Capítulo 2

CAPÍTULO II

En 1915 se deportó a los armenios. ¡Ah! ¡Logros del Nacionalismo turco! Kemal despuntó la política en 1923 y los kemalistas con él. Fue una buena elección si se toma en cuenta que, por esa razón se sigue poniendo en práctica el someterse al modelo europeo y americano de desarrollo. Entonces, qué se respete, se admire y acepte parte de los hechos que han ayudado a forjar una historia que por mucho ha quedado lejos de eliminar tinieblas. Saint-Just lo dijo, en algún momento y algún tiempo: “Para la salvaguardia de la República toda acción es legítima, incluida la muy violenta”. Quizá sean anónimos los personajes kurdos que participaron en las revueltas por la libertad y la independencia de su pueblo en un territorio perverso, desde luego, no todos ni los lugares de combate como: Seyh Sait (jeque al frente de la insurrección kurda en 1924), Elazig 1915-1916 (Ciudad de Anatolia, donde murieron miles de armenios acusados de aliarse con Rusia); Diyarbakir 1925 (fundación del tribunal de Diyarbakir para asfixiar la resistencia de Seyh Sait, Ararat en 1930 (Masacre de Zilan a miles de kurdos en el autoproclamado estado kurdo) y Dersim en 1937-1938 (genocidio no reconocido por Turquía como tantos otros).

***

La mañana anterior Asuman, una mujer esbelta de cuerpo firme y fastuoso que no alcanzaba los treinta años se encontraba en su oficina en el tercer piso de uno de los edificios de estado. El lugar se caracterizaba por unas amplias ventanas deslizantes y fantásticas que alguna vez se corrieron con lisura al abrirse. Actividad que hace mucho no sucedía. ¡Asunto serio! La culpa era del exagerado y terrible humo de los sistemas mecánicos de los transportes que en un determinado momento se encargaron de cubrir de aromas abyectos el tranquilo ambiente. ¡Y por qué no decirlo! No perderían oportunidad de repetir la elemental hazaña de ingresar por los ventrículos de los seres para contaminar sus pulmones e insinuar en el espacio despejado cuadros depresivos y asfixiantes.

La opacidad de los cristales de su oficina se solucionaría la semana siguiente cuando terminara con el primer y segundo piso el personal contratado para la limpieza. Cabe mencionar que hace dos años un empleado designado para la misma misión había caído del edificio debido al contacto con un cable de alta tensión. La contaminación visual no había cambiado desde entonces y la ministra no estaba enterada de tal muerte. En los alrededores espaciosos se ubicaba un escritorio de madera y metal bien combinados, en la fachada se mostraba una imagen tallada semejante a la de un palacio moro claramente comprometido con solemnidades. Es de aclarar que un sinnúmero de repúblicas conservan recuerdos fúnebres de quienes los conquistaron. Encima una caja de chocolates Ulker abierta con piezas sobrantes aún envueltas en un papel plateado y delgado que servía como cobertor de sus esencias dulces; se trataba de un regalo. Los segmentos del cacao esperaban el instante para terminar siendo víctimas de sus deliciosos bocados. Junto a esta marca una foto bien colocada en un cuadro aterciopelado donde se la veía con su hija y su madre, las dos llevando sus cabezas cubiertas con un hiyab y gafas negras.

Muy cerca se situaban tres modernas sillas con cinco vías que terminaban en ruedas. La suya era diferente, con capacidad giratoria, regulador de altura y reposabrazos de piel impuesta por principios de cargo. En la pared frontal de la oficina pendían retratos de dos de los escasos o posibles únicos insignes de mentalidad moderna; uno laico, el primer presidente de la república a quien se veneraba solo por debajo de Allah. A sus espaldas colgaba una Gioconda barata y colorida al parecer pincelada con brochas conformadas por clavos de herrar. Para ella, era muy importante que esa pintura camaleónica se encontrara cerca; la razón sobrepasaba el desconsuelo de haber perdido a su padre. El cuadro le ayudaba a aliviarse.

