Efectivamente, el Capi, como de costumbre, ya daba señales de vida por la calle Imagen, en prolongación de la calle Laraña. Desde donde se encontraba Quino, tenía una perspectiva visual suficiente para ver con claridad que al que se veía venir era a él, al Capi, haciéndose dueño con sus tumbos, ora para un lado, ora para el otro, de toda la vía. Pero esta noche parecía que el Capi venía acompañado…
Justo detrás de él, a un par de metros escasos, una mujer, al parecer joven, no estaba seguro, le secundaba en su misma dirección y a intervalos hacía amagos de querer agarrarlo justo cuando parecía que en sus inestables bandazos se pudiera caer. «Esa mujer no conoce al Capi… Nunca está lo bastante borracho como para caerse».
Llevaba el Capi viviendo como indigente más de diez años y era, de entre los olvidados de la ciudad, el que suscitaba mayor respeto y admiración para sus iguales e individuos próximos o relacionados con la vivencia de la calle: delincuentes, traficantes, prostitutas, tenderos, policías… Y esto no era por más que por su gran corazón a la hora de relacionarse con los demás; el Capi, lo poco o mucho que pudiera tener, lo compartía si hiciera falta, pudiendo incluso privarse de la ingesta de una buena borrachera, ya planeada, por motivo de prestar a quien fuera necesario algunas perras para satisfacer su almuerzo ese día. ¿El Capi era un borracho? Sí, pero podía estar sin beber los días que hicieran falta si, por motivo de ayudar, no le quedase ni un céntimo para satisfacer el gaznate. Por otra parte, tenía claro que no le pagaba vicios a nadie, «que él, cuando no tenía, no bebía, y que cada uno que se pague sus debilidades…».
Conque el Capi, efectivamente, llegó al umbral de los bajos de la galería comercial, como siempre, sano y salvo. A pesar de haberse metido por el tragadero botella y media de un tinto de Rioja del 79 de las dos que le diera, junto con mil pesetas, el dueño de unos de los bares del centro de la ciudad por hacerle recados, despejar algunas mesas de la terraza de vasos y platos y arreglar algún que otro desaguisado de pequeña índole, como cambiar la zapata de un grifo, sustituir la cadena de un inodoro y, sobre todo, y que era lo que más trabajo le costaba hacer porque ya tenía una edad, por traer barriles de cerveza del almacén cuando se agotaba el que daba servicio en el bar. «¡Joder!, estos cada día pesan más».
Quino, incorporándose.
— ¡Hombre! Don Capi por aquí… Y vienes muy bien acompañado.
A el Capi lo acompañaba Anika. Una chica de unos treinta años de procedencia holandesa. En una de sus aventuras de viaje en bici por Europa le robaron y se quedó sin velocípedo y sin las pocas pertenencias que atesoraba, teniendo que quedarse en la ciudad, origen de su desgracia, por tiempo indefinido o hasta que la suerte le brindara la oportunidad de poder reiniciar su aventura. Mientras tanto, sobrevivía en la indigencia desde hacía ya varios meses. Tenía la esperanza Anika, de que la exposición universal que se celebraría en la ciudad en la próxima primavera, le diera la oportunidad de encontrar trabajo y poder reconducir («¡en bici ya no, por favor!») su vida. De familia desestructurada, tenía la constante necesidad de apartarse, alejarse del persistente emplazamiento de conflicto en el que se veía abocada su vida cuando se encontraba cerca de sus miembros. De ahí que, cuando se sentía algo desbordada o antes de que ocurriera, se lanzara a la aventura.
Hoy, en el barrio del Pumarejo, conoció a el Capi que daba buena cuenta de su recompensa del día por aquellas latitudes de la ciudad. Este barrio, por aquella época, era el elegido por los indigentes para esparcirse después de un día bueno o malo, qué más da, y socializar entre ellos. Es de suponer que la otra media botella de Rioja se la habría bebido Anika, sin duda gentilmente ofrecida por el Capi, porque sus ojos chispeaban al unísono que las estrellas cuando escrutó con su mirada a Quino, que esa noche fría de invierno, ofrecían en el cielo despejado de la ciudad un espectáculo lumínico natural previo al esperado alumbrado navideño.
— Creí que ya no aparecerías… que habrías sucumbido al frío y estarías en el albergue…
— Sabes de más que para que eso ocurra —al mismo tiempo que el Capi contestaba a Quino iba acomodando su cama: un colchón hinchable de los de camping con dos mantas, de medidas 90x200 cm, situada al extremo izquierdo del poyete, en la parte inferior, en la superior se ubicaba el Viejo que, como todas las noches después de cansar sus hábiles manos tocando su viola, se había quedado dormido con el instrumento aún agarrado entre sus dedos— tengo que estar muy pero que muy mal. Porque no hay nada mejor que tu propia casa… Anika, Quino… Quino, Anika…
— Hola, Quino. ¿Y dónde dormir yo?… — depositando en la parte inferior del poyete un macuto y un pequeño caballete que cargaba.
