El silencio en la casa ya no era el mismo. Antes, era un silencio de miedo, de esconderse bajo las sábanas y rezar para no ser escuchada. Ahora, era el silencio de un cementerio antes de la profanación. Ana no estaba en su cama. Estaba de pie en medio de la cocina, sumida en una penumbra que solo era interrumpida por el parpadeo débil de una bombilla amarillenta.
Sus manos no temblaban. Había una frialdad antinatural en sus dedos mientras abría el cajón secreto de la alacena, aquel donde su madre guardaba los utensilios de plata y el cuchillo de caza que perteneció al abuelo; una hoja de acero al carbono, larga, afilada como una promesa de muerte. Al tocar el mango de madera, una descarga eléctrica recorrió la columna de Ana. Sus ojos, antes llenos de la luz de los libros, ahora se habían tornado oscuros, profundos, con un brillo que no parecía humano. Era una mirada demoníaca, una mirada que ya no veía personas, sino objetivos.
-Ya es hora -susurró, y su voz no sonó como la de la universitaria que leía poesía. Era un siseo metálico, cargado de un odio que llevaba siglos cocinándose.
Subió las escaleras. Cada escalón que crujía bajo sus pies era un recordatorio de cada vez que él subió para lastimarla. Pero esta vez, el cazador dormía.
Ana entró en la habitación principal. El olor de Erick -esa mezcla de sudor, alcohol y tabaco- inundaba el aire. Él roncaba, con la boca abierta, ajeno a que el destino acababa de cerrar la puerta con llave. Ana se acercó a la cama, moviendo la cabeza con espasmos lentos, de un lado a otro, como si estuviera escuchando una música que solo ella podía oír. Sus pupilas estaban tan dilatadas que el iris casi había desaparecido.
Se posicionó sobre él. El cuchillo brilló bajo la luz de la luna que se filtraba por la cortina rota.
-Despierta, cerdo -dijo Ana en un susurro gélido.
Erick abrió los ojos a medias, confundido por la sombra que se cernía sobre él. Pero no tuvo tiempo de procesar el miedo. Con una fuerza sobrehumana, Ana descargó el brazo. El acero se hundió en la base de su cuello con un sonido húmedo, cortando la tráquea y la yugular en un solo movimiento quirúrgico y brutal.
El hombre intentó gritar, pero de su boca solo brotó un borbotón de sangre caliente que manchó las sábanas blancas. Se llevó las manos a la herida, tratando desesperadamente de retener la vida que se le escapaba por los dedos. Ana no se apartó. Al contrario, se inclinó más, riéndose con una carcajada ronca, desquiciada, que parecía provenir de las profundidades del infierno.
-¿Te duele, Erick? -le preguntó, mientras movía la cabeza con tics violentos-. Esto es lo que se siente perderlo todo. Esto es lo que se siente que te arranquen el alma.
Erick se sacudía, sus ojos estallando de terror mientras veía el rostro de Ana. Ella no parecía su hijastra; parecía una entidad antigua y malvada que disfrutaba del olor a hierro de la sangre fresca. Ella comenzó a mover los ojos de forma frenética, riendo mientras lo veía desangrarse como un animal en el matadero.
-¡Mírate! El gran hombre... ahora solo eres un saco de carne rota -gritó ella, estallando en una risa demoníaca que hacía vibrar las paredes.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Su madre, alertada por los ruidos extraños y la risa escalofriante, entró en la habitación. Al encender la luz, el horror la golpeó de frente. Erick estaba agonizando en un mar de rojo y Ana, cubierta de salpicaduras desde la cara hasta el pecho, sostenía el cuchillo con una sonrisa que le heló la sangre.
-¡Ana! ¡Dios mío, Ana! ¿Qué has hecho? -gritó la mujer, entrando en un estado de shock absoluto, retrocediendo hasta chocar con el marco de la puerta.
Ana giró la cabeza lentamente hacia ella. El movimiento fue mecánico, como el de una muñeca poseída.
-¿Qué he hecho? -preguntó Ana, su voz subiendo de tono-. He hecho lo que tú nunca tuviste el valor de hacer. He terminado con el monstruo que tú metiste en mi cama.
-¡Estás loca! ¡Hija, suelta eso! -sollozó la madre, con las manos temblando frente a su rostro.
-¿Loca? No, mamá. Estoy despierta. Te lo dije... te lo supliqué mil veces -dijo Ana, dando un paso hacia ella mientras el cuchillo goteaba en el suelo-. Te dije que me tocaba, te dije que me dolía, te dije que me estaba destruyendo. ¿Y qué hiciste tú? "Son cosas tuyas, Ana", "Erick es un buen hombre", "Estás imaginando cosas".
-¡No sabía que llegaría a esto! ¡Perdóname! -suplicó la madre, intentando darse la vuelta para correr hacia el pasillo.
Pero la Ana que conocía ya no estaba. La criatura que habitaba su cuerpo se lanzó sobre ella con una velocidad felina. La derribó en el pasillo, justo antes de que pudiera alcanzar las escaleras. Ana se sentó sobre ella, inmovilizándola, mientras su risa se mezclaba con los sollozos de la mujer.
