Capítulo 2

.Anton.

Después de la infame reunión con nuestro padre, el ambiente en el penthouse que compartimos los seis era una mezcla tensa de resignación y cálculo. Sabíamos que, tarde o temprano, la conversación sobre la poligamia familiar volvería. Se esperaba que, como herederos del linaje Alexandov, encontráramos a la mujer que estuviera a la altura de la casa y que aceptara a seis maridos bajo el mismo techo.

El problema era simple: ¿Cómo encontrar a una mujer capaz de soportar, y complacer, a seis hombres con personalidades tan diametralmente opuestas? Adrik, mi gemelo, compartía la mayor parte de mis gustos, pero ni siquiera nosotros éramos idénticos.

Al menos mis primos Volkov tuvieron la "suerte" de una promesa de matrimonio concertado con nuestra prima adoptiva, Irisha, desde que ella tenía siete años. Pero incluso para ellos las cosas no eran fáciles; Irisha desapareció de Moscú hace cuatros años, y solo sus padres saben de su paradero.

—No es el hecho de que Papá quiera que sigamos unidos —empezó Nikolay, nuestro hermano mayor, paseándose por la sala—. Es el tiempo límite lo que me irrita. ¿Dos meses para buscar a la futura matriarca de los Alexandov? Es absurdo.

—Y que no compartimos los mismos estándares, ni el mismo trato con las mujeres —señaló Lukyan, golpeando la mesa.

—Ese es el meollo del asunto —Sascha bufó, rodando los ojos.

Sascha era, a sus veintitrés años, un volcán de temperamento. Su trato con las mujeres era brutal; las humillaba y las maltrataba, disfrutando de la sumisión en la intimidad. Necesitaba de ellas para sus desahogos sexuales, pero pocas soportaban su agresividad. Lukyan, por su parte, sufría de ataques de ira y canalizaba su violencia con una amante que parecía dispuesta a tolerar el abuso, incluso físico.

Nikolay era el opuesto: controlador, obsesionado con el orden y la fidelidad. Nunca aceptaría compartir a una mujer que considerara de su propiedad. Gregori, posesivo y exigente, demandaba salud y exclusividad absoluta. Una mujer en su cama tenía que estar sana en cuerpo y mente; la infidelidad significaba el exilio inmediato. Adrik y yo éramos los únicos que compartíamos abiertamente nuestras conquistas, unos mujeriegos incorregibles que, al menos, sabíamos ser encantadores.

—Necesitamos una chica que pueda manejar a los seis —dijo Adrik, mirándome con el desafío de un cazador.

—No es viable —respondí, devolviéndole la mirada—. Ninguna mujer en su sano juicio aceptará seis personalidades tan diferentes y, seamos honestos, tan problemáticas.

—Yo tengo una candidata en mente —La voz de Gregori capturó nuestra atención—. La vi en el hotel principal hace unos días. Es completamente distinta a nuestro tipo habitual, pero creo que podría ser interesante. Si vamos a casarnos con una sola mujer, al menos que cumpla con todos los requisitos... y caprichos.

—Yo también vi una muy llamativa —intervine —. Pero dudo que su aspecto les agrade a todos.

Nikolay se levantó, dando por terminada la primera fase del debate. —Bien. Confiamos en ustedes para empezar la cacería. Pero que quede claro: cada uno debe tener una candidata. Busquen una buena opción, y luego decidiremos.

Mientras mis hermanos se dispersaban, me dirigí a mi habitación. Mi asistente acababa de enviarme un archivo adjunto. Abrí la carpeta sobre la chica de cabello rosa quehabia visto en la cafetería:

Jennifer Collins. Diecisiete años. Estadounidense. Llegó hace una semana y vive sola. Estudiará en la universidad. Su fecha de nacimiento es sospechosa, posiblemente falsa.

Es muy joven, pero eso no es un impedimento. Es una incógnita, y eso la hacía infinitamente más atractiva. Para mis gustos habituales, ella era una anomalía: su vestimenta y su mirada sugerían una fiereza que no he encontrado en ninguna de mis conquistas anteriores. Se veía salvaje, como una ninfa o un hada oscura, prohibida y seductora.

