Capítulo 2

—La voluntad de sus difuntos padres fue clara señorita. A su hermana sólo la podrá sacar una mujer casada, devota y…. —hace una pausa mirándola con desagrado —…creyente. Y usted es una impura, ya veremos cómo consigue un marido—añadió con burla finalmente.

La madre Calloway, jefa del monasterio y orfanato, la había mirado con desprecio des de incluso antes de que comenzara a hablar, fue suficiente con la entrada para que esta ni siquiera fingiera neutralidad. Sabía quien era, la vergüenza de los Stone.

Ariel arqueó una ceja mirando hacia el suelo mientras intentaba con todas sus fuerzas morderse la lengua para no enseñarle a la monja lo que había aprendido una mujer impura en una ciudad como Nueva York.

Respiró hondo. Tenía que encontrar otra manera. Debía haber otra manera. Con la violencia no iba a llegar a ninguna parte. Sus padres se habían encargado de amargarle la vida aún después de morir. Absolutamente genial, pensó con amargura la ojiverde. Muy propio de ellos. Una jugada brillante.

—Mire señora Calloway, tengo mucho dinero y podría ser muy generosa si ustedes me conceden la tutela de mi hermana. Yo le podría dar los mejores cuidados, el amor que necesita en un momento como ahora…Le podría devolver la vida normal que le ha sido arrebatada—intentó aclarar Ariel, pero en su voz la angustia de no poder hacer nada para sacar a su hermana ya era más que visible. Tragó saliva con fuerza ante la fría mirada que le había dedicado la madre Calloway a modo de respuesta.

Ni en broma pensaba en casarse y menos aún obligada por una monja que la trataba como si fuese basura. Estaba totalmente empeñada en encontrar otra forma, como si la opción de casarse resultará prácticamente su muerte.

Ante el silencio de la monja, Ariel decidió levantarse de forma brusca del sillón de terciopelo.

—Nos volveremos a ver las caras—aclaró con rabia Ariel.

La señora Calloway se dedicó a darle una mirada de desaprobación, y luego miró hacia la puerta en señal de haber dado por finalizada la conversación, si es que en algún punto habían conversado. Ya que para conversar no solo hay que tener voluntad de hablar sino de escuchar, sin eso último no distinguiríamos una charla, conversación, diálogo de un monologo.

Por segunda vez en el mismo día, Ariel sintió prácticamente la lengua desgarrarse, por la presión ejercida sobre esta, al haber cerrado la boca cuando debía. Que duro había sido para ella. En esos últimos años su boca había sido su única defensora, nadie velaba por ella, excepto ella misma. La vida le enseñó que el ataque era la mejor defensa, aunque aprenderlo no había sido un cuento de hadas tampoco.

Lo que realmente quería era limpiarle bien las orejas a esa monja. Tenía ganas de matar a esa bruja que se creía con el derecho de opinar y juzgarla. Si ella supiese que clase de vida tenía en Nueva York…Sonrío con amargura.

(***)

—Sobrina, gracias a dios, ¿Cómo has estado? Los criados me dijeron que habías salido a primera hora y ayer por la noche llegaste muy tarde, a mis brazos pequeña—sollozó de forma dramática e hipócrita Patricia Melbourne en los brazos de su sobrina.

Patricia, siempre había odiado a Ariel por haber llamado la atención de Hunter, cuando su hija Melanie, nunca, a pesar de haber hecho varios intentos, lo consiguió. Odiaba que Ariel sin hacer nada, sólo mover esa melena castaña y esos ojos verdes, consiguiera el favor de cualquier hombre, al igual que su fallecida hermana había conseguido el corazón del hombre que ella había amado. Pero eso era agua pasada. Melanie, su hija, estaba internada en un convento y Alaska y John, muertos. Lo que debía hacer ahora era sobrevivir, y si para hacerlo tendría que chupar los zapatos de la zorra santurrona insípida de Ariel, así lo haría. No perdería sus privilegios en Aqueo aunque la vida le fuese en ello.

Por su parte, y durante un momento Ariel dudó en creer los sentimientos de su tía, dudó de que esa mujer fuera una arpía, pero luego recordó que las tierras y la hacienda estaban a su nombre y entonces todo le cuadró. Esa mujer la quería usar. No quería quedarse en la calle, eso era todo.

Después del pasado que compartían habría jurado que su tía no tendría el descaro de seguir estando en esa casa y menos aún después de haber enviado a su hermana a ese maldito orfanato, sola y desamparada.

