Cuando el despertador sonó, Manuel no sentía deseos de levantarse. Pensar en ir a continuar batallando con gente que no deseaba entrar en razón en cuanto a la legalidad de las cosas, le hacía sentir ganas de no quitarse las cobijas de encima. Sin embargo, la obligación era ineludible y aunque su trabajo no era el más querido o apreciado, menos aún respetado, alguien debía hacerlo. Generalmente, las personas lo odiaban cuando debía obligarlos a comparecer y atenerse a las leyes. Mala suerte para ellos, porque a Manuel no le importaban esas personas, solo que cumplieran lo establecido.
Pensando así, se levantó de la cama y se fue al cuarto de baño. Llevaba puesto solo un bóxer negro, que no dejaba nada a la imaginación de aquel cuerpo firme, de abdomen plano y trasero espectacular. Ese físico era el producto de su bien definida rutina de ejercicios diarios. Independientemente de lo que tuviera que hacer, su paso por el gimnasio cada día era inamovible. Su alta estatura lo había obligado a tomar esa medida, cuando los chicos en la escuela lo llamaban Escobillón García, porque era mucho más alto que todos los demás y extremadamente delgado, por lo que debió enfrentar muchos sobrenombres.
No tuvo una infancia fácil, mucho menos feliz y debió ganarse el respeto de sus compañeros de escuela a fuerza de sus puños. Si algo bueno salió de aquellos tiempos terribles, fue su férrea voluntad y su físico saludable y fuerte. Otros chicos de su barrio se perdieron en el mar de vicios que abundaba en el lugar, Manuel vió morir a muchos de sus amigos de la infancia, aquellos que se dejaron absorber por la rutinaria práctica criminal de quienes gobernaban el barrio.
Algunas cosas que le ocurrieron podrían haber sido desgracias en su vida, pero el testarudo joven lo volvió a su beneficio.
Crecía en un hogar que a duras penas podía llamársele así, con un padre ebrio y violento, que apenas aportaba para el gasto. Su madre, formada por una familia dura, no se dejaba amilanar y aunque amaba a sus dos hijos, no tenía mucho tiempo para estar con ellos porque a falta de ingresos de parte de su padre, ella debía proveer para los chicos y todo lo que se requería. Había muchas necesidades en esa casa, pero su madre luchaba a diario, trabajando en todo lo que pudiera, para poner comida sobre la mesa. Igual limpiaba casas como descargaba camiones en los almacenes de la zona comercial, o conducía un taxi. Nada la detuvo jamás en su afán de proteger a sus hijos.
En ocasiones, los chicos se iban a la cama que compartían en su estrecha habitación y escuchaban las peleas de sus padres, que casi siempre terminaban en violencia. Su padre, borracho como una cuba, cuando llegaba de sus parrandas golpeaba a su mujer por cualquier motivo que le viniera a la cabeza. Era algo tan rutinario como para que los niños llegaran a pensar que formaba parte de lo "normal". Manuel, el mayor, con apenas diez años, en ocasiones quiso defender a su madre, pero ella lo mandaba de nuevo a su cuarto para cuidar del pequeño Aurelio, de cinco.
Noche tras noche, las escenas se repetían y hacían un infierno de la vida de esos niños.
Esa mañana, mientras el agua caía sobre el rostro de Manuel, muchos de esos recuerdos, que casi siempre mantenía escondidos en un rincón de su mente, salían y lo atormentaban. Un velo de ira cubría sus ojos, cuando se permitía mostrar algún pensamiento, porque casi siempre su rostro inmutable, era como de granito ante los demás. Había construido su vida sobre los escombros de su niñez y le puso bases fuertes con su voluntad y su aplomo. Pocas personas lo habían visto sonreír, no era alguien con facilidad para los amigos. Realmente, si contara con una mano las personas en quienes confiaba, le sobrarían varios dedos.
