En una tierra tan inhóspita como las mismas montañas heladas que delimitaban el territorio, la vida nunca había sido fácil para la señorita Alimceceg Batun, una niña de padres aristócratas pertenecientes a las tribus de las estepas eurásicas. Creció en el seno de una familia noble, a la sombra de sus hermanas y primas; las hijas del Kan Sekiz Oghuz.
Siendo una de las ultimas hijas de Khubilai, el segundo hermano del Kan, nunca tuvo la atención de su padre y de su madre menos, pues nunca la conoció, porque se había separado de la gente común, ya no era digna de ser una Batun; muchos le dijeron que se había vuelto loca.
Como era la hija menos favorecida de la residencia menor de la ciudad, fue acogida por la señora anciana, su abuela, una mujer curtida por la experiencia de una vida llena de privaciones en el desierto, y abandonada por la mayoría de sus nietos, pues todos tenían sus respectivas madres.
De su niñez no se podía rescatar nada, pues muy pocas cosas buenas habían pasado en ese lapso de tiempo. A decir verdad, Alimceceg prefería no recordar ninguno de esos años, los cuales consideraba como los más terribles y humillantes de su vida.
Todos la describían como una pobre niña que podía subsistir en la residencia del Khubilai Ilk, gracias a la caridad de su abuela.
La señorita Alimceceg Batun era tímida y callada, pero gozaba de una agudeza intelectual y malicia, que era envidiada por sus hermanas mayores.
Desde pequeña fue hostigada por ellas, quienes eran apoyadas por sus madres, las esposas secundarias de Khubilai. A pesar de los constantes ataques, Alimceceg aprendió a defenderse con una magnifica técnica depurada y enseñada personalmente por la abuela, así que con el paso de los años ya no le temblaban las piernas cuando sus hermanastras la acusaban de desobedecer las reglas impuestas por el jefe de la mansión, al contrario, disfrutaba de ver sus caras enfurecidas cuando ella le devolvía con creces los señalamientos.
Las puertas de la habitación se abrieron, dejando entrar la luz tenue del sol al pabellón descubierto, que estaba ubicado en el primer patio de la casa Batun, una familia de primera categoría perteneciente a las tribus Sekiz Oghuz, el linaje principal entre el resto de clanes, ya que a ese pertenecía el kan.
Por las grandes puertas de madera pasó todo el arsenal de joyas, telas, perfumes y esencias costosas, que eran comercializadas en la ruta de la seda.
Un evento como ese no se veía con tanta frecuencia en el pabellón del primer patio, donde residía la madre del Khubilai Ilk, pues a pesar del estatus que ella poseía, no era fanática de los lujos y las excentricidades… Una anciana como ella solo podía esperar la muerte, pero lo demás era una vanidad. Por lo tanto, todas esas pretensiones las dejaba para sus nietas.
Aunque, la única que vivía con ella en el pabellón era Alimceceg, su nieta más apegada, las más tímida, e incluso la más desfavorecida entre el resto de las niñas de la mansión. No era vanidosa, por lo menos no con cosas que al resto deslumbraba, las aspiraciones de su nieta eran diferentes, más bien ambicionaba control y autoridad; siendo la hija abandonada de la casa Batun, también su sed de libertad era avasallante, imposible de aplacar.
La abuela, viendo toda la cantidad de regalos enumerados y etiquetados a nombre de la señorita Alimceceg, solo pudo sospechar una cosa. Algo que su nieta de seguro no aprobaría de inmediato, aunque se empeñara en fingir frente a ella que todo estaba bien, que no le afectaba y que lo aceptaría.
—¿Todo esto es para la señorita Alimceceg? —preguntó al hombre que parecía ser el encargado de realizar la tarea.
El hombre la saludó con respeto mientras aceptaba con una inclinación de su tronco y cabeza.
—¿Qué negocio es este? El primer patio no acostumbra recibir este tipo de regalos —debatió realmente confundida.
—¡Señora Ogul, felicidades! —exclamó—. La señorita Alimceceg ha sido escogida por nuestro Kan para comprometerse en matrimonio con el segundo hijo del Kan Karkuks: Tuva Eke Tegim.
