Capítulo 2

Guido aguarda impaciente en la sala de espera de la clínica. Su madre tuvo un ataque cardiorrespiratorio y la ambulancia la había trasladado a Urgencias sin muchas expectativas de vida. De eso hacía dos horas.

-¡Hijo! -Su padre, Erick Barker, viene llegando de un viaje, fue avisado apenas bajó del avión y el hombre se dirigió de inmediato a ver a su mujer.

Padre e hijo se abrazan en cuanto se ven.

-¿Qué pasó? ¿Qué dijeron? -pregunta el papá muy nervioso.

-La están atendiendo, no han dicho nada.

-¿Pudiste hablar con algún médico?

-Una enfermera vino y me dijo que en cuanto terminaran de atenderla, vendría el médico a hablar conmigo... con nosotros -rectifica.

-¿Cómo fue, hijo, pasó alguna rabia? -inquiere el hombre.

-No, no, solo amaneció cansada, sin ánimo, sin ganas de nada. Yo le dije que no se levantara. Como hoy yo no tenía que ir a la universidad, me quedaría con ella. Y así lo hice. Me acosté a su lado a ver la televisión. De pronto, comenzó a ahogarse... A ahogarse... y yo... Yo no sabía qué hacer... Llamé a la ambulancia... Ella se ponía cada vez peor y... Y ahora no sé qué es lo que pasa. El doctor no ha dicho nada, nadie ha dicho nada... No sé cómo está y yo... yo tengo miedo, papá.

El joven llora al pensar en perder a su madre. Eso lo descompone, lo frustra. Su madre lo es todo para él. Ella es su amiga, su confidente, su maestra.

-Calma, hijo, si nadie ha salido todavía es porque están trabajando con ella, le están salvando la vida.

El padre abraza al hijo. El hijo llora. Erick intenta no hacerlo. Su mujer es... Su mujer es única. Si existe la perfección en el mundo, se llama Rebeca. Esa mujer que ha sido su apoyo constante, que ha perdonado faltas y errores sin jamás volverlos a mencionar, una mujer que ha estado con él más de treinta años, a pesar de todo. Se conocieron a los dieciséis y a pesar de lo distintos que eran, se prometieron estar por siempre y para siempre juntos. Y desde entonces jamás se han enojado por más de un día, por más de un rato en realidad. Ella siempre comprensiva, conciliadora, amante de su familia, hacía que todo, cualquier problema, volviera a la normalidad pronto y siguieran como la pequeña, pero hermosa familia que se ama. Y él, por todo el amor que sentía por ella, por todo el cariño y respeto, luchaba día a día por sostenerla, por contenerla. No solo era su enamorado, también su mejor amigo. Rebeca era su vida. Aunque no todos lo creyeran así.

-¿Quieres un café? ¿Comiste algo? ¿Tienes hambre? -interroga el padre media hora después, culpable de no preocuparse por su hijo como hubiera hecho su esposa.

-No, no, no quiero nada. Yo lo único que quiero es que alguien salga y me diga que mi mamá está bien.

Guido se desespera cada vez más. Las baldosas del piso ya conocen sus pisadas, no hay lugar de la sala de espera por el que no haya caminado.

-Cálmate, hijo, nada sacas con pasearte así, ya va a salir alguien y nos va a decir que todo está bien, que entremos a verla y todo será como siempre. Esto es solo un susto para que aprendamos a valorar mucho más a tu mamá.

-Yo la valoro, papá -responde el chico, molesto.

-Lo sé, hijo, yo también, sabes cuánto la amo, pero tal vez damos por sentado que ella estará siempre en nuestras vidas.

-Siempre estará en nuestras vidas -corta más enojado aún.

-Hijo, entiéndeme, tu mamá es nuestra vida, yo también estoy asustado, no quiero perderla, toda mi vida he estado junto a ella. Si soy lo que soy es gracias a ella. Si tu mamá se va... -El padre de Guido se sienta en una de las sillas, apoya sus codos en las rodillas y esconde su cara entre las manos. Y llora. Y llora. Llora mucho rato.

Guido, por otro lado, también lo hace, pero apoyado en la esquina de la pared. Ya ha pasado demasiado tiempo y a cada minuto que pasa, pierde la esperanza. Su mamá no va a salir de esta. Cierra los ojos para suplicar en voz baja que, si no se va a salvar, al menos pueda despedirse de ella. Y como si el cielo lo hubiera escuchado...

-Joven -lo habla la dulce enfermera que había salido antes-, el doctor quiere hablar con usted.

-¿Cómo está?

-El doctor va a dar su informe -responde la joven con algo de tristeza y se da la vuelta para guiarlos.

Guido la coge del brazo y la voltea hacia él.

-¿Cómo está? -exige con firmeza.

Ella frunce los labios y niega con la cabeza.

A Guido se le caen densas lágrimas.

-Está viva, pero no hay muchas esperanzas, será mejor que el doctor le explique -declara acongojada-. Sígame.

-¿Puede entrar mi papá? -consulta apuntando a Erick.