—Querida tía pensé que con mi llegada ya habrías tenido la entereza y la dignidad de irte de esta casa…—poco a poco a medida que iba hablando Ariel sintió la rabia apoderarse de cada poro de su piel—¿Cómo has sido capaz, maldita vieja loca, de entregar a mi hermana como si fuese una carga?…—bramó—¿Enserio creías que así la hacienda seguiría siendo tuya?—preguntó fingiendo sorpresa—Qué mujer más estúpida…Y más por quedarte aquí hasta mi llegada—añadió con el mismo tono—Quiero que te vayas pero antes hazme el favor de escuchar esto: vete al infierno. —concluyó—Me importa una mierda donde te vayas a quedar y aún menos con que dinero. ¿No me hiciste lo mismo a mí cuando supliqué clemencia? —hace una pausa para reír de forma forzosa y acaba su carcajada amarga con una mueca— Pero basta de hablar del pasado, ya dejo mi dramático monólogo digno de tu bienvenida aún, prueba otra vez y ahora ponte el doble de pimienta en los ojos para llorar, perra, para ver si puedes esconder el corazón de bruja, vieja arpía.

Mientras Ariel hablaba los sirvientes no pudieron evitar poner la oreja, algunos felices del regreso de Ariel, otros aliviados de no tener que soportar a su tía, otros estaban asustados por las consecuencias que podría haber, pero todos sorprendidos ante la nueva actitud de Ariel, la niña que habían conocido, jamás volvería y por haberle dado la espalda ahora todos tendrían que marcharse.

Por otra parte, Patricia Melbourne, sentía el rubor extenderse cada vez más al darse cuenta de que los criados estaban viendo la escena. Sentía vergüenza y rabia, pero sobre todo impotencia.

—Veo que ahora eres el doble de zorra que antes, pero tranquila querida, los criados se irán, ya veremos cómo te manejas sola en una hacienda de hombres. Pero sabiendo lo ligera que eres seguro que no te costará nada seducirlos a todos…—declara con amargura la adulta antes de dar media vuelta y subir las escaleras hacia su habitación.

Esto no se iba a quedar así. Muy pronto cuando su mejor amiga Megan hiciera que su rico hijo destrozara la vida de su sobrina y así recuperar lo que siempre había aspirado a tener Patricia, la fortuna de John. El hombre que la hizo pensar y anhelar el amor pero que luego prefirió a la mosquita muerta de su hermana Alaska. Miró de nuevo a su sobrina, de espalda eran iguales. Quiso golpearla pero prefirió aliviar su odio con la idea de verla destruida suplicando de nuevo clemencia, como debía de ser.

Capítulo 3

Como de costumbre el antro más frecuentado de todo el pueblo y a la vez el más odiado estaba rebosante de borrachos, algunos reían a carcajadas limpia, rozando ya la locura, en cambio otros lloraban en la falda de alguna camarera. Lo único que se podía decir de aquel bar era que quien entraba por esa puerta, aunque fuese por unos instantes, olvidaba la vida de fuera.

Entre los borrachos que lloraban en la barra estaba uno que destacaba entre todos ellos por el dolor que desprendía su mirada. Su barba estaba crecida y su sed de vodka parecía nunca saciarse. El hombre observaba con la cabeza encima de la mesa con atención el vaso y después la botella, y así sucesivamente. Tan fascinado con ellos, como un artista deleitándose con su obra, como un padre observando a su bebé.

Lloró de la amargura mientras ya sus lágrimas resbalaban por su rostro, mojando primero su rostro para terminar en su barba. La no tan joven camarera le observaba negando apenada con la cabeza. Parecía que ese hombre jamás volvería a recuperar el rumbo de su vida. Hacía tiempo que había dejado de ser el hijo mimado de los ricos del pueblo para convertirse en un borracho con el alma rota por un error del pasado.

La mujer de mediana edad, rizos negros, y piel del mismo color, negó de nuevo, ahora enfadada.

—¡Hunter!—gritó la mujer.

Hunter clavó sus ojos ámbar molesto con ella.

—Delilah…—susurró él, molesto por el trato de su compañera de penas.

—¿Por qué te haces esto? ¡Dime! ¡¿Es más fácil quedarte ahí quieto compadeciéndote de ti mismo?! —exigió ella. Para poco después y ante la mirada atenta de su jefe, servir unas cervezas con una sonrisa postiza a un par de borrachos quienes no dudaron en soltar un par de piropos pasados de tono. La mujer asqueada los ignora y vuelve junto a Hunter.

Este sonríe sin ganas.

—Delilah ¿te has enamorado de verdad, de la buena, alguna vez? —preguntó ignorando que los borrachos no habían abandonado su intento de humillar a su amiga sino que por lo contrario había ido en aumento.

—¡Negrata, ven a chupármela!—gritó uno mientras levantaba las manos al aire para llamar la atención de la mujer al ver que habían sido ignorados.

Hunter intentó calmarse mientras clavaba su mirada en su amiga.

—No te culpes por no haberlo sabido en su momento, eras joven, ella era joven…Hunter, deja que el pasado se quede en el pasado—aclaró la mujer mirándolo con melancolía, recordando a su gran amor del pasado, el problema es que ella sabía que él no se arrepentía como Hunter—¡No me obliguéis a llamar a la poli!—añade seguidamente volviendo a la realidad, cuando uno de los borrachos directamente se sube a la barra con intenciones de querer toquetearla. Hunter blanquea los ojos mientras ríe cansado. Parecía que los problemas lo buscaran a él.