La mujer vio al hombre desplazarse por todo el patio mientras ordenaba el ingreso de los regalos, más bien, la dote de la novia.
—¿Tuva Eke Tegim? —preguntó confundida—. El príncipe ha estado durante 13 años recluido en exilio, ¿Cómo es que mi nieta será comprometida a él?
—Recientemente el Kan Karluks liberó a su hijo del exilio y le ha devuelto el estatus de príncipe y heredero, así que sí es posible este matrimonio.
—¿Cuándo ha ocurrido esto? ¿Khubilai Ilk lo sabe?
—Sí, ocurrió hace poco, quizá dos días… Khubilai Ilk mismo ha ordenado cumplir el decreto.
La anciana dejó que los hombres siguieran realizando la tarea impuesta por el jefe de la casa Batun, y esperó con paciencia a que su nieta regresara al primer patio.
La señorita Alimceceg solía caminar en el jardín de la mansión junto con su medio hermana Khojin, que era dos años menor que ella. Ambas recogían el rocío de la mañana que se acumulaba en las flores, recolectaban algunas frutas y se las ofrecían luego a la anciana cada mañana.
Sin embargo, la jornada monótona de Alimceceg y su hermana no tuvo un buen final, pues la noticia del compromiso incluso llegó hasta ellas, quienes se encontraban en la parte trasera de los muros.
La señorita Erzhene, la sexta hermana, corrió a verlas cuando las vio pasar al frente del pabellón de su madre. Aquella era otra de las hijas del Khubilai Ilk, una niña malcriada que acababa de cumplir los quince años, pero muy a su pesar era un poco tonta y además fastidiosa. Aunque, no llegaba a ser venenosa como su madre.
—¡Hermana! —gritó enojada mientras bajaba los escalones—. ¿Cómo es esto que te estás comprometiendo con un príncipe? ¿Cómo puedes tú casarte con la nobleza, cuando no eres la favorita de padre? Yo debería casarme, no tú.
La señorita Alimceceg escuchó a su hermana menor sin entender con certeza lo que ella le estaba diciendo. ¿Matrimonio? No había escuchado algo referente a ello.
—¿Qué dices?
—No te hagas la tonta, Alimceceg, porque al patio de la anciana están entrando una infinidad de regalos… Una dote costosa que ha sido entregada por el Kan de la tribu Karluks, ¡hablo de la casa real Tsagaandorj!
Khojin agarró a Alimceceg por uno de sus brazos, la arrastró en dirección del primer patio mientras Erzhene las seguía de cerca, cuando llegaron, la anciana esperaba sentada en el recibidor al mismo tiempo que tomaba un poco de té con miel. A cada lado del lugar, una infinidad de cofres estaban apilados.
—Abuela, ¿qué ocurre? —interrogó. Pasó la mirada por los baúles e hizo otra pregunta—: ¿Qué es todo esto?
—La casa real Tsagaandorj ha enviado la dote de la novia que se emparentará con uno de los hijos del kan… El kan ha pedido una novia y tu padre te ha escogido a ti.
Detrás de ella Erzhene chilló iracunda cuando escuchó a la anciana y replicó:
—¿Padre te ha escogido? ¿Qué fue lo que vio en ti?
Khojin rodó los ojos malhumorada por las palabras de su hermana menor y giró hacia ella teniendo la paciencia por el piso.
—Si no te callas, aseguro que te estrangularé —susurró en su oído, haciendo que respingara y se quedara callada en su lugar.
—Abuela, ¿Cómo padre me ha escogido? No lo entiendo —habló Alimceceg.
—Tu padre te espera dentro, así que ve a verlo —ordenó. Y mirando a sus otras dos nietas, las llamó—. El Khubilai Ilk hablará con Alimceceg, vengan a tomar té conmigo.
La señorita Alimceceg caminó acelerada hasta entrar en la sala de visitas de la casa de su abuela.
—Padre —saludó en cuanto entró.
Quedó en silencio mientras observaba a su padre. La última vez que lo había visto hacía muchos años, y la figura que tenía en frente era muy diferente a la que su memoria recordaba… Su padre había envejecido.
—Alimceceg, debes estar confundida por toda esta situación, ¿verdad? —cuestionó
—Ciertamente, padre.
—Te casarás.