-Claro que sí. Pasen.

Erick se levanta con gesto cansado y los ojos rojos. Le da dos palmadas en el brazo a su hijo y siguen a la enfermera.

A medio camino del largo pasillo, se encuentra el médico revisando unos folios en el mesón de atención. El lugar, aunque parezca obvio, tiene ese fuerte olor a hospital, a enfermo... a muerte. Los segundos se les hacen eternos hasta llegar al profesional, sus pasos retumban, por más que quieran evitarlo, sus miradas, sin quererlo, se desvían hacia los boxes, donde yacen enfermos o heridos que vuelven más triste ese lugar.

-¿Familiares de la señora Rebeca Montt? -inquiere el doctor.

-Así es -responde Guido.

El profesional alza la vista y se encuentra con su joven alumno.

-Guido Barker, no me digas que la señora Montt es tu mamá.

-Sí, profe -responde el joven bajando la cabeza.

-Lo siento mucho -dice el doctor.

-¿Cómo está mi mamá? Profesor, yo no pude hacer nada, no supe qué hacer, cómo reaccionar, nada -confiesa desesperado el hijo.

-Cálmate, Guido, tampoco hubieras podido hacer mucho, la estabilizamos, pero... su corazón ya no funciona.

-¿Qué?

-Sí, por alguna razón, su corazón perdió el ochenta por ciento de su capacidad, por lo que nada de lo que hubieras hecho, podría haberle salvado la vida. Además, toma en cuenta que es tu mamá y que nadie nos prepara para atender a nuestra familia. Conozco incluso obstetras que no son capaces de atender a sus propias mujeres ni de traer a sus propios hijos al mundo. ¿Te imaginas lo que ocurre en una emergencia? Pocos son los que tienen la sangre fría para reaccionar; prima más el ser humano que el médico. Tal vez, si tu mamá hubiese estado enferma desde antes, habrías estado preparado, pero en este caso, no. Y, como te digo, no había nada qué hacer -explica el médico con paciencia.

-¿Podemos verla?

-Por supuesto. Les diría que no se agite, pero no hay tiempo para ella, pueden ser horas, como pueden ser minutos. De hoy no pasa.

La primera impresión de Guido fue de malestar por la crudeza de su profesor, sin embargo, pronto se daría cuenta que era lo mejor, podía engañarlos o decirle lo que a todos, pero en realidad, si no había nada qué hacer, debían aprovechar hasta el último minuto.

Al verla en esa cama, llena de tubos, agujas y parches, Guido y su padre lloran. Ella, al sentirlos, abre los ojos.

-No llores, mi niño, no estarás solo, ahora que yo no estaré, busca a tu otra mamá, estoy segura de que ella te ama tanto como yo.

No sabe lo equivocada que está.

Capítulo 3

Erick se queda de piedra y piensa reclamarle a su mujer, pero ya había cerrado sus ojos para siempre. Guido se abraza a su madre, llorando y gimiendo. El padre abraza a su hijo. No puede creer que Rebeca se haya ido así, tan de repente. Ella jamás se enfermaba.... Y ahora....

El doctor y la enfermera entran al box y, al ver el cuadro, la enfermera quiere revivir a la mujer, sin embargo, el doctor la sujeta de un brazo y la detiene. Ella lo mira sorprendida.

-No vale la pena -susurró el doctor-. Vamos, dejemos que vivan su duelo.

La enfermera, una vez fuera, se para frente al doctor, con gesto desafiante.

-Siempre hay que luchar hasta el último minuto para salvar una vida -le reclama.

El doctor la mira condescendiente, coloca sus manos sobre los hombros de la joven y busca su mirada.

-Ella ya estaba muerta, Beatriz, solo los esperaba a ellos, a su hijo, a su esposo. ¿Qué sacaba yo con echarlos de allí y torturar más el cuerpo de esa mujer para luego tener que salir y decir que hicimos todo lo que pudimos?

-Se hubiera hecho todo lo que se podía.

-Si fuera tu madre, ¿preferirías que muriera en medio de tratamientos médicos o rodeada de la gente que ama, en paz?

La enfermera lo mira con los ojos muy abiertos.

-Tenemos que humanizarnos, Beatriz, no podemos olvidarnos que somos seres humanos y como tales debemos actuar.

-Lo siento, doctor.

-No tienes por qué, eres demasiado joven y aún muy impetuosa, crees que tienes la vida comprada y con tu capa de superhéroe puedes salvarlos a todos, pero no es así. Lamentablemente esta es una muerte más de las que muchas a diario ocurren.

-Es la primera muerte que presencio -admite la joven con tristeza.

-Y no es un fracaso. Fracaso hubiese sido si su familia no se hubiera podido despedir. Eso es un fracaso. Ella murió en paz. Ya no había nada qué hacer. Moriría de todas formas.

Los ojos de la enfermera se llenan de lágrimas.

-Ve a tomar un café dulce, siempre la primera muerte es la que más duele. Aunque nunca te acostumbras, luego la aceptas más fácilmente.

