Capítulo 2

El Aeropuerto Internacional de la ciudad nunca había parecido tan pequeño a los ojos de Ivy. Tres años atrás, había cruzado esas mismas puertas con una maleta rota, los ojos hinchados de tanto llorar y el alma hecha jirones. Hoy, el aire acondicionado de la terminal privada se sentía como un susurro de bienvenida para la mujer que descendía de su jet ejecutivo Gulfstream G650.

El sonido de sus tacones de aguja, unos Stiletto de suela roja, golpeaba el suelo de granito con una cadencia metálica y decidida. Ya no era el paso vacilante de la chica que caminaba sobre cáscaras de huevo para no despertar la ira de un hombre ciego. Era el paso de una cazadora.

Ivy se ajustó sus gafas de sol sobredimensionadas de la marca Celine, ocultando unos ojos que habían visto demasiada miseria como para volver a mostrar debilidad. Vestía un traje de dos piezas de seda color crema que se ajustaba a su figura con una precisión arquitectónica. Su cabello, antes largo y descuidado, ahora lucía un corte bob asimétrico perfectamente peinado que enmarcaba un rostro más afilado, más maduro, más letal.

-Señora Sterling, el equipo de seguridad la espera en la salida 4 -dijo Julian, su mano derecha, caminando medio paso detrás de ella mientras revisaba una tableta-. Los informes de la subasta del terreno en el Distrito Financiero están listos. Blackwood Enterprises ha estado moviendo sus fichas agresivamente esta mañana. Creen que el terreno es suyo.

Ivy esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Una sonrisa que era puramente profesional y peligrosamente gélida.

-Que lo crean -respondió ella. Su voz había bajado un octavo, perdiendo la fragilidad de la juventud y ganando la textura de la autoridad-. La confianza es el primer paso hacia la caída. ¿Cómo está Leo?

La mención de su hijo fue lo único que suavizó momentáneamente la línea dura de sus hombros.

-Llegó a la residencia privada hace una hora con la niñera. Se está adaptando bien. Preguntó por usted, pero le dije que la "Reina de las Casas" tenía un reino que reclamar.

Ivy asintió. "La Reina de los Bienes Raíces". Ese era el apodo que la prensa financiera de Londres y Nueva York le había otorgado después de que lograra revitalizar el sector inmobiliario en zonas de conflicto y convertir ruinas industriales en los lofts más caros del mundo. Había operado bajo el nombre de Ivy Sterling, borrando cualquier rastro de la "Ivy Sinclair" que fue expulsada bajo la lluvia.

Al salir de la terminal, un convoy de tres camionetas negras blindadas la esperaba. Los guardaespaldas abrieron la puerta trasera del vehículo central con una reverencia sincronizada. Ivy entró, sumergiéndose en el aroma a cuero nuevo y silencio absoluto.

Mientras la camioneta avanzaba por las calles de la ciudad que una vez la despreció, Ivy observó el paisaje urbano a través de los cristales tintados. Pasaron frente a la antigua mansión de sus padres. Había un cartel de "Embargado" en la reja. Sus labios se curvaron ligeramente. Había sido su primera transacción desde el extranjero: comprar las deudas de su familia biológica a través de terceros y dejar que el banco hiciera el trabajo sucio. No por necesidad, sino por orden.

-Pon las noticias locales -ordenó Ivy.

Julian encendió la pantalla integrada en el respaldo del asiento delantero. La imagen de un hombre inundó la cabina. Damian Blackwood.

Se veía igual, y sin embargo, diferente. La ceguera le había dado una cualidad vulnerable que ahora había desaparecido por completo, reemplazada por una arrogancia depredadora. Estaba dando una entrevista frente al sitio de construcción de lo que pretendía ser la "Torre Blackwood", el centro comercial más grande de la región. A su lado, aferrada a su brazo con una sonrisa de porcelana, estaba Elena.

Elena Sinclair lucía joyas que Ivy reconoció de inmediato: la colección de esmeraldas de la familia Blackwood. Las mismas que Damian le había prometido a Ivy en una noche de debilidad en la oscuridad, llamándola "su tesoro".