-No me creíste -siseó Ana, clavándole la mirada-. Ahora vas a sentir lo que es que te ignoren mientras te desgarran.
El primer golpe fue al estómago. Luego el segundo. Luego el tercero.
-¡Esto es por cada vez que me diste la espalda! -gritaba Ana mientras hundía el cuchillo una y otra vez-. ¡Esto es por dejarme sola con él! ¡Esto es por tu cobardía!
La madre intentaba poner las manos para defenderse, pero el acero pasaba a través de su carne como si fuera papel. Ana no se detenía. Perdió la cuenta de las veces que clavó el arma. El estómago de la mujer quedó convertido en un rastro de heridas abiertas mientras su vida se apagaba en el suelo de madera.
Ana se detuvo solo cuando sus propios brazos se cansaron de golpear. Se quedó allí, de rodillas, rodeada de los dos cadáveres de las personas que deberían haberla amado y protegido. El silencio regresó, pero esta vez Ana ya no estaba sola. La oscuridad la envolvía como un manto protector.
Se puso de pie, mirándose en el espejo del pasillo. El reflejo le devolvió la imagen de una desconocida con ojos de fuego y rostro manchado de pecado. Se lamió una gota de sangre de la comisura de los labios y sonrió.
-Ahora empieza mi verdadera historia -dijo, mirando hacia el horizonte, imaginando las luces de París-. En un mundo de lobos, yo seré la reina de la manada.
Ana caminó hacia el baño, no para llorar, sino para lavarse y preparar su maleta. Tenía un avión que tomar y un imperio que conquistar. El rastro de muerte que dejaba atrás era solo el prólogo de su ascenso al poder.
París no era la ciudad del amor que Ana había leído en sus libros de literatura. Para ella, París era una extensión de su propia sombra: fría, indiferente y llena de callejones que susurraban secretos prohibidos. Había llegado con el poco dinero que logró arrebatarle al cadáver de Erick y una maleta cargada de ropa sencilla y un odio que todavía le quemaba las entrañas.
Durante las primeras semanas, Ana intentó aferrarse a los restos de su antigua vida. Recorrió librerías, cafés y oficinas buscando un empleo digno. Pero el mundo no tenía espacio para una joven extranjera sin papeles, con una mirada que intimidaba a los reclutadores y unas manos que parecían buscar constantemente algo que degollar. El hambre empezó a apretar, y el frío de la noche parisina le recordó que, en este mundo, la belleza sin poder es solo una invitación a la tragedia.
Fue una noche de neblina espesa cuando sus pasos la llevaron al distrito de Pigalle. Allí, las luces de neón rojas teñían el pavimento como la sangre que dejó atrás en su casa. Se detuvo frente a un bar de fachada oscura y elegante, un lugar donde el lujo se mezclaba con el vicio: "Le Miroir Noir".
Ana entró. El aire estaba saturado de perfumes caros y humo de tabaco de alta gama. Detrás de la barra, una mujer de unos cincuenta años, vestida con seda negra y joyas ostentosas, la observaba con ojos de águila. Era Marta, la dueña del local, una mujer que había visto nacer y morir mil destinos en ese bar.
-Busco trabajo -dijo Ana, plantándose frente a ella. Sus ojos seguían teniendo ese brillo demoníaco que nació la noche de la matanza.
Marta soltó una carcajada seca, dejando su copa de cristal sobre la barra.
-Aquí no necesitamos meseras, niña. Y por tu cara, no creo que sepas limpiar baños. En este lugar, las mujeres venden lo único que los hombres no pueden comprar con amor: placer. Solo hay trabajo de prostituta. ¿Lo quieres o te vas a seguir muriendo de hambre en la calle?
Ana no parpadeó. Recordó el peso de Erick sobre ella y la cara de su madre ignorando sus gritos. El pudor era un lujo que ya no poseía.
-Lo acepto -respondió con una voz que heló la sangre de Marta por un segundo.
Marta sonrió, satisfecha. No perdió el tiempo. Señaló con la barbilla hacia un rincón sombrío, donde un hombre de traje impecable y cabello canoso bebía un whisky de malta.
-Ves a ese cliente en la mesa 122. Es el senador Dupont, un político muy reconocido y respetado en esta ciudad. Un hombre poderoso que paga bien por su discreción. Él será tu primer cliente esta noche. Considéralo tu bautizo.
Ana sintió una punzada de sorpresa, pero no de miedo.
-¿Tan rápido voy a empezar a trabajar? -preguntó, arqueando una ceja-. Pensé que me pondrías a prueba, o que me enseñarías cómo funciona este lugar.
Marta se inclinó hacia adelante, su rostro a pocos centímetros del de Ana.
-Escúchame bien, niña. ¿Quieres trabajar sí o no? No estoy aquí para perder el tiempo contigo ni para ser tu maestra de modales. El senador tiene hambre, y tú tienes una deuda que empezar a pagar. Muévete.
