Capítulo 2

El aire de la gala de la Fundación Nuevo Amanecer era espeso, cargado con el perfume caro y las sonrisas falsas de la élite de Bogotá.

Llevaba tres años enamorada de Alejandro Rojas.

Él era el jefe de seguridad de mi padre, Mateo Vargas, un hombre rudo, silencioso, un mundo aparte de los trajes y las copas de champán.

Esa noche, el éxito de la fundación de mi padre era mi éxito. Pero mi verdadero triunfo era el anillo en mi dedo. Alejandro me había pedido matrimonio.

Me tomó de la mano, su tacto firme y real en medio de tanta falsedad. Me guio hacia el centro del escenario, bajo la luz cegadora de los focos.

Pensé que iba a anunciar nuestro compromiso.

En cambio, sacó una placa de su chaqueta. Brillaba bajo la luz. DIJIN.

Su voz, de repente fría, desconocida, resonó en el micrófono, cortando el murmullo de la multitud.

"¿Recuerda el caso 734, Senador? ¿La masacre de los Montes de María?"

El mundo se detuvo.

Mi padre, el filántropo, el político respetado, se quedó helado. Su sonrisa se desvaneció.

"Usted está arrestado por narcotráfico y crímenes de guerra."

El caos estalló. Gritos, gente corriendo. Mi padre, mi héroe, era un monstruo. Y mi prometido, el hombre que amaba, era un policía encubierto.

Todo había sido una mentira.

En medio del pánico, vi a un hombre, uno de los leales a mi padre, sacar un arma. Apuntó a Alejandro.

No lo pensé. Me moví.

Un dolor agudo me quemó el hombro. El sonido del disparo retumbó en mis oídos. Caí al suelo, y lo último que vi fue el rostro de mi padre siendo esposado y la mirada vacía de Alejandro.

Ya en la ambulancia, el dolor del hombro no era nada comparado con el del pecho.

Le pregunté a Alejandro, cuya silueta se recortaba contra las luces parpadeantes.

"¿Todo fue mentira?"

Él no me miró. Su voz era un trozo de hielo.

"Sí. Todo fue parte de la misión."

Capítulo 3

Desperté en una habitación de hospital blanca y estéril. El dolor en mi hombro era un recordatorio constante de la noche anterior.

Pero dolía más el vacío. La traición.

Me sentía sucia, usada. Era la hija de un monstruo, el daño colateral en la misión de un hombre que creí amar.

La puerta se abrió. No era él. Era una mujer alta, de rasgos afilados y mirada dura. Llevaba el mismo uniforme de la DIJIN.

"Soy la investigadora Elena. Tengo que tomarle su declaración."

Su voz era profesional, pero sus ojos me analizaban con algo más, algo personal.

Pregunté por Alejandro, mi voz era un susurro ronco.

"¿Dónde está él?"

Elena sonrió, una sonrisa sin alegría.

"El agente Rojas está ocupado. Está interrogando a su padre."

Luego, como si fuera un comentario casual, añadió.

"Él y yo tenemos mucha historia. Volver a trabajar juntos después de tanto tiempo... es intenso."

Exnovia. Lo supe en ese instante. Lo vi en la forma en que dijo su nombre.

"¿Necesitaba acostarse conmigo para la misión? ¿Era necesario?" pregunté, las lágrimas quemándome los ojos.

Elena me miró con una lástima fría.

"El agente Rojas hace lo que sea necesario para cumplir su misión. Usted era una herramienta. La mejor manera de acercarse a Mateo Vargas."

Una herramienta. Un objeto. Una tarea.

La palabra "misión" era un martillo que golpeaba mi corazón una y otra vez. Nunca fui real para él. Solo era una puerta de entrada al verdadero objetivo.

Y ahora, la puerta ya no era necesaria.

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