No me importaría si ella terminase siendo nuestra mujer.

Mi gemelo entró sin avisar, con su habitual sonrisa radiante. —Cuéntame sobre esa chica que viste.

Para nosotros, era costumbre compartir los detalles de nuestras conquistas, las que disfrutábamos juntos antes de descartarlas.

—La vi en un centro comercial, entrando a una tienda.

—¿Y no te acercaste a ella? —se burló Adrik.

—Me quedé estático. Es la verdad.

—¿El gran Anton Alexandov, paralizado por una mujer? Eso es una novedad.

—Tienes que verla para entenderme. La chica tiene piercings.

—Vaya. Las mujeres a las que estamos acostumbrados nunca se "lastimarían" así su cuerpo.

—Exacto. Esta es diferente. Apuesto a que tiene tatuajes escondidos en ese cuerpo. Me aseguraré de averiguarlo.

—Oye, déjame algo de investigación, yo también quiero comprobarlo —reclamó Adrik.

—Oh, no, hermanito. Primero la tengo que conquistar yo. Después, si la considero digna de nuestra atención, todos ustedes podrán unirse —Palmeé su hombro—. En unos días la veré de nuevo. Me aseguraré de que esta vez, me note.

—Odio esperar.

—Tendrás que hacerlo. Esto nos dirá si esa chica es realmente difícil o si solo quiere provocar con esa apariencia. Es nuestra prueba de fuego.

Habían pasado unos días desde mi encuentro visual, y ya había conseguido un avance: esa hermosa desconocida había visto mi rostro en la cafetería. Aunque su mirada fría y completamente desinteresada fue un golpe a mi ego —jamás me habían mirado así—, la indiferencia solo avivó mi interés.

Hoy daría el siguiente paso. Había rastreado su rutina: cada mañana, antes de la universidad, Jennifer pasaba por la misma cafetería.

La vi entrar. Salí rápido de mi coche y me dirigí al local con sigilo, planeando un "accidente" coreografiado.

Escuché su pedido: café y galletas. Unos minutos después, se lo entregaron. Esperé a que se volteara. Justo cuando se giró con la bebida caliente en la mano, me interpuse en su camino.

Pensé que me mojaría de café, pero ella fue rápida. Solo unas gotas cayeron sobre mi zapato de cuero.

—Disculpa —Levantó la mirada. Sus ojos me clavaron un juicio frío—. Debiste mantener más tu distancia. Es peligroso.

Qué carácter.

—Tienes razón. Mis disculpas por eso.

—Tu zapato se mojó.

—No te preocupes. Lo importante es que tú estás bien —Saqué mi mejor sonrisa de playboy—. Por cierto, soy Anton Alexandov.

—Jennifer —Trató de rodearme, pero me moví ágilmente para bloquear su paso—. ¿Qué quieres?

—Tu número. Me gustaría invitarte a un café para compensar el inconveniente.

—¿Un café? Estoy tomando uno ahora, ¿Lo ves?

Muerdo mi labio, fascinado por la fiereza de esta mujer. —Bueno, puede ser otra cosa. Un postre, una cena... Lo que tú quieras.

—No quiero nada. Adiós.

Antes de que pudiera escapar, tomé delicadamente su brazo. —Por favor. Me interesaste desde que te vi la primera vez. ¿De verdad no me recuerdas?

—Claro que sí. El hombre que no me quitaba la mirada de encima.

—Me alegra que me recuerdes. Yo no he podido dejar de pensar en tus ojos.

Ella levantó una ceja, su mirada gélida me evaluaba. Esto era un reto.

—Que te recuerde no significa que te daré mi número, Alexandov. Suéltame, no quiero llegar tarde.

Retiró mi agarre con un movimiento brusco y se marchó.

Joder. Quería a esa mujer en mis sábanas más que nada.

Capítulo 3

.Jennifer.