—¿Por qué yo?
—El Kan Karluks ha pedido una novia con el propósito de retirar sus tropas de nuestra frontera, y como sabes tus primas, las princesas ya están casadas con los kirguices, así que mi hermano me ha pedido una novia de la casa Batun, la segunda casa más importante de la tribu Sekiz Oghuz. De tus tres hermanas mayores solo una está casada y la otras dos están comprometidas, de las menores las únicas tres que quedan son Khojin, Erzhene y tú. Pero, tanto Khojin como Erzhene son menores, por lo tanto, no pueden ser comprometidas todavía.
—¿Con quién me casaré?
—Con Tuva Eke Tegim.
Alimceceg bufó con una sonrisa burlona en el rostro, pues no podía creer que su padre la estuviera casando con un príncipe tan desamparado e inferior como ese.
—El kan Karluks lo ha exiliado desde que era un niño… Además, está enfermo, es un desvalido sin estatus.
—El kan lo ha liberado —explicó—, ahora, tú tío debe solventar la situación de la frontera y la forma de hacerlo es enviando una novia, así lo estipuló el kan Karluks.
—Padre… ¿Me casará con una persona discapacitada como él? ¿Dónde ha quedado el orgullo de la gran casa Batun?
—¡Orgullo! Te explicaré con detalles la situación para ver si así lo entiendes y dejas de lado tu estúpido orgullo, niña —gritó enfurecido—. El kanato Karluks ha enviado su ejército a las fronteras de nuestro territorio y está presionando la Transoxiana… No podemos perder ese territorio. Así que, se ha llegado a un acuerdo beneficioso para ambos kanatos. Nosotros le entregamos una novia y firmamos un acta donde se les da la posibilidad de comercializar y trasportarse por la Transoxiana.
—No me convertiré en un peón dentro del juego político de mi tío.
—Quieras o no, lo harás. ¿Cuál crees que es la utilidad de una hija en este reino? Para unir países y consolidar dinastías. Todo eso se obtiene con una novia. —dictó—. Te aseguro algo Alimceceg: no permitiré que esta casa pierda el prestigio.
—¿Debería ayudar a sostener el prestigio de la casa, padre? —preguntó con sorna—. Esta es la primera vez que ha venido en… Ya ni siquiera recuerdo el numero de años que han pasado desde la ultima vez que me visitó… ¿Sabe mi edad o sabe cuánto tiempo esperé una visita suya? Tengo veinte años, y la ultima vez que me visitó fue cuando tenía trece. No estuvo allí cuando lo necesité, ¿Debo apoyarlo cuando usted nunca lo hizo? —reclamó enfurecida y con los ojos enrojecidos por las lágrimas de rabia que amenazaban con correr por sus mejillas.
Khubilai Ilk no soportó los reclamos de Alimceceg, la abofeteó con todas las fuerzas, haciendo que ella cayera sobre el piso.
—¡Insolente! —gritó—. No tienes el derecho a hacerme reclamos. Eres mi hija y yo soy tu padre.
—¡No es mi padre! Puede ser el padre de mis hermanas, porque a ellas sí las crió en su regazo, pero aquí nunca ha venido a verme, y cada vez que ve a la gran anciana, evita verme a toda costa, ¿¡Por qué!?
—No responderé a ninguno de tus reclamos, solo te advierto una cosa: no intentes evitar este casamiento, no hagas ninguna estupidez que manche el apellido de esta familia. Te casarás, el kan ya ha enviado una dote, y dentro de dos semanas viajarás para casarte.
—Padre…
La señorita Alimceceg no había tenido oportunidad para pensar mucho en lo que debía hacer para evitar aquel compromiso, pues sus pensamientos se habían perdido en la posibilidad de contraer dichas nupcias. Definitivamente no podía permitir tal humillación. La única hija desfavorecida de la casa Batun se iba a casar con un lisiado, no solo sonaba vergonzoso, sino que también a una pena que enfermaba el alma.