— Qué tal Anika. Compartiremos los aposentos…
— Tú duermes conmigo… —El Capi protestón—. Que yo he sido el que te ha invitado —indicándole con la palma de la mano, ni sucia ni limpia, el lugar que le ofrecía de la cama—. Verás qué calentitos vamos a pasar la noche…
— ¿Pero tú no tocar?…
— No, yo no tocar ¡Pero si puedes ser mi hija… que te voy a tocar yo!…
— Qué buen anfitrión eres, Capi…
La Operación Colada llevaba quince días activada, los mismos que Quino intentaba conducir hacia el camino de la eficiencia infiltrado en aquel grupo de indigentes y, que paso a paso, de a poco y con mucho tiento, estaba recogiendo frutos valiosos.
Las noches eran las más productivas si el Capi no se encontraba ni muy borracho ni cansado. Si estas circunstancias no se daban, podía mantener largas conversaciones con él, sustrayendo de ellas información valiosa que, después de hilar los flecos sueltos y de hacerle un buen pespunte al tejido de la indagación, estaban siendo, hasta ahora, muy productivas.
Pero esta noche el Capi estaba exhausto y cayó puyero. Ni siquiera pudo dedicar el tiempo que de costumbre, sí hacía, a escribir en su diario. Quizá había cargado hoy con más barriles de cerveza o fregado más platos, qué sé yo. El caso es que Quino después de su última interpelación con él, obtuvo por respuesta un par de ronquidos graves, secos, como de oso cavernario. Anika, llena de ternura al ver a su reciente amigo rendido a Morfeo, se dirigió a su lecho y lo arropó con su par de mantas, que esperaban, en la noche fría, a ser utilizadas. Quino le ofreció a Anika su mantita fina como papel Smoking y ella, aceptándola con una sonrisa tibia que invitaba a deducir que a pesar de todo era una mujer hermosa: ojos verdes, cabello rubio, tez albar salteada de pecas livianas y rosadas que le otorgaban a su rostro, levemente anguloso, una ágil sensación de frescura, se sentó en el poyete junto a Quino.
— Graciar—mirándolo con los ojos humedecidos.
— No te he visto nunca por aquí.
— Me quedo siempre yo en la sona de Alarmeda.
—Alameda.
— Sí, eso, Alameda. Allí me gustó más siempre. Mucho bohemio allí... pintores como Anika y artesonos.
— Artesanos.
— Eso... Aunque mucho también de prostituto y de droga allí.
— Sí, mucho. ¿Eres pintora? —Señalando al caballete que acababa de dejar Anika en el suelo.
— Eso soy yo, pintora.
— Y qué haces aquí en Sevilla. Porque, no eres de aquí...
— Soy de Amberes... ¡Uy! Mucho que contar yo... Pero ahora tengo sueño. Vino muy bueno tenía el Capi. Yo he bebido demasiado. Tú mucha pregunta. Parece un polichía...
Mientras decía esta última frase, Anika dejó caer poco a poco su espalda sobre la superficie del poyete, junto al Capi, bostezando ampliamente al aterrizar en ella. Quino la acurrucó con su mantita como papel smoking mientras pensaba que «a ver si esta holandesa de los cojones la iba a descubrir ahora…». Se quedó dormida al punto.
Normalmente, Quino cuando el Capi y alguno más de los que en la noche pernoctaban en los bajos de la galería comercial habían planchado la oreja, se marchaba a su casa. Pero esta noche, para acompañar a Anika —el Capi se las arreglaba bien— se quedaría.
«Es que tengo insomnio crónico, apenas si duermo. Con un sueñesillo de poco más de una hora voy que me las pelo. Además, con vuestros ronquidos de elefante enjaulados cualquiera duerme aquí... Me gusta pasear por las calles vacías y quietas de la noche». Le decía Quino a los chicos para justificar su ausencia en las noches. Por lo que era para ellos Quino, un hombre raro; no solo apenas dormía por la noche, sino que tampoco bebía.
«Unas costumbres muy raras tienes Quino, para ser un sin techo». Le dijo en alguna que otra ocasión el Capi.
Hasta ahora, pudo hacer conciliable el hacerse pasar por un indigente más y tener esos hábitos, pero, no sabía por cuánto tiempo. Quizá, pensaba, era hora de arriesgar un poco más, de intentar sonsacar información determinante. Con astucia, por supuesto.
«Y ahora, Anika... Vaya el pildorazo que me ha tirao. No sé si ha sido casualidad o si es que es más lista que el hambre... Que parezco un policía... Manda huevos».