Jamás lo habían podido convencer de asistir a alguna fiesta de la oficina. En su Departamento sus compañeros lo respetaban porque hacía un trabajo impecable, pero ninguno podía decir que sentía afecto por él. Nadie había logrado conversar con él lo suficiente para saber si les simpatizaba. No era un hombre huraño o antipático, solo no socializaba. Era de pocas palabras y mantenía a distancia a todo el mundo.
Vestido con un traje gris, con corbata y camisa impecablemente blanca, se fue a la pequeña cocina de su apartamento y se preparó una taza de café. Puso el líquido en un vasotermo y lo cerró. Tomó las llaves del bowl donde permanecían invariablemente cerca de su maletín, cuidadosamente colocado a un lado de la puerta, sobre la mesita que para ese fin había puesto allí. En su vida, todo estaba organizado, cuidadosamente planificado y en el apartamento todo permanecía en un único lugar indefectiblemente. Sus rutinas no se modificaban y se seguían con férreo rigor.
Justo antes de salir como cada día, se miró al espejo que estaba en esa pared al lado de la puerta y echó un último vistazo a su apariencia. Cualquiera podría pensar al verlo que lo hacía por vanidad, pero en realidad, era por ese afán de que todo estuviera correcto. Sí, sin dura era un neurótico más, que no soportaba pensar en andar por el mundo con el nudo de su corbata torcido.
Vió su rostro en el espejo. Perfectamente afeitado, cada cabello negro en su lugar, aquellos ojos castaños tan oscuros que daban la impresión de ser negros, su nariz levemente torcida a causa de los golpes recibidos en las peleas de su juventud, la pequeña cicatriz en su ceja derecha, su barbilla fuerte y cuadrada, los labios delgados siempre apretados. No era el rostro que encontrarían en las páginas de una revista, pero era casi atractivo. Solo lo oscurecía aquella expresión fría y seria.
Con su llavero en las manos, abrió la puerta y salió. Nunca había faltado a su trabajo, entraba y salía a las horas exactas. Sin la menor duda, era el empleado modelo de su departamento.
Subió a su auto y salió del estacionamiento. Otro día, otra batalla.
Alex se levantó contra su voluntad y arrastró los pies hasta el baño para terminar de despertar con el agua.
Era una experta vistiéndose a toda velocidad, con cualquier cosa que se le atravesara frente a los ojos cuando abría el armario. Tomó un sweater gris de lana y una falda amplia color café y se los echó encima. Se calzó unas botas grises de tacón medio y recogió su cabello indomable en una cola, la cual terminó convirtiendo en una trenza, en un intento de aplacar la rebeldía de su fino cabello rojo. Apenas pasó una brocha con polvos faciales por su rostro y aplicó un poco de brillo en los labios, naturalmente rosados. Miró el óvalo de su rostro y pensó que la vida podría haber sido más indulgente con su cara ya que le había dado aquel cabello que no pasaba desapercibido en ningún lugar. Siempre sonreía cuando pensaba que el único lugar donde no estaría fuera de lugar sería en una convención de payasos.
Nunca pensó que su rostro era bonito. Sin embargo, sus grandes ojos verdes centelleaban y le daban un aire de ingenuidad que casi la hacían ver como un personaje de animé japonés. Su nariz muy pequeña para el resto de sus facciones, se veía como una discutible protuberancia bajos sus ojos. Ella no se consideraba atractiva en ninguna forma, pero su rostro siempre levantado y listo para dar pelea si la buscaban, le daba una apariencia hermosa. Era una chica agradable, de sonrisa fácil pero de carácter difícil, sobre todo cuando se trataba de proteger a sus amados perros. No existía una furia peor que la suya cuando presenciaba un maltrato hacia algún canino.
Se miró de pasada en el espejo de su peinadora, pero no le dió mayor importancia a que el sweater y la falda no formaban precisamente una combinación adecuada.
