Capítulo 3

Dos días después, la rueda de prensa fue exactamente como la recordaba. Un salón lleno de periodistas, el sonido incesante de los flashes y el murmullo de las especulaciones.

Luciana, sentada en el centro de la mesa, parecía una reina trágica. Su rostro, perfectamente maquillado para mostrar una tristeza digna, se dirigía a las cámaras.

"Iván y yo hemos decidido tomar caminos separados", comenzó, su voz temblando ligeramente, un truco que había perfeccionado en el escenario. "Ha sido una decisión mutua y amistosa. Nuestro amor simplemente se agotó con el tiempo."

Luego, abordó el tema de Leon.

"Leon es como mi hermano pequeño. La pérdida de su hermana nos unió en el dolor. Es familia. Las insinuaciones de los tabloides son crueles y completamente falsas."

Yo estaba sentado a su lado, un mero accesorio en su espectáculo. En mi vida anterior, me habría quedado callado, humillado, siguiendo el guion que ella me había impuesto.

Pero ya no.

Cuando un periodista me dirigió el micrófono, ignoré las preguntas preparadas.

"Señor Castillo, ¿tiene algo que añadir?"

Me incliné hacia el micrófono. El silencio se apoderó de la sala. Todos esperaban que corroborara la historia de Luciana.

"Sí", dije, mi voz clara y firme, sin emoción. "Confirmo que nos separamos."

Hice una pausa, mirando directamente a la cámara principal.

"Pero la razón es mucho más simple. Ya no amo a Luciana Salazar."

Un jadeo colectivo recorrió la sala. Los flashes se intensificaron, como un relámpago en una tormenta. Vi de reojo a Luciana; su mandíbula estaba tensa, sus ojos abiertos de par en par por la conmoción. Su máscara de tristeza se había roto.

Me levanté. "Eso es todo."

Salí del salón sin mirar atrás, dejando a Luciana sola para enfrentar el caos que yo había desatado.

Esa noche, mientras metía mis pocas pertenencias en una maleta, ella irrumpió en la habitación.

"¿Qué demonios fue eso, Iván? ¡Teníamos un acuerdo!"

"Mi acuerdo era firmar los papeles", respondí, cerrando la cremallera de la maleta. "Y lo hice. Mi única condición era que desaparecieras de mi vida. Eso empieza ahora."

"¡Me humillaste! ¡Me hiciste quedar como una tonta!"

Me reí, un sonido amargo y hueco. "¿Como una tonta? Luciana, durante diez años, el mundo pensó que yo era el tonto. El chef prometedor que lo dejó todo para seguir a su novia estrella. El hombre que vivía a tu sombra. Ya he pagado mi deuda."

"No puedes simplemente irte así."

"Mírame", dije, cogiendo la maleta. Caminé hacia la puerta, pasando a su lado sin rozarla. "Ya me he ido."

Dejé el apartamento que una vez llamé hogar, dejé Madrid, y conduje toda la noche hasta La Rioja, el lugar donde nací. Las cenizas del pasado ya no me quemarían.

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