Ximena POV:
Fernanda, con un vestido de seda vaporoso, sonrió al verme. Una sonrisa falsa, demasiado dulce.
"¡Ximena! Qué sorpresa verte," dijo, su voz melodiosa. "Tu padre me invitó. Horacio y yo tenemos mucho de qué hablar."
Mi padre la miró con una ternura que nunca me había mostrado a mí. Le acarició el brazo.
"Fernanda pasará unos días con nosotros," dijo Horacio, su voz suave y paternal. "Necesita un cambio de aires. Ximena, por favor, encárgate de que le preparen la mejor habitación."
Una punzada de rabia me atravesó. Mi padre, el hombre frío e inalcanzable, era todo calidez con ella.
"Por supuesto, Horacio," respondió Fernanda, lanzándome una mirada de suficiencia. "Eres tan amable. Eres como el padre que nunca tuve."
La risa de Horacio llenó la sala. Mi madrastra, a su lado, forzó una sonrisa.
"No te preocupes, padre," dije, mi voz glacial. "Me encargaré de todo."
"De hecho," interrumpió Horacio, su mirada deteniéndose en mí. "Fernanda ocupará tu habitación, Ximena. Es la más grande y tiene las mejores vistas. Tú puedes mudarte a una de las habitaciones de invitados. La del ala este estará bien."
Mis puños se apretaron a los costados. Mi habitación. Mi santuario.
"¿Mi habitación, padre?" pregunté, mi voz apenas un susurro de incredulidad.
"Sí, Ximena. Es lo más lógico," respondió, como si estuviera hablando de un mueble. "Fernanda es nuestra invitada de honor. Tú te vas a casar pronto, de todos modos."
Una risa amarga escapó de mis labios. "¿Y qué hay de mis cosas? ¿Mis libros? ¿Mis recuerdos?"
"No te preocupes por eso," dijo mi madrastra, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Los sirvientes lo empaquetarán todo y lo llevarán a tu nueva habitación. No te molestaré con eso."
Sentí una punzada de dolor, pero ya no me importaba.
"No hace falta," dije con frialdad. "No me quedaré."
Di media vuelta y subí las escaleras. Fui a mi habitación, que ahora era de Fernanda.
Ignoré las cajas de cartón ya apiladas junto a mi vestidor. Abrí mi pequeña maleta de mano y metí lo esencial. Algunas prendas de ropa, mi pasaporte, mis tarjetas de crédito.
No miré atrás. No miré los recuerdos de mi madre en las estanterías, ni los libros que había leído mil veces.
Bajé las escaleras, arrastrando mi pequeña maleta. El sonido resonó en la gran sala.
Horacio, Fernanda y mi madrastra me miraron. Sus rostros eran un estudio de sorpresa.
"¿Adónde vas, Ximena?" preguntó mi padre, frunciendo el ceño.
"Me voy," respondí, mi voz firme. "No tengo por qué quedarme en una casa donde no soy bienvenida. Especialmente cuando mi habitación es entregada a una... invitada."
"¡Pero tu boda! ¡Es en unos días!" exclamó mi padre, su voz subiendo de tono.
"Lo sé," dije, mi mirada era fría como el hielo. "Y la cumpliré. Pero no pasaré un minuto más bajo tu techo antes de eso. No voy a ser una marioneta más en tu juego, padre."
Salí por la puerta principal, el sol de la mañana ya alto en el cielo. Dejé la mansión atrás. No sentí nada.
Llegué al hotel más lujoso de la ciudad. El Grand Imperial.
"La suite presidencial, por favor," le dije a la recepcionista, con una sonrisa gélida. "Y quiero el servicio de mayordomo las veinticuatro horas. El champagne más caro. Y quiero que vacíen la tienda de Cartier para mí."
La mujer me miró sorprendida. "Señorita Amaya, eso será... considerable."
"No hay problema," dije, sacando una tarjeta de crédito de mi bolso. "Es una tarjeta de mi padre. Un regalo de bodas anticipado." Una risa sin humor escapó de mis labios.
El gasto fue exorbitante. Compré joyas, ropa de diseñador, arte. Todo lo que mi padre odiaría.
Quería quemar su fortuna. Quería ver cómo se desangraba.
Mi teléfono sonó. Era él.
"¡Ximena! ¿Qué demonios crees que estás haciendo? ¡Mi tarjeta ha sido bloqueada! ¡Has gastado una fortuna en un día!"
"Solo estoy haciendo lo que siempre debí hacer, padre," respondí, mi voz dulce como la miel. "Disfrutando de mi independencia. Ya sabes, la que me prometiste a cambio de mi matrimonio. O acaso, ¿tu palabra no vale nada?"
