Capítulo 2

Los primeros días en la mansión de Angel Davis fueron un torbellino de emociones y ajustes. Miurel, aunque había cuidado a niños antes, nunca se había enfrentado a una responsabilidad tan grande. No solo se trataba de Alex, un bebé de seis meses que necesitaba atención constante, sino también de entrar en la vida de un hombre cuyo mundo parecía estar hecho de silencios y reglas implacables. La mansión misma era un reflejo de él: fría, impecable y distante, con cada rincón cuidadosamente diseñado para impresionar, pero sin mostrar jamás una pizca de vulnerabilidad.

Miurel se despertaba temprano, antes que nadie en la casa. Su rutina empezaba con el sonido del despertador, que parecía más un recordatorio de que el día comenzaba y que ella debía estar lista para enfrentar lo que viniera. En la mansión, todo tenía un horario, todo se hacía con precisión, y Miurel tenía que ajustarse a esa disciplina casi militar, si quería encajar. No era un trabajo fácil, pero había algo en la disciplina y el orden que la tranquilizaba.

Su primer objetivo cada mañana era Alex. A medida que el sol comenzaba a asomar por las ventanas, iluminando suavemente los pasillos, Miurel caminaba hacia la habitación del bebé. La cuna, siempre perfectamente hecha, se encontraba al lado de una enorme ventana con vistas al jardín trasero, donde las rosas parecían siempre florecer, como si el clima dentro de la mansión fuera completamente diferente al del mundo exterior. Alex, siempre tranquilo, despertaba con los primeros rayos de luz, su pequeño rostro de bebé iluminado por la calidez del sol de la mañana.

Miurel había aprendido rápidamente que Alex tenía una rutina estricta que seguía sin fallar. Le gustaba tomar su biberón a las 7:30 en punto, antes de su baño y de un rato en su alfombra de juegos. A esa hora, Miurel ya tenía todo preparado: la leche tibia, el baño listo, y la habitación perfectamente ordenada.

Era extraño, pensó Miurel, cómo algo tan simple podía ser tan reconfortante. Tal vez era la necesidad de control, el deseo de que todo tuviera su lugar y su momento. La vida en la mansión de Angel había sido, desde el primer día, un ejercicio de orden y precisión. Había una calma en la estructura de las rutinas, y, aunque parecía estar al servicio de Angel y de Alex, Miurel pronto se dio cuenta de que ella misma encontraba consuelo en la organización.

A las 8:00, después de la primera comida del día, Miurel llevaba a Alex al salón. El bebé se sentaba en una manta en el suelo, rodeado de juguetes, mientras Miurel lo observaba atentamente, siempre atenta a cada gesto, cada movimiento. Con el tiempo, Miurel comenzó a notar pequeñas cosas que indicaban la naturaleza de Alex: su risa baja y profunda cuando le hacían cosquillas, su curiosidad insaciable por todo lo que veía, y sus momentos de calma, cuando se acurrucaba en el regazo de Miurel en busca de consuelo. Aunque era un bebé, había algo en su mirada que le hacía pensar que ya sabía más de lo que uno esperaría de un niño tan pequeño.

A las 10:00, después de su siesta, Alex tomaba otro biberón y luego Miurel lo llevaba al jardín. La mansión estaba rodeada por hermosos terrenos, con céspedes cuidados y árboles que proporcionaban sombra, y Alex disfrutaba de estar al aire libre. Aunque no podía caminar, parecía disfrutar de las suaves brisas que le acariciaban la cara, de los colores vibrantes de las flores, y del sonido de los pájaros que cantaban desde las copas de los árboles.

Mientras Alex disfrutaba del jardín, Miurel aprovechaba esos momentos para reflexionar. A veces caminaba por los senderos, mirando los detalles de la casa, los pasillos adornados con cuadros que nunca parecían ser tocados. Las paredes eran frías, de un color gris claro, como el reflejo de la indiferencia de la casa misma. Todo parecía estar a la espera de algo, pero nada cambiaba. La mansión, a pesar de su belleza, tenía una sensación de inmovilidad.