En la pared posterior, una cantidad menor de cristales entregaba su vista a una pequeña porción de árboles semejantes en vivacidad a los de Gadiópolis, donde sin que venga al caso se inició el semidesnudo. Es decir, el primer güzellik yarışması (concurso de belleza). Abierta estaba una solitaria y única ventana que podía correrse del conjunto. En el boulevard ecológico un poco basureado sobresalía el eco cercano y preciso de una voz que ofertaba sus productos. Era evidente que desde hace años la onda vocal soportaba climas y situaciones complicadas. Otras frecuencias lejanas correspondientes a similares oficios que no se sacrificaban demasiado eran indistinguibles y se perdían en la contaminación, se alojaban y se tupían en un ruido solar donde todo convivía, pero nada parecía una melodía viviente.

Asuman F. la ministra vestía una falda con corte inglés color negro que daba por encima de sus rodillas impecablemente exquisitas y que remataba con un pequeño encaje hueco de flores, medio exótico que alcanzaba la mitad de sus muslos cubriendo la tela oscura. Una blusa plateada para época de primavera con escote en V alcanzaba su cadera y de la parte posterior del cuello sobresalían dos fragmentos. Se trataba de correas de tela que se abrochaban en la garganta, prenda que, además era de alta calidad, posiblemente adquirida en Vogue o Armine. En esta ocasión se veía diferente, pues con frecuencia usaba atuendos de una sola pieza. Vestidos que resaltaban su femenina juventud y sus ojos de miel verde. No porque este traje se lo negara. Es de esclarecer que era hermosa, de modo que, lucía cada prenda en su figura. Compaginaba con cualquier ropa y las piezas contoneaban en su cuerpo y su mirada, cosa que no suele pasar con todas las mujeres y que a la vez es lastimoso.

Si hay algo indispensable que recalcar de su aspecto es el semblante taciturno que traía desde días anteriores cuando camino al trabajo en horas de la mañana encontró en el abandono de una trifulca nocturna una canasta con un bracito de bebé saliendo de su interior. Se había detenido para tomarlo aun en contra de las normas de no realizar paradas en avenidas ni calles. Y después de dar unas cuantas vueltas y desenredos legales que causaron que llegara tarde a su oficina consiguió que lo recibieran en una casa de adopción. Solicitó a los directores antes de irse que la mantuvieran informada de su salud o de si su madre a quien creía muerta aparecía. Prometió que en cuanto se desocupara iría a visitarlo y pidió que le informaran acerca de todo lo que el pequeño necesitara.

Kerem el asesor amigo desde la infancia vestía frac gris. Su aspecto delgado y atractivo sin ninguna figura muscular ponía en evidencia que el ejercicio era una práctica extraordinaria. Ubicado en una de las sillas de enfrente se ocupaba de la producción del discurso que daría la señorita F. al día siguiente. Ella lo estuvo escribiendo, pero no alcanzó a terminarlo, debido a una diligencia encomendada por el presidente que le obligó a salir de la ciudad y dirigirse a la capital. El muchacho sostenía una libreta anillada de hojas celestes con unas delgadas líneas rojas en las que aparecía algo escrito que por lo que dejaba ver su cara, no alcanzaba el valor de papel formal. La parte superior se declinaba ocultándose los errores y las tachaduras veraniegas de un primer intento de discurso malogrado. Y en los diferentes renglones anulados por siluetas oscuras se distinguían palabras escasas, escritas al revés, es decir, de derecha a izquierda. Kerem utilizaba la escritura árabe en sus apuntes por costumbre sentimental y hasta había ido a una escuela para aprenderla y conservarla.

Franjas de luz se tendían hacia los azulejos en los limítrofes de las ventanas en que una cantidad de partículas nebulosas se unían a unos cuantos cilindros largos de unos 70 grados para brillar y flotar sin detenerse como si fueran mariposas Argemas. El asistente mantenía en su boca el estilográfico tomado de la mesa de la ministra y simulaba una mordida desganada, mientras se esforzaba en pensar. La acción se veía poco atractiva en él usando corbata, sin embargo, como nadie lo miraba el rechazo era recóndito, si acaso solo suyo. Por otro lado, es de explicar que con este acto inexorable eliminaba su carencia de creatividad. En variadas ocasiones se había afirmado en iguales ficciones para alcanzar la realidad, masticando evaporaría los obstáculos que obstruyeran su escritura y le surgirían mejor las ideas.

