Capítulo 2

Era tarde en la noche cuando me detuve frente a la puerta de la habitación de Ares, con la nota de Alice en las manos y mis ojos ardiendo por el sueño.

Todavía estaba despierto, o eso indicaban las luces del interior, y debería tener cuidado de no ser vista por él, o sin duda tendría problemas con mis padres si se enteraban. Solo por esa razón me quedé esperando, jugando con la grava del suelo, mientras las luces seguían prendidas.

Pero no se apagaron durante un buen tiempo, lo que comenzó a impacientarme. Y probablemente no sea la mujer más inteligente cuando tengo que lidiar con la impaciencia.

El hotel de mis padres era uno de los más visitados en la ciudad, y era por que le daba a sus huéspedes la experiencia de quedarse en la naturaleza, en pequeñas cabañas qué se entendían por la zona del bosque con un arrolló pasando a su lado.

Entonces, un poco inconsecuente, me acerqué mas a la ventana apoyándome de puntitas sobre una piedra que estaba ahí para poder ver el interior de la cabaña.

Solo quería saber qué estaba haciendo y porque no se había ido a dormir rápido, pero definitivamente no esperaba, ni podía, ser sorprendida espiando.

Sin embargo, cuando encajé un ojo en la pequeña abertura forzada, casi grité cuando creí que me había visto.

Ares estaba sentado en una silla, frente a la mesa de té que estaba justo frente a la ventana del dormitorio. Una bandeja con una tetera y una taza de cerámica sin asa había sido dejada de lado, y de momento parecía concentrado en leer unos papeles. Creo que, por esa razón, a pesar de que su cuerpo estaba en dirección hacia donde yo estaba, él no me estaba viendo.

Y claro, reconozco que debí haber aprovechado su distracción para volver a bajar de ahí y esperar un poco más hasta que se durmiera y así ya no correría el riesgo de que me atraparan. También podría desistir de ayudar a Alice y salir de allí, pero... fue imposible.

De repente, era como si entendiera todo lo que dijo sobre Ares.

No... Era como si estuviera descubriendo que todos los elogios no hacían justicia a la imagen de ese hombre, porque estaba por encima de todos estos.

Vi sus cabellos oscuros cayendo en pequeños rulos, se veía desordenado, pero demasiado sexy, las cejas sutilmente fruncidas, los ojos negros concentrados y la boca enrojecida ligeramente entreabierta, mientras la punta de su lengua salía disimuladamente para humedecer sus labios de vez en cuando.

Incluso estaba dudando que fuera tan mayor como creía, ya que su aspecto no era precisamente de un hombre maduro.

Después vi su fuerte cuello y la camisa blanca con las mangas subidas hasta los codos, con los dos primeros botones abiertos para revelar algo de la piel de su pecho.

A pesar de que solo lo estaba viendo precariamente a través de una pequeña abertura de la ventana, cada pedazito de ese hombre me dejó completamente hipnotizada y simplemente no podía moverme.

Ares era tan hermoso al punto en que era imposible de describir, aún más imposible dejar de mirarlo.

Y ese no era el momento de tratar de entender por qué mi corazón estaba latiendo tan rápido por ese hombre, así que no lo hice. Me quedé quieta, con una mano apoyada contra la pared y la otra contra la ventana, un ojo encajado en la rendija y con la respiración demasiado pesada y pausada, como si cualquier diminuto ruido pudiera revelar mí presencia.

Cuando Ares guardó todos los papeles que estaban en la mesa de té y los puso en una carpeta, supe que tenía que salir de allí, pero no quería.

Lo único que quería hacer era verlo un poco más, aunque podría meterme en problemas más tarde.

Entonces se paró de su asiento, pausadamente, y lo observé llevar una de sus manos al primer botón cerrado de su camisa mientras se dirigía hacia el pequeño armario de la habitación.

Ares quedó de espaldas a mí, y lo miré con devoción mientras se desabrochaba la camisa por completo.

