Capítulo 2

—Al parecer está viéndose con su secretaria, señora—informó su asistente personal.

Martina llevaba trabajando para ella desde que puso un pie en esa casa.

—¿Estás segura?

—Sí, señora. Los han visto salir juntos a altas horas de la noche. Además, según los comentarios de otros trabajadores, se encierran por largas horas en la oficina del señor Collen.

Helena asintió, mientras se dirigía a pasos lentos hacia el ventanal. Necesitaba un poco de aire fresco, sentía que se ahogaba.

—Está bien, Martina. Has sido de mucha ayuda, gracias—pidió a la mujer retirarse.

Aquello no era algo nuevo, desde luego que era consciente de todas las infidelidades de su esposo, pero al parecer saberlo, no aminoraba el dolor que aquello le causaba siempre.

«¿Qué estás haciendo, Helena? ¿Por qué sigues ahí?», la voz de su consciencia salió a relucir y, era tan parecida a la voz de su pequeña hermana.

—Isa, debí escucharte cuando me dijiste que esto era una locura. Nunca debí casarme con él.

Las lágrimas de Helena rodaron por su mejilla, eran gruesas y estaban cargadas de muchos sentimientos negativos. Sentía rabia hacia sí misma, rabia hacia sus decisiones y rabia hacia aquella imposibilidad de irse; porque, por más que quisiera marcharse, ya no le era posible. Él no se lo permitiría…

—¿Ves esto, Helena?—el hombre alzo el papel en su mano—. Es tu condena, te condenaste el mismo día en que lo firmaste.

Henrick había preparado un contrato, el cual se encargaba de beneficiarlo de todas las maneras posibles: 

“El divorcio se dará cuando yo lo estipule”

“Recibirás un pago cada mes por tus servicios”

“Y recuerda: eres una esposa farsa, que no se te olvide”

—¿Y todavía sigues creyendo que podrás enamorarlo?—se reprochó.

Evidentemente, Helena era demasiado optimista, quería a Henrick, quería salvar su matrimonio y quería un poco de sus falsas caricias.

[…]

—Llévame al aeropuerto, Horacio—indicó la mujer a su chofer.

Luego de cerrarle la puerta del vehículo, el hombre rodeo el auto para ocupar su respectivo lugar como conductor.

Helena se masajeó las manos tratando de trasmitirse tranquilidad, estaba a tan solo minutos de volver a ver a su hermana. Se sentía feliz ante la idea, pero a la vez, se encontraba muy asustada, esperaba poder ocultar muy bien de los ojos curiosos de Eloísa lo que en realidad era su vida de casada.

—Llegamos, señora—anunció el chofer, bajándose para abrirle la puerta del auto.

Cuando la brisa golpeo su cara, Helena tomo una profunda bocanada de aire. «Muy bien, el show acaba de comenzar», se dijo. Ya estaba acostumbrada a ser el centro de atención cada vez que ponía un pie fuera de la mansión, ser la señora Collen era una gran responsabilidad. Su esposo era uno de los hombres más poderosos de Alemania, razón por la cual, los paparazzis solían perseguirla.

Un poco más atrás, dos hombres que portaban trajes oscuros bajaron de otro vehículo. Se trataban de sus guardaespaldas, puesto que su esposo era muy desconfiando y siempre la mantenía bien vigilada. «Como si me fuera a escapar», resoplo la mujer con ironía, mientras iniciaba su elegante caminata.

—Señora, dentro de unos quince minutos aproximadamente aterrizará el vuelo proveniente de Suiza—informó uno de los agentes del aeropuerto.

—Está bien, muchas gracias.

Helena ocupó un asiento y espero expectante, sin dejar de mirar a la pista de aterrizaje. Deseaba con todas sus fuerzas volver a abrazar a su hermanita, la sensación de añoranza era insoportable. Ambas habían quedado huérfanas desde muy jóvenes, su abuela materna se había encargado de criarlas, pero lamentablemente la mujer falleció unos pocos años después. Afortunadamente, para entonces Helena ya había alcanzado su mayoría de edad y pudo encargarse sin problemas de su hermana menor. Estaba orgullosa de los logros de Eloísa, había podido estudiar e incluso se había graduado de la universidad hacía unos pocos meses. Ella, por el contrario, no tuvo la oportunidad de estudiar. Desde muy chica tuvo que trabajar para dar de comer a las dos, aunque realmente los estudios nunca fueron lo suyo.

En cuanto los ojos verdes de Helena divisaron al avión aproximarse, se levantó rápidamente de su asiento. Las manos y las piernas le empezaron a temblar, pero no era de miedo, sentía que estaba a punto de quebrarse y no sabía si lo podría soportar más. Realmente, Helena hizo su mayor esfuerzo de parecer una mujer feliz cuando su hermana estuvo frente a sus ojos, pero en el mismo instante en que Eloísa le sonrió desde lejos y corrió hacia sus brazos, toda su templanza se desvaneció por completo.