Y luego estaba Angel.

Aunque rara vez lo veía durante el día, siempre estaba presente. Miurel sabía que Angel se despertaba temprano, pero no era hasta el mediodía cuando él comenzaba a bajar de su oficina, o de alguna de las salas de reuniones donde pasaba la mayor parte de su tiempo. Su presencia siempre era sutil pero intimidante. Angel nunca fue demasiado extrovertido, y cuando aparecía, su figura parecía llenar el espacio sin decir una palabra.

A pesar de su aparente indiferencia, Miurel notó que él siempre se aseguraba de que Alex estuviera bien. A veces lo veía por la mañana, cuando pasaba brevemente por el salón para ver al niño antes de irse al trabajo. Solo una mirada rápida, un gesto casi ausente, pero suficiente para Miurel para entender que, de alguna manera, Angel estaba involucrado, aunque no lo demostrara.

Miurel no sabía mucho sobre él, pero había algo en la forma en que Angel se mantenía distante que la intrigaba. No era solo que fuera un hombre reservado; había una especie de muro invisible entre él y el resto del mundo, algo que lo separaba de todos los demás. La muerte de su esposa hacía unos años parecía haber dejado una huella profunda en él, una marca que nadie podría borrar.

A medida que pasaban los días, Miurel también comenzó a ver los otros aspectos de la mansión que no había notado al principio: el personal de servicio era escaso, solo unas pocas personas encargadas de la limpieza y la cocina, todos discretos, eficientes y siempre en su lugar. Nadie hablaba demasiado entre ellos. La vida en la mansión parecía ser una coreografía de silencios, de personas que sabían exactamente lo que debían hacer sin necesidad de palabras.

En su tiempo libre, Miurel se refugiaba en las largas horas que pasaba con Alex. Cada vez más, se sentía como una madre para él. Su amor por el pequeño crecía sin que pudiera evitarlo. Aunque solo se había comprometido a ser su niñera, algo en su interior le decía que lo que sentía era mucho más profundo. Alex no era solo un niño al que debía cuidar, sino una parte de ella misma que había comenzado a amar sin reservas.

Con el paso de las semanas, Miurel empezó a acostumbrarse a las rutinas del hogar. Cada mañana, después de preparar a Alex para el día, ella limpiaba las habitaciones, ordenaba el salón y preparaba el almuerzo. Durante las tardes, a veces aprovechaba el tiempo para hacer pequeñas compras o tomar aire fresco en el jardín. Pero siempre, siempre, volvía a la misma tarea: cuidar de Alex. Era lo único que le daba sentido a cada día.

Y en sus momentos más solitarios, cuando la mansión se llenaba de silencio, Miurel se preguntaba si algún día llegaría a comprender realmente a Angel. Si alguna vez lograría conocer al hombre detrás de la fachada de frialdad y distancia.

En cada uno de esos días de rutinas cuidadosamente estructuradas, algo más comenzaba a germinar en el corazón de Miurel: la sensación de que su vida estaba en el lugar correcto, aunque el futuro aún se sentía incierto.

Aquel mundo de lujo y silencio, al principio tan imponente y frío, ahora parecía tener un espacio para ella. Un pequeño rincón donde, a través de los ojos de Alex, veía algo más allá del orden meticuloso: una posibilidad de redención, de amor no expresado, de una familia rota que podría repararse.

Sin embargo, aunque las rutinas comenzaban a asentarse y Miurel encontraba su lugar, algo le decía que las sombras de la mansión, y de Angel, todavía no la dejarían en paz. El verdadero desafío estaba por venir.