— A quien no le guste, que mire a otro lado— era su respuesta cuando alguien hacía un comentario sobre su indumentaria. Para ella la ropa era solo un requisito social y lo llenaba con cualquier cosa.
Su madre jamás aprobó su forma de vestir y cuando estaban juntas hacían un contraste descomunal. Elinor siempre era correcta, nunca salió de su habitación sin la ropa, el maquillaje y el peinado perfectos. A veces Alex tenía la impresión de que su madre pasaba la noche sentada para no arrugar su ropa ni despeinar su cabello. No podría nunca ser de esa forma, ni lo deseaba.
Sentía que en la vida había demasiadas cosas importantes como para pasarla pensando en la apariencia.
Y así vivió y creció. Algunas personas se quedaban sin palabras cuando se enteraban de que había vendido alguna pintura o antigüedad de la casa para comprar comida para sus perros o pagar facturas del veterinario. Y cuando alguien se lo comentaba, la mujer solo respondía encogiéndose de hombros y decía: "ni siquiera me gustaba, no lo escogí yo".
Aquel día justo antes de salir a su trabajo en esa empresa donde fungía como analista de sistemas, llegó Ariana, su amiga y compañera de trabajo, quien cada mañana la recogía en su auto para ir juntas a la oficina. La linda joven, siempre la ayudaba a atender a los perros antes de salir.
— ¡Hola, Alex! —gritó desde la puerta.
Alex respondió desde la cocina.
— ¡Acá! Ven a tomar café conmigo,
Como todos los días, antes de irse, las muchachas servían platos con croquetas para los chicos y llenaban los recipientes del agua. Si alguno requería algún medicamento o atención especial, ese era el momento para recibirlo.
Alex revisaba a Igor, el cual se encontraba recostado en su camita, aún lastimado, pero ya había comido un poco y tomado agua. Con un largo gotero, Alex le suministraba el analgésico recetado. Ariana entró a la cocina y se sirvió café en una taza y luego tomó la lista de medicamentos que faltaban. Afortunadamente, solo había un par más por suministrar. Lo hizo y terminaron con el agua y el alimento.
— Gracias, Ariana! No sé si lograría hacer esto a tiempo si no tuviera tu ayuda. Creo que llegaría tarde al trabajo cada día.
— Aun así, muchas veces llegamos tarde, agradece que le sonrío "cariñosamente" a Adrián y cuando le coqueteo, olvida la hora. Es tan lindo…— la joven sonrió pícara. Su bello rostro se iluminó. — Vámonos, Roja, habrá mucho tránsito.
Cuando salían, un gato entró al jardín y la manada se volvió loca. Los ladridos y gruñidos eran ensordecedores. El gato alcanzó a subir a un árbol pero los perros continuaban ladrando furiosos.
Por más que lo intentaban, las chicas no lograban acallar el bullicio y por la hora temprana, los vecinos comenzaron a protestar desde sus ventanas. Y pronto el escándalo era peor con los perros y las personas gritando improperios. Finalmente, el gato dió un salto desde la rama del árbol, se trepó a la tapia y corriendo asustado, abandonó el jardín. Por fin los perros se fueron calmando y los vecinos por igual.
Alex miró a Ariana preocupada, no era la primera vez que sucedía y ya le habían amenazado con denunciarla a Salubridad, por la cantidad de perros. Sus vecinos la apreciaban, sabían que los perros eran bien atendidos, pero no soportaban más ni el ruido ni los olores que producían. Era cuestión de tiempo. Alex se disculpaba con todos y trataba de agradarlos horneándoles galletitas en Navidad y haciéndoles favores, como cuidar de sus mascotas cuando salían de viaje. Pero sabía que ya estaban hartos y que la denuncia podría ocurrir en cualquier momento y estaba casi segura de que vendría de ese señor odioso de la casa de la esquina, que se quejaba más que cualquiera a pesar de ser el que estaba más alejado de ellos.
