No estaba segura de si la madame sería capaz de cumplir su amenaza de introducirme ella misma el consolador anal, pero algo me decía que sí. Era la mandamás de un prostíbulo, ¿cómo iba a permitir que una de sus trabajadoras sexuales desobedeciese sus órdenes? Y seguro que ninguna de las chicas que trabajaba para ella era virgen en uno de sus orificios como lo era yo.
—Una última cosa Marilyn, —La madame volvió a asomar la cabeza por la puerta— si te metes antes en la ducha para hacerte una lavativa te será más cómodo y más fácil, además de ser más higiénico. En la repisa del lavabo tienes todo lo necesario.
»Ah, y procura estar primero bien excitada. —Volvió a salir y cerró la puerta.
¿Una lavativa? ¿Qué diantres significaba eso? Yo no era ni de lejos una experta en la materia por lo que no tenía ni la más mínima idea de lo que quería decir.
Solté la mochila que llevaba con unas pocas prendas de ropa, todo lo que pude recoger antes de que el banco embargara la que un día fue mi casa, en una silla y me dirigí al baño.
El sitio estaba equipado con todo lo necesario para una mujer: champú, gel, acondicionador, crema, maquillaje, pintauñas, peines de todo tipo, laca, secador de pelo, rizador, plancha... Pero también disponía de todo lo necesario para una trabajadora sexual: preservativos, lubricantes, penes de silicona, vibradores, succionadores de clítoris, cremas dilatadoras, limpiadores anales y otras tantas cosas cuyo nombre y función desconocía.
Al acercarme a la ducha, comprobé que la madame al recomendarme hacerme una lavativa se refería a que ulizase uno de los dos grifos, el que tenía forma de pene diminuto, para limpiar correctamente el interior de mi ano. Claro, seguro que por eso mismo había dicho lo de mahigiénico...
No me sentía nada agusto, pero me desnudé y me metí en la ducha con un pequeño bote de lubricante, que puse alrededor del grifo en forma de pene para facilitar la entrada a mi ano.
Mientras lo hacía, me preguntaba cómo podía ser que se hubiese torcido todo tanto. No hacía ni una semana que yo era una universitaria feliz que vivía con sus padres y, el mismo día en que cumplí los dieciocho, mi vida dio un giro radical al morir los dos en un terrible accidente de tráfico. No voy a negar que mientras me hacía la lavativa lloraba desconsoladamente, pero me tuve que obligar a calmarme y a salir de la ducha.
Me envolvi en la toalla y volví al dormitorio, pero todavía me resistía a intrducir el consolador anal en mi cuerpo.
—No oigo gemidos, Marilyn —canturreó la madame a través de la puerta.
—ACABO DE SALIR DE LA DUCHA —grité para que pudiese oírme sin necesidad de abrir la puerta.
—Perfecto, pues ya es hora de empezar.
Cogí el consolador anal y el lubricante con resignación y me tumbé sobre la cama completamente desnuda. Lo último que estaba era excitada, más bien estaba triste por la reciente muerte de mis padres, y no me apetecía nada empezar a jugar con ese consolador, pero algo me decía que si no hacía lo que la madame me había ordenado o bien lo haría ella misma o bien me pondría de patitas en la calle.
No quería que ocurriese ni lo uno ni lo otro, por lo que empecé a acariciar mi intimidad con el pequeño objeto mientras con la mano libre acariciaba mis senos y pellizcaba suavemente mis pezones.
Poco a poco, me fui encendiendo y empecé a recordar momentos de disfrute en la cama con mi exnovio en lugar de sentir la tristeza que me ocasionaba la muerte de mis padres.
Casi sin pretenderlo, suaves gemidos fueron saliendo de mi boca conforme el líquido de mi exitacion iba escapando de mi húmeda y dilatada vagina.
Introduje el pequeño consolador en la misma y lo fui moviendo adentro y afuera al mismo tiempo que imitaba el movimiento con mis caderas. Sin embargo, el estrecho consolador no me proporcionaba el nivel de placer que mi cuerpo demandaba en ese momento, por lo que me fui directa al baño a por un pene de silicona con un tamaño más decente.
