Capítulo 2

A veces, la felicidad que uno disfruta no es propia, se debe a alguien más. Cuando ese es el caso, sólo es cuestión de tiempo para que vengan a cobrar aquella inadvertida deuda…

Es un día como otro en la casa Martínez, pronto volverán los tres hijos de la familia de la escuela y también el padre. Por ello, Estela, la reina del hogar, siempre trabajando sin descansar, prepara ya la mesa para su amada familia. Pone tanta diligencia ubicando las servilletas, los cubiertos, etc. que pareciera acomodar a conciencia cada día de su vida.

Aunque cuando era más joven, Estela no tenía planeado hacerse madre tan rápido como cumpliera los diecinueve años, no. Originalmente tenía el modesto sueño de ser la químico farmacéutico que diese con la vacuna contra el cáncer. No obstante, en la vida siempre hay deslices, y Estela se encontró con el suyo a las puertas de la universidad: drogada por sus ilusiones, pisó una cáscara de plátano, lo que, a su vez, propició que fuera a dar a los brazos de su actual esposo, Jaime Martínez. Cabe acotar que Jaime es un genio, por lo que, pese a que es un año menor que Estela, iba a ser uno de sus catedráticos en la facultad de medicina.

Estela, por su parte, era una brillante estudiante, pero el intelecto de ambos no bastó para contener la pasión que se desató entre ellos apenas se conocieron. Aunque, al menos, tuvieron la sensatez de terminar su relación académica a los dos meses de conocerse, antes de que se notase el embarazo de la alumna. Y así fue como Estela, aun contra la voluntad de sus padres, se casó con su ex catedrático.

La estudiante dejó su noble misión de erradicar el cáncer a cambio de una empresa no menos encomiable, criar a sus hijos para hacer de ellos personas de bien, que sirvan a sus prójimos.

En fin, luego de la breve recapitulación, dan las siete de la noche y automáticamente arriban los tres grandes proyectos de los Martínez. Los muchachos registran su entrada con un beso en la mejilla de su madre.

—Hola, mamá —saluda el mayor, de diecisiete años.

Parece como si a Luis, el primogénito, le hubieran colocado cada uno de los rasgos faciales de su madre, cabello castaño, ojos claros, nariz y barbilla fina. A decir verdad, el chico resultó bastante apuesto.

—¿Qué hay de cenar? —investiga pronto el segundo, de catorce años.

Lucas es el rechoncho de la pandilla y aunque se parece mucho a Jaime, su padre, nadie se explica cómo entre la familia de mazorcas apareció aquella sandía.

—Lávate las manos antes de pensar en cenar —recuerda Estela con una sonrisa que ya anticipaba las palabras de su voraz descendiente.

—¡Mamá! —abraza el más cariñoso de los tres, de doce agostos.

—Jorgito —Estela llena de afecto las mejillas del último de su camada.

Seguidamente, se apersona el más viejo de sus chicos, Jaime, quien parece haber olvidado toda efusividad en el trabajo. El tipo, ahora encargado de un laboratorio, no saluda. Va directo a su recámara a quitarse la ropa de trabajo junto con el estrés. Los hijos parecen no darse cuenta de que un extraño ha venido en lugar de papá, pero Estela sí lo nota. Aun así, la paciente mujer no se inquieta, pues comprende los múltiples compromisos que carga su marido. Ya habrá tiempo para arreglar aquellos pendientes luego, pues cuenta con el margen de sus impecables atenciones a su esposo.

Tras servir la comida para los chicos, la hacendosa señora se dirige a su taciturno marido… «Por lo que veo, nunca faltan los berrinches en esta casa…».

Entonces se encuentra con que el señor químico está inmerso en una ducha.

—Cariño, los niños ya se encuentran cenando. Vamos a acompañarlos —sabiamente, le recuerda que es el único momento del día en el que toda la familia se reúne y comparte.

Estela, aunque pretende diligencia, en realidad, está ciega y sorda para darse cuenta de la obscura bandada de reproches en contra suya que revolotea a su lado como caóticos murciélagos.

—Enseguida voy —contesta Jaime bajo sus cataratas.

—De acuerdo —la esposa opta por no enredarse en los cambiantes ánimos de su cónyuge y regresa al comedor a atender a sus príncipes.

Pobre Estela; se ha desentendido de que… «Ni siquiera se asomó a verme. Creo que ya no cuento como hombre ante sus ojos. De no ser porque la que sí me ama me lo hubiera pedido, yo no volvería más a esta casa…». Suspira Jaime más fastidio que culpa.

~

Media hora después.

—Mami, ¿papá no vendrá? —Jorgito se preocupa—. Es que ayer me prometió que hoy jugaríamos fútbol luego de comer.

