Capítulo 2

El calor de Jerez en verano es sofocante, pero en la fiesta de la bodega de mi marido, el aire acondicionado mantenía un frío artificial.

Isabella, la amante de Mateo, lucía un vestido de flamenco hecho a medida, rojo como la sangre, mientras guiaba a un grupo de invitados por la sala de barricas.

Mi hija Lucía, de seis años, se aferraba a mi mano, observándola con una desconfianza impropia de su edad.

De repente, un grito agudo.

El vino tinto manchaba el impoluto vestido de Isabella.

Sus ojos buscaron inmediatamente a mi hija.

"¡Ha sido ella! ¡Esta niña malcriada me ha tirado la copa encima!"

Lucía negó con la cabeza, sus pequeñas coletas temblando.

"No he sido yo. Tú te has tropezado sola."

Mateo se acercó, su rostro una máscara de irritación. No miró a nuestra hija, solo a Isabella.

"¿Qué ha pasado?"

"¡Tu hija, Mateo! ¡Me ha arruinado el vestido y se niega a disculparse!"

Él finalmente bajó la vista hacia Lucía, su voz fría como el hielo.

"Lucía, pide perdón a Isabella."

"Pero papá, yo no he hecho nada."

La paciencia de Mateo se agotó. Agarró a Lucía bruscamente por el brazo.

"No solo eres una mentirosa, sino que además eres maleducada. Tu madre no te está enseñando nada bueno."

Me interpuse entre ellos.

"Mateo, es solo una niña. Y es solo un vestido."

Él se rio, una risa cruel que no llegó a sus ojos.

"¿Solo un vestido? Esta es mi casa, mi fiesta. Y esta niña es mi vergüenza."

Luego, su mirada se volvió malvada.

"Ya que le gusta tanto la bodega, pasará la noche en una. La bodega vieja. Sola."

Mi sangre se heló. La bodega vieja era un sótano abandonado, húmedo, sin ventilación y lleno de alimañas.

"No puedes hacer eso. Es peligroso. Hay escorpiones."

Mateo sonrió con desprecio, dirigiéndose a mí.

"¿Y qué? Tú eres la experta, ¿no? La gran enóloga que entiende el 'terroir' y los microbios. Con una madre como tú, ¿acaso puede morir ahí dentro?"

Me empujó a un lado y arrastró a Lucía, que lloraba y me llamaba a gritos.

"¡Mamá! ¡Mamá, ayúdame!"

Los invitados desviaban la mirada, incómodos pero en silencio. Nadie se atrevía a contradecir al dueño de la finca.

Vi cómo la pesada puerta de madera de la bodega vieja se cerraba, encerrando a mi hija en la oscuridad. El sonido del cerrojo al girar fue el sonido de mi mundo rompiéndose.

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Capítulo 3

Corrí tras Mateo, agarrando su brazo con desesperación.

"¡Sácala de ahí, por favor! ¡Es solo una niña, Mateo! ¡Tendrá miedo!"

Él se zafó de mi agarre con violencia.

"Que aprenda. Es hora de que alguien le quite la arrogancia que ha heredado de ti."

Isabella se acercó, poniéndose a su lado, una sonrisa triunfante en sus labios.

"Ana, querida, no seas tan dramática. Solo es una noche. Le vendrá bien para reflexionar."

La miré, el odio creciendo en mi interior.

"Tú lo has provocado todo."

Ella se encogió de hombros.

"Quizás. Pero él me cree a mí."

Mateo me acorraló contra la pared, su rostro a centímetros del mío. Su aliento olía a vino caro y a crueldad.

"¿Sabes cuál es tu problema, Ana? Que sigues pensando que tienes algún derecho aquí. Nunca olvides por qué te casaste conmigo."

Su voz bajó a un susurro venenoso.

"Usaste a esa niña para atraparme, para tener acceso a mi pago, a mis viñedos centenarios. Creíste que un embarazo te convertiría en la señora de la casa."

Isabella añadió leña al fuego.

"La verdad es que fui yo quien tiró el vino. Me tropecé. Pero tu hija me miró mal. Me llamó 'la mujer mala que roba a papá'. Alguien tenía que ponerla en su sitio."

El descaro me dejó sin aliento. La maldad era tan abierta, tan desnuda.

Sentí una náusea profunda.

"Quiero el divorcio," dije, mi voz temblando pero firme. "Déjame llevarme a Lucía y te daré el divorcio. No quiero nada tuyo."

La cara de Mateo se transformó. La ira pura reemplazó su desprecio.

Sus manos se cerraron alrededor de mi cuello.

No apretó fuerte, solo lo suficiente para que sintiera su poder, su control absoluto.

"¿Divorcio? ¿Tú me pides el divorcio a mí?" siseó. "Tú no decides cuándo se acaba este juego. Lo decido yo. Y ahora mismo, me estoy divirtiendo."

Me soltó y me caí al suelo, tosiendo, buscando aire.

Él e Isabella se alejaron riendo, dejándome sola en el pasillo, con el eco de sus pasos y el llanto ahogado de mi hija en mi cabeza.

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