La fina tela marcaba los músculos de su espalda, que se contrajeron deliciosamente cuando finalmente dejó que la camiseta se deslizara por sus firmes brazos, revelando músculos posteriores que parecían mejor construidos que todos los sueños de mi vida.

Y aunque ya estaba completamente afectada por toda la situación, ver su espalda desnuda me llevó a un estado completamente más allá. No solo por el físico, sino también por el tatuaje en la parte superior derecha, que desaparecía por su hombro y por el lateral de su cuerpo. A pesar de no poder ver la cabeza del animal, no tuve dudas sobre lo que era.

Ares Bailey tenía una enorme serpiente negra tatuada en la espalda. El asombro de descubrir que aquel hombre de semblante serio escondía algo como un tatuaje debajo de su ropa cara, me hizo tener la necesidad de revelar qué otros secretos ocultos, podría tener.

Y, a partir de ese momento exacto, mandé al espacio cualquier objeción que mi moralidad y mi miedo creaban para hacerme salir de allí. Durante todo el tiempo estuve consciente de lo malo que era invadir la privacidad de otra persona de esa manera, pero el deseo y la curiosidad que ese hombre despertó en mí crearon un lapsus de conciencia mucho más fuerte que mi miedo a ser atrapada haciendo algo tan condenable.

Cuando colgó su camisa en una de las perchas, finalmente lo vi quedar frente a mí de nuevo. La vista de su torso desnudo me hizo sentir mi propio aliento rebotar contra la madera de la ventana detrás de la cual me escondía, con mi cuerpo volviéndose exponencialmente más caliente tanto por el calor en mi intimidad como por la adrenalina liberada por el miedo a ser capturada.

Pero, contrariamente del sudor en las palmas de mis manos y la frecuencia cardíaca anormal, no fui vista y tuve la ventaja para finalmente observar la cabeza de la serpiente tatuada en su fuerte pecho, mostrando sus colmillos con una representación de peligro que solo estimuló las ganas de quedarme un poco más ahí, viéndolo.

Después, dejé que mis ojos descendieran por el resto de su piel expuesta, capturando con atención los detalles de su abdomen definido, hasta la pequeña entrada en su cadera que apuntaba y desaparecía debajo de la cintura de sus pantalones.

Lo vi caminar lentamente por la habitación mientras sus manos trabajaban en desabrocharse el cinturón de cuero.

En una expresión involuntaria, enterré los dientes en mi propio labio, tratando de apaciguar la cantidad de sensaciones nuevas que solo me facilitaba la vista de su cuerpo, mezclado con el deseo de poder ver lo que aún no había sido revelado.

Luego de desprenderse del cinturón, lo dobló y lo mantuvo con una sola mano, sin dejar de caminar lentamente. Antes de que al menos pudiera preguntarme cuándo se iba a despojar los pantalones, finalmente caí en cuenta de mi situación.

Ares estaba caminando en dirección a la ventana.

La sensación de peligro me hizo despertar repentinamente de ese estado de digresión y, angustiada, traté de bajar de la piedra para correr lejos de allí, pero lo único que logré fue tropezar con mi pie y caer de sentón, con las rodillas flexionadas y las manos apoyadas en el suelo, los ojos muy abiertos y el corazón latiendo aceleradamente. fuerte que dolía.

Y entonces la puerta se abrió por completo.

Capítulo 3

La puerta se abrió y ahí estaba Ares, de pie, frente a mí.

Sus ojos eran incomprensibles y su porte era firme, un poco dominante. Todavía con mi propio rostro retorcido por la sorpresa y la desesperación, traté de articular cualquier palabra que pudiera funcionar como una disculpa, pero ningún sonido salió de mi garganta. Mientras tanto, él seguía observándome en silencio.

Quería poder leer lo que estaba pensando. O, por lo menos, me hubiera gustado tener la fuerza en mis piernas para poder levantarme y correr lejos de ese lugar, pero ambas posibilidades eran igualmente imposibles.

