Me levanto, tomo mi bolso y salgo corriendo, me monto en el coche y manejo llorando a toda velocidad. Hasta detenerme en un semáforo con la luz roja. El claxon de un automóvil, me saca de mis pensamientos. Arranco el auto, cruzo la calle y me detengo, no sé qué hacer, estoy aterrada. No quiero volver a esa casa. Tampoco puedo ir a casa de mis abuelos. Si mi abu me ve así, lo va a matar, lo sé y no quiero que se busque problemas por mí.
Me miro en el espejo a ver si puedo disimular e ir hasta allá, es de noche me acostaré enseguida y mañana puedo escapar bien temprano, después que le coja dinero a mi abuela que siempre tiene en un jarrón de la cocina, así podré alquilar una habitación por una semana. Mis esperanzas se van al traste, al ver que el golpe me ha dejado una enorme marca en mi cara. Tengo también marcados sus dedos en mis mejillas. No tengo amigos a quien recurrir. Mi cabeza me duele terriblemente, toco la parte de atrás y tengo varios chichones muy sensibles. Me echo a llorar incontrolablemente sintiéndome la mujer más desdichada del universo.
Con mi cabeza apoyada en el timón, lloro hasta que una memoria llega a mi cabeza, como si Dios me hubiera iluminado. Recuerdo el apartamento, que me regalara mi abuelo en el centro de la ciudad, hace muchos años, creo que cuando cumplí dieciséis, fue mi regalo de cumpleaños. Lo recuerdo como ahora, me sacó a escondidas de mi casa y me llevó con tremendo secretismo y me lo dio. Nadie sabe de su existencia, solo él y yo, me dijo.
La felicidad que me embarga es enorme, rebusco en mi cartera y encuentro la llave que lo abre. Busco la dirección en mi teléfono, enseguida me traza la ruta, no es tan lejos. Dirijo mi auto hacia allá. Llego, tengo que enseñar mi identificación en la entrada, porque el portero es nuevo y no me conoce, bueno creo que el viejo tampoco lo haría, solo vine esa vez que abuelo me trajo. Nunca más pude hacerlo porque no me dejaban salir. El portero me lanza miradas a cada rato. Yo he soltado mi cabello tratando de que no vea mi adolorido y amoreteado rostro. Al fin me deja pasar.
—Disculpe que la haya demorado señorita Sardino, es la rutina, como usted no viene a menudo no la conozco, pero su abuelo si viene a cada rato. ¿Cómo está él, y su esposa?
—Bien gracias, muchas gracias, ahora si me lo permite, entraré.
—¡Oh, sí, perdón, perdón! —Y corre a subir la barrera que impide la entrada.
—Buenas noches y muchas gracias.
—Buenas noches, si necesita mi ayuda, solo tiene que llamar, recuerde que su parqueo es el dos a la izquierda —grita en lo que me alejo en el coche.
Avanzo lentamente hasta que lo encuentro, tomo mis cosas, y me dirijo al edificio. Saco mi llave con miedo de que no funcione, hace tanto tiempo que abuelo me la dio que no estoy segura si funcionará. Respiro aliviada al ver como abre la puerta de entrada, tomo el elevador hasta el quinto piso.
Al fin estoy frente al número que marca mi tarjeta. Abro la puerta, no prendo la luz. Me arrojo en la oscuridad en el sofá. No puedo dejar de llorar. ¿Por qué tienen que pasarme estas cosas a mí? ¡Tenía que haberle hecho caso a mi abuelo y escapar con él el día de la boda! Cierro mis ojos y mi vida comienza a pasar por mis ojos como si de una película se tratara.
Un año antes...
Camino tratando de pasar inadvertida, sé que en estos momentos soy la vergüenza de mi madre, que no se cansa de decírmelo y dirigirme unas miradas como si me quisiera matar, papá no dice nada, solo me mira con reproche. Bajo mi cabeza al sentir como me examinan las personas a mi alrededor. Al fin llegamos a la mesa que tenemos reservada, muy elegantemente arreglada.
—¡Isabela, ven siéntate aquí! —me indica mi madre de mala forma retorciendo los ojos y negando con la cabeza con una mueca de disgusto en su muy maquillado rostro. — ¡Siéntate derecha! ¿Por qué tuviste que ponerte esa ropa? ¡No parece que tienes diecinueve años!