La perseverancia de Anton Alexandov no era un simple coqueteo, era un asedio. Desde que el segundo encuentro, mi rutina matutina cambió por completo. Su Ferrari rojo, su sonrisa desarmante y su paciencia al esperarme cada mañana en la acera de la cafetería eran un espectáculo que pocos hombres habrían sostenido. Me gustaba su persistencia, me gustaba lo que había visto, pero mi regla de oro era simple: no tomo una mano sin antes conocer su historia. Por eso, observaba cada gesto, cada expresión y cada matiz en su voz.

—Jennifer —Lo vi apoyado casualmente en su deslumbrante Ferrari rojo, el color que tanto me atraía.

Me quité los audífonos. —Hola, Anton.

Se acercó, su sonrisa era genuina. —¿Te parece si cambiamos de rutina? Te traje el desayuno —Me ofreció el café y las galletas. Era una cortesía que ya aceptaba por inercia. —¿Nos vamos?

—De acuerdo.

Mientras caminábamos, me preguntó: —¿Siempre escuchas música?

Lo miré, sintiendo que nuestra conversación profundizaba por primera vez. —Sí, mucho.

—Mi hermano pequeño también. Tocaba la guitarra y cantaba, pero lo dejó por problemas familiares.

—Qué admirable. Yo toco el piano y... —Suspiré, el recuerdo era aún amargo—. Casi me convierto en cantante profesional.

—¿Y qué sucedió?

—Problemas. Por eso me mudé a Rusia, un corte de raíz.

—¿Piensas dejar ese sueño a un lado?

La pregunta me tomó por sorpresa. Era la primera vez que alguien lo abordaba con seriedad.

—Aún no lo sé. Todavía no me decido si es un final o una pausa indefinida.

—Me encantaría escucharte algún día.

Decidí no responder a eso, no quería abrir esa puerta aún. Al llegar a la universidad, me detuve y lo miré a esos hermosos ojos oscuros que me observaban con intensidad.

—Toma —Le entregué un papel con mi número de teléfono. —Gracias por el desayuno y la compañía.

Su sonrisa se amplió, transformando su rostro. —El placer es mío, créeme. No es nada.

—Bien, entonces... —intenté despedirme.

Me interrumpió, aprovechando el momento. —Quiero invitarte a cenar, como una disculpa formal por nuestro segundo encuentro. ¿Aceptas?

Su esfuerzo era notable. Cualquier otro hombre se habría rendido.

—Está bien —Acepté, dejándome llevar por el impulso—. Acepto.

Me abrazó con una fuerza inesperada, su cuerpo firme y musculoso contra el mío. Sentí una punzada de excitación y temor.

—No te arrepentirás —Susurró sobre mi oído, dejando un breve beso en mi mejilla antes de marcharse.

Desde aquel día, Anton se había convertido en una presencia constante en mi vida. Los mensajes de buenos días, su compañía a la universidad, y las largas llamadas nocturnas que se extendían hasta que uno de los dos se quedaba dormido. Algo dentro de mí estaba cambiando, una fisura en la pared que había construido. La amabilidad, la atención persistente y el enfoque que Anton me daba no era amor, sino algo más peligroso: era dependencia.

Al verlo a lo lejos, la emoción me invadió. Vestido de manera informal, pero impecable, se veía perfecto.

—Hola, linda.

Me detuve. La voz era similar, pero no idéntica. Más ligera, con un tono ligeramente más alto. Su mirada, aunque idéntica en color, carecía de la intensidad seria y cautelosa de Anton.

—¿Quién eres? —Lo interrogué, cruzándome de brazos.

Sus ojos se abrieron en una sorpresa teatral. —¿Cómo lo supiste? No soy Anton.

—Soy muy observadora. Anton tiene la voz ligeramente más grave, y tu forma de sostener el café es diferente a la suya. Además —señalé un punto bajo su ojo derecho—, tienes un lunar diminuto ahí que él no tiene.

Soltó una risa gutural y divertida. —Me descubriste. Soy Adrik, su gemelo. Anton te habló de mí, supongo.

—Lo mencionó. Dijo que eran como dos gotas de agua.

—Y tenía razón. Somos idénticos en casi todo, pero parece que tú eres la primera persona que logra diferenciarnos.

—Dos gotas de agua siempre son diferentes en cantidad. A mí nadie me engaña —sonreí con suficiencia—. ¿Dónde está Anton? No mencionó que no vendría.

