"¿Papeles de divorcio?". Belinda se puso pálida al mirarlo, y sus labios comenzaron a temblar.
Por su parte, la expresión de Lucas se mantuvo indiferente. "Me casé contigo solo para apaciguar a mi padre y mantener a Verena fuera de peligro. Ahora que ella ha vuelto, puedo garantizar su seguridad".
Ella captó de inmediato la implicación de sus palabras.
Su matrimonio había sido meramente una jugada estratégica. Con su objetivo cumplido, él ya no veía ninguna utilidad en ella, una esposa que solo le causaba vergüenza.
Al pensar en eso, Belinda sonrió de repente. Pero su sonrisa estaba llena de resignación y amarga ironía.
Lo miró, con la tristeza reflejada en sus ojos, aunque aún se aferraba a un hilo de esperanza. "Lucas, en todos nuestros años juntos, ¿no fui más que una herramienta conveniente para ti?".
A su alrededor, la risa estalló, despectiva y aguda. "¿Está delirando? ¿De verdad cree que Lucas podría sentir algo por ella?".
"¿Acaso no se ha visto en un espejo? ¡Es horrible!".
Sin hacer caso a los crueles insultos, Belinda mantuvo su mirada fija en Lucas. Su determinación por una respuesta era palpable.
Con una voz fría, él respondió: "Sí".
Los ojos de Belinda se llenaron de lágrimas inmediatamente.
En ese momento, sintió que le arrancaban el corazón, lo arrojaban al suelo y lo aplastaban sin piedad.
El dolor la consumió.
A Belinda se le escapó una risa hueca, llena de desesperación. "Entiendo", dijo.
Asintió lentamente, aceptando su destino. "Firmaré los papeles de divorcio cuando llegue a casa".
"Nos vemos mañana a las diez en el registro civil", sentenció Lucas fríamente. Luego se dio la vuelta y se sentó de nuevo en el sofá.
Belinda caminó con pasos pesados hacia la puerta para irse.
En ese momento, se escuchó la delicada voz de Verena. "Lucas, estoy demasiado llena. ¿Puedo tirar este pastel?".
Al oír eso, Belinda se congeló.
"Por supuesto", respondió él.
Ante esa contestación, ella cerró los ojos, dejando que sus lágrimas se mezclaran con las gotas de lluvia en su rostro.
Salió de la habitación rápidamente y se dirigió de vuelta a Villa Reverie, el hogar que había compartido con él.
En la mesa de centro estaban los papeles de divorcio, justo como Lucas había dicho.
Belinda revisó los documentos y notó los términos del acuerdo. Después de divorciarse, recibiría trescientos millones de dólares y dos casas de lujo.
Aunque la había utilizado, el hombre se había asegurado de que no se fuera con las manos vacías.
Tres años de matrimonio ahora equivalían a trescientos millones de dólares y dos propiedades de lujo, ¿no era una buen compensación?
Con una sonrisa amarga en los labios, firmó los papeles.
Justo entonces, una lágrima cayó sobre el documento; se apresuró a limpiarla y levantó la vista, intentando contener el llanto.
En ese instante, su celular vibró con la llegada de un nuevo mensaje.
Era de su mentor, quien le decía:
"Belinda, ¿ya te decidiste? No dejes pasar esta oportunidad de estudiar en el extranjero, es una ocasión increíble. ¡Te arrepentirás de perdértela!".
Ella leyó el mensaje y su determinación se fortaleció mientras respondía: "Ya me decidí. Iré a estudiar al extranjero".
Durante semanas, había dudado en aceptar la oferta.
Ahora lo tenía claro.
Aprovecharía esa oportunidad.
Era el momento de empezar de nuevo. Quería una nueva vida que fuera verdaderamente suya.
Después de responder, guardó su celular en el bolsillo y comenzó a empacar.
Aunque la lluvia del día anterior la había dejado enferma, se obligó a ir, con fiebre y todo, al registro civil a las diez de la mañana del día siguiente.
Sin embargo, incluso después de las once, Lucas aún no había aparecido.
Belinda decidió llamarlo.
La voz de Verena la recibió tan pronto como se conectó la llamada. "Lucas, ¿puedes ayudarme aquí...?".
Entonces, la voz de él se escuchó al teléfono. "Ahora estoy ocupado. Volveremos a programar la visita al registro civil".
Con eso, colgó abruptamente.
Belinda se quedó mirando su celular mientras la llamada se desconectaba. Un nudo se formó en su garganta.
Con el corazón apesadumbrado, compuso un último mensaje de texto para Lucas. Después, sacó su tarjeta SIM y la desechó en el basurero más cercano.