No, a Helena no le importo estar en un sitio público, tampoco le intereso que posiblemente la estuviesen grabando. Lo único que quería y necesitaba era ese abrazo, el abrazo de su hermana, la única persona en el mundo que le quedaba, la única que realmente la amaba.

—¡Isa, mi Isa!—sollozo la mujer apretando fuertemente a su hermanita.

Ya podría incluso imaginarse el dolor que le provocaría cuando tuviese que marcharse nuevamente, cuando tuviese que dejarla sola una vez más.

—¡Te extrañé tanto!

Las dos mujeres fueron las protagonistas de una escena bastante conmovedora, la misma duro por varios minutos. Pero cuando sus brazos se cansaron y sus lágrimas parecieron cesar, finalmente se separaron, mirándose la una a la otra como si hubiese transcurrido una eternidad desde la última vez en que estuvieron juntas.

—Estás hermosa, Helena. Te ves tan…

Eloísa buscaba las palabras para describir a su hermana, pero no lograba encontrarlas con facilidad. La verdad era que estaba tan cambiada, parecía una mujer que había nacido en la alta sociedad, rodeada de lujos. Su porte, su vestimenta e incluso su mirar, todo indicaba poder y elegancia.

—¿Diferente?—quiso completar la mayor.

—Sí, es decir, tengo un recuerdo tuyo tan distinto. Verte ahora es como ver a alguien más, pero no me malinterpretes. Te ves muy bella, de verdad.

—Gracias, hermanita. Y mírate, tú tampoco te quedas atrás, finalmente floreciste—se burló, recordando que la última vez en que la vio, todavía era una chiquilla que acababa de cumplir su mayoría de edad.

—¡Tonta!

Eloísa le dio un empujón juguetón, justo como en los viejos tiempos. Ambas mujeres rieron como si todavía fueran unas chiquillas. Todo en ese momento parecía perfecto, eran las dos y el inmenso amor que se tenían, pero, lamentablemente, la felicidad para las hermanas tenía fecha de caducidad…

Capítulo 3

—¡Guao, es enorme!—se maravilló Eloísa de la mansión en la que vivía su hermana.

—Sí, es una casa muy grande—reconoció Helena con cierto toque melancólico. El lugar era tan grande, que se sentía completamente sola la mayoría del tiempo.

—¿Casa? Yo más bien diría mansión.

Helena sonrió ante el comentario de su hermana, tenía tanto tiempo sin verla que cualquier palabra que saliese de su boca era suficiente para provocar en ella una sensación de plenitud.

—Sí, supongo que tienes razón.

—¿Y tu esposo?—interrogo Eloísa deteniéndose para mirar a su hermana.

—Él… está en un viaje de negocio—mintió la mayor.

—Oh.

Eloísa pareció creerse la mentira, mientras seguía caminando como una niña curiosa, que admiraba todo a su alrededor. Helena odiaba mentirle, pero no podía decirle que a su “esposo” le importaba muy poco su llegada y que, además, no tenía tiempo para recibir a su cuñada. Cualquier marido normal, la hubiese acompañado incluso al aeropuerto, pero aquel matrimonio de normal no tenía absolutamente nada.

Aun así, Helena sabía que no podía seguir con la excusa del viaje de negocios por mucho tiempo. Necesitaba ingeniárselas para que Henrick le colaborara y actuara como un esposo, así como ella siempre lo hacía cuando él lo necesitaba.

—Ven, te mostraré tu habitación.

Luego de compartir un par de horas de plática, Helena salió de la recámara de su hermana, dispuesta a llamar a su marido.

—Henrick, necesito tu ayuda, por favor—pidió a través de la llamada.

—¿Ahora qué quieres, Helena?—rugió el hombre demostrando su poca paciencia para con su esposa.

—¿Recuerdas lo que te comente la otra noche?

Henrick bufo.

—No tengo tiempo para recordar estupideces.

—¡Maldición, esto es importante, Henrick!—se exasperó la mujer ante la poca muestra de colaboración.

—Sea lo que sea, no me interesa—dicho aquello colgó el teléfono.

Helena maldijo en voz alta, sintiendo como una vena se abultaba en su frente. Ese hombre era un experto en hacerla enfurecer.

[…]

—¿Qué te parece? ¿Te gusta?

—Está hermoso, Helena, pero es demasiado.

—Tonterías, es perfecto.

Eloísa suspiró con el vestido en la mano, aquel era el quinto que su hermana escogía para ella. Ella no podía ni siquiera pensar en probárselo al ver aquellos precios tan exorbitantes colgando de las etiquetas, en su vida imagino poder usar un vestido como ese.

—Vamos, pruébatelos.

—Helena…

—Basta, es un pequeño presente. Créeme, esto no es nada para todo el dinero que tiene mi marido—le recordó.