Se decía para sí Quino mirando los ojos dormidos de Anika y escuchando los ronquidos del Capi.
Esta noche, seguro y con total veracidad, pasará la noche en vela.
Desde que empezó este servicio de la Operación Colada, estoy... ¿cómo llamarlo, desubicado? No sé... Me asaltan dudas constantemente acerca de mi profesión.
Y ya ves... yo que creía que mi vocación era imperturbable, que cuando decidí dedicarme a ella tenía —y era así, lo sentía con nítida claridad— suficientes razones y motivos para desempeñarla con dedicación y entusiasmo. Sin duda, y te lo digo a ti, Nadie, en este momento de mi profesión, y por qué no decirlo (además, no se lo digo a nadie, solo a ti, Nadie, que es como decirlo a todas las gentes posibles), me siento como un títere regido por los hilos de aquellos que buscan su propio beneficio. Quién me iba a decir a mí que necesitaría construir palabras para acercarme, en más o menos medida, a la liberación personal.
A quién contarle mejor que a Nadie, que me escucha y me comprende y entiende mejor que yo mismo.
Eres un interlocutor tan neutral y al mismo tiempo tan apasionado...
Si no fuera por ti, ya hubiera desistido.
Al final de cada reflexión siempre me haces apreciar cualquier atisbo, recoveco, que me insta a seguir en el camino.
Seguiré porque te descubrí, Nadie, y me insuflas la energía que necesito para no desandar el camino...
Pero aún así, ¡quién me mandaría a mí poner en la solicitud de acceso al cuerpo nacional de policía que hice dos años de interpretación en la escuela Viento Sur Teatro! Estaría ahora, seguro, haciendo servicios normales. «A patrullando la ciudad», como decía aquél... Y no aquí, conociendo de primera mano a los olvidados de esta sociedad hipercapitalista y sin poder hacer nada para ayudarlos.
Ayudaré, eso sí, a que el sistema siga siendo como hasta ahora: a esconder la parte que les avergüenza en aras de engrandecer la imagen de una ciudad. Pero y a ellos, ¿quién les ayudará?...
¿Lo ves? Me acabas de recordar Nadie, que al menos habré contribuido a desmantelar una organización importante de tráfico de drogas, y con suerte, meter entre rejas algún que otro narco de envergadura.
Nunca podría haber imaginado que una operación policial absorbiera tanto de mí a nivel personal. Tanto, que a veces me pierdo entre los dos Quinos, policía e indigente, y me hago un nudo entre las dos identidades intentando diferenciarlas en los momentos en que una de ellas me tira con más fibra. Hasta ahora estoy logrando deshacerlo, pero cada día me tengo que esforzar más para conseguirlo. Tengo que confesarte Nadie, que ha habido jornadas enteras en las que el Quino indigente ha sido dueño de mí y si no se hubiese dado el requisito de tener que ir a la comisaría para dar novedades acerca de las indagaciones, bien por ser reclamado por el inspector jefe o porque era día de hacerlas, te digo yo que el Quino policía hubiese tardado en aparecer.
Sí, paradójico, pero en ocasiones tengo la sensación de que me identifico más con él. He vivido tan de cerca situaciones en las que simplemente por haberte criado en un mal barrio, la línea que separa entre ser «un olvidado» y no serlo es tan fina… Compañeros de colegio y amigos y conocidos la cruzaron sin apenas darse cuenta. Y es que haber vivido en un arrabal donde descubres la parte más cruenta e injusta de la sociedad, y aun habiendo subsistido a ellas, permanece en uno, al menos en mi caso, un gran sentido inalterable de la humildad y de la solidaridad. Sí, ya lo sé. Y no me chilles. Además, lo sé por dos vertientes en principio distintas, pero que al final confluyen ambas: En la práctica de la interpretación, el actor jamás debe dejar que el personaje se instale en el Yo personal. Que es esencial para poder vivirlos sin que te atraviesen los filamentos emocionales. Y en cuanto al desempeño de la actividad policial, igualmente te debes hacer de un parapeto/coraza para poder preservar la vitalidad mental ante tan infaustas situaciones.
Lo sé.
Pero hay situaciones que por más barricadas que te construyas, te sobrepasan.
No sé…
Esta noche he dormido con el Capi y Anika en los bajos de la galería comercial. No quería dejarla a ella allí, con el Capi durmiendo la mona, que no se entera de nada ya pueden caer cohetes. Y he podido dormir. Como lo oyes. Estuve contemplando a Anika dormida y me contagió. Me entró un sopor...
Tiene una cara muy dulce y transmite paz. No sé.
A las cuatro estoy citado con Serrano para informarle de novedades, así que voy a desayunar y a descabezar un poco.
Creo que no esperaré más para pedirle lo que es justo. Que, por otro lado, es algo que necesito para poder continuar…