¿Por qué sus padres no pudieron comprar una casa más alejada de la zona céntrica o con casas más separadas entre sí? Era la pregunta que se hacía Alex cada vez q se encontraba en esa situación, pero era una manera de eludir el problema: su obsesión con los perros. No sabía qué hacer si le quitaran a sus bebés.
Una vez calmados, los perros continuaron con sus juegos normales, sin saber que esa conducta los podría separar de su hogar.
Las chicas subieron al auto y se dirigieron al trabajo.
— Alex, tienes que hacer algo con los perros, cualquier día de estos te van a denunciar, no sé cómo no lo han hecho, en mi vecindario ya te habrían quemado en una hoguera.
— Lo sé, mujer, lo sé, pero no sé qué hacer, le he conseguido hogar a muchos.
— ¿Muchos? Uno o dos de cada treinta querrás decir,
— ¡Son mis bebés! No es justo que me los quieran quitar,
— Lo que no es justo es que solo vivas para cuidar de los perros, te juro que entiendo que los quieras, yo también amo esa manada de bichos raros, pero tienes que pensar en ti, te vas a volver loca.
— Según todos piensan que ya lo estoy ¿o no?
— Vámonos, llegaremos tarde.
Las chicas subieron al auto y se fueron a su trabajo. Al llegar, como siempre, estaba Adrián, su supervisor, esperando en la entrada de la oficina. Ariana ya conocía la rutina y se puso en los labios la sonrisa más impactante, que en su rostro hermoso, la hacía ver como un querubín sonriente.
— Hola, Adrián, que guapo te ves con ese traje ¿es nuevo? — tocó la corbata a rayas del hombre descansando su mano en el pecho de él, como al descuido. El supervisor, se sintió confundido con aquel gesto y bajó la guardia, momento que Alex aprovechó para escurrirse hasta su cubículo mientras Ariana coqueteaba descaradamente con su superior. Los compañeros de trabajo que se encontraban cerca sonrieron ante la estratagema de las mujeres.
— Ay, Adrián, qué horrible tránsito hay, parece que hubo un accidente, no había paso hacia ninguna calle, me costó un mundo llegar, ¿me perdonas ésta, por favor? — hizo un puchero gracioso y el hombre quedó desarmado ante ella.
— Procura evitar estos retrasos, nos van a terminar botando a los dos — la miró con ojos embobados. Esa preciosa rubia lo tenía fascinado desde hacía mucho tiempo, aunque no hacía nada por lograr algo con ella por las rígidas políticas de la empresa en cuánto a relaciones entre empleados.
Ariana le coqueteaba cada vez que llegaba tarde, pero reconocía que lo disfrutaba. Adrián era un tipo guapo y dulce y le resultaba muy atractivo.
— Lo siento, no volverá a pasar —le sonrió de nuevo y fue a su cubículo justo al lado del de Alex. Al pasar frente a ésta, le hizo un guiño cómplice y se fue a su mesa y ambas mujeres comenzaron a trabajar.
— Manuel, te llaman de la General — dijo la secretaria del hombre refiriéndose a la oficina de Asuntos Generales, donde llegaba todo tipo de casos y ellos se encargaban de distribuirlos con el departamento adecuado.
En esa intendencia se manejaban diferentes clases de inspecciones y cuando algún caso prometía complicarse demasiado o requería una persona que no se dejara convencer por los interesados, sabían que era un caso para Manuel García.
Manuel salió de su oficina y se dirigió a donde lo solicitaban. Tocó la puerta con los nudillos y abrió.
— Entra, Manuel, — le dijo su jefe al verlo en la puerta — qué bueno verte.
— Dime, Antonio, ¿para qué me necesitas?
— Tengo una denuncia que necesito que atiendas, alguien con demasiados animales.
— Ay, no, otra vieja con obsesión por los gatos — se quejó el hombre.