A la ministra de pelo largo color caramelo no le importaban ese tipo de vicisitudes. Pero el asesor, personalmente no había notado que el flagelo indecente a los utensilios se daba cuando debía trabajar con minuciosidad superior a la tradicional. La espléndida mujer pocas veces había elevado la mirada en dirección a su ayudante. Luego volvía a observar una carpeta amarilla con varias hojas grapadas en conjuntos de no más de ocho, trataba de familiarizarse con ellas y cuando levantaba la vista, ni siquiera lo hacía para mirar a su ayudante, sino para perderse en recuerdos formales y volátiles sobre uno y otro folio. Tenía establecidas sus distracciones y no regresaba de su distancia profesional para verificar si su amigo anotaba en sus hojas indelebles o no, aunque así pareciera. El día era claro y protagonista de luminosidad, tanto que, nadie resistía mirar a nadie.

El hombre plasmaba, ayudando así con la continuación del argumento e intentaba sin mucho éxito mantener el paralelismo de la parafernalia, al elaborado por la ministra que por segunda ocasión había tenido que abandonarlo para ocuparse de ciertos asuntos insustanciales traídos por la secretaria hace unos minutos. ¡Secretarias! El inteligente joven tendría listo el papel en la tarde. Ella siempre suponía lo mismo y él, sin saberlo nunca la había defraudado. Se vería bien un dato referente en su currículum. El rumor de los vehículos públicos y ahítos de pasajeros traspasaba el cristal a esa hora de la mañana dispersando por momentos las abstracciones del dúo. Así que, la señorita F. debía releer los documentos unos renglones para comprender lo que había quedado sombrío y Kerem por su parte calcaba la acción para otorgar al contenido la luminiscencia. Por su puesto, lo suyo investía más dificultad, lo de Asuman mayor autoridad.

— ¿No importa si lo desecho? — preguntó el asesor mirándola — ¡Discúlpame, pero no encuentro forma de avanzar!

— ¡Claro que no, eso no tiene importancia! ¡Se trata de conseguir alianza tú lo sabes! ¡las palabras deben condescender haz lo que creas necesario! — sin mirarlo estiró una de sus manos hacia abajo y la sacudió para que se le descolgaran las pulseras — ¡Si te causa dificultad comienza de nuevo, tienes toda libertad!

— Gracias — dijo con voz amistosa. Enseguida, rompió una hoja y la guardó en el bolsillo de su saco.

La señorita F, se levantó de su silla y caminó en dirección a una de las ventanas de aislamiento. El paisaje contaminado de la ciudad la convenció de que sus anhelos en espera de fecundarse desde su cargo no germinarían entre el desperdicio cotidiano. Rozó la carpeta con la punta de sus dedos y optó por encontrar un calor externo que abrigara su consciencia. Situada encima de la creación artificial, de los manjares oscuros de la polución de las medianas estructuras distinguió una cordillera elevada minoritaria al Ararat. No era nueva para sus ojos, la veía cada día, pero en ese instante, la analizó y se percató de su semejanza con una porción de la extensa frontera imaginaria que su país jamás había permitido instalar y donde hace poco un bombardeo había atraído el interés internacional.

La mirada y la convicción le fueron sustraídas por aquel desdichado lugar, la sacaron del camino político y la llevaron a pensar en nombres para aquella zona de muerte (en el noreste del país). Transcurrió un tiempo considerable en que no hubo reacción de su parte; pensamientos le sucedieron uno tras de otro haciendo que todo le pareciera peor de lo que en realidad ya era. Cuando regresó a sí, hiso hincapié en que estaba de acuerdo con el pueblo kurdo que luchaba contra los turcos, más que con sus similares que no cesaban de violentar y acordó con ellos sin palabras en que era su derecho de vida. La señorita F. no era egoísta, era bastante grande de corazón y se había puesto en la misión de buscar armonía nacional, además de que su país fuera pronto un ejemplo para Medio oriente. De repente, tuvo la impresión de que el futuro era absurdo y agotador y, huyó de esa éxtasis a prisa para no contagiarse con fiebres negativas que afectaran sus ánimos. Miró el bloque de hojas sin importancia que tenía en sus manos y se devolvió al escritorio sintiéndose responsable de un mal que en sí no era suyo sino del mundo.