-...estamos entusiasmados por cerrar esta adquisición mañana -decía Damian a la cámara, su voz profunda enviando un eco de memoria involuntaria por la columna de Ivy-. No hay nadie en esta ciudad capaz de superar la oferta de Blackwood Enterprises por el terreno de la calle 5. Es el pilar de nuestro futuro.

Ivy extendió su mano delgada, de uñas perfectamente pintadas en color borgoña, y apagó la pantalla con un toque seco.

-Julian, ¿cuál es el presupuesto máximo que Damian aprobó para esa subasta?

-Doscientos cincuenta millones, señora. Sus asesores le han dicho que es una cifra imbatible dado el estado actual del mercado local.

-Prepara la transferencia para trescientos millones -dijo Ivy con naturalidad, como si estuviera ordenando un café-. Y asegúrate de que el depósito provenga de la cuenta de Phoenix Estate. Quiero que mi nombre sea lo último que vea antes de que se dé cuenta de que ha perdido el suelo que pisa.

-Entendido. Por cierto, la gala benéfica de la Fundación del Hospital General es esta noche -añadió Julian con cautela-. Todos los nombres importantes de la ciudad estarán allí. Incluyendo a los Blackwood. Sería la plataforma perfecta para su presentación oficial.

Ivy miró por la ventana. Estaban cruzando el puente que conectaba el distrito residencial con el corazón financiero. Abajo, el río corría turbio por las recientes lluvias. Recordó el sabor del agua de lluvia en su boca aquella noche, mezclada con la humillación y el dolor del parto prematuro que casi le arrebata la vida semanas después en un hospital público de otro país.

-Esta ciudad tiene memoria corta, Julian -comentó ella, más para sí misma que para él-. Creen que la tragedia es algo que les sucede a los demás. Se olvidan de lo que sucede cuando dejas a alguien sin nada. Alguien que no tiene nada que perder, lo tiene todo por ganar.

-¿Asistirá entonces?

Ivy se quitó las gafas de sol. Sus ojos verdes, ahora fríos como esmeraldas bajo cero, se reflejaron en el espejo retrovisor.

-Oh, iré. Pero no iré como una invitada. Iré como el recordatorio de todos sus pecados. Quiero el vestido rojo que llegó de Milán. El que parece sangre bajo las luces de cristal.

-¿Quiere que anuncie su llegada?

-No. Quiero que el silencio hable por mí. Cuando entre en ese salón, quiero que Damian Blackwood sienta el mismo escalofrío que sintió el día que recuperó la vista. Pero esta vez, no será por alivio. Será por terror.

La camioneta se detuvo frente a un rascacielos de cristal y acero que servía como sede temporal de Phoenix Estate. Ivy bajó del vehículo, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Una ráfaga de viento levantó un poco de polvo del suelo, recordándole que el mundo seguía girando, incluso para aquellos que se creían dioses.

Caminó hacia la entrada, donde un ejército de empleados ya estaba alineado para recibirla. Ella no los miró. Su mente estaba en una suite de hotel de cinco estrellas donde un niño de tres años con los mismos ojos grises de Damian la esperaba para jugar. Leo era su debilidad, pero también su fuerza. Él era la razón por la que no se conformaría con recuperar lo que le quitaron; ella quería el imperio entero.

-Julian -dijo antes de entrar al ascensor privado.

-¿Sí, señora Sterling?

-Asegúrate de que Elena reciba una invitación personal... enviada a su nombre de soltera. Solo para recordarle que los títulos de "esposa" son tan fáciles de quitar como un vestido usado.

Las puertas del ascensor se cerraron, ocultando la expresión de Ivy mientras ascendía hacia la cima de su torre. El juego había comenzado. La Reina de los Bienes Raíces no estaba de vuelta para reclamar un lugar en la mesa. Estaba de vuelta para volcar la mesa y quemar el salón. Y Damian Blackwood, el hombre que una vez llamó a su amor "asco", estaba a punto de descubrir que no hay nada más caro en este mundo que el perdón de una mujer que aprendió a construir imperios sobre sus propias ruinas.

