Portada de la novela La nómada

La nómada

8.7 / 10.0
Tras ser traicionada por su progenitora y vendida como esclava, Umara termina en la capital de Kurani. Aunque inicialmente cree que un príncipe la ha rescatado, pronto descubre que es una prisionera más del harén imperial. En su lucha por sobrevivir, desentraña una conspiración mortal para envenenar al soberano y a sus mujeres. Este secreto la convierte en el objetivo principal de Lady Cassandra, quien no descansará hasta verla muerta en un entorno lleno de peligros.
Resumen de La nómada
Tras ser traicionada por su progenitora y vendida como esclava, Umara termina en la capital de Kurani. Aunque inicialmente cree que un príncipe la ha rescatado, pronto descubre que es una prisionera más del harén imperial. En su lucha por sobrevivir, desentraña una conspiración mortal para envenenar al soberano y a sus mujeres. Este secreto la convierte en el objetivo principal de Lady Cassandra, quien no descansará hasta verla muerta en un entorno lleno de peligros.
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La nómada Capítulo 1

Tabla explicativa:

Ciclo/ Ciclos: equivalente a Año/Años.

Luna: equivalente a pareja destinada. / También equivalente a un mes.

Nacimientos solares: equivalente a días.

Muertes solares: equivalente a noches.

Prólogo:

Cuando el príncipe nació, un sabio vió en visión la Profecía:

“ La tierra temblará bajo el poderío de sus pies,

la luna, el sol y las estrellas girarán a sus órdenes,

sus enemigos temblarán ante su nombre,

su gloria cubrirá la tierra y

seis lunas coronarán sus sienes…”

/*. /*. /*. /*. /*

Umara:

Los intensos rayos solares son sofocantes . Gruesas gotas de sudor recorren mi espalda. Mis muñecas y tobillos están inflamados por las heridas que han abierto los pesados grilletes . Las plantas de mis pies están en carne viva y arden como si un fuego que no se apagase nunca se alimentara contantemente de ellas. Mi boca está tan seca como el desierto. Mi piel parece estar hecha de arena. Mi largo y negro cabello es una maraña deforme y maloliente sobre mi cabeza desde hace semanas.

Mi respiración es entrecortada, la fatiga no me ha vencido por mera intervención divina. Mis ojos se nublan. Mi mente pareciera estar envuelta en una neblina plagada de espejismos.

Llevo cinco días alimentándome de pan y agua. Quizás podrías pensar que para una esclava del Imperio Kurani una comida de pan y agua es un lujo; pero lo que se nos da de pan es apenas un bocado y de agua un pequeño sorbo y llevábamos caminando muchas millas, demasiadas.

Cuando se nos forzó a abandonar Sibiú, éramos un grupo de mil prisioneros. Pero a la capital Imperial, con vida ,sólo hemos llegado poco más de unos doscientos.

Todos los años el Emperador extrae su tributo de las tribus nómadas del norte. Usualmente, toma para sí doncellas hermosas, hijas de ganaderos pudientes, para que sean esclavas del Palacio real en Tarmen, pero si el noble tiene hijos, estos son tomados para guerreros de la guardia real o eunucos.

Durante muchos años, la entrega del tributo había sido pacífica pero en esta ocasión, al capitán emisario Kuraní y al Ejército Dorado se les antojó un poco de diversión ; y terminaron masacrando tres de las ocho tribus nómadas reunidas en el cónclave para el concilio anual. Esta vez, los ancianos de las tribus discutían el firmar o no una alianza más permanente que nos protegiera del poderío militar del Emperador y ejércitos Kuraní. Al parecer, la indecisión de los líderes despertó la ira y la sed de sangre en el ejército imperial . Entre las tribus diezmadas, se encuentra la Sindú a la cual pertenezco. Luego de saciar su sed de diversión, el ejército enemigo se retiró , dejando los a sobrevivientes malheridos e indefensos a merced de los esclavistas.