De vuelta en la cama, introduje el pene de silicona en mi interior y, sin parar de gemir, moje el consolador anal con mi propia lubricación interna y lo coloque en la entrada de mi ano. Muy despacio, lo empuje unos milímetros en el interior del mismo, dándole placer a mi feminidad con el enorme pene de silicona al mismo tiempo.
Conforme mi excitación aumentaba me iba siendo más y más fácil que el consolador entrase en mi ano, que cada vez estaba más relajado y más abierto, hasta que en un momento dado pude introducirlo por completo.
Por un momento me olvide de dónde estaba y de porqué estaba haciendo aquello, me limité a gemir y a gritar de placer hasta alcanzar el orgasmo vaginal.
No contenta con eso, saqué el consolador anal de mi trasero e introduje el pene de silicona, que al principio me costó meter por la considerable diferencia de tamaño, pero una vez hecho ya no había nada que me frenase. Me coloqué en cuclillas y moví mi cuerpo arriba y abajo dejando que el pene de silicona entrase y saliese una y otra vez de mi ano.
Era una sensación muy extraña pero, tal como me había dicho la madame, me encantaba. Lo estaba disfrutando al máximo y no podía esperar para que fuese un hombre de carne y hueso el que practicase sexo conmigo de esa manera porque lo estaba deseando. Cómo había dicho la madame, estaba deseando que el señor Ruiz me follase el trasero, y si era así de placentero, yo también estaba dispuesta a dejar que lo hiciese gratis.
Al levantar la mirada vi a la madame acompañada de una prostituta en la puerta, pero estaba tan excitada que no me importó. No sé en qué estaba pensando, pero seguí con lo que estaba haciendo, cabalgando sobre el pene de silicona para que siguiese penetrando mi ano, gimiendo y gritando de placer, mirando a la madame y a la prostituta fijamente con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Me dejas que te ayude, Marilyn? —La madame entró junto con la otra mujer y cerró la puerta del que ya era mi dormitorio.
—Por favor.
Lo estaba deseando, quería concentrarme solamente en las sensaciones que me enviaba mi ano y olvidarme de todo lo demás, sin tener que mover mi cuerpo de ninguna manera para disfrutar.
—A cuatro patas niña —ordenó la madame.
Obedecí gustosa, me coloqué en la postura que ella quería y esperé pacientemente.
—Qué culo tan abierto, veo que has pasado del consolador anal y te has ido directamente a por una buena polla. ¿Cuánto lubricante te has puesto?
—Nada madame, no me ha hecho ninguna falta, —admití orgullosa— me ha bastado con mi propia lubricación.
—¡Asombroso!, ¡y siendo tu primera vez! —La madame deslizó por completo el pene de silicona en mi ano, que no opuso ninguna resistencia—. Al señor Ruiz le va a encantar, ¿verdad Raquel?
—Sí madame, a él le gustan los culos bien abiertos para follar.
—Y si son vírgenes y están unidos a semejante belleza —Mientras la madame hablaba hacía que el pene de silicona copulara con mi ano— le gustan mucho más.
Yo no podía dejar de gemir, pues estaba disfrutando muchísimo. Me encantaba lo que la mandamás de aquel lugar me estaba haciendo.
—Raquel, vete a por otros dos penes de estos al baño, vamos a darle a Marilyn la siguiente clase para poder trabajar en este prostíbulo.
Yo no sabía cuál era la siguiente clase que me iban a dar pero me daba igual, si era tan placentera como lo que la madame le estaba haciendo a mi ano por mí que me diesen todas las clases que hiciesen falta porque las recibiría encantada.
—A veces, —dijo la madame sin dejar de mover la mano con la que sostenía el pene de silicona— dos clientes quieren follarse a la misma mujer al mismo tiempo. Te preguntaría si alguna vez has follado con dos hombres a la vez, por el coño y por el culo, pero si nunca antes te habían follado el culo ya me sé la respuesta.
—Tenga madame. —Raquel le entregó uno de los penes de silicona que había ido a buscar al baño.
—Perfecto, sigue tú aquí. —La madame cambió de lugar e introdujo el nuevo pene de silicona en mi vagina.
—Ahhh... Mmm... Más... Quiero más...
La sensación estaba siendo increíble. Esos dos penes introducidos en mi cuerpo, aunque fueran falsos, me estaban dando tal cantidad de placer que yo no podía parar de gemir y de pedir más y más.