— Perros, esta vez son perros.
— Es lo mismo, ¿es que esa gente no tiene familia que los controle?
— Al parecer, se salió de control hace mucho, ve a inspeccionar el lugar y me informas. Ya sabes qué hacer, si alguien lo sabe eres tú. No podemos permitir que en plena ciudad tengan esos lugares llenos de animales enfermos y sucios, es un riesgo de salubridad.
— En general es así, gente que no puede ni cuidar de sí mismos y se encargan de animales sabiendo que no deberían. Dame la dirección.
Antonio le extendió una carpeta, con la denuncia y todas las formas para llenar.
— Alguien debería hacer algo con esos ancianos medio locos, nos quitan un tiempo precioso que podríamos dedicar a otras cosas más importantes, te advierto que si se pone difícil, va a tocar que lo recluyan en algún asilo,
—Ya ha pasado, tampoco podemos recluir a todos los que tengan obsesiones, ve primero qué puedes lograr por las buenas.
— Ya lo veremos.
Tomó la carpeta que su jefe le extendía y antes de salir se volvió a mirarlo y le dijo:
— Soy abogado, si necesitan a alguien que les dé apoyo psicológico deberían darle el caso a otro departamento, mi trabajo es que se atengan a la ley. Me ocuparé ahora mismo— expresó sabiendo que en un par de horas sería la hora de ir al gimnasio y ninguna vieja loca se lo iba a retrasar.
Fue a su oficina por su maletín y las llaves de su auto. Le dejó algunas indicaciones a su secretaria y salió.
Rato después detenía su auto delante de aquella casona que si no estuviera perfectamente limpia, podría decirse que estaba deshabitada. Al bajar del auto, se acercó al portón y llamó al timbre que había a un lado de la puerta.
Nadie salió, volvió a timbrar y esperó. Fue cuando vió cómo una enorme jauría venía corriendo hacia donde se encontraba él y dió gracias porque la reja estaba cerrada, de otra forma esa manada se lo habría comido.
Los perros ladraban enloquecidos hacia él, pero ningún humano salía de la casa, de modo que decidió visitar la casa vecina, para recabar información.
Al llamar acudió un hombre bastante mayor que lo recibió receloso.
— ¿Quién es usted y qué quiere?
—Soy Manuel García, inspector de Intendencia y vengo a atender una denuncia sobre la casa vecina ¿podría informarme algo sobre las personas que viven allí?
— Allí solo vive Alex con sus perros, son muchos y enloquecen al vecindario, lo demás averígüelo usted mismo. — diciendo esto se dió la vuelta y se dirigió a su casa.
Manuel volvió a la casa que debía inspeccionar y llamó de nuevo. Mientras lo hacía vió a una joven que caminaba por la acera acercándose a él y la abordó.
— Disculpe, señorita, ¿es usted de este vecindario?
— Si, lo soy — dijo Alex sin dar más información. Desde la esquina lo había visto que llamaba a su casa y antes de identificarse, quería saber qué buscaba ese hombre con cara de pocos amigos.
— ¿Sabe quién vive aquí? — señaló la casa.
— Si, lo sé ¿por qué pregunta?
— Necesito hablar con el hombre que vive aquí, pero al parecer, no se encuentra.
Alex estuvo tentada de decirle cualquier cosa que le hiciera irse, pero sabía que de todas formas volvería, de modo que decidió ver lo que ocurría.
— ¿Y para qué vino?
— Eso realmente no es asunto suyo, solo necesito que me informe si esa persona podría estar allí dentro. — respondió tajante.
— No, no podría.
— ¿Por qué lo dice?
— Porque estoy aquí afuera hablando con usted — le dijo con tono sarcástico.
— Es imposible, me dijeron que allí vive un hombre llamado Alex, solo con sus perros.
— Pues me llamo Alex y sí, vivo sola con mis perros, soy Alexandra Aldana, pero todos me llaman Alex, ¿qué quiere conmigo?