Una lágrima recorre mi mejilla. Es cierto que mi madre ya me había vendido a un mercader Guenty para cuando los invasores llegaron, pero eso no impide que los gritos y sollozos de angustia de mis paisanos aún resuenen aún en mis oídos, habiendo causado una gran meya en mi alma. Otras diez mujeres de mi tribu sobrevivieron la matanza, porque habían sido intercambiadas por sus padres . Las intensas sequías y la escasez de alimentos habían llevado a muchos de los mayores de la tribu al extremo de intercambiar a sus hijas mayores y casaderas por víveres. En mi caso, no soy la mayor, soy la mediana de tres hermanas sin embargo mi madre me vendió por ser la menos agraciada de las tres. Ahora estamos, los treinta prisioneros que no hemos sido vendidos, arrodillados, sobre la plataforma de esclavos.

Con movimientos erráticos, intento secar la huella que la lágrima dejó sobre mi polvoriento rostro. Una mirada rápida al reducido grupo me hace comprobar que quedamos los más escuálidos y débiles de los prisioneros.

Algunos son demasiado viejos para labores arduas, otros se han enfermado durante el trayecto y las pocas mujeres jóvenes que quedamos no somos lo suficientemente hermosas para los estándares de belleza de la ciudad más importante del Imperio.

Suspiro, mi madre y hermanas no fueron tomadas cautivas, muy en el fondo de mi corazón acaricio la esperanza de que hayan logrado escapar y elevo una plegaria a nuestro Dios, porque de lo contrario… La otra posibilidad se me hace extremadamente dolorosa y desgarradora.

Han pasado las horas...las demás mujeres de mi tribu ya han sido vendidas. Y eso en cierto modo es un alivio. Las costumbres del Imperio Kuraní dictan que si un prisionero de guerra no tiene valor o utilidad para sus captores, los esclavistas pueden deshacerse de él como mejor les parezca ya que el esclavo es su mercancía y este grupo tiene todas las de perder. Estamos todos huesudos, hambrientos y en el peor de los casos medio moribundos.

Si a nuestros captores se les antoja , cosa que es muy probable, puede que terminemos trabajando en las minas. Recorro mi seco labio inferior con mi dura lengua, haciendo una mueca de dolor. Una vida de esclavitud en las minas es el peor destino para un esclavo. Te hacen trabajar de sol a sol mientras te matan de hambre. Las mujeres que son vendidas allí, sirven como aguadoras y curanderas en el mejor de los casos...

Poco a poco me siento sobre mi trasero, colocando mi mentón sobre mis huesudas rodillas. Rodeando mis piernas con los brazos, y considerando que la muerte sería un final más misericordioso para mí que sufrir durante un puñado de años que es lo generalmente se sobrevive en ese lugar.

Casi siempre, las mujeres en las minas terminan sirviendo de entretenimiento a los guardias o a los propios esclavos.

***

Cinco horas han transcurrido, desde que abrió el mercado de esclavos esta mañana y la fatiga se ha apoderado de mi cuerpo. Fuertes temblores me estremecen de pies a cabeza. Tengo frío, luego calor y luego frío nuevamente. Mi visión se nublan. A mi mente llegan las voces y olores y colores del mercado cómo si los transeúntes y comerciantes estuvieran lejos, cada vez más lejos.

Los habitantes de Tarmen que hoy han venido de compras pasan por delante de la plataforma en que nos encontramos y siguen de largo, abiertamente decepcionados de la falta de calidad de la mercancía exhibida. El gordo y sudoroso mercader de esclavos ha comenzado a impacientarse.

Varios de mis compañeros de infortunio ya han caído desmayados a causa del hambre y la sed, y han sido castigados por su debilidad , con azotes. Ahora estamos de pie sobre la plataforma los diez que quedamos.

Mi cuerpo se tambalea. En unas horas todo habrá terminado, en unas horas se decidirá mi destino. Seré enviada al más allá por la misma mano que me compró con oro al esclavista que me trajo desde mi tierra hasta aquí o seré llevada a las canteras.