—Disculpa mamá —digo casi en un susurro para evitar que los demás nos escuchen— es que el vestido que me diste, estaba demasiado corto.
—¡Ese es el que debiste ponerte!
Grita, mientras trata de disimular la molestia. Las personas más cercanas la observan y luego a mí, que me encojo sobre mi misma, en mi intensión de pasar invisible, me siento en mi silla, coloco con disimulo mis audífonos para no escucharla más, cosa imposible debido al tono que emplea para dirigirse a mí.
—¡Eva, ya no tiene remedio, no ganas nada con molestarte! ¡Cálmate, están por llegar nuestros invitados!—Intervino mi padre, mientras me miraba de reojo.
Aquella mañana mi madre había irrumpido en mi habitación con una bolsa. La tiró en la cama mientras me decía.
—Isabela, hoy tenemos una cena con unos amigos de tu padre, nos acompañarás. Ponte esta ropa, ¡no quiero que nos avergüences con esa de monja que te pones!
—Pero mamá, ¿no puedo quedarme en la casa? ¡Tengo exámenes mañana!—Protesté tratando de que no me obliguen a ir. ¡Odio esas reuniones!
—¡No Isabella, son unos posibles inversores para la empresa de tu padre, y tienes que asistir! De ti depende que todo salga bien, no protestes porque no vas a quedarte, tienes que ir, es muy importante —termina con tono que me dice claro que se acabó la conversación y que no puedo oponerme.
—¡Está bien mamá!— Acepto resignada, cogiendo la bolsa que ha dejado encima de la cama.
Ella me observa satisfecha y se va. Abro la bolsa con desgano, para encontrarme con un cortísimo vestido, que apenas pasa más allá de la punta de mis nalgas. Me lo pruebo, está hermoso. Pero mis senos casi se desbordan por el escote.
¡Jamás me pondré algo así!
Rebusco en mi ropero, hasta dar con un juego de sayas, que me regalara mi abuela, en mi cumpleaños. Es rosado pálido, me lo pruebo. ¡Me queda perfecto! Sobre todo, me siento cómoda con él, nada de qué avergonzarme, ni estar preocupada toda la cena con las miradas morbosas de los hombres en mis senos.
Así vestida, no salgo de mi cuarto, espero que ya estén montados en el auto y tocando el claxon al tiempo que me llaman, llego corriendo y me siento de prisa. Cómo están atrasados, no me hacen regresar a cambiarme de ropa. Mi madre, todo el viaje se la pasa diciéndome cosas. Yo pongo mis audífonos y me concentro en mi música favorita mirando como pasa el paisaje a gran velocidad por donde vamos.
Llegamos al lugar, es muy elegante, sigo torpemente a mis padres. Me siento donde me indica mi madre, con mis audífonos, y me pongo a jugar con la servilleta, mientras escucho la conversación de mis padres. Que se olvidan como siempre, que yo estoy presente.
Mi padre se llama Santiago Sardino. Tiene una empresa constructora de barcos, que heredó de mi abuelo. Como yo, es hijo único. Mi madre, Eva Giménez, era su secretaria. Yo nací, por un descuido un día de borrachera, no estaba en sus planes, es lo que no se han cansado de decirme la vida entera.
Por eso, me he criado con nanas, y mucho tiempo, en casa de mis abuelos paternos, hasta que me enviaron al colegio de señoritas. Soy el objeto preciado a exhibir, cuando se reúnen con sus socios, queriendo dar la visión de una familia amorosa. Ese día sé, que no tengo que participar en las conversaciones, responder corto, cuando se me pregunta algo y ya. Nada de intervenir aunque sepa de lo que hablan.
A los diez años, me mandaron a un internado de monjas. Hasta que cumplí quince años. Por lo que, no tengo amistades, soy muy tímida. Mis pasatiempos favoritos son la lectura, la música y el baile, donde nadie me ve. Actualmente, curso el segundo año de la carrera de administración de empresas, porque así lo quiso mi padre. Mi opinión, recuerden que no cuenta.
Veo, como mis padres se ponen de pie, sonrientes, los imito. Giro mi cabeza, para ver acercarse a un matrimonio, con un chico un poco mayor que yo, pero muy hermoso, me parecen conocidos. Llegan, se abrazan, yo solo los miro, esperando que llegue mi turno.