"¡Esto es diferente! ¡Estás dilapidando nuestra fortuna!"
"¿Nuestra fortuna?" me reí. "Interesante. Siempre pensé que era tuya. Pero, ya que estamos en esto, tengo una idea. Cuando se cierre el trato de mi matrimonio, el dinero de la alianza... ¿por qué no lo devuelves a la familia? Y a mí me dejas la fortuna que ya he gastado. ¿Qué te parece?"
Un silencio aturdido del otro lado. Mi padre estaba mudo.
Colgué la llamada. Me sentía poderosa. Como una reina.
Mi plan era simple: agotar sus activos líquidos. Dejarlo vulnerable. Para que cuando la alianza de Guadalajara se cerrara, no tuviera más remedio que devolver el dinero a la familia.
Mientras contemplaba mi victoria, mi teléfono vibró de nuevo. No era mi padre.
Era Rodolfo.
"¿Dónde estás? ¿Estás bien?"
Mi corazón dio un pequeño salto. ¿Preocupación? ¿O solo curiosidad?
Lo miré. La Ximena de antes habría respondido de inmediato, anhelando su atención. Pero esa Ximena ya no existía.
"Estoy donde necesito estar," respondí. "Y estoy perfectamente."
A la mañana siguiente, el mayordomo me informó que la gerencia del hotel quería hablar conmigo.
Bajé al vestíbulo. El gerente, con una expresión preocupada, me esperaba.
"Señorita Amaya, lamentamos informarle que su tarjeta ha sido... bloqueada por su banco. No podemos continuar ofreciéndole nuestros servicios sin un pago por adelantado."
Mi sangre se heló. ¿Bloqueada? ¿Mi padre lo había hecho?
"Eso es imposible," le dije, mi voz temblaba. "Mi padre no haría eso."
"Lo lamento, señorita," dijo, su voz era firme. "Tiene que saldar la cuenta inmediatamente. O bien, tendrá que abandonar el hotel."
No tenía dinero en efectivo. Todas mis tarjetas de crédito estaban vinculadas a la cuenta principal de mi padre.
Fui expulsada del hotel. Con mi pequeña maleta, me encontré en la calle, sin un solo peso en el bolsillo.
Miré a mi alrededor. No tenía amigos de verdad. Solo conocidos. Y nadie me ayudaría en esta situación.
Comencé a caminar. Errante. El sol ya estaba alto y el calor era sofocante.
Terminé en un parque. Me senté en un banco, mi maleta a mis pies. La Ximena de antes habría llorado.
Pero no sentí lágrimas. Solo un vacío helado.
Un hombre borracho se acercó. Sus ojos turbios me miraron de arriba abajo.
"¿Qué hace una chica tan bonita sola por aquí, eh?" murmuró, su aliento apestaba a alcohol. Se acercó más, demasiado cerca.
El miedo me invadió. Me levanté, retrocediendo.
De repente, una sombra alta se interpuso entre nosotros.
"¿Tienes algún problema aquí, amigo?" La voz era familiar. Demasiado familiar.
Rodolfo.
El borracho lo miró, y al reconocerlo, palideció. Se alejó rápidamente, murmurando disculpas.
Rodolfo se giró hacia mí. Sus ojos oscuros escanearon mi figura, mi maleta, mi rostro.
"¿Ximena? ¿Qué demonios te pasó?" preguntó, su voz era una mezcla de incredulidad y reproche.
"Nada," respondí, mi voz era un hilo. "Lo mismo que a ti."
Ximena POV:
Las luces del salón de subastas brillaban, reflejándose en las joyas y obras de arte. Mi corazón latía con fuerza mientras esperaba.
Finalmente, el subastador anunció el siguiente lote. "Y ahora, damas y caballeros, esta exquisita pieza de joyería. Un collar de perlas de agua dulce, con un broche de zafiro. Perteneció a la difunta señora Amaya."
Mi aliento se detuvo. Era el collar de mi madre. El único objeto que aún conservaba su esencia.
"Comenzamos la puja en cincuenta mil dólares," dijo el subastador.
Levanté mi paleta. "Cincuenta y cinco mil."
Inmediatamente, una voz chillona sonó desde el otro lado de la sala. "Setenta mil." Fernanda.
Mis ojos se estrecharon. ¿Estaba haciendo esto a propósito?
"Ochenta mil," dije, mi voz era firme.
"Cien mil," respondió Fernanda, con una sonrisa de suficiencia.
La puja se intensificó. Dos mujeres. Un collar. El precio se disparó.
"Ciento cincuenta mil," grité, sintiendo la desesperación apoderarse de mí.