Mi cuerpo entero estaba retraído en alerta, incapaz de obedecer las órdenes más básicas de mi cerebro.

Cuando mis ojos descendieron un poco de mala gana hasta que aterrizaron en el cinturón que sostenía en una mano, una nueva ola de miedo se apoderó de todas mis células.

La manera en que sostenía el cinturón de cuero, su postura, su mirada oscura e impenetrable y la cabeza de la serpiente tatuada en su pecho... todo eso desató una alerta de peligro que me hizo recuperar la respiración.

Entonces Ares dio otro paso en mi dirección y, con un movimiento suave, se agachó frente a mí. Descansó los brazos tranquilamente sobre sus muslos, balanceándose sobre la parte delantera de sus pies, y mantuvo el cinturón colgando entre sus piernas.

Cada mínimo movimiento suyo parecía haber sido calculado para aumentar la excitación que ya parecía tan insoportable, y aun así no podía salir de allí.

-Yo... -Comencé, completamente torpe, sintiendo mi voz temblar-. Lo siento...

Ares enarcó las cejas en un movimiento discreto, y luego en la comisura de sus labios se dibujó en una sonrisa torcida.

-¿Por qué te ves tan asustada, mi ángel? -preguntó, y vi su pulgar derecho deslizarse sobre el cuero negro del cinturón que sostenía con la mano izquierda.

Mantuve mis ojos atentos a ese movimiento, hipnotizada, antes de que finalmente lograra mirar hacia arriba.

Ya no era el miedo de que mis padres descubrieran que estaba espiando a un huésped. Ya no tenía miedo a una réplica, o a un golpe.

Era algo mucho más primitivo, como si Ares fuera un depredador divirtiéndose antes de abalanzarse.

Y yo era su presa.

-No debes tenerme miedo, muñeca. -Continuó, pareciendo divertirse casi sádicamente con mi incapacidad de responder-. No te lastimaré... a menos que quieras.

Mis ojos no podían estar más abiertos y creo que no era saludable que mi corazón latiera tan intensamente, pero la forma en que me llamó muñeca desestabilizó todo dentro de mí.

Estaba hecha un lío, completamente drogada por la adrenalina, y esa era todavía la segunda frase que me dirigía.

-No debería estar aquí... -Fue la única cosa coherente que pude articular, después de muchos intentos fallidos.

Ares dejó que su lengua hiciera otra breve aparición cuando se humedeció los labios, moviendo la cabeza en un discreto acuerdo.

-Pienso lo mismo -dijo, todavía recorriendo el pulgar lentamente sobre el cuero del cinturón-. Pero ya has estado bastante tiempo aquí.

No sabía si el problema estaba en mí o si era natural sentir tanta tensión con cada cosa que me decía, pero no puedo negar cuánto me angustió la revelación de que había sido notada hace mucho tiempo, quizás desde el inicio.

Al mismo tiempo, no podía entender por qué me dejó observarlo durante todos esos largos minutos.

Sin querer, dejé que mis ojos curiosos volvieran a descender, atentos a la forma amenazadora en que sus largos dedos sostenían el cinturón.

-¿Hace cuánto tiempo... te disté cuenta? -pregunté, ansiosa.

Pero entonces soltó uno de los lados del cinturón y dejó que la hebilla de metal golpeara el piso de madera de forma sonora, lo que me hizo levantar la mirada en dirección a los suyos de nuevo en un movimiento asustado.

Su semblante continuaba apacible, indicando que el movimiento anterior no había sido un incidente.

-Mírame cuando te dirijas a mi -dijo, en un tono severo que anulaba cualquier deseo de desobedecer su orden.

Me estremecí, asintiendo desastrosamente.

-Ahora, dime. -Continuó, con un tono un poco más ligero-. ¿Qué estabas haciendo?