Pese a lo que había dicho, Jaime aún no se digna a presentarse en el comedor. Lo que hace que Estela se compunja por Jorgito, el único que se ha quedado después de la cena, mientras que sus hermanos ya se alistan para dormir.

—No te apures, mi cielo. Tu padre ha de estar muy ocupado ahora, pero si mañana no juega contigo yo tomaré su lugar —se compromete Estela.

—¿Y tú sabes jugar? —desconfía el pequeño.

Entonces la señora se echa a reír con ironía.

—Desde luego que sé. De hecho, si no fuera por mí tu papá ni siquiera conocería el balón —presume la dama, recordando también su atlética adolescencia.

—¿De verdad? —se emociona Jorgito—. ¡Ya verás como te venceré!

—Eso está por verse. Por lo pronto, ve a dormir que un buen futbolista necesita mucho reposo —despide a su hijo con un beso.

En definitiva, pocas son las mamás como Estela, las cuales saben resolver cada detalle de la vida de sus niños.

Sin más, recoge la mesa, lava los platos, deja preparados los uniformes escolares junto con la ropa del marido para el día de mañana. También verifica contar con lo necesario para el desayuno. Aunque al final, ya que no ha cenado por esperar al ingrato de Jaime, el hambre la obliga a hacer una pausa en las penumbras de la ahora dormitada cocina.

Mientras come una manzana verde, se pregunta cómo encarar el último pendiente del día, su ausente marido… «¿Qué tendrá que no quiso cenar?».

Finalmente, cuelga el mandil junto a su título de ama de casa, para convertirse en una soñadora más que va hacia su lecho. Así que sube las escaleras rumbo a su alcoba con pasos tan pesados como su cansancio. Supone que Jaime ya duerme, por lo que abre la puerta cuidadosamente, mas es sorprendida por la música suave que emana de la recámara y el seductor aroma de las velas ardiendo en pasión.

—¿Querido? —sondea en voz baja.

—¿Desde cuándo nos acostamos sin acostarnos? Hoy quiero dormir contigo sin dormir —propone Jaime, mientras le ofrece una copa.

Estela acepta la copa llena de un último intento y se sienta al borde de la cama.

—¿Así que por esto me dejaste plantada en la cena? —observa su alrededor lleno de pétalos de rosa—. Tengo que admitir que me has sorprendido, ya que, a decir verdad, no eres un sujeto muy romántico que se diga.

Entonces se bebe el vino como si fuera nada y sin esperar respuesta de su amante se tumba en la cama, con el desinterés de un cadáver respecto a lo que los gusanos han de hacer de él.

Jaime no se ha dado cuenta del agotamiento de su mujer ni se ha percatado que ahora hace de buitre picoteando los pies de un “muerto”.

—Me había olvidado de la suavidad de tus plantas —confiesa él entre amorosos besos.

Y a su vez, sus oídos preguntan por los gemidos que ella le presentó la primera vez que se entregaron. Mas en cambio, cual indeseable figura paterna que aparece en lugar de su hija ante la serenata del pretendiente, toscos ronquidos responden. Tal contestación cercena la inspiración del necesitado Jaime. La madre de sus hijos ha dejado huérfana su pasión.

—¿Y se supone que tú eres mi mujer? —se relame los bigotes con fastidio.

No le queda más que tomar su lugar en el nido del olvido, en donde la que lo ha rechazado aun le da la espalda para, a su vez, echar pierna sobre el reposo. Aun así, el mendigo se conforma con las migajas y encuentra excitante hacerle el amor a su esposa sin tocarla…

No obstante, desde los intestinos de Estela sopla una cruel y apestosa burla, como diciendo «Qué patético, un tigre hambriento incapaz de comerse la oveja que tiene a su alcance», lo cual termina sofocando toda pasión en su defraudado marido.

Antes de acostarse, Estela ha dejado todo listo para mañana, pero, otra vez, olvidó que ella es una mujer y su esposo un hombre. Entonces Jaime se hastía de ser como aquellos árboles que se queman a sí mismos con tal de no morir de frío

Pese a su genio, el químico fracasa por enésima vez al querer dar con la fórmula para que el amor de su esposa vuelva a hacer ignición.

Lo próximo es que Jaime se pone de pie, toma su teléfono y acude a cierto contacto registrado con una cruz…

—¿Bueno? … Hice lo que me dijiste: le recé versos al oído y besos a sus pies; pero ¿sabes con qué me respondió? Con melodiosos ronquidos y una perfumada flatulencia. Estoy harto… Necesito verte ahora.

