito cuando llegamos al hospital y necesitan hacerle una radiografía metiendo mis dedos entre los suyos buscando que me suelte, aún dormida frunce el ceño. Pero empieza a ceder abriendo los dedos.
Una vez libre se la llevan corriendo, pues hay posibilidades de que exista una hemorragia interna cerebral.
Tal como suponía, Ann tiene el brazo roto al igual que la muñeca, varios moretones y cortes a lo largo del brazo izquierdo y piernas, una posible hemorragia interna también. Su diagnóstico es preocupante, no obstante ella sobrevivirá.
O eso es lo que me dice el médico.
Y por primera vez en toda mi vida me quedo de pie en mitad del hospital sin saber qué hacer o a dónde ir con la sensación de sus falanges aferrados a los míos aún latente en mi piel.
Siento como mi perfecto castillo se ve agrietado por la desviación ocurrida que lleva por nombre Annika, empero lejos de sentirme molesto por ello, no hayo dentro de mí tal sentimiento, tan solo la preocupación por Ann.
¿Cuándo la empecé a llamar Ann?
Necesito volver a mi rutina inalterable.
Salgo fuera del hospital mientras observó como un grupo considerable de personas bajan de un auto a toda velocidad. Pero mi atención se desvía hacia Nial, quien me mira con una sonrisa divertida, apoyado en la puerta del auto.
—¿Quién fue la pobre alma qué choco con tu bebé? —inquiere, suelta una carcajada cuando lo miro con odio.
—Eso no es de tu incumbencia— lo mando a volar quitándole las llaves del coche de un tirón.
—Vamos, cuéntame de las "Flipantes aventuras de la Parca" —se burla entrando al auto del lado del copiloto.
Si, mi Consigliere carece de instinto de supervivencia o conservación de algún miembro, lo cierto es que él no necesita tener cuidado con su boca. Con esa cara angelical es capaz de acabar con veinte hombres reunidos en una habitación y nadie se daría cuenta.
Si ese es Nial Giorgio, el Consigliere de La Parca y una amenaza para la sociedad.
Lo miro de manera amenazadora, aunque esto no surtirá ningún efecto en ese descarado.
—Deberías de dejar de ver esos programas españoles— argumento empezando de nuevo el trayecto por las calles y esta vez cerciorándome de que nadie se atraviese en mi camino o no me va a importar mandarlo a volar sus merecidos dos metros.
Nial a mi lado vuelve a reír, es un caso perdido, siempre lo he dicho, pero es mío a fin y al cabo.
—El evento de año nuevo —empieza informando, colocando algo de música clásica —Se llevará a cabo en la mansión de Alessia.
Le doy una fugaz mirada, no es todo, aprieto el volante entre mis dedos.
—Han encontrado a su heredera—finaliza analizando cada gesto. Una sonrisa de labios cerrados se expande apenas visible con un vistazo rápido, sé cómo se ven mis ojos.
—No podría ser más perfecto
—Estoy de acuerdo
Y juntos nos reímos con malicia del pobre destino de la próxima heredera de Alessia.
No obstante, al llegar a mi departamento creí que aquel sentimiento de plenitud al encontrar todo en orden volvería a mí, pero no fue así.
Sus ojos marrones que no me veían con miedo sino con aquella clase de mirada que jamás había sido dirijida a mi seguís rondando mis recuerdos y por mucho que buscará la manera de desviar o suprimir dicha memoria me veía por primera vez incapaz de hacerlo.
Quería conservar el recuerdo de sus ojos tan fresco como me sea posible.
Porque sabía que Ann y yo jamás nos volveremos a encontrar.
Nuestros caminos se encuentran separados uno del otro, así es como debe ser.
Ese pensamiento no duro lo suficiente, pues allí en el evento de año nuevo en el palco junto a Alessia se encontraba la causa de mi caos.
Ahora lo entendía.
"En este mundo existen dos tipos de personas, los títeres y los titiriteros"
Solo me tocaba sentarme y ver a qué grupo pertenecía.
La heredera de la mafia.