De súbito sonó el Matrix Genuine que se encontraba cercano a la computadora.

— ¡Sí! — respondió la ministra al descolgar la bocina.

— ¡Señorita! ¡Su madre está aquí, hago que pase o prefiere que espere un momento! — este trato poco formal había sido establecido por Asuman.

— ¿Qué? ¡De ningún modo, hágala seguir! — exclamó desbastando los rastros negativos de su pensamiento.

— ¡Perdón! ¡enseguida señorita! — El altavoz funcionaba muy bien. Continuó haciéndose cargo con la mirada de aquellos papeles que parecían inconexos al momento.

— ¿Por qué la secretaria me los habrá traído? ¡Ella está enterada que tengo quince días para revisarlos y que después de la semana entrante los asuntos, las reuniones y las conversaciones con el Presidente o cualquier representante del Partido habrán terminado! ¡Deberé cumplir el plan es verdad, pero no estaré días enteros de visita en el Palacio hablando con el señor Demirel! — se dijo con el pensamiento mientras abría la mandíbula para adivinarlo y la movía de un lado a otro con vanidad, aunque sin deseo de presumir ante su compañero las equivocaciones e intenciones incomprendidas que le surgieron.

Un par de aves negras chocaron con la ventana que reflejaba el cielo, dieron su chillido de ataque y pronto se deslizaron aleteando uncidas en la lucha. ¡Quizá se comportaban al estilo de los miembros del país! A lo mejor una atacaba a la otra porque era comunista. En ese efímero se escuchó que la primera puerta de madera gruesa se habría y cerraba sin excesiva espera, unos pasos cómodos y resonantes avanzaron por la pequeña sala, rodearon con cuidado las dos mesas minimalistas horizontales decoradas con piedras de ónix y los hermosos floreros con las imágenes de un poderoso imperio extinguido. En instantes se escuchó golpear la segunda puerta de cristal esmerilado en la que quedaba un espacio en el que se distinguían los zapatos negros y lustrados, es decir, del único tipo que se admitían; distinta calidad habría supuesto una ofensa o un arresto.

— ¡Adelante mamá! ¡pasa! — rompió la hoja de un suave empujón y al avanzar enunció.

— ¡Hola, hija! ¡Buenos días Kerem! — saludó, mientras colocaba con destreza una de sus manos en la cúspide de una silla y adelantaba su pierna para concluir en una postura elegante. El vestido le cubría los tobillos y la cabeza.

— ¿Como está usted señora? — respondió el asesor sin asombro desde donde se hallaba sentado.

Su rostro joven se había estancado en un humor triste. Había visto a la ministra aturdida y silenciosa y sospechado con razón que estaría estudiando el conflicto, la vida y el escenario sin poder solucionarlos. Transcribió un pensamiento deficiente para un país con ochenta y una provincias, después, se dio cuenta de eso y lo deshizo con todo su carácter. En apariencia se sintió un idiota breve, pero también era probable que eso se tratara de una coincidencia causada por circunstancias sociales.

— ¿Y por qué no pasaste en cuanto llegaste? ¡ya te lo he dicho no hace falta que la secretaria me llame, incluso ella está enterada!

— ¡Lo siento hija, ya lo sé, pero en vista de que pasas muy ocupada preferiré llamar antes que molestar!

— ¡Molestar, molestar! — se dijo para sí la bella señorita con un sentimiento no muy encantador mientras contemplaba la superficie del escritorio en que posaban sus muñecas.

¿Qué está haciendo Kerem?

— ¡Me está ayudando con lo de mañana! — añadió sin mirarla y como si ofreciera respuesta a una amiga cercana acostumbrada a las contestaciones frías.

La señorita F. no prestaba demasiada atención. Tenía varias cosas en qué ocuparse. Necesitaba darse prisa con su trabajo; como es sabido “el ese no es asunto mío” en una cuestión irrelevante es el más noble de los ¡que me importa!