Capítulo 3

El salón del Hotel Grand Regency era un santuario de opulencia, diseñado para que los hombres más poderosos de la ciudad se sintieran como los arquitectos del destino. Bajo las colosales lámparas de araña, el aire estaba saturado con el aroma de habanos caros, perfumes de nicho y el olor metálico del dinero moviéndose en cuentas invisibles.

Ivy Sterling se encontraba en el balcón del segundo piso, oculta tras una columna corintia y las sombras de las pesadas cortinas de terciopelo. Desde esta posición elevada, el salón principal parecía un tablero de ajedrez, y ella era la jugadora que observaba las piezas antes de hacer su primer movimiento.

No llevaba el vestido rojo todavía; para este evento previo a la subasta, había elegido un traje sastre de seda negro carbón con un escote vertiginoso y hombreras afiladas. En su mano, una copa de champán Bollinger permanecía intacta, las burbujas subiendo y muriendo como las ambiciones de los hombres que estaban abajo.

-Allí está -susurró Julian, posicionándose a su lado con la discreción de una sombra.

Ivy no necesitó que él señalara. Sus ojos ya lo habían encontrado.

Damian Blackwood estaba en el centro del salón, rodeado por un círculo de admiradores y socios que asentían a cada una de sus palabras como si fueran mandamientos. La ceguera, que una vez lo hizo parecer una estatua de mármol herida, había sido reemplazada por una vitalidad depredadora. Se movía con la confianza de un hombre que sabe que es el dueño del oxígeno en la habitación.

Ivy apretó el tallo de su copa. Verlo de cerca, después de tres años de alimentarse solo de recortes de prensa y fotos granuladas, provocó una reacción visceral en su cuerpo. Una punzada de náusea mezclada con una descarga de adrenalina que le hizo hormiguear las puntas de los dedos.

Se ve igual, pensó con amargura. La misma mandíbula cuadrada, el mismo cabello oscuro peinado hacia atrás con precisión, la misma forma en que colocaba una mano en el bolsillo de su pantalón mientras la otra sostenía una copa.

-Parece que los rumores sobre su "nueva y feliz vida" son el tema de la noche -comentó Julian, observando la escena-. Dicen que los Blackwood son el estándar de oro de la estabilidad.

Ivy soltó una risa seca, un sonido sin rastro de humor.

-La estabilidad construida sobre una tumba siempre parece perfecta hasta que el suelo cede, Julian. Mira a Elena.

A unos pasos de Damian, Elena Sinclair -ahora oficialmente presentada como la futura señora Blackwood- resplandecía bajo las luces. Llevaba un vestido de seda rosa pálido, diseñado para proyectar una imagen de inocencia y dulzura. Se movía entre los invitados, tocando brazos y riendo con la elegancia ensayada de una reina consorte.

Sin embargo, desde su posición privilegiada, Ivy podía ver lo que los demás ignoraban. Elena buscaba constantemente la mirada de Damian, buscando validación, buscando una señal de que él realmente estaba allí con ella. Y cada vez que ella le tocaba el brazo, Ivy notaba una mínima tensión en el hombro de Damian. Un ligero endurecimiento que solo alguien que había pasado un año estudiando cada uno de sus espasmos musculares podría reconocer.

-Ella está asustada -diagnosticó Ivy en voz baja-. Teme que el espejo se rompa. Y tiene razón en tener miedo.

En ese momento, Damian levantó la cabeza. Fue un movimiento instintivo, como el de un animal que percibe un cambio en la presión del aire. Sus ojos grises, antes perdidos en la neblina de la ceguera, ahora escanearon el salón con una claridad aterradora.

Ivy no se movió. No se ocultó más. Se quedó allí, en la penumbra del balcón, observándolo a través del cristal de su copa. Por un segundo eterno, las miradas de ambos parecieron alinearse. Damian frunció el ceño ligeramente, sus ojos deteniéndose en el balcón del segundo piso.

Ivy sintió un tirón en el centro de su pecho. ¿La reconocería? ¿Podría la memoria del alma superar el cambio físico y la distancia de tres años de odio?