Capítulo 3

Miurel ya había comenzado a acostumbrarse a la rutina diaria en la mansión, pero algo seguía en el aire, algo intangible, que la mantenía alerta. La frialdad de la casa, la precisión de cada movimiento, el silencio que impregnaba cada rincón, eran detalles que ya no la sorprendían. Sin embargo, había una presencia que aún no lograba descifrar: la de Ángel Davis, el padre de Alex.

Ángel era un enigma. Miurel había oído hablar de él antes de aceptar el trabajo, y aunque las historias coincidían en un punto -su éxito, su viudez y su incapacidad para dejarse conocer-, nada la había preparado para el hombre que se presentaba ante ella cada vez que sus caminos se cruzaban.

Lo primero que notó fue la distancia con la que él se movía en su propia casa. Era como si estuviera siempre rodeado de un espacio invisible, como si cada gesto, cada palabra, estuviera cuidadosamente controlado. Nunca parecía estar completamente presente, como si su mente estuviera en otro lugar, siempre más allá de los límites de la mansión. Solo sus ojos, de un marrón oscuro e intenso, dejaban entrever algo más profundo, algo que Miurel comenzaba a sospechar: el dolor.

Las primeras interacciones fueron breves. Ángel llegaba a la mansión tarde, casi siempre después de que Miurel había dado a Alex su cena y lo había acostado. La única vez que coincidieron durante el día fue cuando Miurel, al terminar sus tareas, lo veía cruzar el salón, con pasos firmes y rápidos, siempre con la mirada fija en algún punto lejano, como si su mente estuviera atrapada en algo que solo él entendía.

-¿Cómo está Alex? -le preguntó un día, al encontrarla ordenando el salón después del almuerzo.

Miurel se giró hacia él, sorprendida por la simple pregunta. Ángel no solía dirigirle la palabra sin una razón clara, y mucho menos sin que fuera estrictamente necesario. Estaba acostumbrada a sus breves interacciones, pero esta vez parecía diferente. Sus ojos, normalmente tan fríos, parecían buscar algo en ella, como si hubiera una frágil conexión entre ellos, aunque la distancia entre ambos continuaba siendo abrumadora.

-Bien, señor Davis. Está tomando su siesta ahora -respondió Miurel, sin saber si debía ser más formal o si podía ser más cercana. En los días anteriores había aprendido que él no apreciaba la familiaridad.

Ángel asintió sin decir nada más, y al momento siguiente, se desvió por el pasillo, tomando su teléfono móvil de la mesa de la entrada. Miurel observó cómo se alejaba, su figura alta y recta, como siempre, envuelta en una nube de indiferencia. No había sido una conversación significativa, y Miurel se dio cuenta de que era una de las características de Ángel: su incapacidad para estar presente de verdad.

Las semanas pasaron y las interacciones seguían siendo mínimas. Ángel llegaba tarde y se iba temprano, a menudo no dejando espacio para más que un intercambio breve sobre Alex o sobre las rutinas que ella debía seguir. Sin embargo, Miurel comenzó a notar algo en su comportamiento. Aunque él se mantenía distante, había momentos, fugaces, en los que su mirada se posaba sobre ella por más tiempo del que sería apropiado. Y aunque él nunca lo reconoció, Miurel podía sentir que algo en él se movía cada vez que miraba a su hijo. Algo que no podía dejar de tocarle el corazón.

Una tarde, cuando Miurel terminó de bañar a Alex y lo acomodó en su cuna, decidió que era el momento de hablar con Ángel sobre un par de detalles que aún no había aclarado. Necesitaba saber más sobre las preferencias de Alex, sobre sus horarios, y aunque había aprendido a manejarlos en los días anteriores, pensó que era el momento adecuado para acercarse a él, al menos por cortesía.

Esa tarde, Ángel estaba en su oficina, como siempre. Miurel había pasado por su escritorio antes de ir a acostar a Alex, pero la puerta estaba cerrada. Se dijo a sí misma que tal vez mañana sería el día en que finalmente hablarían más.