Se guardó el teléfono en el bolsillo y se alejó sin mirar atrás.
Ese día no era un día cualquiera, era el de su partida a Chixdon.
Belinda se hizo una promesa a sí misma: una vez en el extranjero, ¡borraría todos los recuerdos de Lucas de su mente!
Tres años después, se respiraba un ambiente de emoción en la finca de la familia Thomas en Owathe.
En el gran salón, las risas y las conversaciones se mezclaban con la espesa fragancia de los perfumes.
La familia Thomas, una de las cuatro familias más influyentes de Owathe, tenía un poder considerable.
Esa noche, celebraban el regreso de la ahijada del patriarca desde el extranjero con un lujoso banquete.
La élite de la ciudad se había dado cita para la ocasión.
"Lucas, ¿es cierto que Belinda también ha regresado hoy?", preguntó Ryan Adams desde un rincón del salón.
Al escuchar la pregunta, Lucas hizo una pausa y apretó los dedos alrededor de su copa. Tras un breve silencio, saboreó un sorbo de vino y asintió para confirmar la noticia.
Vestido con un impecable traje azul oscuro, el hombre desprendía un aire de sofisticación y meticulosidad.
"¡Ya era hora!", exclamó Ryan, volteándose hacia Verena, que estaba junto a Lucas. "Esa mujer con la que se casó debería haber salido de su vida hace mucho tiempo. Felicidades, Verena. Solo es cuestión de tiempo para que te conviertas en la señora Clark".
La mujer respondió con una leve sonrisa, su voz suave al decir: "Estar cerca de Lucas es lo que me importa, no el título de esposa".
A pesar de sus palabras, su mirada fija en el hombre hablaba en voz alta de sus verdaderos sentimientos, y su expectativa de casarse con él era evidente para todos.
Pero el hombre apartó la mirada, su dedo tamborileando ociosamente el cristal de su copa, y permaneció en silencio.
Al notar la mirada esperanzada de Verena, Ryan dijo: "Lucas claramente te adora. Una vez que se libere de Belinda, sin duda te hará su esposa de inmediato. ¿Cierto, Lucas?".
Él permaneció impasible, pareciendo perdido en sus propios pensamientos.
Verena abrió los labios, a punto de responder, pero la atención de todos se desvió de repente hacia la entrada por un revuelo.
Todos giraron la cabeza cuando el sonido de unos tacones resonó en el suelo de mármol, haciendo eco en los latidos de la multitud.
Apareció una figura imponente con un vestido rojo intenso. El vestido, con un profundo escote en V y lentejuelas centelleantes, tenía un dobladillo de corte sirena que danzaba mientras la mujer caminaba.
Su presencia era indiscutiblemente magnética, y su silueta, perfecta. Sus rasgos refinados se enmarcaban en unos ojos luminosos, cuyo encanto se realzaba con un delineador oscuro. Su belleza no solo se percibía, sino que se sentía, dejando a todos los presentes sin aliento.
"¡Por Dios! ¿Quién es esa mujer? ¡No puedo creer que alguien tan cautivadora haya estado viviendo aquí en Owathe todo este tiempo! ¿Por qué no la había visto antes?", exclamó Ryan, quien no pudo ocultar su asombro.
"Ciertamente, es muy llamativa", comentó Verena con una sonrisa.
Lucas levantó lentamente la mirada hacia la mujer, y sus ojos se entrecerraron bruscamente al verla.
"¡Me encanta! Voy a conseguir su número ahora mismo. ¡Espera mis buenas noticias!", dijo Ryan rápidamente, dirigiéndose hacia ella con pasos decididos.
Al acercarse a la mujer, él le dedicó la sonrisa que consideraba más encantadora. "¡Hola, hermosa! Soy Ryan Adams, hijo del presidente del Grupo Adams. ¿Me concedes el placer de conocerte?".
Belinda miró al hombre, una sutil sonrisa dibujándose en sus labios.
Anteriormente, entre el círculo de Lucas, Ryan había sido particularmente cruel con ella, siempre lanzándole insultos a su paso.
La había llamado con muchos nombres horribles, sin importarle en absoluto sus sentimientos.
Pero ahora, ahí estaba él, de pie frente a ella, claramente cautivado por su apariencia.
La dulce ironía de todo aquello hizo que Belinda se sintiera divertida.
Al ver la encantadora sonrisa de la joven, Ryan se quedó momentáneamente hipnotizado. Se aclaró la garganta y continuó: "¿Podría saber tu nombre?".
Justo cuando ella abría la boca, a punto de responder, una voz profunda la interrumpió, llamándola: "Belinda...".