-Damian, querido, el alcalde quiere saludarte -la voz de Elena, incluso desde la distancia, rompió el hilo invisible que conectaba a Ivy con su pasado.

Damian parpadeó y desvió la mirada, volviendo su atención a su prometida. El momento se había desvanecido.

-No me ha reconocido -dijo Ivy, y no supo si la punzada que sintió fue alivio o un nuevo tipo de dolor-. Para él, soy solo una sombra más en un balcón. Un error del paisaje.

-Eso es una ventaja estratégica, señora Sterling -le recordó Julian-. El elemento sorpresa es nuestro activo más valioso. Si él supiera quién es usted, cerraría las puertas antes de que pudiéramos cruzar el umbral.

-Lo sé -respondió ella, tomando finalmente un sorbo de champán. El líquido estaba frío y amargo, justo como sus pensamientos-. Pero hay algo insultante en que el hombre que juró que mi presencia le daba "asco" ni siquiera pueda sentir mi odio desde el otro lado de la habitación.

Ivy observó cómo Damian se alejaba hacia el área VIP, con el brazo de Elena entrelazado con el suyo. Recordó la última vez que ella había estado así con él. Fue una noche antes de la cirugía, cuando él, sumido en una depresión profunda, se había aferrado a su mano y le había susurrado: "Eres lo único real que tengo en este mundo, Elena".

Él le había dado esas palabras a la mujer equivocada. Y ahora, Ivy se aseguraría de que él pagara por cada mentira que Elena le había hecho creer, y por cada verdad que él se había negado a ver.

-¿Cuáles son los siguientes pasos? -preguntó Julian, viendo que Ivy dejaba la copa vacía sobre una mesa auxiliar.

-Mañana es la subasta del terreno en la calle 5 -dijo Ivy, recuperando su máscara de hierro-. Damian cree que el terreno es la piedra angular de su futuro imperio comercial. Cree que nadie tiene el capital ni la audacia para desafiarlo en su propia ciudad.

-Y nosotros vamos a demostrarle que el mundo es mucho más grande que su oficina -asintió Julian.

Ivy se dio la vuelta, dándole la espalda al salón y a Damian. Ya no necesitaba mirar más. La imagen de él, triunfante y ciego a la realidad, era todo el combustible que necesitaba para los meses venideros.

-Julian, haz los arreglos. No quiero que Phoenix Estate aparezca en los registros hasta el último segundo posible. Quiero que el martillo caiga antes de que él siquiera sepa que estoy en la subasta.

-¿Y respecto a la gala de mañana por la noche?

Ivy se detuvo en el umbral de la salida del balcón. La luz de la luna golpeaba su rostro, resaltando la frialdad de sus facciones.

-Mañana por la noche, Damian Blackwood finalmente podrá usar sus ojos para ver algo que no olvidará en el resto de su vida -dijo Ivy con una voz que sonaba como el filo de una guillotina-. Mañana conocerá a la mujer que ha venido a cobrar su deuda.

Mientras Ivy bajaba por las escaleras de servicio para evitar ser vista, en el salón principal, Damian Blackwood se detuvo en seco en medio de una conversación con el alcalde.

-¿Pasa algo, Damian? -preguntó Elena, notando su distracción.

Damian volvió a mirar hacia el balcón vacío del segundo piso. No había nadie allí, solo las sombras y el movimiento de las cortinas por el aire acondicionado. Sin embargo, una sensación extraña, una especie de eco sensorial, le recorría la nuca. Un aroma familiar, una mezcla de jazmín y algo metálico, parecía flotar en el aire, recordándole noches que prefería olvidar.

-No es nada -respondió Damian, aunque su voz sonó más tensa de lo habitual-. Solo una corriente de aire.

Pero por dentro, el magnate sintió una inquietud que no podía explicar. Por primera vez en tres años, la seguridad absoluta de su mundo parecía tener una pequeña y casi imperceptible grieta. Y en el exterior del hotel, Ivy subía a su limusina, con el corazón latiendo con una furia fría, lista para hacer que esa grieta se convirtiera en un abismo que lo tragara todo.

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