Cathy se aclaró la garganta y miró a la mujer a su lado con desconcierto:
"Bliss, ¿eres enfermera en este hospital?", lo que hizo que a la aludida se le abrieran los ojos en shock. "¿Qué ocurre, señora? Trabajo para la familia Mu, ¿o es que no se acuerda? Soy la sirvienta que se encarga de cuidarla".
"¿Sirvienta dices? ¿De la familia Mu? ¿Y yo soy la señora Mu? Yo no sé... ¿Qué está pasando?", repitió, devanándose los sesos para averiguar qué es lo que se le escapaba; todo parecía tan extraño. "¡Espera! No tengo idea de lo que está sucediendo. ¿Quién eres en realidad? ¿Por qué me llamas señora Mu?". Bliss la miró como si se hubiera vuelto loca.
"No la entiendo. ¿De qué otra manera podría llamarla? Después de todo, es usted la esposa del señor Mu", le reiteró la empleada, cuyas respuesta irritaron a Cathy, dado que todavía no había obtenido respuestas útiles a sus preguntas.
Entonces decidió respirar hondo para calmarse, antes de contestar: "No me ha dicho quién es el señor Mu...". La sirvienta frunció el ceño aún más, preguntándose si la otra mujer se había golpeado la cabeza demasiado fuerte en el accidente, y como consecuencia, estaba enloqueciendo.
"Señora Mu, me está asustando. ¿Cómo que no conoce a su marido? Usted se casó con él; es el amor de su vida, además de ser el director ejecutivo más joven de Ciudad Z y el heredero de S Group. Usted es Catherine Lu, su esposa. ¿Seguro que no recuerda nada de esto".
Los ojos se le abrieron como platos y se quedó estupefacta, y sintiendo que algo andaba terriblemente mal, un escalofrío le recorrió la columna hasta que el cuerpo comenzó a temblarle. Cathy tragó para deshacerse del nudo que se le había formado en la garganta, y mirando a Bliss, se le ocurrió preguntar algo: "¿Tienes un espejo que pueda usar?".
"¿Cómo dice? ¿Un espejo?", dijo la sirvienta, preguntándose por qué necesitaría algo así en medio de una conversación seria como esa, si bien, rebuscó en su bolso y sacó un pequeño espejo de maquillaje. "Aquí tiene, señora".
'¿Qué diablos me está pasando? Estoy segura de que soy Cathy, no ninguna Catherine', pensó para sí misma, antes de mirarse en el espejo con impaciencia. El corazón casi se le salió por la boca cuando vio un rostro extraño devolviéndole la mirada, la sangre se le congeló y la mano con que sujetaba el espejo perdió fuerza, provocando que se le cayera sobre la cama con un golpe suave.
"Señora Mu, no me asuste. ¿Se encuentra bien?", preguntó la otra mujer preocupada.
Ella se quedó horrorizada, con la mirada perdida en algún punto de la pared; el corazón le latía con fuerza en el pecho, pero se armó de valor para volver a tomar el espejo y mirarse de nuevo.
Por algún motivo, esta vez el miedo se calmó mientras observaba el rostro desconocido que era ahora su reflejo, el cual tenía un aspecto diferente.
Pasó los dedos por la suave piel e impecable piel, la nariz afilada y recta, y esos los labios rojos y carnosos, así que arqueó una ceja apreciando su nueva apariencia. No podía dejar de mirar su hermoso reflejo, comprobando que hasta sus ojos brillaban bajo las tenues luces; era un milagro, ya que sus ojos no podían creer lo que veían.
No esperaba convertirse en una mujer tan hermosa algún día, dándose cuenta en ese momento de que todos los aspectos de su vida parecían haber cambiado después del accidente. Justo cuando estaba enfrascada en sus pensamientos intentando comprender los eventos de la noche anterior, escuchó un fuerte golpe al abrirse la puerta y entrar un hombre guapo, con lo cual las dos mujeres se sobresaltaron.
Iba vestido con un traje y zapatos de cuero, seguido por varios hombres vestidos con trajes negros.
Cathy se estremeció al percatarse de que el hombre caminaba hacia ella, y su mirada asesina la asustó.
'¿Quién es? ¿Debería irme de aquí?'.
Sin embargo, antes de que tuviera tiempo de reaccionar, el hombre estaba ya frente a ella, y con una mano fría, la agarró por el cuello a la vez que le apretaba la garganta, así que la mujer pronto se quedó sin aliento. Miró al apuesto hombre que se alzaba ante ella, y casi como si sintiera la ira de esta última, el primero aflojó su agarre, después inclinándose para mirarla directamente a los ojos.
"Catherine Lu, ¿estás contenta ahora? Querías acabar con tu vida, ¿no es así? ¿Qué diablos haces aquí, tumbada en la cama del hospital?", exigió saber el desconocido, ante lo cual la mujer solo pudo jadear en respuesta. '¿Quién diablos es este hombre? ¿Y por qué me amenaza de esta manera?', se preguntó.
"Señor Mu, la señora acaba de despertarse hace solo unos minutos, así que aún está delicada. Por favor, no la lastime", suplicó la cuidadora.
Por otro lado, Cathy se dio cuenta de que su vida estaba en peligro, de modo que le puso mala cara al hombre y le apartó la mano diciendo:
"¿Quién diablos eres? ¡Quítame las manos de encima ahora mismo!".
Entonces, la habitación se quedó en silencio y todos reaccionaron mirándola con sorpresa.
Los hombres vestidos de negro sabían que se acababa de buscar problemas al hacer eso, pues nadie se atrevía a dirigirse así a su jefe; Francis Mu nunca la perdonaría por faltarle el respeto, de forma que la mujer estaba condenada.