Se acordó de su discurso e ignorando a su madre se dijo:

— ¿Qué pensarán los magnánimos si no les calentamos el oído con adulaciones que les convenzan de que nuestras palabras formales son un agasajo hacia ellos y a la vez no las habituales mentiras que promulgan en sus reuniones? ¡Claro, no me preocupan demasiado esos hombres, pero no dejan de ser transcendentales! ¡Kerem debe esforzarse! ¡No se puede hacer nada sin ellos!

La madre percatándose de que la atención de su hija no se prestaba para asuntos familiares abandonó el lugar sin distraerla ni entorpecer el trabajo del encargado de la palabrería de su hija que, por otro lado, nunca se interesó por su presencia. Y el entornó volvió a la monotonía ciega que había conservado esa mañana. El vestido rojo de un solo tirante y cierre en la espalda quedó acomodado en una de las sillas, protegido dentro de las dentaduras grises de un forro azul obscuro casi plástico y muy brilloso. En uno de los hombros se veía pegado un recibo con los datos de la propietaria, el precio pagado por el servicio e incluso la dirección: Av. L Mansatir 2138 S. y el número de edificio en el que residía su madre.

Capítulo 3

CAPÍTULO III

La república intercontinental con 59’000.000 de habitantes y otros tres mil. Rodeada por las aguas del Mediterráneo, el Egeo, el Mármara, el mar Negro, las Chipriotas, el Bósforo y los Dardanelos; todos regados, esparcidos por el esqueleto de la tierra propagando vida le abrazan con sus mantas o se pliegan como placentas azules para hacerla soñar en sus luces y sus playas. Sus ricas fronteras escriben su idioma al revés de derecha a siniestra, sin por ello tomar el bolígrafo con la mano izquierda. Y por qué no hablar de sus basares y sus joyas, sus tazas de café, sus ojos azules hechos de cristal que se venden bien y sus más de 2500 mezquitas que son por lo frecuente la razón religiosa más tonta de su existir. ¡Quién anunciaría que en esta extensión exótica las vidas se desorbitan a cada momento y se envuelven en una máscara sencilla con una tez de vida que en ocasiones es interrumpida en las edades más precoces!

La actitud represiva del gobierno había frustrado hace no mucho la celebración del día nacional del país imaginario (Kurdistán). Ankara resultó injuriada por complicidad con países occidentales por su caída. Los afectados contraatacaron y este acto desencadenó en una riña entre las fuerzas de seguridad, bombardeos de la aviación y guerrilla que acabaron con varias vidas y dejaron centenares de heridos. ¿Qué otra cosa podían hacer los kurdos? Actuaron conforme a la situación, lucharon en una área infestada por el ejército donde se encontraba vigente el estado de excepción desde ya una década. No tuvieron otra opción, en esta franja muerta el poder le pertenece a los militares y policías quienes nunca han prestado garantías constitucionales, sino que imposibilitan la evolución de la democracia.

En fin, fue increíble que una lucha no declarada dejara tantos muertos. Un representante del gobierno del que ya se sabrá más adelante negó que dichos ataques se hubieran aplicado a sus propios ciudadanos. Así como, que con frecuencia se sacaran a hombres de sus casas o se los capturara en los controles de donde no se los volvía a ver. En cualquier caso, ese era el proceder de la policía y militares a quien el personaje daba autonomía; no se dudaba que también fueran responsables de las muertes y desapariciones de otra tanda porque el asunto no era cuestión de borrar o poner puntos.

Sobre la cuestión de los desaparecidos era posible que varios se encontraran en los campos de concentración, viviendo bajo el inútil techo de una tienda, soportando altas temperaturas y largas hambres. El pueblo bien sabía que estos campos de tortura se situaban en territorio turco y a pesar de que el estado afirmaba que lo concebía para terminar con las guerrillas, la realidad era que estas casi nunca se veían afectadas. Por el contrario, este grupo que gozaba de respaldo por parte de los ciudadanos buscaba una solución desde la violencia, porque a la solicitud de su gente hecha desde los puestos de sus diputados no se priorizaba.