Ana asintió. Marta la presentó formalmente y, en cuestión de minutos, el político la conducía hacia una de las habitaciones privadas en el piso superior. El senador Dupont no perdió el tiempo en galanterías. En cuanto la puerta se cerró y el candado hizo clic -un sonido que a Ana ya no le provocaba terror, sino una sed de sangre insaciable-, el hombre mostró su verdadera cara.
-Quítate la blusa -ordenó el político con un tono despectivo, sentándose en el borde de la cama-. He tenido un día difícil en el congreso y no tengo paciencia. Muévete, pedazo de carne.
Él se acercó a ella con brusquedad, tratándola como si fuera un objeto inanimado. Sus manos eran toscas, y mientras le desabrochaba la blusa con violencia, comenzó a insultarla en francés, creyendo que ella no entendía el peso de sus palabras. Pero Ana no estaba escuchando sus insultos; estaba sintiendo el metal frío oculto en su espalda, sujeto bajo el elástico de su falda. El mismo cuchillo que había reclamado la vida de su familia en aquel pueblo lejano.
Cuando el senador la empujó hacia la cama y se inclinó sobre ella, creyendo que tenía el control total, Ana actuó. Con una agilidad que desafiaba cualquier rastro de humanidad, sacó el arma.
-Esto es por todos los que creen que el poder les da derecho sobre el cuerpo de los demás -susurró Ana al oído del hombre.
El acero se hundió profundamente en el estómago del político. Él abrió los ojos de par en par, tratando de gritar, pero Ana le tapó la boca con la misma frialdad con la que Erick lo había hecho con ella. Pero esta vez, ella era la que tenía el cuchillo. Lo apuñaló una, dos, tres veces, hasta que el "respetable" político se convirtió en un guiñapo sangriento sobre las sábanas de seda.
Ana salió de la habitación corriendo, con la blusa manchada de carmesí y el cuchillo aún en la mano. Al bajar las escaleras, el caos estalló. Matteo, el jefe de seguridad del político, un hombre enorme y armado, la vio y se lanzó sobre ella para detenerla.
-¡Detente, maldita perra! ¡Vas a morir por esto! -gritó Matteo, extendiendo sus manos para atraparla por el cuello.
Ana se preparó para morir luchando, pero antes de que los dedos de Matteo la tocaran, una voz profunda y autoritaria retumbó en todo el salón, deteniendo el tiempo mismo.
-Suéltala, Matteo. O la próxima bala no irá a tu hombro, sino a tu frente.
De entre las sombras del área VIP surgió un hombre cuya presencia era tan imponente que incluso las luces del bar parecían atenuarse a su paso. Era Louis Dubon. Vestía un traje de tres piezas hecho a medida, y en sus ojos había una inteligencia peligrosa, la mirada de alguien que ha caminado por el infierno y ha regresado como su dueño.
Louis hizo un gesto casi imperceptible con la mano y dos de sus propios hombres desarmaron a Matteo en un parpadeo. Louis caminó hacia Ana, ignorando el cuerpo del político que seguramente ya estarían descubriendo arriba. Se detuvo frente a ella, observando la sangre en su rostro y el fuego que aún ardía en sus ojos.
-Matar a un senador es un movimiento audaz... o muy estúpido -dijo Louis con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos-. Pero me gusta la forma en que sostienes ese cuchillo. Tienes alma de cazadora.
Ana, que nunca se había sentido pequeña ante nadie, sintió cómo su corazón daba un vuelco. No era miedo. Era una admiración eléctrica. Louis representaba todo lo que ella quería ser: el poder absoluto, la elegancia de la muerte, la invulnerabilidad. En ese momento, mientras la sangre del político aún estaba caliente en sus manos, Ana se sintió irrevocablemente atraída por el hombre que acababa de salvarla.
-Viene conmigo -sentenció Louis, mirando a Marta, quien se había quedado muda de terror.
Louis tomó a Ana por el brazo, no con la rudeza del político o de Erick, sino con la firmeza de un dueño reclamando su posesión más valiosa. La escoltó fuera del bar hacia un auto negro blindado que esperaba en la acera.
-¿A dónde me llevas? -preguntó Ana mientras el auto se alejaba de Pigalle.
-A mi departamento -respondió Louis, mirándola de reojo mientras encendía un cigarrillo-. París es pequeña para alguien que acaba de matar a un senador. Si vas a estar en este mundo, Ana, mejor que estés bajo mi protección. Y yo no protejo a cualquiera.
Ana lo miró fijamente. En la penumbra del auto, Louis parecía un dios oscuro. Ella sabía que esto no era solo un rescate; era el inicio de algo mucho más peligroso. Pero mientras se perdían en las avenidas de París, Ana se dio cuenta de que no solo quería su protección; quería estar a su lado, quería aprender de él, quería que el mundo temblara cuando mencionaran sus nombres.
Esa noche, Ana no solo encontró un refugio; encontró el espejo de su propia oscuridad en Louis Dubon.