Un inquietante silencio invadió la habitación, de manera que nadie se atrevió a respirar.
Los ayudantes de Francis sabían que las palabras de Cathy habían enfurecido a su jefe, cuyo rostro se ensombreció a la vez que la miró con sospecha;
la intensidad con la que lo hizo le provocó un escalofrío por toda la espalda a ella, quien, mordiéndose el labio para ocultar su miedo, pensó: '¡Dios mío! ¿Por qué me mira como si quisiera comerme viva?'.
Entonces se le ocurrió una idea repentina que le hizo sentir gran pánico: '¿Él sabe que no soy Catherine Lu en realidad?
Bliss me llamó señora Mu.
Entonces este hombre... es el marido de la mujer que creen que soy yo. ¡Oh no!
¡Oh Dios, yo no quería convertirme en su esposa! ¿Acaso me va a matar?'.
Ella odiaba tener que meterse en problemas constantemente, por lo que, echando un vistazo de nuevo al hombre que la estaba mirando de forma amenazadora, se dijo: '¡Maldición! Quiero volver a ser yo misma. No quiero ser Catherine'.
Justo cuando estaba ocupada rezando por un milagro, Francis la agarró del brazo y la empujó, haciendo que ella gritara de dolor cuando su cabeza chocó contra la mesita de noche. Entonces se frotó la frente dolorida y dirigió la vista hacia el hombre, reparando en su frente arrugada por el gesto
y en su ceño fruncido mientras él la estudiaba detenidamente. Como resultado, notó que algo no iba bien y enseguida dijo:
"¡Llamen al doctor!", sintiendo que su esposa estaba actuando de manera extraña desde que había recuperado el conocimiento.
"Sí, señor Mu. Ahora mismo voy", asintió la cuidadora respetuosamente antes de marcharse a por él.
"No...", dijo Cathy extendiendo la mano para detenerla, pero la mujer desapareció en un instante, y como la única persona que conocía después de haberse despertado la dejó sola en una habitación llena de hombres que la miraban como depredadores, la pobre no pudo evitar estremecerse; no sabía qué hacer.
Dos hombres corpulentos estaban parados junto a la puerta, por lo que escapar quedaba descartado automáticamente.
La expresión de culpa en su rostro confundió a Francis aún más, ambos perdidos en sus pensamientos, así que ninguno de los dos habló.
Un rato después, la sirvienta regresó con el médico, lo cual le preocupó por un momento:
'¿Descubrirá que no soy quien creen que soy?'.
El médico la miró antes de sonreír cálidamente al otro hombre y decirle: "Hola, señor Mu. Me alegra darle personalmente la bienvenida a nuestro hospital".
Cathy no pudo evitar reaccionar riéndose, aunque trató de disimularlo, pero al doctor se le puso la cara roja de vergüenza al darse cuenta de lo absurdo de su comentario.
¿Quién querría estar en un hospital a menos que estuviera enfermo?
El médico examinó la expresión del otro hombre para ver si lo había ofendido, pero, afortunadamente, parecía tranquilo, de modo que el primero exhaló un suspiro de alivio.
Francis chasqueó los dedos para sacarlo de su trance, puesto que lo había sorprendido mirándolo fijamente, y dijo:
"¿Por qué me mira así? Examine su estado y vea cómo se encuentra".
"¿Qué dice?", respondió el médico confuso, parpadeando cuando salió de su ensimismamiento. "Ah sí, claro", asintió y se acercó a Cathy.
"Señora Mu, ¿está usted bien? ¿Siente algún tipo de malestar?", preguntó, a lo que ella lo miró y negó con la cabeza, pues, en realidad, nunca se había sentido mejor.
"¿Tiene mareos o náuseas?", y la mujer volvió a negar con la cabeza.
"Bien. ¿El ritmo cardíaco lo nota regular o nota algún tipo de palpitación?".
Entonces volvió la cabeza hacia el hombre que decía ser su esposo, y mirándolo con desconfianza, asintió y se explicó: "Estoy bien, pero él me asustó y por eso tengo el corazón algo acelerado. ¿Podría pedirle que se fuera?".
'¡Qué suplicio! No puedo más. No puedo pasar un momento más con este hombre.
Pienso escaparme en cuanto se vaya', reflexionó.
El médico jadeó en estado de shock ante tal petición y dijo:
"Tiene usted buen sentido del humor", comentó forzando una sonrisa, lo que le provocó desconcierto a la mujer, cuya mirada pasaba del doctor a Francis. ¿Es que había dicho algo gracioso?
El señor Mu apretó la mandíbula mientras se acercaba a ella, arrinconándola en la cama una vez más y haciendo que se estremeciera ante su presencia. ¿Qué demonios quería?
En ese instante, una sonrisa siniestra se abrió paso en su rostro, complacido de ver el miedo en los ojos de ella, y preguntó sin apartar la vista de la mujer: "Doctor, ¿está seguro de que está bien?".
El aludido se sorprendió un poco, ya que no esperaba que lo interrogara mientras miraba a Catherine, pero aclarándose la garganta, asintió: "Sí, en efecto. La señora Mu se está recuperando bastante bien".
Francis resopló y respondió: "Es una muy buena noticia. Es hora de llevarla a casa, entonces. Bliss, disponlo todo para su vuelta".
"¡Desde luego, señor Mu!", obedeció la mujer, cansada de pasar todo el día en una habitación de hospital y con innegables ganas de volver a casa.
Sin embargo, el pánico inundó a Cathy, puesto que no quería volverse con él, sabiendo que la mera expresión constante en su cara significaba que se encontraría en peligro si estaba cerca del hombre.