Las armas para esta guerra las surtía el mercado de la OTÁN quien dice respetar los derechos de los ciudadanos. Por lógica y compasión la venta debió suspenderse. No obstante, en atención de que la demanda era constante e incluso crecía cada vez, la organización deseando permanecer con sus bases en medio oriente para “proteger la zona”, privilegiaba a Turquía del armamento y del permiso para matar a sus habitantes. La excusa para que la OTÁN proveyera de armas descaradamente era el argumento de que el rompimiento del convenio no aseguraría el fin de los ataques. Lo cierto es que jamás le ha interesad el asunto, de otro modo, habría buscado soluciones para acabar con el conflicto de los países fronterizos. Menos le importan sus principios democráticos, sino solo sus objetivos, no siendo así, nunca habría consentido a Portugal, Grecia y la misma Turquía que en tiempo en que los nombraron miembros eran gobernados por dictaduras.

***

El personal del edificio administrativo salió a las doce y cuarto. El viento conservado en el boulevard apenas sí mecía hojas y refrescaba almas encendidas. El ejército invadió con veinte minutos de retraso y se encontró con el edificio vacío. El camión con veinticinco elementos fue a parar al estacionamiento. La carpa camaleónica del cajón cubría unas cajas de madera que permitían suponer su contenido. Que el edificio estuviera desocupado no perjudicaba su misión, sin embargo, su obligación había sido advertir y si se quiere amenazar a los empleados para que tuvieran cuidado y guardaran carácter silencioso a su regreso.

A los guardias de seguridad de la zona de gobierno se les desalojó sin explicación; esta era obvia y les estremeció. Se los formó en la pared, se confiscaron sus armas largas a la primera orden y acataron sin perder la cabeza, aunque no con gusto. Les pareciera o no, obedecer era lo más sensato para conservar su bienestar físico, además era lo único que los protegería de la desigualdad con la que chocaban. Para los medios y altos mandos del ejército y la policía, que uno de estos sujetos quebrantara las reglas o retara su autoridad los convertía en una clase de presa estúpida y favorita.

El escuadrón armado rodeó la construcción. El ambiente gubernamental y unas cuantas cuadras alrededor de la estructura cambiaron del temple silencioso al del peligro. El Mayor a cargo con voz cítrica preguntó si quedaban sujetos en la caseta, que no se usaba dijeron y sin convencerse caminó unos metros y estiró los ojos esperando ver a uno de estos hombres de mentiras para gruñirle y juzgarlo. Era cierto hace mucho que nadie descansaba ni vigilaba desde ese cajón blanco que en otros tiempos había sido víctima de una advertencia con talante de atentado. Sació sus sospechas y sin embargo en su cara contenciosa no arremetió la benevolencia. No estaba nada contento de tener que cuidar el puesto de trabajo de una mujer durante una semana.

Después que hubo echado a los servidores con un insulto que ofendía su hombría habló con la agencia de seguridad por una de las radios con que se había quedado, luego anuló la frecuencia para siempre y se guardó las baterías para la suya, en ella, una melodía casi muerta era respirada por la antena. El oxígeno de la entrada cobró el brío de los uniformes nuevos y tensos y el incienso polvórico se sedujo a las ventanas. En todo el país ocurrían movilizaciones; en particular en los edificios gubernamentales de diez diferentes áreas geográficas del oeste donde sucedía un mayor movimiento marcial y donde desde hace mucho se sabía de muertos y secuestrados.

Asuman, la joven y agraciada autoridad, había dormido con un leve dolor de cabeza; cuando despertó se sentía de maravilla, tanto como para colocar flores nuevas en el jarrón antes de salir. La llegada a casa de su madre no tuvo otro inconveniente que la presencia de una turba abstracta poblada de bisbiseos que se había apoderado de una calle cuando salía del ministerio. Cargaba piedras, palos y cada hombre llevaba la cara cubierta al estilo de sus mujeres para evadir el gas. Su estilo la había impresionado. El pueblo euroasiático mediante reclamos solicitaba tranquilidad contundente en una vía recorrida por un humo azul que de no ser por el cristal la habría ahogado. La policía después de unos disparos y uso de la fuerza hiso que los hombres arrancaran en huida. Gran cantidad voló por una barda que daba a un campo abierto, otros se escudaron en los autos estancados, también hubo heridos. En cuanto la muchedumbre desapareció volvió el silencio y los autos avanzaron por ese humo que ya no era peligroso. La ministra recordaba haber esperado detrás de este cúmulo junto con una fila arriesgada de autos que no retomaban el flujo y había pensado con espesa decepción que faltaba poco para que el mal se vendiera en vidrieras, pues ese despliegue en aquella avenida no significaba paz sino pausa.