El doctor besa la frente de la enfermera con gesto paternal. Esa joven podría ser su hija. La empuja con suavidad en dirección a la cocina del área de Urgencias.

Guido y su padre salen del box y el doctor se acerca a ellos.

-¿Ya? -consulta con suavidad.

Ambos hombres asienten con la cabeza.

-Lo siento mucho, de verdad.

-Gracias por dejar que nos despidiéramos de ella -agradece Guido.

-Recuerda esto en tus futuros tratamientos.

-No creo que me titule, ni siquiera pude reaccionar con ella, no sirvo para esto.

-Pero, Guido, ¿cómo dices eso? Eres uno de mis mejores alumnos, ya te expliqué cómo funciona esto.

-Sí, tal vez, pero yo debía hacer algo más.

-Le diste respiración artificial y masaje cardíaco.

-¿Y si yo le rompí su corazón? -pregunta alarmado.

-No digas tonterías. Primero, le hubieras roto las costillas antes de romperle el corazón. Deja de torturarte, no fue tu culpa, esto era algo que iba a pasar tarde o temprano, era algo inevitable y culpa de nadie.

-Vamos, hijo -interviene el padre-. Hay trámites que hacer. ¿Cuándo la entregan?

-Agilizaré todo para que se la lleven hoy mismo y no tenga que pasar la noche en la morgue, sé lo desagradable que es eso para la familia.

-Gracias, doctor -dice Erick.

El médico asiente con la cabeza sin decir nada. Padre e hijo salen y un hombre se ofrece a ayudarlos con todos los trámites que deben realizar, a lo cual acceden, ninguno de los dos se siente en condiciones de hacer algo más. A media tarde ya está instalada en la capilla mortuoria de una iglesia cercana. Erick mira a su hijo que no deja de contemplar a su madre en el cajón. ¿Qué pensará de lo que su madre dijo antes de morir? Él no había tocado el tema. "Tal vez, ni siquiera se acuerde", piensa para sus adentros el padre, rogando que así fuera.

La abuela de Guido, madre de Rebeca, se acerca a su nieto y lo abraza.

-Hijo, tienes que comer algo, no te hace bien estar así, vamos, ven conmigo.

Guido alza la cabeza y mira a la anciana. Ella sufre tanto o más que él, ningún padre está preparado para la muerte de sus hijos. Se abraza a ella y lloran juntos largo rato.

-Abuela, ¿por qué tenía que pasar esto?

-No lo sé, hijo, no lo sé. Tu madre era una mujer sana, joven, no debió morir -responde la mujer casi sin voz.

Pasado un rato, se apartan y Guido ve entrar a una joven que le parece familiar, pero no recuerda de qué o de dónde, aunque claro, su cabeza ahora no está procesando nada, ninguna información. La chica se acerca a ellos.

-Lo siento mucho -dice turbada.

Guido la abraza sin decir nada, siente que la necesita, sin saber por qué. La abuela carraspea y los dos jóvenes se sueltan. La recién llegada saluda a la abuela igual de un abrazo.

-¿La conocías?-cuestiona la abuela.

-No exactamente -contesta la muchacha algo avergonzada.

-¿No?

-Yo la atendí en la clínica esta mañana, mi nombre es Beatriz.

Entonces Guido la recuerda como la enfermera que habló con él, la que le pidió que esperara, a la que regañó por no darle explicaciones y la que intentó salvar a su mamá incluso cuando ya estaba muerta.

-No tenías que venir -expresa él, agradecido.

-Lo sé, es que su muerte me afectó, sé que esto es algo con lo que se lidia a diario en los hospitales, pero ella, ella fue la primera paciente que...

No pudo continuar.

-Creo que a todo se acostumbra uno -replica la abuela-. Ya te acostumbrarás.

-Sí, puede ser, el doctor dijo lo mismo. Tal vez me acostumbre más adelante -acepta la enfermera.

-¿Quieres un café? -consulta Guido-. Íbamos a tomar uno.

-No quiero incomodar -contesta con una tímida sonrisa.

-No es molestia -responde él devolviéndole una dulce sonrisa.

-Ya, en realidad me hace falta un café, vengo de la clínica.

-Ven, hija, por aquí.

La abuela, con sus años de experiencia, se da cuenta que el dolor para esa joven es más que la muerte de una paciente, el brillo en su mirada al observar a su nieto, no la engaña. Esa muchacha se siente atraída por Guido. ¿Amor a primera vista? Lo duda, pero de que su nieto le gusta a esa muchacha, le gusta.

Erick sigue a su suegra y a su hijo a la cocina, ¿sería capaz Guido de hacerle preguntas a su suegra? Espera que no. Tendría que hablar con ella, a pesar de que ella no conoce toda la historia, la parte que conoce, dejaría muy mal a su hijo y este no es el momento. Guido nunca debía saberlo. Esa había sido la promesa de ambos. Rebeca no había cumplido su parte y ahora tendría que inventarle una excusa para que nunca, nunca, jamás, Guido se enterara de la verdad.

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