El recuerdo era claro y brutal.
La ceremonia de la boda, las sonrisas falsas, el vino tinto derramado como sangre.
Ricardo me llevó a la bodega, con la excusa de una celebración privada.
Sofía estaba allí, esperándonos.
«Lo siento, Elena», dijo, pero sus ojos brillaban de triunfo.
Me empujaron a la enorme cuba de fermentación. El mosto frío me cubrió, pesado y espeso.
Luché, arañé los lados de madera, pero sus rostros me miraban desde arriba, impasibles.
El dolor, la traición, el aire escapándose de mis pulmones.
Ese recuerdo era el motor que me impulsaba ahora.
No quería solo justicia. Quería que sintieran la misma desesperación que yo sentí.
Quería que perdieran todo lo que tanto deseaban, justo cuando creyeran tenerlo en sus manos.