Podía no ser tan despampanante como sus hermanas mayores ni ser inalcanzable como sus primas, las hijas del kan Sekiz Ohguz, ni tampoco impetuosa y poderosa como lo era su hermana Khojin en la lucha del Bök. Ella a pesar de ser una timorata y callada, siempre tenía un haz bajo la manga, nunca se quedaba de brazos cruzados y luchaba psicológicamente con cualquiera hasta conseguir lo que quería. Aunque a veces sus juegos psicológicos no le funcionaban por lo que recurría a la astucia deshonesta.
—Hermana, tienes que ayudarme a convencer a mi padre para que me elija a mí en vez de ti… Sé que no quieres casarte, pero yo sí estoy interesada. Además, se trata de la casa real Tsagaandorj… No cualquiera puede casarse con uno de los herederos —Parloteó sin cesar—. Mi padre me consiente y a mi madre también, así que, yo debería ser la novia.
Alimceceg forzó una sonrisa ladina cuando miró a su hermana. Detuvo el paso y la tomó suavemente por los hombros.
—Erzhene, sé que no hay otra hija Batun tan consentida y honorable como tú, pero mi padre me ha escogido porque soy la mayor de las solteras que quedan en esta casa.
—¿No hay alguna opción para cambiar eso? Alimceceg, piensa en algo para mí —ordenó con insistencia.
—Tal vez hay una alternativa —Sugirió débilmente.
—Por favor, hermana, dímela.
Alimceceg sonrió esta vez con energía, sus ojos brillaron con malicia.
—Erzhene, si quieres casarte con el príncipe de la casa real, debes prometerme que no dirás nada a tu madre, ¿de acuerdo?
La muchacha asintió de inmediato.
—¡Lo prometo!
—Bien, en la mañana nuestro padre enviará mi rotulo de paridad y nacimiento junto con mi retrato, así que lo que debemos hacer es cambiarlo por el tuyo. Aunque, hay un problema: ya mi abuela se lo ha dado.
—¿Se puede entrar al despacho de padre y cambiarlo allí?
—Sí, pero es muy arriesgado, si nos descubren estaremos hechas trizas.
—He notado que padre abandona el despacho entre las 1-2 de la madrugada y regresa en la mañana, tal vez puedas entrar a esa hora.
—Bien, lo haremos esta noche, así que tienes que traerme tu rotulo y el retrato… Y recuerda, tu madre no debe enterarse.
Alimceceg se separó de Erzhene y entró en su habitación. Se sentó sobre el escritorio de madera para sacar algunos pergaminos de las gavetas. Estuvo dispuesta a estructurar un plan, pero al final no fue capaz de plasmar ni una sola idea.
La tarde pasó con extrema lentitud, por lo que se desesperó por la llegada de la noche. Definitivamente, la paciencia no era uno de sus fuertes, más bien era una debilidad. Esa misma tarde su desesperada hermana le llevó el otro rotulo.
Al final, cuando hubo anochecido lo suficiente y no quedaban personas deambulando por los corredores del campamento, pudo encontrar el tiempo propicio para entrar al despacho de su padre. Eran las dos de la madrugada y hacía un frío glacial.
Erzhene tuvo razón, el Khubilai ilk dejaba el lugar a esa hora para ir a reunirse con una de sus mujeres, principalmente con la madre de Erzhene.
Alimceceg entró al despacho con mucho sigilo y rebuscó en el escritorio de su padre, donde había muchos rollos regados y otros apilados sobre él.
Trató de rebuscar en las gavetas, pero estaban cerradas con seguro. Rogó que el rotulo y el retrato estuvieran en alguno de los rollos sobre el escritorio, y con esa esperanza, empezó a revisar cada uno. Saltó de la alegría cuando encontró su propio tesoro entre el resto de documentos, rápidamente lo guardó entre sus ropas y puso en su lugar el rotulo de su hermana.
Alzó una de las cejas en son de victoria y salió tan rápido como entró. Se sentía realmente aliviada, pues ya se había descartado en cierta parte de casarse con el lisiado. En esos momentos, le alegraba enormemente la idea de ver el rostro de su hermana menor cuando se enterara de que su flamante prometido era un discapacitado, un completo idiota.
Entró a su habitación sin hacer mucho ruido y retiró las mantas de pieles del lecho de un solo movimiento. Con una sonrisa de satisfacción
—Gracias, Erzhene —rio antes de dormirse.