Mientras almorzaba cuidaba de su hija. Sus piernas firmes sostenían a la niña en tanto que repartía en porciones iguales y continuas los bocados. La comida de su madre le encantaba. La exquisitez de sus sabores, los efectos rápidos y sobrenaturales en su paladar la acercaban cuando menos una vez a la semana en la hora del almuerzo o de la cena a degustar por fin. El resto de los días llenaba su estómago para no morir. Necesitaba una mujer con sazón violento y gustoso que aceptara ser su sirvienta, además que fuera simpática. Por el momento no la había encontrado y no pediría a su madre que lo fuera por miedo a que le cayera un castigo del cielo y porque, por otro lado, gran número de veces las obligaciones la conducían a un restaurante y le parecía mucho mejor decepcionar a una desconocida que se repondría al recibir la paga entre disculpas amables. En estos días que se mantendría alejada se conformaba con que su hija probara por ella, los sabores que no recibiría. Tenía hasta las dos y media de la tarde para pensar en comida si quería o en política, luego regresaría a ocupar su puesto que no le asombraría que estuviera controlado por especímenes de las Fuerzas Armadas con el pulso tenso y sus voces clavadas al taco de la escopeta y la orden fría.

Al día siguiente partiría y ninguna la acompañaría en su aflictivo viaje de trabajo. El mandatario había concluido diciendo con inflexión furiosa que los funcionarios procedieran del modo que quisieran siempre y cuando la reunión se diera en la fecha designada (no era ningún tipo de negligencia). El líder esperaba resoluciones plasmadas en papel ¡nada más! no le interesaba si los funcionarios iban acompañados de su familia y tomaban un baño mientras permanecían en la reunión. La ministra no mezclaría a dos de sus mujeres amadas en el asunto ni el peligro.

Este acontecimiento político-social era una excepción nacional llena de coraje que se producía en varios nidos urbanos. Por su parte, el primero que veía siendo autoridad de estado y mujer política. Comentó en una ocasión a su madre que estaba harta de que el leño siempre se encendiera y ella había respondido que tampoco era fanática a morir, pero que esperara, que pronto ejecutaría lo suyo y que las cosas resultarían mejor para todos por primera vez. Sino se inventaba una solución pronto las cifras de las víctimas se multiplicarían y la cuenta de estas se perdería. Madre había dicho para terminar la conversación, la justicia que sigue la ley horroriza.

La señorita F. se había instruido en las situaciones y errores del estado, comprendía que el sueño de la ilustración turca no alcanzaba, sino para el asesinato al que por cierto otros llamaban revolución. Tenía claro que Kemal había estrechado relaciones estado-sociedad y que el desencanto de no consumarlas las había convertido en una catástrofe. Asimismo, le alarmaba que a los emigrantes jóvenes que llegaban a la ciudad atraídos por la brújula de un mejor futuro no les quedara de otra que el reclutamiento por mano de las guerrillas de izquierda o derecha en las estaciones de trenes o paradas de autobús. Y así, tuvieran que aceptar la vida violenta desde los 15 años, de allí que Mardin dijera que: “todos los niños eran pequeños soldados.” Para la ministra contaba igualmente como discordante ese asunto imposible que surgía de las lenguas de las autoridades que clamaban con santidad: “¡Qué Dios proteja al estado!” Ella lo advertía ajeno y quieto en esa enajenación, más cuando reconocía con vergüenza que de su país procedía aquel hombre de aires dementes que había intentado asesinar a Juan Pablo II, voz mayor del catolicismo.

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