Elevo una plegaria al Magnánime, para que me conceda el descanso pronto. Quizás esta sensación de vacío y de frío incontrolables son la advertencia de que mi fin está cerca. Lucho por mantenerme en pie, pero mis rodillas amenazan con flaquear.

Cierro los ojos e imagino que estoy con mi padre, corriendo libremente por entre las yerbas verdes del oasis de Orenheb, puedo jurar que oigo el murmullo del arroyo sagrado y el recuerdo de la dulce y fresca agua hace que trague en seco. Intento sonreír pero mi rostro está paralizado. No puedo más, lo sé, he llegado al fin de mis fuerzas. Mis rodillas se doblan bajo el poco peso que me queda. Debo haberme caído de la plataforma porque el enfangado suelo viene rápidamente a mi encuentro.

***

Un ardor insoportable se ha apoderado de mi espalda. Soy jaloneada por los hombros bruscamente y soy obligada a sostener mi tren superior sobre mis manos. Sostengo, a duras penas mi cabeza en alto , elevando mi rostro y observo que a mi rededor reina un caos extraño. Por aquí y allá corren despavoridos los finamente vestidos y enjoyados nobles Kuranies y otros ciudadanos de la capital , puedo oír el resonar de cascos de caballos. Mi mente intenta hallarle sentido a este alboroto, pero no tengo fuerzas ni para razonar.

Cerca de donde he caído, un guerrero de tez broncínea y ojos feroces sostiene un látigo, el cuál descarga inmisericordemente contra la espalda desnuda del gordo y sudoroso esclavista mientras éste es sujetado contra el suelo por dos soldados de la guardia real .No soy capaz de mirar las facciones del guerrero porque trae el rostro cubierto con una burka de finísimo lino blanco. Toda sus vestimenta es totalmente blanca y eso lo hace resaltar en la mugrienta y enlodada calle.

El comerciante clama por piedad en la lengua Kuraní antigua, pero el guerrero es implacable. Sus cabellos negros y largos le confieren un aspecto salvaje, pero sus vestiduras de lino e hijos los de oros y plata me hacen sospechar que debe ser un miembro de la corte real.

Ha venido a rescatarme un príncipe kuraní. Suspiro. Debo estar sufriendo delirios, indudablemente.

Despacio me logro sentar sobre el lodazal en el que estoy y contemplo desinteresadamente como algunos guardias de la corte van liberando de sus grilletes y cadenas a los demás esclavos, al tiempo que estos se miran unos a otros atónitos. Luego, uno de los soldados se acerca a mí y con la pesada llave libera mis muñecas y tobillos de los cortantes hierros que me aprisionaban. Miro las heridas de mis muñecas y frunzo el ceño. Es extraño, ya no me duelen las llagas, de hecho ya no siento nada. Trastabillando me pongo en pie y limpio el lodo de mi rostro con el dorso de mis manos.

El guerrero enrolla el látigo en su fuerte mano derecha. Se voltea imperioso y grita unas órdenes a sus soldados. Observo que el esclavista yace en el suelo inconsciente, su espalda es un espectáculo horrendo de grandes heridas y sangre. Los demás esclavos son reunidos entre un grupo de soldados y comienzan a alejan en tropel por la calle principal. Doy unos pasos para seguirlos, pero el guerrero ya se ha montado en un negro y poderoso semental y antes de que logre dar tres pasos, el aire abandonada mis pulmones al ser arrancada del suelo por unos brazos de hierro que me rodean la cintura y me encuentro de pronto sentada de medio lado, en una silla de montar, sobre el imponente caballo. Mi frente se encuentra a la altura de la barbilla de mi nuevo captor, mi adolorida espalda va rozando su musculoso brazo derecho.

Mientras él acucia a su montura y salimos disparados a todo galope, las fuerzas me abandonan y mis ojos se cierran otra vez. Lo último que he visto antes de desfallecer, han sido un par de feroces ojos dorados.

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