—¿De q…Qué te ríes?—pregunta el amigo del otro, quien aún seguía sentado al lado de Hunter, molesto ante su actitud.

Nadie se había atrevido a humillarlos, Delilah era solo una más de la lista, ya habían abusado bajo el beneplácito del jefe del bar de todas las camareras y ella no iba a escaparse de ellos, después de todo eran los sobrinos del jefe del mismo.

—Hunter contrólate, estos hombres se van a ir, estoy bien… No necesitas más escándalos—declara la mujer mirando al joven sabiendo que Hunter era capaz de dejarlos muertos si se dejaba llevar por su carácter.

—De vosotros—habla finalmente Hunter dejando de la copa encima de la mesa para saltar detrás de la barra ignorando la advertencia de su amiga.

Los borrachos se rieron prácticamente al unísono.

—El hijo de los Lambros cree poder golpearnos…—dijo uno de ellos mirando a su compañero con reciprocidad.

—Corrección. El hijo de los Lambros va a golpearos—aclaró con sorna el joven antes de saltar encima de ellos.

(***)

Los ojos de Hunter se sorprenden ante el suave tacto femenino de una mujer, olía a lavanda y el tacto era delirante. Suspiró con fuerza al ver la herida en su pecho, pecho que estaba al descubierto y atentamente atendido por una joven monja.

—¿Ya ha despertado?—preguntó con desesperación Delilah a la joven que lo atendía.

—Se ve que si, no te preocupes Delilah, se pondrá bien—respondió la hermosa joven, Hunter por su parte ni siquiera podía divisar su rostro, lo veía todo con los ojos entrecerrados. Había mucha luz. Demasiada para su gusto.

Melanie, la joven monja, hija de la arpía más temida de la pequeña población, era quien como siempre había atendido a la llamada de socorro. Siempre estaba dispuesta a ayudar, era su deber moral con el mundo. Ella sentía que el papel que tenemos en la vida de los demás siempre debía ser pulcro e inocente. Así que ahí estaba ella, en medio de dos hombres atractivos, cualquier otra mujer ya hubiese intentado sacar tajada de la situación pero no Melanie.

—Muchas gracias, Melanie, tienes el corazón de oro. Sabía que podíamos confiar en ti—sonó la voz del hermano de Hunter, Robert, e hizo que todos los sentidos de nuestra joven monja, todos ellos se activaran.

Ese hombre encendía sentimientos que creía tener anulados, intentó recomponerse sacudiendo así la cabeza en un intento de alejar esos delirios de su cabeza, entre el hombre que había atendido y su hermano se iba a volver loca. Suficiente esfuerzo hacía por no sonrojarse ante los presentes.

—No os preocupéis, mis labios están sellados. No es nada—sonrió la joven sin siquiera mirarle los ojos al mediano de los Lambros, no era capaz—Si me permitís, ya me voy—añadió alejándose del moribundo cuerpo de Hunter.

—Eres un ángel—respondió Delilah abrazándola.

—No exagere—susurró la joven queriendo restarle importancia después de haberle correspondido el abrazo. Para después acabar marchándose de la habitación donde se encontraban.

Estaban en la vieja casa de Delilah, no era pequeña pero sino fuese por esa habitación parecería abandonada, como un escenario perfecto para una película de terror.

Suspiró con fuerza, mordiéndose el labio inferior, observando des del Hunter de la puerta a Robert Lambros y luego a Hunter. Si hubiese sido por ella, lo habría dejado morirse, por rata y traidor, pero no había podido negarse ante la petición de Delilah y menos la del doctor. Robert…¿Se acordaría de ella después de tantos años? Al parecer no, y eso a pesar de ser lo mejor, muy en el fondo le dolía.

Miró su reflejo en el espejo, recordando que los hábitos que llevaba le prohibían todo pecado incluso la rabia, el odio y sobre todo la lujuria que podría sentir por cualquier hombre. Debería mantenerse en su papel, se dijo. Ella ya no era una mujer corriente.

Así que con toda la compostura que podía mantener, salió de la casa de Delilah con paso firme hacia el convento. Aunque en verdad sabía que debería mantenerse alejada de los Lambros por el bien colectivo. Nada bueno podría salir de eso, no quería jugar con ese fuego, Melanie siempre fue lo opuesto a alguien pirómano. De hecho, era precavida y seria.

Su larga melena negra lisa, sus pequeños labios rosas, su nariz fina y esbelta, hacían de su persona, un rostro y un cuerpo agradable a la vista. Pero, común. No destacaría, a diferencia de Ariel, ella no era el oasis en el desierto para el género masculino. Y eso, hasta este punto, nunca la había importado lo suficiente como para ponerlo en relevo.

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