Helena quería hacer un gasto enorme en las tarjetas de Henrick a manera de venganza por no querer ayudarla. Su hermana llevaba dos días que había llegado a Alemania y él seguía sin dar señales de su existencia. Lo odiaba tanto.

—Igual, no me parece.

—Anda, pruébatelo—insistió otra vez.

A regañadientes, Eloísa entro a un cubículo para probarse aquellas prendas. Mientras lo hacía no podía evitar pensar en lo extraña que se comportaba su hermana. Definitivamente, aquella no era la misma Helena que se había ido de Suiza una mañana.

—Te ves perfecta—la halagó su hermana al verla usando uno de los vestidos.

—¿Tú crees?

—Sí, quédatelo. Iremos a cenar a un restaurante que prepara una comida deliciosa, te encantara—le aseguro la mayor.

Las dos mujeres salieron de aquella tienda de ropa y se dirigieron al vehículo que las aguardaba. Eloísa se sentía incómoda ante aquellos gorilas que parecían siempre perseguir a su hermana, pero Helena ya le había explicado que su esposo los había contratado para mantener su seguridad. A todas estas, le seguía pareciendo sospechosa la actitud de Helena cada vez que le preguntaba por el hombre. Era evidente que se ponía nerviosa ante la simple mención de su nombre. ¿Sería su vida de casada tan feliz como aparentaba? Presentía que todo no era más que una fachada, una fachada muy bien elaborada.

—¿Tienen una reservación?

—Sí, Helena Collen.

La sola mención de su nombre basto para que aquella recepcionista la escaneara brevemente.

—Por supuesto, señora Collen, pero…

—Tengo entendido que hay un área exclusiva a nombre de mi esposo—le recordó. Ella nunca había ido a ese restaurante, pero sabía que su marido había adquirido una membresía exclusiva.

—Sí, así es…—murmuró la chica en voz muy baja, visiblemente intimidada.

Eloísa evaluó el comportamiento de su hermana, nunca la había visto actuar así de imponente. Ambas mujeres pasaron por el resto de los comensales y fueron dirigidas por unas escaleras, luego de unos minutos llegaron a un área igual de elegante pero carente de personas, o, al menos, esa fue la primera impresión que recibieron de aquel espacio. Sin embargo, justo al fondo había una pareja, aquella pareja llamo la atención de su hermana mayor, la cual se congeló viendo con los ojos muy abiertos hacia aquella mesa.

—¿Helena, qué pasa?—se preocupó Eloísa al verla.

Su hermana no contestó, por lo que no le quedó otra alternativa que tratar de entender qué era lo que pasaba. Los ojos miel de Eloísa enfocaron a la pareja, descubriendo algo que la dejo con la sangre helada. Ella no conocía al marido de su hermana, pero en esos años lo había visto un par de veces en algunas revistas, y aquel hombre, el que se besaba con aquella chica, tenía un enorme parecido con el esposo de Helena.

Eloísa estaba a punto de realizar la incómoda pregunta cuando pudo ver como de los ojos de su hermana se escurrían gruesas lágrimas, no fue necesario confirmar nada, todo estaba al alcance de su vista. No supo en qué momento sus pies se movieron a tal velocidad, pero en cuestión de segundos se encontraba al frente de aquella mesa.

—¡Maldito infeliz!

El hombre se separó de la mujer que besaba con tal intensidad, para mirarla con una furia que muy poco pudo disimular en sus ojos grises.

—¿Quién demonios…?

—Eloísa, vámonos, te lo puedo explicar—interrumpió la mayor el reclamo de su hermana.

—¿Pero de qué hablas? ¿Acaso no es este tu esposo?

Eloísa no entendía nada. ¿Cómo era que Helena podía actuar de una manera tan frívola?

—¡Sí, lo es!—explotó Helena, mirando con dolor al hombre que no se cansaba de traicionarla.

—¿Entonces?

—Te lo explicaré en la casa—intentó jalarla del brazo, para que se marcharan de ese lugar cuanto antes.

La castaña negó sin poder entender nada. Sus ojos mieles volvieron a encontrarse con los del hombre, aquel fue un duelo de miradas que duro por varios segundos, cada uno se transmitían el mismo odio…

Seguir leyendo
Apoya al autor e inspira más historias increíbles Moboreader
Desbloquear todos los capítulos
Capítulo
Personalizar
Siguiente capítulo
Minishorts Logo
Lee novelas web, ficción online y populares historias románticas en MiniShorts. Descubre romances de multimillonarios, fantasía de hombres lobo, novelas dramáticas y de fantasía, además de contenido seleccionado de dramas cortos inspirado en las tendencias narrativas más populares.
YouTube de MiniShorts
©2026 MiniShorts Todos los derechos reservados. CHASINGTOP HK LIMITED