«No hablaré de eso ahora que estoy en el convento…». La llamada es descontinuada desde el otro lado.

***

Capítulo 3

¿Cómo ha de quitarse la sordera y la ceguera? Quizás solamente con un purísimo milagro.

Y hablando de sordos y ciegos… Según Estela, todo marcha espléndidamente en su hogar. Además, se ha esforzado por cumplir con sus deberes de ama de casa. Y nunca le ha faltado a su marido ni con el pensamiento; pues para ella los demás hombres dejaron de existir desde que se casó con él.

Así que ¿habrá cosa que pueda reprochársele a la dedicada Estela? ¡Si hasta ha sido comprensible con el cada vez peor humor de Jaime! Y aun así, toma sus precauciones.

—En definitiva, algo está pasando, por lo que voy a descubrirlo y después arreglarlo —determina la señora mientras guarda la ropa limpia.

Otra en su lugar, sospecharía que su compañero está teniendo una aventura, mas no Estela. Parece que la señora Martínez también se le ha olvidado por completo que todavía existen los romances, pues ni siquiera se asoma a las fantasías de las telenovelas.

Pero en fin, la ingenua mujer, resuelta a dar con la verdad, esta noche ha convocado a su padre a una cena, eventualidad que sólo tiene lugar cada vez que hay una festividad o bien un problema que resolver. ¿Funcionará su táctica de hacer pasar al señor Mireles, su papá, también como padre de Jaime para sacarle toda la verdad?

***

—Estela ha llamado a su padre; creo que ya sospecha que tengo una aventura —manifiesta el químico con preocupación, mientras se vuelve a vestir.

—No temas. Estaré rezando por ti para que no caigan ni tú ni tu casa —asevera la que lo ha hecho caer.

Tras ello, la mujer de belleza celestial envuelta en deseos carnales se aproxima al cuello de su amante para dejar ahí un pequeño recuerdo, quizás más polémico que la colorada marca de una infidelidad.

—Sabes que no me gusta portar estas cosas —se queja Jaime, tratándose de quitar aquel rosario que le pesa más que cualquier culpa.

—Todos necesitamos su protección, en especial, los que… —la mujer le da un beso en la mejilla y luego en la boca para borrarle toda réplica.

La estrategia funciona, Jaime no dice nada más. En cambio, se apresura a volver a quitarle los santos hábitos a la pecadora más pura que ha conocido, la que todavía puede ver con inocencia al mundo estando ella embriagada de adulterio.

Mientras él la adora con gran devoción, de nuevo, Esmeralda gime profundamente, pues en cada sonido que emite va una indecible plegaria… «Se supone que me he metido en este asunto para salvar el sustento de una familia, pero no puedo evitar gastarlo en mí misma cada vez que me hace suya. Qué Dios tenga misericordia de nosotros…».

***

Medianoche y ya dormita la sala en penumbra y penuria. La cena familiar ha sido desplazada por un velatorio, el de la buenaventura. De pronto, la puerta es abierta con el sigilo de la clandestinidad, dándole paso al entenebrecido malhechor. Aunque ha llegado a su guarida, Jaime, en lo profundo de su conciencia, teme ensuciar su hogar con la vileza que trae en todo el cuerpo y puede que hasta en el alma.

Enseguida el traficante de idilios se dirige a su estudio, donde pretende encontrar algo de calma y un poco de coñac. Las luces de la calle pasando por las ventanas le ahorran tener que prender la lámpara del escritorio, así que sin más brinda con las tenues sombras de la culpa.

—¿Hasta ahora te acuerdas de tu familia? —sorprende una vieja voz.

El señor Mireles se levanta de su sillón, cual fantasma que inesperadamente se aparece.

—¿Qué hace usted aquí? —con la expresión de un asaltante descubierto con las manos en las joyas, Martínez se pone a la defensiva.

—Yo lo invité —aclara con autoridad Estela, levantándose de su propio sillón.

Por alguna razón, los tres están vestidos de negro, cuales enlutados que discuten por ver dónde será sepultada la finada felicidad.

—Sin embargo, no comprendo por qué se me recibe como a un maleante en mi propia casa —se irrita el confrontado.

—Lo que a mí me cuesta entender es por qué entras precisamente como un maleante a nuestra casa, como si estuvieras escondiendo algo —rebate Estela, mirando a su marido a los ojos, acercándose a su verdad o bien, a su mentira.

—Yo llego como yo quiera a mi casa —enfatiza Jaime con voz alzada.

—Claro, pero olvidas que ahora tienes una familia a la que te debes —se aproxima el suegro y recuerda con dureza.

