La boda fue una ceremonia rápida y sin alegría, celebrada en un rincón olvidado de la finca para no manchar el prestigio de la familia. Mi padre apenas me miró, su rostro era una máscara de decepción. Luciana y Máximo observaban desde lejos, disfrutando de mi caída.
Nos dieron una pequeña cabaña cerca de los establos. El olor a heno y a caballo era constante, un recordatorio de mi nuevo estatus.
Pero para mí, era un refugio.
"Lo siento," dijo Patrick esa noche, su voz era grave y tranquila. Estábamos sentados en la pequeña mesa de madera, la única decoración en la habitación.
"¿Por qué?" le pregunté, genuinamente curiosa.
"Por esta humillación. No mereces esto."
Lo miré. En sus ojos no había lástima, sino un profundo respeto. Recordé su amabilidad en mi vida pasada, un pequeño faro en mi oscuridad.
"No es una humillación si yo no lo considero así," respondí. "Gracias por aceptar."
Él asintió lentamente, como si entendiera algo más allá de mis palabras.
Los días siguientes establecieron una nueva rutina. Máximo y Luciana vivían en la gran mansión de los Castillo, una vida de lujo y expectativas. Los rumores decían que Máximo sometía a Luciana a extraños rituales para asegurar la concepción del niño perfecto. La presionaba constantemente, su ambición era una carga pesada sobre ella.
Mientras tanto, yo vivía una vida simple. Ayudaba a Patrick con los caballos. Aprendí a cepillarlos, a limpiar sus establos, a hablarles en susurros. Los animales, que en mi vida pasada me habían aterrorizado, ahora me traían paz. Patrick era un maestro paciente y silencioso. Sus manos, aunque ásperas por el trabajo, eran increíblemente gentiles con los animales y conmigo.
Una tarde, Luciana vino a verme. Llevaba un vestido caro que parecía fuera de lugar en el barro de los establos.
"Hermanita," dijo con una sonrisa falsa. "¿Disfrutando de tu nueva vida?"
"Es tranquila," respondí, sin dejar de cepillar a un caballo.
"Máximo y yo vamos a tener un hijo pronto," anunció, tocándose el vientre plano. "Será el más grande matador de la historia. Y tú... tú te pudrirás aquí con tu mozo de cuadra."
Su envidia se había transformado en una crueldad abierta.
"Ten cuidado, Lina. A veces, la gente que cae tan bajo... simplemente desaparece."
Sus palabras eran una amenaza velada. No le hice caso, o al menos, eso aparenté.
Unos días después, mientras caminaba cerca del viejo viñedo, Luciana apareció de nuevo. Esta vez no estaba sola. Dos hombres corpulentos, sirvientes de los Castillo, la acompañaban.
"Lina, quería mostrarte algo," dijo, su voz era extrañamente dulce.
Me guio hacia una parte abandonada de la finca, donde se encontraba un pozo antiguo, cubierto de musgo y malas hierbas. El "Pozo de las Ánimas", lo llamaban. La leyenda decía que las almas perdidas quedaban atrapadas allí.
"Dicen que si pides un deseo aquí, se cumple," dijo Luciana, parándose al borde.
Sentí un escalofrío. Sabía que esto era una trampa.
"No tengo ningún deseo," dije, retrocediendo.
"Oh, yo sí tengo uno," susurró. Y con una fuerza sorprendente, me empujó.
Perdí el equilibrio. Mis manos arañaron el aire. Mi último pensamiento fue de ira, no de miedo. ¿Iba a morir así otra vez, por culpa de la misma persona?
Caí en la oscuridad fría del pozo. El golpe contra el agua helada me dejó sin aliento.