— Hay una denuncia en su contra en el departamento de Salubridad,
— ¿Basados en qué?
— Al parecer tiene usted demasiados animales hacinados en su casa.
— ¿Hacinados? Usted se volvió loco, mis bebés no están hacinados de ninguna manera.
— ¿Cuántos perros tiene? — preguntó molesto. Ya esa mujer le estaba sacando de sus casillas con sus respuestas odiosas.
— Eh, algunos, pero los cuido muy bien.
— ¿Cuántos?
— Verá, sí tengo bastantes, pero de ninguna manera podrán decir que los descuido.
— Le pregunto por última vez ¿cuántos perros tiene en casa?
— No es asunto suyo, ¡quiero que se vaya en este momento de aquí! — no podía responderle, porque ella misma no lo sabía.
— Verá usted, señorita Aldana yo solo quiero hacer mi trabajo que es entrar e inspeccionar el lugar, pero si lo prefiere, podría irme y regresar con la policía para hacerlo, existe una denuncia y voy a realizar la inspección quiera usted o no, decida.
— ¿Por qué se empeñan en molestarme? Yo solo hago lo que el Estado debería hacer, encargarse de esos animalitos abandonados.
—El Estado se encarga, señorita.
— Si, matándolos, ¡así cualquiera lo hace!
— No es mi problema yo solo hago mi trabajo, el resto no me interesa, por última vez le pido que me permita entrar a realizar la inspección para irme, porque tengo cosas qué hacer.
Alex sabía que no deseaba a la policía en su casa. Quizás si ese estúpido inspector veía que sus perros estaban bien cuidados la dejarían en paz.
—Pase — se dió por vencida. Abrió la reja con su llave y entraron. Tan pronto los perros escucharon la llave salieron a recibir a Alex. Por primera vez la chica no sintió alegría de que todos sus bebés salieran a esperarla. Quizás si no los hubiera visto juntos habría pensado que eran menos.
Los perros la rodearon alegres y algunos, los más desconfiados, miraron recelosos al desconocido.
— Entre, no van a hacerle nada —le dijo a Manuel al verlo paralizado ante la numerosa jauría.
— Mejor llamo a control de animales, puede ser peligroso porque estos perros no me conocen.
— Primero, mis niños están educados y si yo le digo que no le va a pasar nada es porque estoy segura de ellos. Segundo, si llama a control de animales, llame también al ejército, porque solo de esa forma va a entrar en esta casa. — le dió la espalda y comenzó a caminar hacia el porche de la casa, dejándolo allí para que decidiera qué haría.
— Le advierto que si uno de estos animales me agrede, la voy a demandar por todo lo que tenga en la vida.
— Entonces, prepárese para quedarse con mis perros que es lo único que tengo, ahora, ¿va a dejar de ser un gallina y entrará o se va a quedar como un bulto tirado allí? — lo miró desde el porche— ya le dije que no le va a pasar nada, mis niños no son agresivos, no sea cobarde, se veía muy valiente amenazando a una mujer sola.
— No me gustan los perros— dijo el hombre mirando la manada con desagrado.
— No habría podido imaginarlo si no me lo dice— respondió ella con ironía.
— Llámelos para que se vayan a otra parte, o mejor, enciérrelos para que yo pueda hacer mi trabajo.
— Mis niños jamás han estado encerrados, no existe en esta casa ni una sola jaula y si la hubiera, sin duda preferiría meterlo allí a usted que a alguno de mis perros. ¿Sabe algo? voy a entrar y si se decide a tener gónadas, entre, la puerta estará abierta, no voy a pasar la vida aquí esperando por usted.
La joven se dirigió a la puerta de la casa y comenzó a abrir y Manuel se apresuró a responderle. La alternativa de entrar solo a la casa era mucho peor que entrar con ella, quien aparentemente, dominaba a esos animales.