—¿Ella es tu hija Eva? ¿Pero qué hermosa? ¿Cuántos años tiene?
—Sí querida Emilia, es mi Isabela. Tiene veinte años.
Responde mi madre mostrándome con una sonrisa de inefable amor, como si en verdad lo sintiera. ¡Jamás me ha mirado así cuando estamos a solas! Me sorprende ver lo bien que finge, pues tengo la sensación de toda la vida que jamás me ha amado.
—¡Oh, parece más joven!
Noto como mi madre me fulmina con la mirada. ¡Te lo dije! Me parece leer en ella, ¡tenías que ponerte el otro vestido! Yo sonrío tímidamente al tiempo que me pongo de pie para saludar.
—Mucho gusto— digo, cuando me extiende su mano.
—Linda, pero no seas tímida, no sé si te acuerdas de Luisito —dice al tiempo que tira de mi mano y me da un beso en cada mejilla. Luego se gira y a mi con ella para enfrentar a su hijo que llega a mi memoria de golpe y me observa con una sonrisa que se me hace ladina como si fuera su presa a la que va a devorar. —¿No recuerdas que solíamos pasar las vacaciones juntos?
¡Claro que me acuerdo! ¡Era el chico odioso, que siempre me hacía llorar, obligándome a hacer cosas que no quería! Lo he odiado toda mi vida, pues me perseguía a todas partes y me golpeaba cuando nadie nos veía, se las arreglaba para que siempre pagara la culpa de lo que él hacía. ¿Cómo no me voy a acordar? Si creo que fue el culpable de que mi madre me sacara de la casa y me enviara a aquel colegio de monjas.
—Hola Bela.
Saluda acercándose, y dándome un beso en cada mejilla. Me sonrojo, ante su atrevimiento y me alejo como si tuviera la peste. ¡Lo odio! ¡Aún lo hago! Lo había olvidado por completo, pero ahora que lo tengo de frente, todo el rencor que le guardo salió de nuevo.
—Ho... Hola. —Respondo casi en un susurro, alejándome lo más que puedo de él.
Después de los saludos, nuestros padres se enfrascan en sus conversaciones de negocio. Traen la comida, mi madre ha pedido salmón, yo lo odio, por eso, jugueteo con mi tenedor, haciéndome la que como. Doy un salto, al sentir una mano en mi muslo, todos me miran.
—¿Pasó algo Isabela? —pregunta mi madre y me da la sensación de cómo mira a Luis que sabe exactamente por qué salté.
—No, no mamá, no pasa nada, discúlpame, se me cayó algo.
Veo la sonrisa ladina de Luis, cuando bajo mi mano tratando de quitar la suya, que al fin lo logro. Trato de alejarme lo más que puedo de él, pero se acerca y vuelve a colocar su mano en mi muslo, siento como sube, casi hasta mi entrepierna. Me paro de un golpe.
—¿Qué tienes Isabela?—pregunta mi mamá visiblemente molesta.
—Nada mamá, creo, que no me ha caído bien la comida, necesito ir al baño un momento. Con su permiso. —Contesto al tiempo que me levanto ante la mirada y sonrisa burlona de Luis.
Me escapo, prácticamente salgo corriendo de allí. Me siento en el inodoro, para hacer tiempo que terminen de comer, lavo mis manos. Escucho un montón de canciones, sé qué mamá se molestará, pero a ese tipo no lo soporto. De seguro hará algo para ponerme en ridículo delante de todos. Cuando veo que ha pasado el tiempo suficiente en que ya deben haber terminado de comer, me pongo de pie. Suspiro profundamente, y salgo del baño. Para mi sorpresa, Luis me está esperando a la salida. Me acorrala entre sus dos manos.
—¿Creíste que ibas a poder escapar de mi, Bela?
Toma mi cara con sus manos, y me besa casi hasta hacerme sangrar. Trato de zafarme de su agarre, pero es más fuerte que yo, un sollozo se me escapa, él me suelta, mirándome con su sonrisa burlona. Me escapo, y me siento con la cabeza baja en la mesa. ¡Esto no puede estarme pasando de nuevo!
—¡Pues todo está decidido! —Escucho decir a mi padre al sentarme a la mesa con Luis detrás. —El próximo mes, ¡celebraremos la fiesta de compromiso de nuestros hijos!
—¡¿Qué?!