Sin embargo, cuando pasó cerca de la oficina de Ángel al final de la tarde, vio que la puerta estaba entreabierta. Decidió aprovechar el momento, tocó suavemente y, al no recibir respuesta, empujó la puerta con precaución.

Ángel estaba sentado en su escritorio, rodeado de papeles y pantallas de ordenador, la luz tenue de la lámpara iluminando su rostro serio. Estaba concentrado, como siempre, y no pareció notar la presencia de Miurel hasta que ella habló.

-Perdón, señor Davis. Solo quería preguntarle... -comenzó, dudando, mientras avanzaba hacia él-. Algunas cosas sobre Alex. Sus horarios... y algunas preferencias.

Ángel levantó la vista de su trabajo, y Miurel sintió un pequeño estremecimiento al encontrarse con sus ojos. Algo en su mirada parecía estar evaluándola, como si analizara cada palabra que saliera de su boca.

-¿Prefieres que lo haga a esta hora? -continuó Miurel, sin saber si debía ser tan directa o si su pregunta sonaba demasiado trivial. Sin embargo, no pudo evitar sentir que, de alguna manera, era más que una simple consulta. Era su intento de acercarse, de crear algún tipo de vínculo, aunque él no lo mostrara.

Ángel suspiró levemente, como si el simple hecho de hablar con ella le costara más esfuerzo del que estaba dispuesto a dar. Se recostó en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho, como si se protegiera de algo.

-No te preocupes por los horarios, Miurel -dijo en un tono que, aunque firme, no estaba exento de cierta suavidad-. Haz lo que creas mejor para él. Yo confío en tu criterio.

Miurel se quedó parada allí, sorprendida por la respuesta. Ángel no era de dar elogios fácilmente, y esa pequeña muestra de confianza la hizo sentir algo que no había anticipado: un leve destello de esperanza. Si bien sus palabras eran secas y su tono distante, había algo en su postura que indicaba que no todo estaba perdido, que quizás él, a su manera, comenzaba a confiar en ella.

-Gracias -respondió ella, finalmente recuperando su compostura. -Solo quería asegurarme de que todo estuviera bien.

Ángel asintió sin decir nada más, su atención ya volviendo a los papeles en su escritorio. Miurel se sintió vacía por un momento. Era como si el encuentro hubiera sido tan breve, tan carente de significado para él, que no había logrado el objetivo de acercarse. Pero al menos, por unos segundos, había tenido la oportunidad de mirar de cerca a Ángel Davis, de percibir algo más allá de su fría fachada.

Cuando se dio la vuelta para salir, Ángel la detuvo con una sola palabra:

-Miurel.

Ella se giró rápidamente, sin esperar que él la llamara.

-¿Sí?

Ángel levantó la mirada, esta vez más fija en ella, pero sin la intensidad de antes. Era como si algo de él estuviera siendo revelado, aunque solo fuera una pequeña fisura en su imperturbable exterior.

-Hazlo a tu manera. Alex está en buenas manos.

Miurel sintió una mezcla de alivio y desconcierto. Las palabras eran sencillas, pero el peso que tenían era considerable. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Ángel ya había vuelto a sumergirse en su trabajo, lo que significaba que la conversación había terminado.

Miurel salió de la oficina en silencio, con la mente llena de preguntas. Cada interacción con Ángel era un rompecabezas que, a pesar de su aparente indiferencia, parecía estar dejando pistas. Pistas que ella aún no lograba descifrar, pero que sin duda seguiría buscando.

El hombre que tenía enfrente era como un océano profundo y turbulento: distante, insondable, y, sin embargo, con una complejidad que solo los valientes se atreverían a explorar. Pero Miurel sabía que algo estaba cambiando, aunque no pudiera decir con certeza qué. Algo se movía bajo la superficie, y ella, por primera vez en mucho tiempo, estaba dispuesta a descubrirlo.

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