—Le surgió algo urgente de trabajo. Me pidió que viniera en su lugar, y yo, por supuesto, no quise perderme la oportunidad de jugar a ser mi hermano. Es una vieja costumbre.

—Lástima que no funcionara conmigo.

Entramos a la cafetería. Mientras ordenaba mis galletas de avena de siempre, Adrik continuó.

—Escuché que mi gemelo te invitó a cenar.

—Así es.

—Vengo a confirmar la hora. Es hoy a las ocho de la noche. Y habrá una pequeña adición: mi hermano Gregori y yo asistiremos. Espero que no te moleste que te acompañemos.

Una cita con tres Alexandov. La propuesta no me molestó, de hecho, me intrigaba.

—Al contrario. Anton me ha hablado mucho de sus hermanos. Siempre quise conocerlos. Sobre todo, a ti.

—¿Te causo curiosidad? —Su sonrisa se volvió pícara.

—Anton me dijo que su conexión es única, que son muy unidos.

—Y no se equivoca. Amo a mi hermano. Y yo también quería conocerte.

Adrik era más extrovertido y juguetón que Anton, con una energía contagiosa. Hablamos con una facilidad inusual, como si nos conociéramos de toda la vida.

—Te veo esta noche, linda —Se despidió con confianza, besando mi mejilla y guiñándome un ojo.

Ahora estaba doblemente intrigada. Y ansiosa. ¿Se parecería Gregori a ellos? ¿Sería igual de atractivo?

El día se arrastró. Tenía la cabeza llena de rubios y ojos oscuros. Fui al baño antes de mi última clase, tratando de calmar mi torbellino de pensamientos.

—¿Supiste sobre el rumor de Sascha Alexandov? —Escuché a una voz desconocida.

Alexandov. Mi sangre se heló.

—Sí, pobre chica —respondió otra.

—Dicen que huyó después de que él la ultrajó. Que la maltrató y le dijo cosas horribles.

—¿Qué se puede esperar de los Alexandov? Todos tienen fama. Cada uno tiene su propio historial con las mujeres.

—Yo solo me imagino estar en la cama de Anton o Adrik... son tan guapos.

Apreté los puños.

—Ellos tienen una reputación un poco menos oscura, pero son unos mujeriegos incorregibles. Nunca repiten con la misma mujer y jamás se les ha conocido una novia seria. Cambian de mujer como cambian de ropa interior.

—Y lo peor es que he oído que a veces se las arreglan para compartir a sus conquistas. Doble placer, supongo.

No necesité escuchar más. Salí del baño, mi fachada de desinterés completamente desmoronada. ¿Mujeriegos? ¿Comparten? ¿Un historial familiar de abuso?

Sentí un escalofrío de rabia. Había caído en las dulces palabras de Anton, y ahora seguramente creía que yo sería su próxima presa desechable. El sentimiento de dependencia se transformó en una necesidad urgente de recuperar el control.

Las horas se esfumaron.

Me puse mi armadura: un vestido negro de seda, ceñido al cuerpo, con un profundo escote en V y la espalda casi completamente al descubierto. La falda era provocativamente corta. Completé el look con tacones negros, mi perfume cítrico favorito y un maquillaje intenso, resaltando mis ojos y mis labios con un rojo apetecible.

El timbre sonó.

—Muy bien —murmuré, tomando mi bolso y mi abrigo.

Abrí la puerta. Allí estaba él, Anton, vestido con un traje de corte impecable, todo en negro, pero con los tres primeros botones de su camisa desabrochados, revelando su cuello musculoso.

—Hola, hermosa —Besó mi mejilla con una cercanía que me erizó la piel—. Estás impresionante.

Al separarse, noté sus pupilas dilatadas, llenas de la lujuria que ni siquiera se molestó en ocultar. No dejó de mirar mi escote.

—¿Lista para irnos? —Me ayudó a ponerme el abrigo con una gentil brusquedad y tomó mi mano, posesivo.

—Lista —respondí, y en ese momento, Jennifer Collins no era la presa, sino la cazadora.

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