—Tienes que acostumbrarte a la sensación de tener dos pollas en tu cuerpo, tienes que estar tan relajada y excitada como ahora para complacer al máximo a tus clientes.
Sinceramente, las palabras de la madame me importaban un comino, lo único que quería era seguir disfrutando de aquella maravilla que acababa de descubrir.
Subí una de las manos a mis senos y empecé a pellizcarme los pezones por turnos.
—Bien, muy bien, —La madame empezó a acariciarme los senos y yo me dejé llevar por la sensación— si te tocas las tetas tú misma y te pellizcas los pezones les gustará más a los hombres.
—Los clientes de este sitio harán fila para follarte —dijo Raquel.
Tengo que admitir que en ese momento era lo que yo quería, una fila de hombres dispuestos a practicar sexo conmigo, y que preferiblemente lo hiciesen de dos en dos.
—Y si te tocas el clítoris —La madame agarró la pequeña protuberancia con dos dedos y empezó a retorcerla a un lado y a otro haciéndome gritar de placer— los pondrás muy cachondos porque sabrán que quieres más.
»Otras veces serán tres hombres los que querrán tenerte al mismo tiempo, —Me entregó el otro pene de silicona— ¿y cuál es el orificio que te queda?
—La boca. —Puse mis labios sobre el objeto y comencé a lamerlo y chuparlo como si fuese una rica piruleta o el más delicioso de los helados.
—Yo creo que está lista madame —dijo Raquel.
—Sí, Marilyn es perfecta para pasar a formar parte de nuestras filas.
Me saqué el falso pene de la boca cuando llegué al orgasmo más increíble y placentero que había experimentado en mi vida.
—¡Vaya manera de correrse, niña! Creo que, con permiso de Raquel, vas a ser una de mis mejores chicas.
En ese momento me vine abajo. Después de alcanzar el clímax me arrepentí de lo que había hecho, me sentía sucia y pervertida, pero ya no podía volver atrás.
—Vístete, —La madame me dio un par de palmadas en el trasero desnudo— Raquel va a enseñarte un par de cosas. Yo tengo que ir a cambiarme, ¡me has hecho que me mojé las bragas, niña mala!
Volví a sentirme incómoda con los comentarios de la madame, y a eso se le sumaban el remordimiento y la vergüenza por lo que acababa de pasar, pero no había nada que yo pudiese hacer al respecto. La única posibilidad que tenía era trabajar en ese club y, sin un lugar al que ir, la alternativa era dormir en la calle para comer y vestir lo que me diesen o lo que encontrase en la basura.
Abrí mi mochila y saqué un chándal cómodo para ponérmelo, pero Raquel me dijo:
—No puedes ponerte esa ropa para bajar a la sala Marilyn, mejor elige algo de aquí. —Abrió el armario.
Cuando me acerqué a verlo quedé estupefacta. El armario estaba repleto de vestidos sexys, calzonas cortas, minifaldas, tops muy escotados y todo tipo de ropa con transparencias o lentejuelas, algunas con flecos tipo cabaretera de los años veinte, otras en tonos metálicos o muy estridentes...
—Es todo de la talla M —dijo Raquel.
—¡Pero si esa es mi talla!
—Sí, la madame tiene muy buen ojo para esas cosas, rara es la vez que no acierta con la talla de una de sus chicas, y ahora tú también eres una de nosotras.
No me gustaba mucho como sonaba eso de ser la chica de la madame, pero tenía que resignarme si quería tener una comida caliente y un techo bajo el que dormir y resguardarme de la lluvia y el frío.
Tenía la idea de que mis difuntos padres me estaban viendo desde el cielo y de que se avergonzaban de mí, pero, ¿qué otra cosa podía hacer? La opción de terminar la carrera de Derecho había desaparecido, al igual que la casa en la que pasé toda mi infancia y todo lo que había dentro de ella.
Por eso elegí unos shorts vaqueros que no eran demasiado cortos y un top de crochet atado al cuello que no dejaba ver nada de mi escote. Así al menos me sentiría algo protegida al bajar a la sala. Estaba segura de que había llegado el momento de conocer a algún cliente para llevármele a la cama, mi primer servicio como trabajadora sexual, pero qué equivocada estaba...