"Doscientos mil," dijo Fernanda, riendo. "No sabía que la princesa tenía tanto dinero."
Mis manos temblaban. Había vendido todas mis propiedades, mis pequeñas inversiones. Todo para esto.
"Doscientos cincuenta mil," logré decir, mi voz apenas un susurro.
Fernanda sonrió. "Trescientos cincuenta mil."
Mi paleta se quedó en el aire. Mis ojos escanearon el salón. Ya no tenía más.
El subastador me miró. "Señorita Amaya, ¿alguna oferta más?"
Sentí las miradas de todos sobre mí. La humillación me quemaba el rostro.
Mis ojos se posaron en Rodolfo, sentado en primera fila con Fernanda. Su rostro era inescrutable.
"Rodolfo," le dije, mi voz era un ruego. "Por favor. Es el collar de mi madre. Préstame el dinero. Te lo devolveré."
Él me miró, sus ojos oscuros y complejos. No había expresión en su rostro.
Fernanda se aferró a su brazo. "Rodolfo, cariño, ¿vas a dejar que la princesa te pida dinero? Es su culpa que no tenga fondos." Ella le guiñó un ojo. "Además, me encanta este collar. Me quedaría tan bien."
Rodolfo vaciló. Su mirada viajó de mí a Fernanda. De la necesidad en mis ojos al capricho en los suyos.
El tiempo se detuvo. Podía sentir el peso de la decisión en el aire.
Finalmente, Rodolfo le dedicó una pequeña sonrisa a Fernanda. "Está bien, Mi Flor. Si te gusta, es tuyo."
Mi mundo se desmoronó. Mi corazón se detuvo.
"¡Trescientos cincuenta mil a la señorita Rodríguez!" anunció el subastador, golpeando el mazo. "¡Vendido!"
El sonido del mazo resonó en mi pecho. Fue como si me hubieran apuñalado.
No podía hablar. No podía moverme. El dolor era tan intenso que me dejó sin aliento.
Fernanda saltó de su asiento, aplaudiendo. "¡Gracias, Ximena! ¡Eres tan amable por dejarme esta joya!"
Su sonrisa victoriosa era una daga en mi corazón.
Rodolfo ni siquiera me miró. Se levantó y acompañó a Fernanda fuera del salón.
Me quedé sola en la sala. La humillación era insoportable.
Me arrastré a una sala de descanso. Mis manos temblaban.
Fernanda entró, el collar ya en su mano. Lo giraba entre sus dedos, una sonrisa cruel en su rostro.
"¿Qué quieres?" pregunté, mi voz era un graznido.
"Solo quería darte las gracias de nuevo," dijo, sus ojos brillaban con malicia. "Es tan hermoso. Imagina todas las formas en que puedo usarlo."
"Te lo cambio," dije, mi voz era desesperada. "Lo que quieras. Mis joyas, mi dinero. Lo que sea."
Fernanda se rió. "No hay nada que tengas que yo quiera. Excepto, quizás, verte sufrir."
"¿Qué quieres de mí?" pregunté.
"Quiero que te arrodilles," dijo, su voz era un veneno. "Quiero que me ruegues. Que me supliques por este collar."
Sentí la bilis subir por mi garganta. Pero el collar de mi madre.
Me arrodillé. Las lágrimas brotaron de mis ojos, quemando mi piel.
"Por favor," susurré, mi voz rota. "Te lo ruego. Dame el collar de mi madre."
Fernanda me miró con desprecio. Luego, con una sonrisa aún más cruel, lo sostuvo sobre su cabeza.
"¿Quieres tu collar, perra?" gritó, y lo dejó caer al suelo.
El collar de perlas se rompió. Las perlas rodaron por el suelo, como lágrimas blancas.
"¡No!" grité, mi corazón se desgarró.
Fernanda pisó una perla, aplastándola bajo su tacón. "Tu madre era una perra débil. Como tú."
Mi mundo se puso negro. La furia me consumió. No podía soportarlo.
"¿Con qué mano pusiste el collar?" pregunté, mi voz era un susurro mortal.
Ella se rió. "Con esta, por supuesto." Levantó su mano.
En un instante, el trozo de cristal que había roto en mi mano se convirtió en un arma.
No pensé. No dudé.
Lancé mi mano hacia ella. El cristal se hundió en su brazo.
Fernanda gritó. Un grito agudo que resonó en el salón.
La fiesta de beneficencia, horas después, era un evento de lujo. La música sonaba, la gente reía.
Rodolfo, con Fernanda a su lado, era el centro de atención. Él la miraba con una devoción que nunca me había mostrado a mí.
Le sostenía la copa, le acariciaba el pelo. Cada gesto era un testimonio de su cuidado.