No había algo más tranquilizante que dormir sin pesos sobre los hombros, con aquella acción la señorita Alimceceg había aligerado la carga que le hacía su enorme orgullo sobre los hombros.
…
—¡Joven amo, por favor deje de jugar con eso! —ordenó una de las criadas encargadas de cuidarlo.
La mañana era fresca, los árboles frondosos y verdes a causa de la temporada se balanceaban de un lado a otro por causa de la brisa suave, los pájaros volaban por encima del cielo ocultando la fatalidad que acontecería en el lugar.
Una mujer de esbelta figura miró al niño de reojo, y le sonrió dulcemente antes de regresar la mirada a los papeles puestos sobre el tocador. Los cabellos cortos de su frente flotaron en el aire, las trenzas gruesas que recogían el cabello de la mujer seguían un largo camino hasta esconderse tras un bonito y ligero velo.
Tuva Eke pocas veces había visto a su madre en los sueños, pero cuando lo hacía, no paraba de rememorar la figura de ella, conocerla así sea gracias a los sueños.
Los gritos del niño pequeño, que de inmediato reconoció, lo despertaron abruptamente. Era él de pequeño gritando despavorido cuando vio que muchas lanzas atravesaban el cuerpo de la madre por muchas direcciones.
Cuando abrió los ojos, vio al señor Yul casi que encima. El hombre se veía perturbado por el estado del joven amo.
—Tegim, ¿qué ocurrió?
Tuva Eke lo miró sin decir nada. Todavía se arrepentía de ser cobarde y despertarse justo en el momento en que con exactitud su vida había cambiado, lo que había ocurrido aquel día lo marcó con fuego.
—Vi a mi madre en sueños… se veía hermosa, tan joven y llena de vida.
—Joven amo, últimamente los sueños lo perturban mucho… ¿Es por causa de su casamiento?
Aquello le dio risa, sonrió medianamente mientras negaba, aunque tal vez sí podía ser esa la razón de su turbación, de todos modos, el no lo iba a reconocer.
—Señor Yul, algo me tiene inquieto, ¿Qué hizo que mi padre me sacara tan rápidamente de aquí, y que además me comprometiera con la quinta señorita perteneciente a la casa Batun de los Sekiz Oghuz?
—Joven amo, escuché que nuestro kanliq movió el ejército a la Transoxiana. Esto tiene algo que ver con eso… Además, tenga en cuenta que de sus cuatro hermanos varones solo usted faltaba por comprometerse.
—¿Qué puede significar? —inquirió en un susurro débil, aunque no era una pregunta para el señor Yul, si no para sí mismo—. Mis hermanos se pelean por el poder, por manejar el territorio más prospero o el que más recursos tenga… ¿Por qué pienso que padre quiere desviar la atención de mis hermanos hacia mí? ¿Acaso quiere que me maten? —reclamó dolido.
—Pero a los ojos de todos es un discapacitado que tiene la mente muerta. ¿Cómo puede ser una amenaza?
—No lo sé, Yul, pero todo esto me causa dudas… No confío en mi padre.
—Joven amo, tal vez pueda salir de dudas cuando se presente ante su padre… El ha pedido verlo cuando informó del compromiso matrimonial —comentó.
—Sí, tengo esa oportunidad para entender muchas cosas… Tal vez mis hermanos hablen de más frente de mi y de esa manera me puedo enterar de cómo van las cosas en el campamento, y cuáles son los diferentes bandos que hay.
—Lo entiendo —asintió—. ¿Está dispuesto a dejar la torre?
—No lo haré, este es el único lugar en que me puedo desplazar a ciegas. Estos espejos son para mí como cien ojos. —señaló.
El señor Yul miró la cantidad de espejos que había posicionados de manera estratégica por su amo.
—Pero puede adaptar los espejos en la habitación que el Kanliq le ha proporcionado.
—Tengo la vista dañada en un gran porcentaje, así que estos espejos son la extensión de mis ojos, no me limitaré de esa manera solo por querer vivir cómodamente en el campamento de mi padre.
—Pero…
—No me convencerá —decretó—. Haré un espectáculo, tú convencerás a mi padre de que no es una buena idea que me saque de la torre.
—Está bien, joven amo. Seguiré sus instrucciones.