— Entraré con usted, espéreme. — mientras entre dientes mascullaba "malditos locos que deberían estar en manicomios en lugar de sueltos por la calle"
— ¿Dijo algo? — preguntó Alex sin entender lo que decía el hombre. Manuel negó con la cabeza con expresión preocupada— Cierre el portón, no queremos que entren "animales" desconocidos. — le dijo con una sonrisa sarcástica.
— Muy graciosa — Manuel entró y cerró el portón tras de sí y comenzó a caminar con cautela entre la jauría.
— Los perros huelen el miedo, no le recomiendo que sea tan cobarde o ellos lo sabrán. Camine normalmente, ya le dije que mientras yo esté presente mis niños jamás le harán nada, son muy inteligentes, más que muchos "humanos"— Manuel llegó a su lado y Alex abrió la puerta. Nunca ponía llave a la puerta. No imaginaba que algún ladrón pensara en atravesar un jardín lleno de perros para entrar a su casa en la que no había nada qué robar.
Ella entró primero y le esperó para que entrara Manuel tras ella.
El hombre miró a su alrededor y la casa se le antojó como algo que saldría en alguna película de suspenso. Todo estaba sorprendentemente limpio, pero se sentía un extraño ambiente de tristeza. Había algo en esa casa, con los espacios vacíos en las paredes donde hubo pinturas en otro tiempo, las mesas y columnas sin adornos que evidentemente fueron retirados y dejaban esa sensación de lenta devastación.
Manuel se volvió a mirar a la extraña mujer, que se percibía muy delgada debajo del horrible sweater y la amplia falda.
— Ahora ¿va a decirme de una vez por todas cuántos perros tiene? ¿O tendré que contarlos yo mismo?
— Pues, buena suerte con eso yo no lo he logrado, se mueven demasiado rápido para mí.
— Calculo que hay algunos treinta o más, es una locura.
— Locura es que nadie haga nada por ellos, que dediquen fondos para fiestas y tonterías gubernamentales y no a los albergues para animales, es más importante mantener felices a los políticos que mantener vivas a estas pobres criaturitas!
— Pues como le dije, eso no es mi problema, realmente no me importa lo que hagan con ellos.
— Claro, tendría que tener un corazón para eso y usted hasta ahora no ha dado señales de esa "patología".
— Señorita, no me afecta lo que usted piense de mí pero a usted si le va a afectar lo que yo opine de su situación, esto es un área residencial y esta cantidad de perros no está permitida aquí — caminó por la casa y Alex sintió un deseo irreprimible de lanzarle algo a la cabeza cuando lo vió dirigirse al pasillo que llevaba a la cocina y se fue tras él.
Al entrar allí los perros instintivamente se ubicaron en sus lugares para comer, de modo que Alex se dedicó a servirles su alimento. Si ese ser odioso iba a ver su casa, también vería lo bien alimentados y educados que estaban sus pequeños.
El hombre no pudo menos que reconocer para sí mismo que era la primera vez que le tocaba un demente acumulador de animales que mantuviera ese orden en el lugar y sobre los animales. Generalmente, eran ancianos que vivían en medio del hedor de los excrementos regados por todas partes y las casas eran verdaderos chiqueros. Esta mujer por el contrario, mantenía un orden casi militar en los animales, les hablaba y ellos obedecían. Ni siquiera debía ser dura o hablarles fuerte, solo se dirigía a ellos como si lo hiciera con seres humanos. Y ellos parecían comprenderle.
— Sabe, puede revisar toda la casa si lo desea, los chicos van a quedarse aquí conmigo y aún debo darles sus medicinas — señaló a Igor en su camita, con la pata enyesada — No pase al patio porque no he limpiado los regalos de hoy de estos chicos, si no quiere llevarse algo en sus inmaculados zapatos. Luego puede acompañarme mientras lo hago y disfrutar del espectáculo— agregó con sorna.