Ares no es el tipo de hombre obvio. No es fácil mirarlo y decir que está pensando, pero, en ese momento, tenía la más absoluta certeza de que él sabía exactamente lo que yo estaba haciendo allí. No me refiero a haberle ido a llevar una nota de otra persona, sino de haber pasado todos esos minutos mirándolo con tanta devoción.

Era como si yo estuviera a prueba y, entonces, elegí la verdad, por más vergonzosa que fuera.

-Eres... -Traté de decir, pero ninguna palabra parecía ser adecuada para terminar esa oración, así que comencé de nuevo, aun sintiendo que mi corazón podría salirse por mi garganta en cualquier segundo-. No podía dejar de mirarte.

Ares no pareció sorprendido por la respuesta, ni tampoco enojado.

No me parecería extraño que él repudiara escuchar ese tipo de cosas de una mujer, pero tal vez sería extraño si lo decía una chica de mi edad.

-¿Y por cuánto tiempo pretendías seguir mirando? -Fue lo único que preguntó, a pesar de todo lo que imaginaba que podía salir de su boca.

Esa, sin embargo, era una pregunta que no sabía responder, así que me quedé en silencio, pensando en una respuesta.

-Déjame replantear la pregunta -dijo, ante mi prolongada ausencia de palabras-. ¿Cuánto pretendías ver?

Una respuesta más que no podría dar sin dedicarme un tiempo para pensar, pero Ares ya parecía tener una idea muy clara de lo que debería decir.

-Dos piezas de ropa menos y estaría completamente desnudo -dijo, reavivando la certeza de que ya sabía que yo estaba allí durante el tiempo que comenzó a desvestirse-. ¿Es eso lo que querías ver, muñeca?

Parpadeé, aturdida.

Una nueva ola de calor se apoderó de cada partícula de mi cuerpo, pero no era vergüenza. Era algo más, algo que nunca antes había sentido, no con esa intensidad.

Por reflejo, apreté la nota de Alice todavía en mi mano. Ya no quería entregarla.

-Responde. -Insistió con voz firme, dejando en claro que no aceptaría mi silencio como respuesta.

Entonces balanceé la cabeza de arriba a abajo solo una vez, lentamente.

Y Ares sonrió. Una pequeña sonrisa, pero satisfecha y dolorosamente irresistible.

Aquel hombre sería capaz de volverme loca sin ningún esfuerzo.

-A-Ares. -Llamé, un poco insegura.

-¿Sí, mi ángel?

-Todavía quiero ver. -Revelé, sin poder controlarme después de haber sido embrujada por esa sonrisa, ese tatuaje y esa sensación que él despertó en mí.

Como si aun fuera posible, su mirada oscura se volvió más penetrante.

-¿Quieres? -preguntó, y sus ojos bajaron lentamente hasta mí cadera.

Curiosa, seguí el mismo camino hasta que mi visión encontró lo que Ares estaba observando con otra sonrisa torcida en sus labios. Y mis ojos se abrieron aún más al percibir que todo ese calor concentrado en mi ingle había tenido consecuencias muy visibles.

-Parece que ya has visto suficiente. -Completó, haciéndome sentir mi rostro arder por completo de pura vergüenza.

Entonces Ares se puso de pie y colocó su mano en la pequeña manija construida en la puerta, todavía mirándome con una mirada llena de diversión sádica.

-No seas tan ambiciosa, muñeca. -Luego de decir lo último, hizo que escuchara como le ponía el seguro a la puerta, con un ligero clic.

Todavía sin reaccionar, volví a sentir la vergonzosa humedad que se marcaba en mis pantalones de tela.

Sin siquiera tocarme, Ares me dejó excitada como nunca antes. No fue solo conmoción lo que sentí. Estaba completamente hipnotizada por ese hombre.

Entonces finalmente aflojé el agarre en mis manos y vi la nota escrita por Alice, sabiendo que su destino sería la basura. Ella tendría que perdonarme, pero Ares nunca leería esas palabras.

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La sumisa del Ceo

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