—Jaime, has cambiado mucho últimamente; cada vez estás más distante con los niños y conmigo. Dime qué pasa. ¿Tienes algún problema en el trabajo? ¿Se trata de algún apuro económico? —la expresión de Estela profesa total disposición de ayudar a su esposo.

—¿De verdad quieres saberlo? ¿Realmente pretendes que toque el tema ante tu padre? —inesperadamente, Jaime se muestra como quien está por darle vuelta al asunto.

—Hazlo. Mi papá no es ningún extraño en esta casa. Así que puede hacer de testigo y juez entre nosotros —Estela vuelve el estudio en tribunal.

—Habla con confianza, Jaime, que lo único que queremos es arreglar las cosas —insta el señor Mireles.

—Esto es absurdo. Yo no puedo hacerlo —se avergüenza el científico.

—Tienes una amante, ¿no es así? —pretendiendo hacer más fluida la cuestión, el viejo quizás es demasiado directo.

La escandalosa conjetura cura la ceguera de Estela, quien casi muere por el impacto de lo que ahora conoce. Ante la escena en la que mientras tantas cenas se enfriaban, del otro lado de la pared, su compañero ardía en clandestina pasión, la ama de casa se repugna, pero la impotencia la fuerza a arrodillarse ante quien de pronto le ha roto el corazón.

—¿Tan fácil mandas al caño tantos años de matrimonio? ¿Por qué, Jaime? ¿Por qué? —cual papel con terrible mensaje, Estela se desgarra el alma en llanto.

—¿Por qué? —el infiel roza el gatillo—. Porque te has dedicado tanto a los quehaceres que te has olvidado de mí. Honestamente, en ocasiones, hubiera preferido ir a trabajar con la camisa arrugada, ¡pero no con telarañas en los testículos!

El hombre de ciencia desbarata toda ética, manifestando finalmente su rebelión por la satisfacción de sus necesidades más básicas. Estela, por su parte, se tapa la boca, es demasiada la indignación que vomita. Aunque no por su falta, sino por la de su esposo.

—¿Sabes cuántas veces has ido al baño y yo he tenido que limpiar de tus calzoncillos las cagadas de las que no te ocupaste debidamente? —la desengañada no duda en ensuciarse la lengua con trapos sucios—. ¡Y nunca te reproché nada! En cambio, tú, por mi falla, me respondes con una traición.

Sabrá Dios dónde quedó aquella esposa buena y comprensiva; aquella que al menos hubiera tenido el reparo de bajar la voz para no despertar a los niños con su pesadilla. El señor Mireles, entre tanto, observa apenado el drama que él también ya vivió en carne propia… «Tal vez sería más fácil si…».

—Hija, por favor, calma que no es el fin del mundo. Sé que esto no es nada agradable, pero con un poco de comprensión y compromiso por parte de ambos podrán superarlo fácilmente —plantea serenamente la solución que su difunta señora se negó a darle en su momento.

Sin embargo, la hija se levanta airada contra el hombre a quien le debe la vida.

—Cállate, papá, que por tus aventuras, mamá murió muy joven —y acaba desacreditando la autoridad que ella misma le había conferido a su progenitor.

El señor Mireles se aíra por un momento, mas sus años le aconsejan no enredarse en pleitos ajenos y…

—Por Dios, Estela, no quieras traer a la vida los asuntos de los muertos. Mejor enfócate en resolver tus propios problemas —reconviene sabiamente.

Por un instante, Estela lo mira con hostilidad, pero acata la recomendación y va al meollo de su humillación.

—No sé cómo pudiste cambiarme por una puta —reclama.

Una bofetada es la remuneración de Estela por el halago. El señor Mireles se molesta, pero termina agradeciendo la reprensión contra su insolente hija.

—No te permito que hables de esa forma de la mujer más pura que he conocido —advierte Jaime.

Aquella ironía la arranca una dolorosa risa a Estela.

—¡No puedo creerlo! Y todavía me restriegas a tu purísima, digo, tu putísima amante —la señora Martínez se aleja cada vez más de cualquier solución.

La ruptura se hace tan inminente que Luis, Lucas y Jorgito ya han venido para ver si aún pueden rescatar su hogar destruyéndose. No obstante, su padre no les da tiempo de meter las manos en el asunto.

—Ten por seguro que actuaré contra quién sea que la vitupere, incluso contra ti, Estela —finiquita Jaime antes de marcharse del brazo de su determinación de adolescente enamorado.

***

Desde hace un tiempo que los mismos riachuelos de penas riegan el altar de aquella capilla.

—Si a mi Señor le parece, entrégueme a su hijo, para que no me vuelva ladrona sin lugar en la gloria eterna —negocia la hermana Esmeralda con Dios.

***

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